“Los críticos siempre somos pocos en cualquier literatura”: Una entrevista con Christopher Domínguez Michael

 

Christopher Domínguez Michael, crítico literario mexicano. Foto: María Baranda.

Esta entrevista ocurrió a propósito de los dos últimos libros de Christopher Domínguez Michael publicados en 2020. El primero de ellos, Ensayos reunidos 1984-1998, publicado en México por el Colegio Nacional y el segundo, Ateos, snobs y otras ruinas, publicado en Chile por Ediciones Universidad Diego Portales. Hablamos de estos libros, pero también sobre las sinuosas e intrincadas relaciones entre política, literatura e historia. Aunque es imposible resumir en unas cuantas páginas digitales todo cuanto Domínguez Michael dice en estas dos nuevas entregas, en esta entrevista nos asomamos a algunos temas que me parecieron importantes.

Aunque mi entrevista fue al crítico literario, la obra de Domínguez Michael, a la vez extensa y compleja, excede por mucho ese campo. No soy yo el primero en destacar la calidad de su prosa y pensamiento crítico, pero en un mundo donde el ensayo parece tan desplazado por las escrituras académicas, periodísticas y otras formas de la crítica, las páginas literarias escritas por Domínguez Michael son de una originalidad e inteligencia únicas, no exentas de polémicas ni apasionadas lecturas.

Marcelo Rioseco: En Ensayos reunidos 1984-1998, los prólogos a la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX ocupan una buena parte del libro. Me gustaría comenzar esta conversación echando una mirada al pasado. Podríamos hacer el ejercicio clásico ⎯y necesario⎯ de evaluar qué queda o sigue quedando de esa apuesta literaria que ocuparon 5 libros. ¿Han cambiado tus preferencias y simpatías por los autores antologados? ¿Lo que sucedió con la recepción de la Antología era lo que esperabas o hubo sorpresas?

Christopher Domínguez Michael: Estamos hablando de un par de tomos (divididos en cinco libros interiores) aparecidos en 1989 y 1991. Es mucho tiempo. En 1996 agregué diez autores nuevos porque en la primera edición el más joven era yo mismo, el antologador. La recepción fue contradictoria: me presenté en la literatura mexicana con un proyecto ambicioso que nadie ha intentado después, en cuanto a la narrativa al menos. Pero fue recibida con desconfianza, no sólo por mi juventud, aunque empecé a publicar a los dieciocho años. Mi firma era conocida porque desde 1983 era yo el reseñista literario de la entonces muy popular revista Proceso y tenía bien ganada fama de muchacho temerario. Pero cuando aparece la Antología llevaba yo dos años en Vuelta, la revista de Octavio Paz y nuestros numerosos malquerientes vieron el libro como un instrumento ideado colectivamente por ese grupo odiado y envidiado. Acusación injusta pero que me honra: Jorge Cuesta, el padre de la crítica literaria en México, fue señalado por lo mismo, de firmar una antología poética que en realidad era obra del grupo de los Contemporáneos (la Generación del 27 es su equivalente peninsular). Pero ellos sí la hicieron juntos y sí decidieron que la firmara el más valiente.

En mi caso, nadie supervisó nada. El director del FCE, el poeta Jaime García Terrés y el gerente editorial, Adolfo Castañón (también miembro de la redacción de Vuelta y por ello reiteradamente calumniado) me dejaron en total libertad. Pero ya muerto Paz he seguido siendo acusado, en el más fantasmal de los casos, de ser su voz desde ultratumba y en otra suspicacia honrosa, de haber heredado, de él, un poder casi político. A Paz, bretoniano, le daba flojera la novela y mi Antología –—lo cuento en Octavio Paz en su siglo, la biografía que publiqué de él en 2014— no le gustó porque le daba demasiado espacio a Carlos Fuentes, ya entonces enemigo de la casa y porque de él, de Paz, antologué prosa poética y no los cuentos de ¿Águila o sol?, de los que se sentía muy orgulloso, quizás demasiado. No se me ocurrió complacerlo. Su vanidad estaba en otra parte, muy lejos de mí, de la narrativa mexicana o del Boom latinoamericano entonces ya muerto. Odiaba hasta la palabra boom. Entre los dos tomos de mi Antología ganó el Premio Nobel y casi no le veíamos el pelo.

