Victoria de Stefano: Una presencia que deja una obra en espera

 

Victoria de Stefano, escritora venezolana. Foto: Martha Viaña.

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Convencido de que lo relevante se esconde en la generalidad, el autor del siglo XX habría comenzado con alguna versión orgánica de la esquina. Dos calles dibujando una T: la angosta Avenida Principal que se corta en otra avenida, de mayores dimensiones pero sin más atributo que su nombre. Esta ancha avenida tiene apelación literaria; se llama Rómulo Gallegos. Estamos hablando de Caracas. De una urbanización elegante y de nombre nativo: Sebucán. La Avenida Principal de Sebucán acaba en la Rómulo Gallegos, que en el pasado conectaba las haciendas de café y cacao hacia el este del casco de la ciudad. La Principal de Sebucán no es larga, pero como va hacia el norte, o sea, hacia la montaña, su pendiente ascendente, junto con las dos hileras de imponentes jabillos que la flanquean y deforman calzada y aceras, hacen de esta vía un camino penumbroso e irregular hacia la profundidad de la montaña, que por esas cosas del desarrollo urbano se fue alejando cada vez más.

En el Cruce de la Principal con la Rómulo Gallegos estaba Pulido, entre las seis de la mañana y el anochecer. En algún momento del pasado remoto había asumido la tarea de ordenar el tránsito. Para ello se vestía formal, con saco y corbata, y usaba un silbato con el que arengaba a los autos. No importaba que en esa esquina hubiera semáforos, y que los conductores no atendieran sus indicaciones cuando la luz pasaba a verde. Pulido entendía su presencia como un servicio. Aprovechando la luz roja de la Principal, que duraba más, se acercaba a los autos y a cada conductor le soltaba un grito que significaba aliento, celebración, saludo, advertencia y pedido de limosna: «¡Ánimo!». Lo decía a cada momento, era la contraseña al acercarse y de despedida cuando los autos arrancaban. Y era la forma como muchos lo llamaban porque ignoraban su verdadero nombre, enigma que conocían antiguos vecinos del área, testigos de los primeros tiempos de Pulido. Ese secreto me lo reveló Victoria de Stefano.

Pulido tenía gestos ampulosos y exagerados, en algunos casos chocantes, como de exasperación o impaciencia; en cualquier caso siempre subrayaban lo que el semáforo decía. Así, si el tránsito no podía avanzar, él exhortaba a seguir de todos modos. Le preocupaba que el flujo no obedecía las luces, a las que miraba a cada momento. Probablemente advirtiera la inutilidad de sus gestos, pero consideraba su deber sumarse al automatismo de los semáforos.

Sin saber qué hacer con un saco y dos corbatas que nunca usaba, se los regalé. Pulido en todo momento llevaba ropa gastada. Reaccionó como ante las monedas que recibía: una exclamación breve y agitada, y enseguida el guiño verbal: «Ánimo!». A partir de ese día, ver si llevaba puesta alguna de esas viejas prendas fue un motivo adicional de curiosidad. Tununa Mercado habla de la ropa de los pordioseros. Me desconcertó que sólo durante una semana llevara puesto mi saco; que yo sepa, luego nunca más volvió a usarlo. En todo caso puedo decir que le quedaba muy bien, en gran parte porque al contrario de mí, él sabía llevar un saco. Cualquiera que fuera. El saco subrayaba su prestancia – a mí, al contrario, suele aplastarme–. Mi sentimiento era que usando ropa que había sido mía, Pulido resultaba más cercano: él sería un poco yo.

Victoria tiene un conocimiento bastante preciso de los mendigos o linyeras de esa zona de la ciudad. A esa gente en Venezuela se los llama «locos». Siempre me pregunté por qué. Quizás en parte pueda explicarse por el uso plausible de «ser» y «estar». Es frecuente la expresión, por ejemplo, «Pero tú estás loco, chico». Frase de uso muy amplio, cuyo sentido depende de la entonación y el contexto. La frase señala, en todo caso, un estado de locura puntual, momentánea. Sin embargo, «ser» loco es del todo consustancial. Era secundario que Pulido pareciera loco, porque básicamente era un loco.

