Anastasia Candre: mujer semilla, mujer de vida

 

Anastasia Candre Yamacuri, poeta y artista murui-ocaina (1962 – 2014). Foto © Festival Internacional de Poesía de Medellín.

En medio de la inmensidad de la selva amazónica, entre murmullos de agua y cantos de aves, se encuentra un río llamado Igara Paraná, afluente del Putumayo, que se expande formando un lago. Este lugar es conocido como la Chorrera, cuna de saberes y testigo de masacres. Fue ahí donde se instaló la Casa Arana a inicios del siglo XX, una industria cauchera que usaba la muerte como moneda de cambio. En su afán de desangrar los árboles de su savia, la Casa Arana desangró también una vasta tradición que estuvo a punto desaparecer junto con sus múltiples voces. En este lugar, algunos años después, creció Anastasia Candre, Fátiku, mujer sabia, voz de la tierra, voz de la chagra, del gran útero que es la vida.

La vida de Candre transcurrió entre la tierra y la palabra, el acto y el pensamiento. Su voz es canto que transmite los pasos recorridos, los encuentros, los desencuentros y los saberes adquiridos. En la tierra cultivó y aprendió sobre la vida en la gran escuela que es la chagra; sus primeras maestras fueron las abuelas, la yuca, el ají, el ñame. En la chagra aprendió que todo lo que se cultiva con amor da buenos frutos, vida para compartir; la palabra bonita, la palabra sabia, alimentan el alma cuando se comparten. En ese entonces comenzó su camino que quedaría plasmado en poemas y pinturas, cuando era una niña que en los días aprendía de la tierra y en las noches, a escondidas, aprendía de los hombres que se sentaban en el mambeadero a compartir saberes. 

De madre murui y padre ocaina, Candre creció con los saberes de estas dos comunidades, pueblos hermanos hijos de la Coca y el Tabaco. Siempre con la curiosidad despierta y con ganas de compartir su tradición, estudió lingüística y con esos conocimientos dedicó varios años a investigar y explorar los cantos del Baile de Frutas murui. Fue entonces cuando topó con uno de muchos obstáculos que tendría en su camino por ser mujer: había conocimientos que no tenía permitido adquirir y menos transmitir. Pero ella decidió portar tales saberes con orgullo y compartirlos con amor, así como portaba la chagra y compartía sus frutos, porque Candre siempre traía consigo alimentos. 

La chagra, ese útero siempre fértil, y sus alimentos estaban dentro de Candre y brotaban de su interior en canto, palabra y pintura. Los poemas le hablan a la chagra y son a su vez la voz de la tierra que habla. En el poema que lleva su nombre, la chagra es abundancia, es el ciclo eterno de muerte y renacimiento, es madre y maestra. 

 

Juzie1

Uzungo, yuai buinaiño 
Uzungo, yuai nango 
Afego ria rite 
Ñue uiñote naaga mona

Juzitofe, maikatofe, farekatofe,
«Uzungo» Mai kai juziemo
Kai riijizai, jakaizairi, ogoyi, beyaji, rozidoro

Diga amena tiia meino 
Diga, raoniai jaitaja meino 
Enie jobaiya meino 
Kue nabai biya 
Monifue dukina

Juziemo yetarafue yoga 
Juziemo yofuegakue 
Juziemo, uzungo ie jito, ie jiza 
Ie, jito, ie jiza uruii yofuete.

 

La chagra

Abuela de la abundancia Abuela dueña del baile de frutas 
Ella, siembra las semillas
Y las cuida con amor maternal

Palo de yuca, yuca brava, yuca dulce, yuca para la bebida
¡Abuela! quiero ir a la chagra
A sembrar tubérculos, ñame, plátano, maíz, piña

Reemplazo de muchos árboles que se tumbaron 
Bejucos que lo cortaron y sangran 
La tierra que quemaron 
Llega mi hermano
Y llega la abundancia

En la chagra se enseñan los consejos 
En la chagra fue donde me enseñaron 
En la chagra la abuela enseña sus saberes 
A sus hijos e hijas, nietos y nietas.