Pero dado que la falsa modestia es el más tolerable de los pecados, según decía Chamfort o algún otro moralista francés, con la Antología hice un canon que en términos generales persiste, según reconocen hasta mis adversarios. Pero como el libro ya no circula, hay quien lo descalifica sin haberlo tenido nunca en las manos. Dicen que no hay narradoras; claro que las hay, con Elena Garro al frente, quien nunca publicó en Vuelta, y muchas de ellas, “resignificadas” con bombo y platillo en este siglo, las rescaté yo del olvido.

Una antología de 162 autores, vivos y muertos, es una locura que no sólo no repetiría, sino desaconsejo a los jóvenes. La mía expresaba un anhelo de democratizar la vida pública de México y ello incluía, acaso desafortunadamente, a la literatura. Fue un panorama de las corrientes principales, con algunos autores y no pocos cuentos o novelas, que ya entonces no me gustaban y así lo dije. Fue una Antología representativa del fin de siglo mexicano, no un florilegio de mis preferencias estéticas. Por eso, también, nunca la reedité, salvo los prólogos que tú leíste en los Ensayos reunidos 1984–1998, porque interesan en mi historia como crítico. Pero de ser obligado a repetir la experiencia, me conformaría con quince prosistas.

M.R.: ¿Cuán preparada está la crítica mexicana para entender la literatura que se escribe actualmente en México? ¿Hay una escuela o una tradición crítica en México a la cual un joven o una joven escritora pudiera echar mano para desarrollar una carrera en este ámbito?

C.D.M: Los críticos siempre somos pocos en cualquier literatura y en las condiciones actuales de transición de la página escrita al periodismo en la red, somos menos aún. Contra lo que se pensaba cuando nació la internet, nadie lee textos largos en pantalla. Publicar un ensayo de treinta páginas en línea es tirarlo a la basura. Yo tuve el privilegio de educarme en Vuelta, donde todavía un ensayo de esas dimensiones era publicado… largueza desaparecida. No me gusta hacer de nuestra época la que monopoliza todas las desgracias, pero sin las antiguas revistas literarias no veo donde se van a educar los ensayistas. El twitter, el like de Facebook son exactamente lo contrario del temperamento crítico. Culpo a quienes se sirven del tuit, sean de izquierdas o de derechas, de haber encaramado a un Trump, a un Bolsonaro o un López Obrador al poder. Leon Wiesseltier acaba de lanzar en los Estados Unidos su revista Liberties que sólo tendrá edición impresa. Hay que desandar el camino. Lo común, en toda la historia de la literatura occidental, es que el reseñista se vuelva poeta (las musas) o novelista (el dinero), antes de empeñarse en ser crítico literario. En México, los jóvenes críticos dejan de serlo, también, cuando los aceptan como alumnos o profesores en las universidades norteamericanas. Y no vuelves a saber de ellos. Esta época pasará. Un Cyril Connolly o un George Steiner habrán de resucitar. Yo no lo veré.

M. R.: ¿Hasta qué punto la política no es problema para las literaturas como las latinoamericanas tan enamoradas del realismo? Tú mismo lo mencionas en el caso de la novela de la Revolución, al señalar, en este caso, la subordinación de la literatura a la Historia con mayúsculas. ¿Será esta la explicación de la persistencia del realismo en nuestras literaturas?