Otro loco conocido de Victoria se la pasaba leyendo y escribiendo; y rehuía, al contrario de Pulido, el contacto con la gente. Tanto así que resultaba completamente pacífico. Victoria sostenía que era una persona cultísima, erudito en varias disciplinas, químico diplomado. Se sentaba siempre en los mismos umbrales, en general al lado de los pocos comercios que había por allí, acompañado de sus libros y cuadernos.

Una mañana nos acercábamos a donde él estaba con sus papeles y Victoria, que solía charlar con él, me preguntó si no quería que me lo presentara. Me dio timidez. Los vecinos solían llevarle comida. Al contrario de Pulido, aunque sin nombre que yo recuerde, este loco tenía para mí una figuración literaria: me recordaba a Arturo Borda, el artista boliviano que había vivido en La Paz, dedicado a la escritura en las calles de por vida, después de una estafa sufrida a manos de un galerista de Buenos Aires. Y también, a Arturo Borda se lo había apodado «el loco».

En realidad estos párrafos están dedicados a Victoria. Creo que si el hiperquinético Pulido y su apacible colega están de tal modo presentes, ello se debe a la alerta vocación callejera que encuentro en el carácter de esta escritora, vocación unida a su condición de caminante consumada.

 

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La primera vez que hablamos fue en México, en un micro que llevaba escritores. Yo vivía desde hacía poco tiempo en Caracas. Cosa curiosa, en esa conversación salió el tema de Pulido. O sea, puedo decir que supe de él antes de conocerlo. Salió antes que cualquier otro tema referido a escritores o a novelística en general. Frente a esos personajes barriales Victoria ha desarrollado tanto un sentimiento de compasión como de afinidad literaria. Por otra parte, para comprender mejor su actitud compasiva, y de mucha otra gente de la zona, hacia los locos, subiendo por la Principal de Sebucán había un ambulatorio de enfermos psiquiátricos, donde vivían varias personas en esa condición y desde donde salían a caminar por las calles aledañas a cualquier hora, solos, en grupos o acompañadas de amigos o familiares.

Como digo, a través de los comentarios de Victoria sobre Pulido, principalmente, pude ver proyectada la comprensión incluso el afecto, de la comunidad hacia sus propios locos, como si se tratara de vecinos sobre quienes se había ensañado una desgraciada pero en cierto modo benigna fortuna, a veces dulce pese a ser amarga, que en todo caso tenía el efecto de tornar ingenuo el sufrimiento de los desafortunados. Quizá también de ahí la palabra «loco».

Mientras viajábamos en el bus en México le mencioné a Victoria que unos meses antes había encontrado una novela suya en Ludens, la librería de Plaza Venezuela. Preso entre dos gruesos libros, en la letra D se destacaba el lomo celeste de El lugar del escritor. El título me había intrigado, evidentemente no tanto por lo que decía sino por lo que anunciaba: un relato de espacios y una localización vaga. Pocas palabras más difusas que la palabra «lugar». Yo encontraba que esa indefinición se proyectaba sobre la palabra «escritor», ya de por sí bastante ambigua, para asignarle un valor aún más indecidido, dado que también veía por primera vez el nombre de Victoria. Gracias a esa falta de información –estaba llegado al país hacía muy poco tiempo– recuperaba una de esas impresiones que producen los libros sólo a corta edad, cuando algo nos inclina a ellos y lo ignoramos todo, incluso el motivo de nuestra curiosidad; no sabemos si nos atraen las características físicas, el título o la sonoridad del autor, despertando de cualquier modo un deseo impaciente.

