Tres poemas de Agonía de los días terrestres

 

Calesita. Foto: Juliana Arruda, Unsplash.

Una cierta nostalgia por algo

¿Dónde habrá quedado
la caja que nos falta
del inventario que no hicimos?
¿En el camión? ¿En una esquina retirada y
oscura
del placard que en una última inspección
dimos por vacío?
Cambiamos el color de las paredes. Imponemos
nuestra lógica de muebles y clavos;
lámparas que, como en una exhibición,
graduamos a la atmósfera que la obra,
nuestra obra adaptada al ambiente 
de esporádico relevo, demanda.
Pero cómo nos cuesta olvidar
la caja extraviada. ¿Qué era 
lo que había en su interior?
¿Algo que una vez decidimos
apartar de nuestra vista intentado
apartar así de nuestra mente? ¿Algo 
de lo que no conseguíamos
desapegarnos?
Tras la logística de desplazamiento
queda cierta nostalgia por algo
que una vez consideramos
de importancia relativa.

 

Agonía de los días terrestres

Digamos que te mudas de país. Cruzas el aire 
continental, y vas de cama en cama
como esos fugitivos que nunca
deshacen el bolso ni cambian
de ropa. Pero esa
es solo una fase de la calesita
que irá disminuyendo en su entusiasta
velocidad inicial. Entonces te vuelves
tortuga voyerista (poeta)
bajo el caparazón de un empleado
cualquiera: partícipe regular en horas pico,
al día con las mínimas obligaciones 
que el bolsillo y el estilo
te permiten. Pero esa
es solo una fase de la calesita
que irá disminuyendo en su entusiasta
velocidad inicial. Un día
digamos que el subte se demora: el parlante balbucea
el clásico eufemismo. Llegas más tarde
de lo habitual. Te encoges junto a ella (que llega mucho antes
que vos a casi todo) en una de las últimas
camas de este viaje. Te preguntas (digamos mentalmente)
cómo se pueden mantener por tanto tiempo
dos miradas que intercambian
la agonía de los días terrestres,
y ser feliz en lo fugaz
del error a la vez.

 

Partitura

El comienzo es grandilocuente. 
Luego viene la depuración.
Como esta lluvia que inició con impaciencia 
su descenso, ahora reducida 
a una intermitencia en los techos 
de metal. Entretenido 
en mi retraso y sin planes 
de moverme de la cama, oigo
el débil bombardeo imaginando 
esta posible partitura:
la nublada ciudad convertida
en un espejo horizontal,
alguien que pisa y deshace
su reflejo sin notarlo,
alguien que pisa y reconoce
su inestable identidad.

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