C.D.M.: Para empezar, la novela moderna nació en el siglo XIX asociada al realismo, como lo han estudiado correctamente críticos marxistas o posmarxistas como Lukács o Moretti, pero no veo a la literatura latinoamericana enamorada del realismo, a menos que se le confunda con el naturalismo de Zola, escritor más interesante de lo que parece… Olvidándonos del famoso “realismo mágico”, cuya genética y genealogía han sido estudiadas con minucia, ¿qué tienen de realistas Rulfo, García Márquez,  Lispector, Lezama Lima, Monterroso? Qué Bolaño se sirva de la Historia con mayúsculas en 2666 no la hace peyorativamente realista. Realistas son, esas sí, las novelas de aeropuerto y antes de estación de tren. Es literatura barata para gente apresurada. No me interesa mucho ese fenómeno que de joven me indignaba. Hoy considero una pesadilla, como decía otro no–realista, Juan José Arreola, un mundo donde todo el mundo leyese a Mallarmé. ¿Es realista Mariana Enriquez? No, ella viene del gótico del sur de los Estados Unidos y realista en el sentido anacrónico del concepto fue John Steinbeck, no Faulkner o antes de él, Twain.

M.R.: Dentro de este mismo contexto, en varios momentos en Ensayos reunidos señalas que no hay una novela política del 68 y si acaso existe una, esa novela son las 56 páginas de El apando de Revueltas. ¿Se podría decir que de algún modo ha fracasado la novela política en México? O, más bien, el problema no es literario, sino histórico: las grandes tragedias históricas necesitarían de perspectiva, tiempo, una lenta decantación para ser finalmente narradas.

C.D.M: ¿Hay una gran novela sobre el 11 de septiembre en Chile? No la conozco. Pero la habrá. Pasaron muchos años antes de que Napoleón tuviera a su novelista en Tolstói o la Revolución francesa al Hugo del Noventa y tres o novelas maravillosas que aparecieron apenas en el centenario del golpe bolchevique. Hay excepciones sin duda: para la Revolución mexicana el abuelo Azuela, para la rusa Pílniak. Testimonios esenciales sobre el Gulag, como el de Solzhenitsyn o el diario de Victor Kemplerer sobre el nazismo, no son propiamente novelas. La novela necesita tiempo, el aliento de varias generaciones sobre la nuca del narrador. La pregunta está mal planteada y yo fui de los muchos que la plantearon mal. En 1990 no tenía por qué haber la Gran Novela sobre el 68 mexicano, ni en 2021, cuando sigue sin haber novela sobre el festejado levantamiento neozapatista de 1994. Pero sobre el 68 hay fragmentos memorables en García Ponce, en Del Paso, no se diga poemas inolvidables. Y ya no tengo dudas de que la gran novela del 68 mexicano es El apando. No le falta nada, no le sobra nada. La novela no es la criada de la Historia.

M.R.: Más allá de la Revolución y su literatura, ¿qué papel ha jugado el nacionalismo en la narrativa mexicana? Estoy pensando en los versos de Salvador Novo que citas en la página 113 y que creo entender lees como un juicio a una cultura nacionalista donde sus escritores se han visto en la obligación de representar al sujeto social en su conflicto con la historia. Me impresiona que el poema citado es de 1934. ¿Tienes la impresión de que este problema ha sido superado en la narrativa mexicana o, al contrario, se ha agudizado aún más con el tiempo?

C.D.M.: El nacionalismo, esa enfermedad que se quita viajando, como dijo Pío Baroja, es una dolencia afiebrada que va y viene. Pasado el XIX, es un error genético, más bien. En México hoy, gracias al gobierno populista, tenemos un resurgimiento publicitario y demagógico del nacionalismo más cutre y patriotero. No impactará en la buena literatura. Ya Cuesta y Novo lo pusieron en su lugar —al nacionalismo literario— en los años treinta como tú lo mencionas. ¿Por qué habría de perder el tiempo en él un Fabio Morábito, uno de los escritores principales de México, en prosa y en verso? Él está en lo suyo, la mal llamada “literatura de imaginación”, como si pudiera haber otra. La preocupación por la historia es otra cosa. Fernanda Melchor será una pieza clave cuando se reconstruya la literatura del narco, tan contemporáneo, pero no por el tema, trágico o periodístico según se le vea, sino porque es una narradora magnífica. En el talento vernacular no leía yo nada parecido desde José Agustín.