Este sentimiento mezcla de extrañeza y curiosidad al encontrar El lugar de escritor, se fue repitiendo ante cada libro de Victoria, tanto con los previos, para mí entonces desconocidos, como con los posteriores, como sí fuesen mandatos derivados de la ambigua asertividad de cada uno de los títulos. El desolvido, Cabo de vida, Pedir demasiado son ejemplos de esa incomparable forma de prometer lo que no se tiene de prometer un simulacro de vida, promesas sobre las que sólo la literatura es capaz de apoyarse y que Victoria formula en sus relatos de un modo ejemplar. Y de acuerdo con esas promesas, cada libro termina siendo una desmentida y una redención de sus culpas. Otra novela La noche llama a la noche, pertenece también a ese puñado de títulos misteriosos, entre poéticos y esquivos, que predican una trama escondida en su trágica domesticidad. No importa si efectivamente procede de un verso de Verlaine, el título habla de un apetito autónomo y de una organización sustraída a la voluntad de las personas: la noche atrae a la noche, crea más noche, y también la noche denomina a la noche, le presta su nombre.

Durante años vivimos a pocas cuadras de distancia. El edificio que yo ocupaba tenía una puerta escondida hacia la calle de atrás, saliendo por la cual estaba a doscientos metros de la casa de Victoria. Pero si salía por la entrada del frente, por esas cosas del diseño caprichoso de aquella zona, debía caminar unos seiscientos metros hasta su casa. Sería fantástico poder decir que me separaban mil metros, o dos mil o aún más, porque expondría muy gráficamente lo irregular de esa red callejera.

En cualquier caso, siempre tuve la sensación de que Victoria vivía «hacia la parte de atrás» de zona cuya avenida troncal, a metros de la esquina donde Pulido dirigía el tránsito, era su cara visible; un sector calmo de vida cotidiana. Y también pensaba que ella había amoldado a ese entorno su forma de escribir y de acceder a sus temas.

Sin embargo, no conozco tanto su casa como podrían sugerir estos detalles. Durante los años que mantuvimos una relación directa habré estado en ella una o dos veces, aunque pasaba por la puerta casi todos los días. Quiero decir, Victoria era una presencia –lo sigue siendo, aun cuando nos separen miles de kilómetros– que actuaba de una manera no sólo física, sino sobre todo espiritual. Era la irradiación, algo así como un núcleo imaginario de aliento y literatura. Núcleo obcecado en sus preferencias y vocación, digno, comediado, hospitalario, increíblemente erudito y empático.

Uno puede imaginar esa casa de paredes blancas y ventanas abiertas, por donde entran los ruidos tranquilos de vecindario a la luz constante del día. Pero en realidad, ruidos tranquilos y la luz homogénea entran por todos lados, como si las paredes fueran sólo aparentes. Es un entorno que no ha cambiado en décadas: calles cortas y angostas sin demasiado tránsito, de veredas estrechas que para caminar nadie usa, casa silenciosas y bajas. Las calles o avenidas importantes cercan la zona con un constante flujo de autos. El vecindario se convierte así en centro ignoto de emanaciones literarias desde donde me gusta imaginar que Victoria escribe sin precisar nada más; porque ese lugar es predicado por ella como si con cada nuevo libro se materializa, el lugar, desde el vacío de su presencia medio desapercibida.

Si uno se pone a pensar es probable que los mismo ocurra con las casas, ámbitos o estudios de todos los artistas. Ellos trabajan en una superficie de varios metros cuadrados, muchos o pocos; se trata por la general de lugares cerrados y sustraídos a la mirada política. Incluso cuando un escritor o un músico escriben en una biblioteca o en la mesa de un café, para quien no los identifique resulta incierto suponer que estén «creando» o «componiendo», porque en ese momento intervienen circunstancias muy habitualmente asociadas a ciertos sitios, casi anónimas. (Y por eso mismo, cuando los vecinos veían al «loco» amigo de Victoria escribir en sus umbrales preferidos, suponían que estaba «creando» todo el tiempo; porque nadie que no sienta el impulso incontenible de plasmar sus ideas apenas surjan, se va a instalar en un umbral a escribirlas.)