 

Anastasia, o Fátiku, su nombre tradicional, escribía sus poemas en dos lenguas, pero hablaba muchas más. Conocía la murui, bora y ocaina, pero también entendía las voces de la selva, sus murmullos y cantos. Era una mujer danzante y cantora, cantaba sobre ancestros, abuelos e historias, reviviendo voces ancestrales; su voz fue la semilla de la maloca en distintos auditorios, que germinó en experiencias dentro de cada asistente.

Candre era una mujer de fuerza y sabiduría. En todo aquel que la conoció dejó enseñanzas, amor y luz. Era una mujer alegre que sabía cuándo hablar y cuándo callar, y su palabra fue siempre certera. Una palabra versátil que bebía de diversos saberes y se reinventaba en poesía y canto. 

A lo largo de su caminar, Candre exploró conocimientos de diversas tradiciones y los incorporó en su experiencia, en su visión y en sus poemas. Visitó muchos lugares y conoció personas que le compartieron saberes que ella, con oído atento y espíritu abierto, sembró en su interior. El legado que dejó nos cuenta sobre ese camino que transitó, sobre aquellos abuelos que conoció. Uno de ellos fue el yagé, que no pertenecía a su tradición, pero fue parte importante de su camino. El abuelo Yagé habla en uno de sus poemas, se presenta como espíritu eterno, habla de su don sanador y sabio, muestra su fortaleza y grandeza. 

 

Unao

Kue unaodikue, buuñedike 
O uzumadikue 
Nuiona abi mamedikue 
Jakire eroidikue

Kue unaodikue
Janayari izoi jirayiña raidikue
Kuena jakiruiñeno zigioitioza

Fia o janaidikue 
Buuñedikue unaodikue 
Joriaina naidaidikue

Jira namadikue
Jifaiya buinaimadikue
Digaa duiko duiñode funotimiedikue

Kuemo jiyua, baitara uai ite 
Yagueroide komena jaka faidodikue 
Kueri, kaiyia duekaidikue

Jae itikue ie iadi buu kueri jifanoñede 
Komini finoriya raodikue 
Kuemona diga nairai abina onode 
Unao Buinaimadikue.

 

El yagé

Yo, soy el yagé, no puede decirme quién eres
Soy, tu abuelo
Boa, así me presento
Mi presencia es miedosa

Yo, soy el yagé
Soy como el jaguar, que me siento, con mi piel pintada 
No te asustes de mi presencia, ¡abrázame!

Sólo es tu imaginación
No me diga, ¿quién eres? Soy el abuelo yagé
Soy el espíritu que permanece de pie

Yo soy la sanación
El dios que hace embriagar de los sueños maravillosos 
Cuántas enfermedades he quitado con mi soplo

Mi palabra es de vida y de saberes 
Maldigo aquellas personas burlonas 
Si me piden perdón, perdono
He existido desde un principio y ningún ser se burla de mí 
Yo soy el bejuco de la ciencia de los saberes 
De mí, mi gente tuvo conocimiento 
Soy el dios, yagé. 

 

La poesía de Candre es un diálogo constante entre saberes, diálogo que está mediado por sus propias vivencias y sentires. Es una diversidad de tradiciones que se dejan ver, pero se reinventan y redinamizan en la palabra. No se trata de cantos a una naturaleza inerte y distante, sino que es la vida misma que se expresa, la voz de Candre que reinterpreta las voces que encarna. El yagé no solo es espíritu, abuelo de saberes, sino también experiencia. Es en la interacción con el espíritu sagrado, en el diálogo y el respeto, donde surge la experiencia, la unión y la transformación. 

El espíritu de Candre no sabía de fronteras, y en cada abismo que encontraba tendía un puente. Como investigadora conoció y entendió muchas tradiciones ancestrales, como cantora las compartió y como artista y poeta las reinventó. Quiso siempre rescatar del olvido lo ancestral y hacerlo renacer en diferentes ambientes, incluso los que le eran ajenos. Conoció la palabra ritual, la palabra sanadora, de consejo, la palabra bonita, y las portó y usó para derramar con ellas vida y bienestar a quien quisiera escuchar. 

