Cipriano de Marta Orrantia

Cipriano. Marta Orrantia. Bogotá: Literatura Random House, 2020. 224 páginas.

En Cipriano, su tercera novela publicada, Marta Orrantia apuesta por un personaje sin grandeza. Elige adentrarse en la vida de un hombre caduco y huraño cuya historia parece demasiado común para ser narrada. Este es tal vez el mayor acierto de la obra. Es en las pequeñas dolencias de la vejez y en la pesadumbre cotidiana en donde la autora consigue explorar el carácter profundamente humano del personaje. Este no es un hombre extraordinario, pero su dolor y sus contradicciones son universales.  

Cipriano lo perdió todo. A sus setenta y seis años recibe una llamada de una aerolínea: su hija ha muerto en un accidente de avión. Pero eso no es todo, los restos de otro pasajero que viajaba en el mismo vuelo coinciden con su ADN. Ahora él, un viudo reciente, un viejo común y corriente, gris y solitario, debe hacer el duelo por dos pérdidas: la de una hija que dejó de hablarle años atrás, y la de un hijo al que ni siquiera conoció. Así comienza una dolorosa pero reveladora búsqueda por saber quiénes eran sus hijos.

Solo unos meses antes pensaba que lo tenía todo resuelto. Había vivido una vida pequeña, con un matrimonio mediocre y un trabajo simple. Guardaba algunos remordimientos, que intentaba no visitar a menudo. Estaba relegado a esperar la muerte, al margen de un mundo que le parecía cada vez más difícil de comprender. 

Desde que recibe la noticia el viejo ronda como un animal herido dentro de su apartamento minúsculo, sofocado entre los muebles y las fotos de una vida que tuvo, pero ya no le pertenece. Le teme al teléfono. Come poco. Evade su dolor llenando crucigramas y sudokus en la madrugada. En esos días de vacío por primera vez está obligado a reflexionar. ¿Qué fue de todo ese tiempo en que fue padre y esposo y hermano? Recordar es todo lo que puede ahora, para darle sentido a lo que fue. Da vueltas en su cabeza y solo encuentra vacíos. Descubre lo poco que sabe sobre las personas que pueblan su pasado. En medio del desasosiego se vuelca hacia su único vínculo: su hermano Néstor. Juntos emprenden la tarea imposible de reconstruir otras vidas: llenan formularios, visitan oficinas, recogen los objetos de la hija, investigan sin pausa sobre la identidad del posible hijo, siguen rastros, dialogan, se recriminan, se acercan, desentierran una vieja complicidad opacada por secretos y silencios.

Néstor y Cipriano se enfrentan a la desgracia paso a paso, con la paciencia de los que han vivido mucho. Van destejiendo un rencor guardado desde la juventud, y asomándose cada uno a la tragedia del otro.  El uno se ha quedado sin familia, el otro vive para cuidar a su esposa con Alzheimer. Cada uno, a su manera, ha perdido su pasado. Les queda la memoria y ese lazo debilitado de hermandad. Esto hace que recordar sea una de las acciones principales de esta novela, como lo sea tal vez en todas las novelas de viejos. Orrantia presenta con estos personajes la posibilidad de rememorar como acto generativo de realidad. Las personas, momentos y emociones que rescatan Cipriano y su hermano del pasado les sirven de guía, no tanto para saber qué fue entonces, sino para construir un presente menos fragmentado 

La historia de este hombre conforme no es diferente de la de muchos viejos anónimos que nos cruzamos cada día. Hay tal vez un Cipriano en cada familia, en cada oficina, en cada estación de bus. Este resulta extraordinario porque está construido a través de la mirada a la vez crítica y compasiva de Marta Orrantia. El personaje confronta al lector con la soledad abismal de los ancianos; con la realidad de alguien que vive en un mundo del que ya no hace parte; con la crudeza de la muerte como un evento ordinario y la memoria como último recurso para sobrellevar el presente. 

Para el protagonista de esta novela, la vida es algo que simplemente le fue sucediendo; sus desgracias son siempre culpa de otros, en especial de las mujeres. Ellas, su hija, su esposa, sus amores pasados, son una fuerza misteriosa e indescifrable. Prefiere pensarlas así que intentar acercarse a su humanidad. Cipriano encarna una masculinidad distorsionada y arraigada muy profundamente en la cultura colombiana. Lleva adentro un machismo heredado de infinitas generaciones. No se ha permitido nunca conocer sus emociones o cuestionarse las decisiones que lo llevaron hasta esa vejez sin compañía. Es solo a través de la pérdida que se empuja a reconocer las heridas que dejó en otros. Intenta por fin conocer a Juana, su hija y la única persona a la que amó con generosidad. Gracias a la pérdida, se enfrenta a comprenderla como ser humano, a verla como un espejo de sí mismo. Ese accidente, que es su gran tragedia, se convierte también en el catalizador de su trasformación; lo acerca a Juana, y le da la posibilidad de otro hijo, uno que años atrás, en algún lugar, quizá nació con su misma risa o sus mismos gestos. 

Al final de su vida Cipriano descubre que le falta todavía andar un tramo hacia adentro. El desamparo parece haberle ofrecido más de lo que le ha arrebatado, y puede finalmente preguntarse por sus errores. A través del acto de recordar se transforma el personaje, renegocia su identidad y sus relaciones. Todavía con un dejo de cobardía y egoísmo, comienza el hombre recio a doblarse hacia su interior. De todas las transformaciones, esta es posiblemente una de las más sutiles pero poderosas que puede ofrecer la literatura. La narrativa está poblada de jóvenes que se hacen adultos, o personajes que sufren crisis de la mediana edad, o descubren sus corazones rotos. Escasean personajes como Cipriano, sin aspiraciones de grandeza, sin vida por delante, pero con la enorme tarea de mirarse en retrospectiva y hacer de bisagra entre lo que fue y lo que será.

Andrea Beaudoin Valenzuela

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