Uno siempre sucumbe al «lugar» desde donde emana la obra, en el sentido de origen entre profano y moral de los rasgos privilegiados de ese arte. Incluso se podría pensar que, siendo violento sostener hoy que la mera subjetividad de un individuo es la fuente excluyente de su obra –aunque sin firmes argumentos para descartarlo de manera absoluta–, más bien el lugar físico se convierte en sucedáneo de esa subjetividad, transformada ahora en una serie de presencias especiales y frecuentaciones cotidianas. Me ha pasado peregrinar durante horas o días enteros para observar fachadas y frentes de edificios detrás de cuyas paredes trabajaron o vivieron artistas. Lugares donde no se conserva nada, ni una chapa de recordación, pero que siguen poseyendo, en mi opinión, una sublime energía vinculada con la antigua presencia de aquellos ocupantes.

A veces nos encontrábamos en un bar llamado Niza. Una combinación de fuente de soda, café, pequeño abasto y lugar de comidas rápidas que tenía dos o tres mesitas elevadas adentro pero una gran superficie y varias mesas cuadradas sobre la acera. Estaba en Los Palos Grandes y daba a una calle ciega, como se dice allí, y por lo tanto bastante tranquila. Atendía el Niza un matrimonio de inmigrantes, supongo que portugueses. El hombre era mudo; eso hacía que pareciera arisco. La mujer tampoco hablaba mucho. Los ayudaban dos hijos, que eran mellizos, ambos varones. También de pocas palabras, en ese entonces eran unos muchachos. Victoria tomaba invariablemente café o agua. Yo pedía un jugo o un café. No recuerdo que hayamos comido nunca, lo cual puede deberse al horario en que nos veíamos –y en el caso de ella, a su rotunda condición frugal–.

Me resulta fácil aislar las conversaciones con Victoria del ambiente en esos momentos, atravesados por los ruidos de la esquina, la brisa tranquila y la espesa luz de las tardes. Antes de preferir el Niza, durante una temporada nos encontramos en la terraza de una panadería llamada La Vizcondesa. Estaba en la planta baja de un gran edificio, algo elevada respecto de la acera, y allí habían puesto un montón de mesas y sillas blancas de plástico, algunas con sombrillas entre las que el sol se iba colando a medida que la tarde avanzaba. Era habitual que Victoria se encontrara con amigos o vecinos, y que se acercaran a conversar por unos momentos. Estas intromisiones nunca me molestaron; al contrario, enseguida se convirtieron en algo así como pautas indiciales de nuestra conversación, porque sin darnos cuenta aprendimos a incorporarlas, cuando fuera que debían ocurrir, como puntos alrededor de los cuales la charla cambiaba de tono, de asunto o de velocidad. Era difícil que se produjera algún cambio si no mediaba una interrupción, esto puede parecer lógico. Pero lo curioso era la percepción que fuimos adquiriendo respecto de la inminencia de una información, a tal punto que era el ritmo del diálogo lo que parecía atraer a los amigos de Victoria hasta nuestra mesa, y no revés.

Todo esto puede sonar muy Proust, es verdad. Y me animaría a decir que Victoria es una encarnación proustiana. Lo sugiero desde varios puntos de vista, por lo menos dos. En primer lugar, la particular manera como el interlocutor percibe en Victoria la presencia del pasado y sus recuerdos, habitando su presente; no es como la de quien, según dice la frase hecha, «vive en el pasado» o «vive de los recuerdos». Victoria recupera la dimensión evocativa como motivo de su conversación sobre el presente; un presente y un pasado que, por otra parte, no están constituidos meramente por hechos y recuerdos, experiencias materiales y afectivas, sino sobre todo por lecturas. Y con esto me refiero al segundo aspecto de su proustianismo. No conozco otra persona con un conocimiento tan acabado y transversal del XIX. Todo aquello respecto de lo cual Proust es emblema literario, que lo haya antecedido o trascendido, o sea, prácticamente todo lo escrito, ha sido leído por Victoria y está incorporado tanto a su inteligencia literaria como emocional.