M.R.: Cuando hablas de Alfonso Reyes, Julio Torri, Mariano Silva y Aceves y Carlos Díaz Dufoo hijo, los llamas “los mayores prosistas de la literatura mexicana”, mi pregunta tiene que ver con el lugar desde donde escriben, se trataría de escritores que trabajan “a la sombra de Historia”. ¿Tiene algo que ver con el hecho de que estos escritores estuvieran en el Ateneo de la Juventud?, un lugar donde ⎯para decirlo con la cita de Jiménez Rueda⎯: “La mayoría de los ateneístas no entendieron la revolución política y social, aunque revolucionaron la vida cultural del país”. ¿Cómo entender esta aparente paradoja?

C.D.M.: Hubiera pensado que moriría sin volver a escuchar el nombre de Jiménez Rueda: eso me pasa por antologar a 162 autores. Fue un nacionalista menor. El testimonio histórico más conmovedor de la literatura mexicana lo escribió Reyes al hablar de la muerte de su padre, un general levantisco muerto en la Decena Trágica, en la Oración del 9 de febrero. De fusilamientos, de Torri, es una estetización irónica de la Revolución mexicana que indigna a los ultrabolcheviques (en el sentido de Merleau–Ponty). Por algo los indignará. Los revolucionarios en política siempre son conservadores en estética y viceversa, ya se sabe.

M.R.: Cuando en la sección titulada “Contemporáneo de todos los hombres” hablas de Octavio Paz, Juan José Arreola, Agustín Yáñez, Fernando Benítez, José Revueltas y Juan Rulfo, escribes: “La fundación que fortalecen estos seis autores no solo es la maestría artística universal, que ya es mucho, ni la puesta al día de las letras con el reloj del siglo, lo cual es inolvidable, sino la conciencia de una literatura en absoluta libertad, que lo es todo”. ¿Podrías hablar un poco más sobre la relación entre libertad y literatura?

C.D.M.: Hablando de México, con El laberinto de la soledad, con La feria, con Al filo del agua, con Los errores (una de las contribuciones latinoamericanas al drama del comunismo, pero tristemente Revueltas es de aquellos escritores que no viajan, no sé por qué), con Pedro Páramo, estos autores nos libraron del nacionalismo literario y sus estrecheces estéticas y morales. Nos dieron libertad. La generación siguiente, gracias a ellos, pudo leer a Simone Weil o a Bataille. La libertad.

M.R.: Rulfo es un escritor que despierta unanimidad en América Latina, sin embargo, no parece haber tenido la misma suerte en el mundo anglosajón. ¿A qué crees que se deba ese fenómeno? ¿Falta de curiosidad? ¿Una cultura poco interesada en la traducción?

C.D.M.: Si la anglósfera no traduce, peor para ella. Me dan ternura los amigos de la NYRB traduciendo clásicos centroeuropeos que están en español desde mi adolescencia y me quedo corto… A Rulfo y a su Pedro Páramo lo aman y lo entienden en los fiordos noruegos, en los países árabes, en alemán… Si los neoyorquinos se lo pierden, qué pena. Desde luego que el éxito de Bolaño en inglés me da gusto porque es un gran escritor, pero ello ocurre de tarde en tarde, en su caso se alinearon los astros. Günther Grass, cuando conoció a Rulfo en una librería de la Ciudad de México, se inclinó y le besó la mano. ¿Qué más se puede decir? Y eso que Rulfo no fue la mejor de las personas, lo cual es irrelevante, pero digo esas cosas porque soy un escoliasta de Sainte–Beuve.                            

M.R.: Entre los críticos mencionados y analizados en Ensayos reunidos hay figuras entrañables como, por ejemplo, Monsiváis y Zaid, entre muchos más. Si tuvieras que hacer una reescritura personal de la sección “Narrativas de hoy: los realismos y su crítica”, ¿cuáles serían los críticos que, en tu opinión más espacio han abierto en México y quiénes son los que sientes más cercanos?

