Países imaginados

 

Jaula de pájaros de la China antigua, vista por la traductora de este texto al inglés en el Seattle Art Museum, 2018. Imagen © 2018 Charlotte Coombe.

Mi primer país imaginado fue la Rumania donde nació mi padre. Cuando yo era un niño en Buenos Aires (Argentina), mi padre hablaba muy poco de su lejana Rumania natal. Contaba lo estrictamente imprescindible. Yo terminé completando sus silencios con mi fantasía.

Mi segundo país imaginado fue una especie de terreno baldío de las afueras de la ciudad de Buenos Aires en el que, con dos amigos que tenían como yo 12 años, instalamos una especie de bandera que significaba toda una declaración de independencia a la república Argentina. Nadie se enteró de nuestra humilde revolución.

¿Mi tercer país imaginado? Tal vez haya que buscarlo en mi primera novela (“Agua”), que publiqué cuando tenía alrededor de treinta años. La novela presenta un país que no es totalmente real ni totalmente imaginario. La acción se ambienta en Portugal, hay escenas en ciudades reales como Lisboa y (sobre todo) Coimbra, pero otras se desarrollan en una ciudad inventada por mí desde la Argentina. Casualidad o no, la ciudad inventada en “Agua” (posiblemente un eco al país natal de mi padre) se llama… Vila Natal.

No voy a seguir con la cuenta, no tiene sentido. Me he mudado varias veces. He vivido en París, en Madrid. Vivo hoy en Bordeaux, en el sur de Francia. Ya no sé muy bien qué es un país real y que es un país inventado… Desconfío cada vez más de las fronteras.

Pasemos directamente a ese país imaginado llamado “El país imaginado”. Un país de novela, que es una mezcla entre la China real y esa China que tanto hemos construido desde Occidente. Esa China idealizada o aun temida como una especie de mundo alternativo. Esa China que, como la mejor ficción, nos recuerda que las cosas podrían ser y hacerse de otras maneras…

Mi primer contacto con el país real, con la China real, fue en el año 2004. Hicimos un viaje, mi mujer y yo, a Pekín y Shanghái. Un viaje de un mes, que fue fruto de varios azares. Hubo sobreventa (el famoso overbooking) en un vuelo entre París y Buenos Aires, y la compañía aérea nos entregó una especie de vale compensatorio equivalente a no me acuerdo cuántos dólares, pero cuyo valor se duplicaba si era utilizado para comprar otro pasaje de avión. Eran tiempos en los que mi mujer y yo teníamos poco dinero; lo que nos ofrecía la compañía aérea nos hubiese venido bien traducido a billetes, pero siempre nos apasionó viajar.

Al principio pensamos en ir a Japón. Pronto supimos que el hotel y el día a día en Japón nos iban a salir muy caros. Entonces surgió la idea de viajar a China. Fue una idea casi de último momento. De modo que fuimos sin preparativos. Casi a ciegas… La distancia y la sensación de no entender fueron parte de la magia de ese viaje… No está mal, de vez en cuando, dejarse llevar y no entender. Como cuando leemos un poema o vemos un cuadro que nos fascina sin que nos quede del todo claro su sentido. En fin, la experiencia fue tan intensa que nos dejó varias marcas: yo me puse a leer literatura china y libros sobre China (lo que, en parte, desembocó en mi novela “El país imaginado”) y mi mujer se puso a estudiar el idioma mandarín… Ha hecho grandes progresos.

A ese viaje le siguieron tres más, los que aparecen recogidos en un libro que publiqué el año pasado: “La máquina de escribir caracteres chinos”. Una mezcla de diario de viaje con ficción.

Pero “El país imaginado” lo escribí mucho antes. Después de aquel primer viaje y antes de los siguientes.  Lo escribí tras el impacto de aquel viaje. Pero también bajo el influjo de varios libros que leí a mi regreso del viaje. Cuentos de fantasmas y cuentos fantásticos de Pu Song Ling, de Gan Bao o de Yan Zhitu. Novelas clásicas. Novelas de comienzos del siglo XX, de escritores como Rou Shi.

En un momento me topé con un libro publicado en 1926 por el jesuita, misionero y sinólogo francés Henri Doré. Me refiero a su fascinante Manual de supersticiones chinas. Gracias a ese libro me enteré de la antigua (y no tan antigua) existencia de “casamientos fantasmas”. Es decir: bodas entre vivos y muertos. El tema es largo de explicar y no voy a ahondar mucho porque podría ser un “spoiler” para los que quieren leer mi novela. Como sea, el caso me fascinó. A tal punto que no pude dejar de escribir sobre él.

Muchas de mis novelas han nacido de la unión (impensada o inesperada) entre dos ideas que me obsesionan o que martillean con insistencia en mi cabeza.

En el caso de El país imaginado, hacía rato que yo deseaba escribir una novela o un texto de ficción que hablase de ese vínculo tan especial que suele darse, no siempre, pero bastante a menudo, entre las niñas de 13, 14 o 15 años… Un vínculo muy poderoso que, desde luego, tiene mucho de amistad, pero en el que con frecuencia se mezclan otros factores y otros ingredientes: admiración, complicidad y hasta una especie de amor o de atracción física.

Como escritor, me fascinan esas cosas que no tienen nombre o que deberían tener un nombre diferente al que la mayoría de la gente suele ponerle. Algo por el estilo me ocurrió con estas dos cosas, que terminé mezclando, combinando, en El país imaginado: por un lado, los casamientos entre vivos y muertos; por el otro, el vínculo tan especial entre dos adolescentes.