Aparte de Pulido, otra de las cosas que en el bus mexicano nos conectó de inmediato fue nuestra inclinación por las caminatas. Pero ella pertenece al grupo de los caminantes consumados, como lo han sido también los grandes escritores que se dedicaron a ese hábito, que en realidad fueron los más grandes escritores, siempre; me refiero a que es una persona metódica. El método de la caminata modeló su percepción y su relación con su propia literatura. Y como acaso resulta imaginable, las caminatas están siempre muy presentes en sus historias como instancias de aprendizaje y de introspección.

Una de sus novelas tiene un título encantatorio –quiero decir hipnótico–: Historias de la marcha a pie. Estoy seguro de que nuestra sintonía no obedeció básicamente a los libros o a miradas sobre la literatura, sino a la actitud frente a la realidad cotidiana, o moral, derivada de nuestra condición recíproca, digamos, de caminantes, que como tal es una condición abiertamente predispuesta a lo digresivo. En Historias de la marcha a pie, opera un relato que respira según las pautas del caminar urbano, precisamente por esas calles donde Victoria vive, ello contrastado con la observación del derrumbe físico y espiritual de un ser amado.

Los libros de Victoria son historia inacabadas, alucinantes en su definición alejada de cualquier idea de heroísmo, y de una empeñosa domesticidad, que se adaptan al vehículo elegido para ser transmitidas, o sea el relato, pero cuya desavenencia continua con lo que se dice, y la decepción con lo que ocurre, tiene como resultado un sentimiento de sosegado fracaso, de un éxito inútil, alcanzado además a destiempo. Sus personajes esgrimen un primer objetivo: vencer el cansancio moral en el que se hallan atrapados y promete hundirlos. Después, una serie de complicaciones mundanas, mitos caseros y sentimientos irreductibles –como culpas del pasado o mandatos familiares o éticos– los condenan probablemente a la inacción y la desesperanza.

En el Niza o en La Vizcondesa, a veces estaba tentado de decirle que me parecía exageradamente letrada para ser escritora. Habría sido un chiste, claro, un recurso para mostrar mi torpe perplejidad ante esa vasta biblioteca representada en sus libros.

En el Diario 1988-1989, Victoria evoca una escena del pasado: «… es de noche, estoy en Zürich, leo La Cartuja de Parma, paso la noche leyendo. Si no hubiera leído La cartuja no hubiera conocido la pasión de escribir». Esta certidumbre es de una reveladora ambigüedad: a la autora no le importa aclarar si conoció la pasión de escribir al verla inscripta en la novela, o si en realidad ésta le transmitió una pasión que la autora asumiría desde entonces como propia. Las experiencias se desordenan, evidentemente no tanto debido a su organización práctica como a una frase perteneciente a los Diarios de Musil: «Vivir, vivir… no desear sino experiencias: con tal disposición se inventa una novela».

Uno siempre tiende a establecer jerarquías, pero no es fácil encontrar en la literatura de Victoria un título decisivo en el desarrollo de su escritura, o que atraiga por sobre otros las coordenadas principales de su obra. Acaso esto sea así porque ella es más que nada una presencia que deja una obra en espera. El carácter intelectual y afectivo de Victoria –curioso y estoico, renuente a la vida literaria pero observador, dado a la intimidad pero frecuentemente indignado frente a lo público–, me hace encontrar en ella un perfil de escritor bastante infrecuente, que asume la dicción asumida en sus libros como una de la más profundas de la discreción intelectual.

Extractos del libro Teoría del ascensor. Zaragoza: Jekyll & Jill, 2016. Páginas 169-176.

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