C.D.M.: Entrañable para mí, Zaid, no Monsiváis. Yo soy de otra parroquia, como dicen los franceses. Sin duda Monsiváis, como era propio de los años sesenta del XX, difuminó la frontera entre lo popular y lo culto. Muy pop, a la distancia. Debió dialogar con Dwight Macdonald, otro de mis críticos secretos. Y en ello nos maleducó, pero qué le hacemos, el mal ya está hecho. Nos hizo creer que Pedro Infante y su cine eran formidables. Cuando mi exesposa francesa llegó a México le di un curso intensivo de cine mexicano de la llamada Época de Oro. Ella me puso a ver a Maurice Chevalier y le pedí perdón. Esas cosas venían de la estridente cátedra de Monsi, quien todo lo hacía con una prosa abominable. Tuvo un gran valor en la democratización de México y en la causa de los gays, sin duda. Fue también un exigente lector de poesía y de haberse dedicado a la crítica de poesía, México habría perdido a un patricio laico y ganado a un crítico… Destaca en México por algo que se ignora afuera:  su origen protestante —metodista— en un país católico, en una época en que esa disidencia religiosa era muy difícil de llevar. Eso explica su indignación hacia la injusticia en todos los órdenes. Fue no el último, sino el único de nuestros puritanos, parafraseando a otro homosexual, el gran Santayana.

Zaid, hizo y hace crítica práctica, lo mismo de la economía que de la poesía. Es uno de los pocos pensadores originales de la lengua española y aunque está traducido al inglés se le desdeña porque es antiacadémico (ha llamado a desintegrar la UNAM, para empezar) y un tipo muy extraño de católico, no conservador, pero acaso comunitarista. Zaid sigue esperando a sus lectores que están cerca de Iván Ilich, del anarquismo cristiano, del personalismo de Mounier. Su tiempo llegará. En cuanto a los críticos de la generación anterior —Evodio Escalante, José Joaquín Blanco, Adolfo Castañón, Eduardo Milán— abandonaron, tarde o temprano, el oficio. Lo lamento.

M.R.: Hablemos un poco de Ateos, esnobs y otras ruinas, un libro también publicado en 2020. Este libro es un extenso trabajo crítico que incluye tus dos libros anteriores: Los decimonónicos (2012) y La sabiduría sin promesas. Vidas y letras del siglo XX (2009). Imposible no evaluar este extenso trabajo intelectual. ¿Quedas satisfecho con el “cierre” de esta trilogía?

C.D.M.: Aspiro a ser un crítico universal, no veo por qué un latinoamericano no pueda serlo. De los muchos artículos y ensayos que escribo, la mayoría son piezas de un rompecabezas que tengo en la mente. No son textos a la deriva o no pretenden serlo. La sabiduría sin promesa, cuya primera edición mexicana es de 2000 y seguirá creciendo, es mi balance del siglo XX. Los decimonónicos resguarda mi pasión por “ese siglo imbécil” como lo llamó Léon Daudet. Contra él, creo, con Julien Gracq, que entre Stendhal y Proust, el largo siglo XIX, estuvo la tierra prometida. Sin la ausencia de magia de la Ilustración y sin los horrores de las guerras de religión del XX. Ateos, snobs y otras ruinas, en su primera edición, la chilena, es la primera versión de un work in progress que se extenderá con los años venideros. Expresará mi creciente incomprensión de lo nuevo. Lo repito: si algo le envidio a Paz fue su capacidad para entender el presente. Yo no la tengo, soy un anticuario, pero me esfuerzo. Vivo en el pasado porque creo que volverá. Apuesto por los ciclos, mi filósofo favorito es Vico.