Ser mujer fue determinante en su camino, no solo por los obstáculos que ello representó, sino porque marcó su manera de apreciar el mundo: la mujer es vida, amor y sanación; pero también es fortaleza y belleza. Aprender de la chagra fue aprender a relacionarse con el otro a partir del amor y el cuidado, y entender que de ese trato surge la vida. Por eso en su poema más conocido, “Picante como el ají”, la mujer es descrita como el ají: fuerte, picante y bella.

 

Izirede jifiji izoi

Kaimare, izirede
Ziore jayede jifiji
Afe izoi muruirigó komeki
Ikirifirede fucna boored

Muruiño rigó abi ziore jayede
Jifirai zafiana
Daigo uai riirede jifirite

Daigo fiaikana ie komeki mananaite
Ie mei daigo zadaide; ji, ji, ji
Jifiji, rigo komeki
Jifiji, rigo mairiki
Jifiji, rigo manue
Yetarafue
Ua reiki duiñede ie komeki
Kaimare ite ie jofomo

 

Picante como el ají

Sabroso y picante 
Su aroma delicioso
Así como el corazón de la mujer uitota 
Furiosa y sus labios ardientes

Mujer uitota su cuerpo oloroso 
Como el perfume de la flor del ají 
Su voz fuerte y picante

Sola se calma de su ira, pero su corazón ardiente
Y comienza a reírse ji, ji.ji
El ají, corazón de la mujer 
El ají, la fuerza femenina
El ají, planta medicinal de la mujer uitota 
Es la verdadera enseñanza y     conocimiento 
El verdadero fuego de amor que no se apaga
Y vive alegremente en su dulce hogar

 

Su obra es breve, pero gigante y llena de riquezas. Con siete poemas publicados y una Conjuración a la madre que pronto será publicada, Candre desarrolló una gran cantidad de temas que bailan entre lo espiritual y lo físico, entre el hombre y su entorno, entre el acto y la palabra. Es una de muchas voces indígenas, presentes y ausentes, que transmiten saberes invaluables, y están comenzando a ser escuchadas. 

Su vida, como su obra, fue corta; nos abandonó cuando aún era muy joven, pero dejó semillas regadas en nuestro mundo. Su voz fuerte aún retumba y trae consigo sanación. Aunque no tuve la fortuna de conocerla en vida, Anastasia se encargó de encontrarme y de enseñarme a portar con orgullo mis raíces, me mostró historias y saberes que enriquecieron mi camino. Me encontró y desde entonces me acompaña con su palabra sanadora. Cuentan quienes la conocieron que, aunque su partida fue inesperada, Candre se despidió y abandonó su cuerpo sabiendo que permanecía en la palabra y en el interior de cada corazón que tocó. El último de sus poemas publicados deja una sensación de despedida, de cierre. En él Candre habla de su vida, de su obra, de su palabra y de su sueño que se hizo realidad. Es el legado que deja para que crezca y alimente a otros.

 