Frente a esas cosas que no tienen nombre (frente lo inefable), quise escribir una novela donde jamás se indica el nombre exacto del pueblo de China donde ocurre la acción y donde jamás se indica el nombre exacto de la narradora.

La narradora, una niña de 14 años, acepta el nombre que le pone Xiaomei (su gran amiga): acepta el nombre Ling (que es un malentendido), pero nunca sabemos cómo se llama realmente Ling. Y no es tan importante.

En El país imaginado quise trabajar más, profundizar más, la emoción, en comparación con mis libros anteriores. Podría bromear o presumir y afirmar que en esta novela hice lo que Flaubert con “Un corazón simple”.

Al mismo tiempo, hoy comprendo que El país imaginado abrió una especie de segunda etapa en mis libros. La emoción es más palpable, pero eso no me impide seguir investigando formas o técnicas narrativas, seguir siendo puntilloso en la elección de las palabras, en el ritmo de las frases…

Formo parte del grupo Oulipo (el taller de literatura potencial) desde 2014. Una crítica que se suele formular a Oulipo (y no estoy de acuerdo con ella) es que las literaturas que consideran demasiado lo formal pierden en emoción. Suelo responder a ese comentario que uno de los grandes emblemas del romanticismo y de la emoción (los sonetos) están llenos de reglas formales, comparados con el verso libre.

En El país imaginado no hay “contraintes”: no hay restricciones clásicas de tipo oulipiano. Los miembros de Oulipo no escribimos únicamente libros oulipianos. Y cada miembro de Oulipo tiene su forma particular de acercarse a la “restricción” y a la “literatura potencial”. Pienso que esta libertad ha ayudado a que el grupo siga vigente, activo y renovándose, pese a que en breve cumplirá sesenta años de vida.

Así y todo, El país imaginado tuvo y tiene sus pequeñas reglas de juego. Una de ellas abarca los capítulos “separadores” (o “intercalados”) que aparecen en itálicas, en bastardillas, y que presentan los sueños en los que se reúnen la narradora y la abuela muerta de la narradora. Esos capítulos no están contados por quien sueña (como sería lo habitual), sino por la persona soñada. Más aún, hay toda una teoría al respecto en la novela. Una teoría que explica por qué la persona soñada es quien mejor recuerda un sueño…

Cuando tuve terminada la primera versión de El país imaginado, le pedí a una querida amiga china (que entonces vivía en Madrid, como yo, pues escribí esta novela en Madrid) que me hiciera un gran favor. Que durante diez mañanas consecutivas nos juntásemos en un café tranquilo (si es que en Madrid hay cafés tranquilos, pero eso es otro tema) y que ella permitiese que yo lo le fuera leyendo en voz alta la novela. Eso hicimos. Mi amiga, desde luego, me iba dando su opinión. Ante todo, lo que a mí me interesaba era que ella me dijera si algo sonaba “falso” o “poco chino”. No me preocupaba tanto lo “verdadero” como “lo verosímil”. En otras palabras: que esa voz y esa historia ambientadas en una ciudad perdida de la China de 1930 fueran creíbles para mi amiga china, unos ochenta años después.

En un momento, me acuerdo bien, yo estaba leyendo en voz alta y llegué a una frase que decía algo como “su ánimo se vino al suelo como un castillo de naipes”. Mi amiga frunció el ceño. Yo la miré y la dije: “Sí, lo reconozco: la metáfora es trillada. Todo un lugar común”. Ella respondió: “No, el problema es otro. En China no hay castillos… Hay palacios”. Finalmente dejé esa imagen, pero convirtiéndola en un “palacio de naipes”. E hice lo mismo con otras figuras lingüísticas. Las “achiné”, si vale la palabra. Fue fascinante tomar ciertos “tópicos” de nuestra lengua y teñirlos con el aporte de otra cultura.

Algo de eso, me atrevo a decir, hace la novela a mayor escala. Habla de temas totalmente universales y conocidos (el amor, la familia, la amistad, la tradición, la libertad), pero los instala en un contexto singular y más bien extraño para nosotros, los occidentales. Un contexto que, además, es una especie de contrario u opuesto con respecto a mí: la narradora es mujer, la acción transcurre hace un siglo, China es la perfecta antípoda de la Argentina y mientras la narradora tiene 14 yo empecé a escribir esta novela (tuve la primera idea) a mis 41 años…

Es probable (me digo ahora) que la edad que tiene Ling (la narradora), esa edad en la que abrimos los ojos al mundo, esa edad en la que descubrimos tantas cosas, encierre la misma mezcla que presenta la novela entre lo conocido y lo desconocido.

El concepto de “país imaginado” alude no solamente a China. Alude a la muerte (la abuela de la narradora dice que la muerte es “una tierra imaginada”). Y alude también a edad temprana en la que todo parece posible. Esa edad en la que (pese a los límites económicos o sociales, pese a las tradiciones culturales, pese a las leyes y a las exigencias familiares) nuestra vida y nuestro futuro se extienden vastamente, como una suerte de país infinito.

El país imaginado de Eduardo Berti (Impedimenta, 2012)

The Imagined Land de Eduardo Berti, traducción de Charlotte Coombe (Deep Vellum, 2018)

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Elicura Chihuailaf
Número 16

En nuestro decimosexto número, celebramos al poeta mapuche Elicura Chihuailaf, quien en 2020 se convirtió en el primer escritor indígena en recibir el Premio Nacional de Literatura de Chile. También destacamos dossiers dedicados a la obra de Andrés Neuman, la crítica literaria latinoamericana y el ensayo latinoamericano, más una selección especial de textos de Dispatches from the Republic of Letters: 50 Years of the Neustadt International Prize for Literature.

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