M.R.: Auden en el Prólogo de La mano del teñidor, afirma que mientras el escritor siga escribiendo sobre “poesía y ficción, su idea del Paraíso es asunto suyo, pero desde el momento en que comienza a escribir crítica literaria, la honestidad exige que describa esa idea a sus lectores, para que ellos puedan estar en posición de juzgar sus juicios”. No sé si se trata de un asunto de honestidad o no, pero me gustaría saber si como crítico crees que el lector necesita esa explicación que reclama Auden. Y si es así, ¿qué podrías decir de tu propia manera de hacer crítica literaria? ¿Es algo que debe explicarse o se desprende de tu mismo trabajo?

C.D.M.: De mi crítica no se deriva ninguna teoría. Las teorías literarias son útiles para los estudiantes, o principiantes o perezosos. Cuando un lector madura, las abandona. El mismo Barthes lo hizo. He sacado mucho provecho del marxismo, de los Foucault, del psicoanálisis, pero no dejo de ser un ecléctico latinoamericano. He pensado en público y he escrito con mi verdad misma que muta, como mutan las lecturas. No es lo mismo Dostoievski a los 18, que a los 25 o 60 años. Si he sido honesto, no soy yo quien deba decirlo.

M.R.: Muy al comienzo de Ateos, en el artículo titulado “Las ruinas de Palmira”, hay un párrafo que me parece muy elocuente y que es la advertencia que tomas de Ernst Jünger de no indignarse ya que ⎯como tú mismo apuntas⎯ “la historia es un ciclo de creación y destrucción donde el bien y el mal se alternan”. En muchos de tus artículos, hay una inequívoca reconvención crítica hacia los escritores que han sido cómplices de sistemas políticos totalitarios o directamente de alguna de las horribles tiranías del siglo XX. Me parece que hay una lectura crítica y también moral de la relación entre literatura y política que abarca en tus trabajos a escritores tanto latinoamericanos como europeos. ¿Cómo ves esta relación en América Latina, la del mundo intelectual y literario no solo en su relación con la política sino con el poder? ¿Crees que, a estas alturas del siglo, de este affaire ⎯en muchos casos un matrimonio endemoniadamente complejo⎯ ya pueden extraerse conclusiones más o menos definitivas?

C.D.M.: No.  Siempre recuerdo y repito el nombre de Jalej Al-Assad, el guardián de las ruinas de Palmira martirizado por el Califato Islámico. Es un íntimo deber de memoria. Y digo que Jünger me previene contra la Alternancia del Bien y del Mal. Lo tomo en cuenta como abogado del diablo. La muy humana inhumanidad de Jünger hace de él un escritor singular. Lo admiré mucho. Ahora no tanto. Lamentó la liquidación de los judíos y yo, como judío, no puedo quedarme con una escueta lamentación. La indiferencia aristocrática ante el genocidio de Jünger fue la misma de millones de alemanes, aunque ellos en versión parda, al fin y al cabo. Los anglosajones, quienes han traducido tardíamente a Jünger, lo encuentran un ingenuo. Esta vez tienen razón. No se puede ver 1945 como si fuese la paz de Westfalia de 1648. Cambio de opiniones, ya lo ves y ante el asunto de la moral en la literatura, expongo mi contradicción, que es la de muchos: no hay literatura sin un horizonte moral y a la vez la única medida para juzgar una obra de arte es su genialidad. En vida y obra, Oscar Wilde vivió desgarrado por esa contradicción.

Y la relación de los escritores latinoamericanos con el poder, es típicamente latina. Nosotros tenemos a García Márquez con Castro, ellos a Claudel con el mariscal Petain, a tantos escritores franceses que sirvieron al comunismo soviético y como decía Paz, hicieron el Mal a sabiendas. O a los españoles con la Falange y después con Franco, donde debe decirse, hubo ilustres decepcionados, como Dionisio Ridruejo, a quien ha estudiado muy bien Jordi Gracia. Tenemos inconstantes, como Ernesto Cardenal, en América Latina. Más vale.