Nikairiyangodikue2

Nɨkaɨriya izoi komuidɨkue 
Eiño nɨkaɨdɨkue, rɨngodɨkue 
Kue duenia, ñuera uaina nɨkaɨritɨkue 
Kue kakana uai monaiya 
ja jitaɨngodɨkue, kaɨmare ɨnɨdɨkue 
Kue nɨkaɨriya uafuena jaaide, fia     nɨkaɨñede 
Kaziya rɨngodɨkue ua rɨngodɨkue 
Naɨmekɨ rɨngodɨkue fareka rɨngodɨkue 
Kue komekɨ farekabina ite 
Fɨenide uai naɨmedɨkue 
Nɨkaɨriya izoide 
Kue uai manaɨde, jiyua uai 
Manuena nɨkaɨritɨkue, i kue manoriya 
Manoritɨkue, kaɨmare ɨnɨdɨkue 
Monaide, kaɨmare kazidɨkue 
Jiyodɨkue taɨjɨemo komekɨ uide 
Kue nɨkaɨriya dai monaiya 
Nɨkaɨriñede komena iñede 
Naga kome nɨkaɨrite 
Afe nɨkaɨ monifuena monaiya 
Moniya uai 
Tajɨtate, rijitade, ɨnɨtañede 
Ja nɨkaɨñede, ua raana ite 
Ua rɨngo, urukɨ eina mameide 
Ie izoide, rɨngodɨkue komekɨ ñuera 
Kue buuna fɨeni fɨnoñedɨkue 
Ñue kazidɨkue 
Ñuera uaido monaitɨkue 
Ñuera komekɨdo baɨ jaaidɨkue 
Ñue meine bitɨkue 
Ñue rigakue 
Ñue zikodɨkue 
Ñue zairidɨkue 
Ñue zafedɨkue 
Ñue yɨzɨdɨkue 
Ñue ogakue 
Monifuena fuitɨkue 
Nɨ mei kue uai, jaka fuiñede 
Tɨinide, fia jagɨyɨna ite.

 

Soy una soñadora

Como un sueño me engendraron;
soy el sueño de mi madre, soy mujer.
Cuando era pequeña, soñaba palabras bonitas,
y la palabra que escuché amaneció.
Cuando ya era joven, dormía dulcemente;
mi sueño se hizo realidad, no era solo un sueño.
Soy mujer de despertar, verdadera mujer,
soy mujer dulce, mujer de yuca dulce;
Mi corazón es como el zumo dulce de la yuca,
a las palabras malas las endulzo,
como en un sueño.
Mi palabra es serena, palabra sanadora.
Soñé de curaciones, y me curé,
me fui curando y dormí dulcemente.
Amaneció y me desperté alegre.
Me sané y pensé en mi trabajo,
es mi sueño que se está realizando.
No hay persona que no sueñe,
toda persona sueña;
esos sueños se transforman en abundancia.
La palabra de la abundancia
hace trabajar, hace sembrar, no deja     dormir;
ya no es sueño, ya es una realidad.
Verdadera mujer, madre de las criaturas;
soy mujer y mi corazón es dulce,
a nadie hago mal.
Me despierto bien,
con buenas palabras amanezco,
sigo adelante con buen corazón,
y regreso bien otra vez.
Fui bien plantada,
tuve buen retoño,
crecí bien,
florecí bien,
di buenos frutos,
me cosecharon bien,
finalicé en abundancia.
Así es mi palabra, nunca terminará
no muere, perdurará como el viento.

 

1 Candre escribía sus poemas en murui y en español. Los primeros tres poemas de este artículo están publicados en ambas lenguas en Libro al viento Vol. 2, disponible en: Rocha, M. (2016). Pütchi Biyá Uai puntos aparte: antología multilingüe de la literatura indígena contemporánea en Colombia, p. 75

2 Disponible en el portal de lenguas del Instituto Caro y Cuervo.

En otros idiomas

LALT No. 17
Número 17

En nuestro decimoséptimo número, destacamos la obra de la innovadora escritora colombiana Albalucía Ángel, junto con Octavio Paz, una figura sobresaliente de las letras mexicanas y el segundo autor latinoamericano en recibir el Premio Neustadt. También presentamos al poeta peruano Eduardo Chirinos, una serie de retratos fotográficos de escritores en la pandemia, una selección de traducciones en busca de editorial, más poesía y prosa en las lenguas murui, quechua y tseltal en nuestra sección permanente de Literatura Indígena.

Tabla de Contenidos

Nota del Editor

Autora destacada: Albalucía Ángel

Dossier: Octavio Paz

Despachos desde la República de las Letras

Ficción

Poesía

Ensayos

Chronicle

Entrevistas

Postales del confinamiento

Literatura Indígena

Adelantos de traducción y novedades editoriales

Sobre la traducción: En busca de editorial

Dossier: Eduardo Chirinos

Nota Bene