The School of Solitude y Gran Jefe un Lado del Cielo de Luis Hernández

The School of Solitude: Collected Poems. Luis Hernández. Traducción de Anthony Geist. Chicago: Swan Isle Press, 2015. 167 páginas.

Gran Jefe un Lado del Cielo. Luis Hernández. Edición de Luis Fernando Chueca. Madrid: Esto no es Berlín ediciones, 2017. 174 páginas.

La reciente publicación de dos antologías de la poesía de Luis Hernández rescata de un inmerecido olvido a una voz fundamental de la lírica peruana de la segunda parte del siglo XX. Perteneciente a la llamada Generación del 60, de la que también formaron parte otros nombres importantes de la poesía peruana como Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza, Hernández renovó la palabra poética en el Perú, dotándola de una vitalidad expresiva muy novedosa y audaz para su época.

Nacido en Lima en 1941, Hernández es, desde hace tiempo, un poeta de culto en el Perú. Las escasas ediciones de sus libros, su fama como un poeta excéntrico e irreverente y su misteriosa muerte ante los rieles de un tren en 1977, en las afueras de Buenos Aires, pronto lo convirtieron en leyenda. Asomarse a su obra es ingresar a un vasto juego de escondites, adivinanzas y enigmas al que nos invita la palabra de un adolescente eterno, siempre travieso e iconoclasta. Médico de profesión, Hernández hizo de la poesía, la música y la bohemia los ejes centrales de su existencia. En vida sólo publicó tres poemarios: Orilla (1961), Charlie Melnik (1962) y Las constelaciones (1965), pero ello bastó para cautivar a una gran legión de lectores y cultivar su leyenda. En la poesía de Hernández, la ciudad es una imagen recurrente: bajo su mirada, Lima es un espacio fantasmal e imaginado, aunque no por ello carente de referencias concretas para cualquier conocedor de la capital peruana.

Asimismo, el mar es un escenario predilecto del poeta: un telón de fondo, a menudo neblinoso, para un yo poético solitario, herido y melancólico, como vemos en el poema “Soy Luisito Hernández”. En los versos de Hernández, la marginalidad y el desamor se dan la mano una y otra vez, como producto de una expresión poética que transita fácilmente entre lo culto y lo popular. De allí que el lenguaje callejero sea capaz de dialogar libremente con algún verso en latín, en francés o en alemán; y la música de Debussy o Chopin sea capaz de compartir un mismo escenario con una melodía de Los Beatles. Tal irreverencia fue incomprendida por la crítica de los años 60, pero lo cierto es que Hernández abrió un nuevo camino expresivo para futuras generaciones de poetas peruanos. Para muestra un botón: el poema “Ezra Pound: cenizas y silicio”, donde la voz coloquial del poeta le dirige estas palabras al célebre poeta norteamericano: “Ezra/Sé que si llegaras a mi barrio/Los muchachos dirían en la esquina:/ Qué tal Viejo, che’ su madre/ Y yo habría de volver a ser el muerto/ Que a tu sombra escribiera salmodiando/ Unas frases ideales a mi oboe…”.

Gracias a la palabra de Hernández, la juventud es vivida de una manera libre y traviesa, cuestionadora siempre del orden vigente. Por ello, el humor y una lúdica irreverencia que expresa el espíritu rebelde de los años 60 nunca están ausentes de su expresividad poética. La música es también una referencia constante: ella no solo tiene la virtud de purificar a las personas sino también de devolverles su inocencia y humanidad. Tal es el caso de “A un suicida en una piscina”, un poema de marcado lirismo dedicado a Brian Jones, un viejo integrante de la banda de Los Rolling Stones.

El tercer libro de Hernández, Las constelaciones, de 1965, es tal vez su libro más logrado. Los astros son aquí una imagen de la soledad y el narcisismo del poeta, todo ello en medio de un lenguaje inquisitivo, enigmático y personal, rico en potencia expresiva y cargado de una emotividad singular para celebrar las creaciones de figuras admiradas como Beethoven, Chopin o el ya mencionado Ezra Pound. Pero no obstante la madurez poética de este volumen, y acaso desalentado por la recepción crítica de sus libros, Hernández abandonaría la publicación formal de su poesía luego de este tercer libro. Optaría, en cambio, por escribir en cuadernos ológrafos, hechos con rotuladores a colores y una caligrafía cuidada y precisa, a menudo ilustrando sus textos con dibujos de variada índole. Se desconoce cuántos cuadernos dejó el poeta, pues solía regalarlos a amigos y personas anónimas. No obstante, se calcula que hay unos 70 cuadernos en existencia. En ellos aparecen reiteradas veces los nombres del pianista Shelley Álvarez, Billy the Kid o el indio piel roja Gran Jefe Un Lado del Cielo, todos alter-egos del poeta. El rasgo común de estos personajes es su soledad y su gran sensibilidad.

El Gran Jefe es probablemente el personaje más logrado de Hernández. Lo caracterizan su pasado nómada en las praderas del oeste norteamericano, su exilio en Lima, su afán contemplativo y su gran ternura. Gran Jefe ama la noche y la cultura clásica y tiene una capacidad prodigiosa para la contemplación. Un complemento ideal de éste es Shelley Álvarez, un pianista trotamundos siempre en busca de un lugar para tocar su piano y expresar su amor.

Tanto la antología bilingüe de la poesía de Hernández The School of Solitude, finamente traducida por Anthony Geist, así como el volumen Gran Jefe Un Lado del Cielo, que incluye un lúcido prólogo de Luis Fernando Chueca, son ediciones que debemos saludar con entusiasmo. Ambos libros no solo permitirán a nuevos lectores conocer la poesía de Luis Hernández, sino que también les permitirá ingresar a un universo lírico original y versátil, sin duda merecedor de una mayor atención crítica.

César Ferreira
University of Wisconsin-Milwaukee

Lee cuatro poems de Luis Hernández en LALT Nro. 5.

 

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