M.R.: En Ateos no quedan afuera críticos y/o teóricos, pensadores, muy conocidos y de muy diversa orientación: Žižek, Agamben, Foucault, Byung-Chul Han, Beatriz Sarlo, Scruton, por citar algunos. ¿Cuál es tu relación con este tipo de crítica que es, en muchos casos, más bien de origen y uso académico? ¿Crees que la teoría en general (o como otros la llaman, la teoría crítica) haya contribuido a un mayor entendimiento de la literatura contemporánea?

C.D.M.: Mi vida, hacia los veinte años, antes que una elección calculada o deliberada, me impidió ir a la universidad. Debo ser uno de los pocos críticos literarios autodidactas, sin educación universitaria, que quedan en el mundo. Pero no soy antiacadémico: ¿cómo puede serlo un lector apasionado de Bénichou, de Empson, de Auberbach, de Genette, de Menéndez Pelayo, de Harold Bloom, de George Steiner, de Fumaroli, todos ellos universitarios de postín? Milité, de lejos, en la Fronda antipostestructuralista, antiteorética, en el estilo de Compagnon, Will H. Corral, José Guilleume Merquior.  En el origen está la colosal equivocación de la Escuela de Frankfurt después de la Segunda Guerra: mentes tan brillantes como las de Adorno sembraron el odio equívoco a la Ilustración y lo estamos pagando, literalmente, con sangre. Actualmente me entiendo mejor con los marxistas que vienen del humanismo como Kristin Ross, como Enzo Traverso, como Jameson, que con los posmodernos Žižek y Agamben, con sus campos de concentración mentales, un modelo cortazariano que arman en dónde pueden. ¿Qué pensaría un sobreviviente de Auschwitz cuando un Agamben compara aquello con un centro comercial de Milán? Muchos de los posmodernos, al carecer del sentido de las proporciones, banalizan la historia, les dan a los instrumentos una suficiencia metafísica ofensiva para la libertad individual. Lo siento, soy liberal en el sentido castizo y gaditano del término. Como Vargas Llosa.

M.R.: La poesía chilena está muy presente en Ateos. Me encuentro con artículos sobre Gonzalo Rojas, Enrique Lihn, Nicanor Parra y un escritor como Bolaño cuya relación con la poesía impregna toda su obra. ¿Cómo ves la tradición de la poesía chilena dentro de América Latina y cómo se ve desde México un país también con una fuerte tradición poética?

C.D.M.: Chile es parte central en mi biografía. Adolescente, me tocó recibir en la escuela a los niños y jóvenes que venían del exilio del 73, algunos amigos esenciales. Quise muchísimo a Gonzalo Rojas, además de admirarlo. Adulto, me tocó adoptar a un niño que nació en Santiago de Chile, mi hijastro pues mi segunda esposa, su madre, creció en Chile. Mis mejores editores están en Chile y por ello la literatura chilena, no sólo la poesía (me gusta y me disgusta tanto Armando Uribe como Marco Antonio Montes de Oca, por ejemplo, odio tanto a Teillier como a Sabines, los Andes no me privan de Chile), es parte de mi dieta cotidiana. Y los críticos, desde Alone y el cura Valente hasta mis contemporáneos, que son mis amigos, con los cuales siempre estoy en diálogo. Por edad y por fortuna, no me tocó conocer a Bolaño, pero lo considero chileno y mexicano. Junto a colombianos como Mutis, García Márquez Vallejo y los hispano–mexicanos como llegaron a serlo en diversos grados, los Moreno Villa, Cernuda, Tomás Segovia, etc., Bolaño está en mi Diccionario crítico de la literatura mexicana (2012), que se tradujo al inglés, por cierto, en una versión excelente de Lisa M. Dillman. Allí cuentan quienes han hecho literatura en México y no pido pasaporte. Los detectives salvajes es la mejor novela escrita sobre México desde Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, a quien hubiera incluido de no haberme impuesto la restricción de no salir de la lengua española.

M.R.: En Ateos te ocupas de la literatura argentina y no solo de la más consagrada como Borges, Piglia o Aira, sino que el lector se encuentra con una crítica atenta a escritoras muy actuales como lo pueden ser Mariana Enriquez, María Gainza o Mariana Eva Pérez. ¿Te parece que la narrativa argentina sigue respondiendo en calidad literaria a esa larga tradición que todos conocemos y apreciamos?

C.D.M.: Argentina y México son opuestos complementarios (contra lo que dicen, la brasileña es una literatura pequeña en dimensiones). Yo necesito de la Argentina, ese complemento, a diferencia de Chile, hostil, impenetrable. Contra lo que ellos creen —las excepciones se cuentan con los dedos de la mano— los cosmopolitas somos nosotros: un joven escritor mexicano siempre sabrá más de la nueva literatura argentina que al revés. Antes les bastaba su peculiar idea de París, ahora su mercado interno. En fin, pocos mexicanos han logrado darse a conocer allá, Morábito uno de ellos, quizá porque es un mexicano de Alejandría, Egipto, y de padres italianos. Mis héroes culturales vienen de la revista Sur. Vuelta y Letras libres, mis revistas mexicanas, vienen de ese árbol genealógico. Las escritoras argentinas, algunas de ellas, son las mejores de la lengua, así lo creo. En cambio, la poesía argentina, sin olvidar al Borges poeta, a Juarroz, a Olga Orozco, siempre ha estado por debajo de su narrativa. Conversando con Mariana Enriquez convenimos en lo interesante que es una escritora de segunda fila como Beatriz Guido. Tradición tumultuosa, como la mexicana.

M.R.: ¿Qué rol juega hoy el crítico literario? ¿Es una voz escuchada, referencial o, más bien, una forma de resistencia? ¿Cómo ves tu propio oficio en el campo literario y cultural que vivimos hoy en día?

C.D.M.: La crítica literaria es la más bella de las artes, como decía Wilde. Y en ella resiste la alta cultura. La torre de marfil que Flaubert encontraba amenazada: por eso hay que tener las ventanas bien abiertas hacia la plaza pública porque la mierda sube y sube.

M.R.: Me gustaría cerrar esta conversación hablando un poco de tus maestros literarios y/o intelectuales ya sean mexicanos, latinoamericanos o europeos. ¿Podrías hablar un poco de ellos, de quiénes son y qué aprendiste de ellos?

C.D.M.: Son una infinidad. En México, Cuesta y nuestros poetas críticos, Paz y Segovia. En España, don Marcelino, quien muerto en 1912 fue secuestrado por el franquismo. Guillermo Sucre, el venezolano, me animó mucho cuando salieron mis Tiros en el concierto (1997), lo mismo que Cobo Borda, desde Colombia. Saúl Yurkiévich, con quien pude caminar en Coyoacán y en París. José Miguel Oviedo quien escribió sobre mí, qué honor, lo mismo José Balza, autor de páginas inmerecidas sobre mi crítica literaria. Soy muy Tercera República, me quedo con la NRF de los años de entreguerras: Suarès, Du Bos, Thibaudet. También, veneno mata veneno, los frankfurturianos y el Hans Mayer alemán, el custodio de los Mann. En su diversidad, en inglés: Connolly, Kermode, Wilson, Pritchett, Steiner y el gran sobreviviente, Denis Donoghue. De los mis contemporáneos James Wood, Michel Crépu, Gumucio, el barcelonés Gracia, Filippo La Porta de Italia y Rafael Rojas, cubano y mexicano… Nunca dejo de comprar aún la más modesta recopilación de crítica en la más remota de las librerías de viejo. Si yo no lo hago, nadie lo hará. La crítica, etimología manda, siempre está en crisis.

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LALT No. 18
Número 18

En nuestro decimoctavo número, destacamos la obra de la reconocida poeta cubana Reina María Rodríguez, junto con la de João Cabral de Melo Neto, gran poeta brasileño y tercer escritor latinoamericano en ganar el Premio Neustadt. También presentamos a poetas mujeres latinoamericanas, literatura indígena de Brasil y nuevos libros en traducción, además de un rescate del ensayo a través de las palabras de Mariano Picón Salas.

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