Ojo de agua de Verónica Zondek

Ojo de agua. Verónica Zondek. Santiago: Lumen, 2019. 212 páginas.

El primer libro de Verónica Zondek que leí fue El hueso de la memoria, cuyo título me hacía recordar el verso de Hahn “El hueso es un héroe de la resistencia”, de Apariciones profanas. El hueso de la memoria no aparece en Ojo de agua por un criterio de selección de Vicente Undurraga, quien afirma que la autora concibe sus libros “como poemas largos, como entramados de partes interrelacionadas, suponiendo su desmembramiento una especial merma”. Los libros de Verónica como largas extensiones de territorio entre una estación y otra de un tren. Vuelvo a este libro editado en Argentina el 88. Y como muchos textos que publicó en los ochenta y noventa, en él las palabras juegan a obliterar su referencialidad, transformar la experiencia en aquello que rehúye lo dicho. El poema mismo como una instalación a merced de quien pueda alterar los materiales visibles. Eso intentaré ahora y en un rato más: intervenir la materialidad de este lenguaje que, como muchas poéticas de su tiempo, me parece hecho de elementos vitales, de seres humanos, de espacios abiertos, de memoria. Se me permitirá entonces el desatino de comenzar hablando de un libro que no está en Ojo de agua y que sin embargo es importante para entender esta antología.

En El hueso de la memoria lo esencial es observar, aunque sea un acto un poco misérrimo. El ejercicio de ser un tamiz por donde todo pasa para Ser: “RONDA LA CARNE MI HUESO/ Persiste/ La vigilia persiste./ El rebaño me pasta/ me pasta las líneas/ me pasta el cielo/ TODO ME PASTAN”. La piel es la máscara y el hueso el verdadero yo. Las máscaras pueblan un libro lleno de máscaras, lleno de ojos que ven. “Soy ojo”, dice un fragmento. Metonimia de un país fragmentado y silenciado, es una obra tremendamente política y amorosa. Esa puede ser una entrada. Se escribe “sobre el escenario de este país”, pero sin develar la danza, como si la realidad exigiera exhumar el amor como se exhuma un cuerpo. El hueso de la memoria sabe que en el escenario de ese territorio donde se escribe, el verbo es herida: “En mi palabra/ TU LLAGA”. O en ese bello verso “En la nube mi ala”. Herida y nube: esos extremos. Visuales y materiales los poemas se proponen Instalaciones de la memoria, que es también el título de un libro que hizo junto a Patricio Luco, donde fotografía y poesía viajan a los campamentos salitreros en busca de la luz que se filtra entre la ruina y el silencio. “Pezuñas de amnesia/ INSISTEN/ EN ARAR/ LA TIERRA/”. En contra de esta idea transitará la poesía de Verónica Zondek. Y así se puede leer en todo Ojo de agua, publicado por Lumen, el 2019.

Ojo de agua se hace a ratos coral, ya sea mostrando el dolor de los valles, dando la palabra a las voces acalladas de escritoras como Mistral, Plath, Tsvetaeva, di Giorgio o Pizarnik, haciendo hablar a una naturaleza cansada de interpretar el mal, a la ciudad o el cuerpo propio y del otro. La vida en su conjunto es creación y parto y la escritura uno más de los ejes esenciales de esta realidad. Pienso que por las páginas de esta antología transcurre una historia que nos ha enseñado que la ignominia es lo natural. Poetizarla se hace desde la asfixia, casi. Entre la grafía de la tierra, la cocina y un guiño a regañadientes a lo baldío. La libertad que se exige para la escritura está también signada por la crítica a la tradición, su Poética es de “maña y antojo”, un rechazo a los puestos asignados de antemano en el festín (“Yo/ en la pecera./ Ellos/ en el mar”), un diálogo de voz alzada, nunca en sordina.

“Hay una tierra que nos sustenta a pesar de nosotros”, se dice en Fuego frío, “un viento que habla por nosotros”. Pienso nuevamente en la materialidad de estas palabras: “calo un habla/ zurzo ideas/ movimientos/ empujes más allá del glamour”, se señala en La ciudad que habito, diario de vida y viaje por Valdivia. Una escritura más allá de las modas. Una densidad ósea. No se practica un oficio sacro sino elemental y de los elementos, una escritura de lo urgente, de los actos cotidianos tanto como de la segregación (en el sentido de generar y producir, no de dividir) de símbolos y afectos. Escribir acá parece la consecuencia lógica del respirar, se escribe porque se observa. También de Fuego frío: “escucha lo que la materia habla/ no te distraigas/ estate quieto/ conversa con ella./ No cejes./ Piensa./ Piensa que sólo eres una parada del tren./ Una./ Una estación pasajera”. A eso estamos invitados: a escuchar a la materia y entender que en esta ventolera solo somos un poco de humo que se dispersa. No hay vanidad aquí, sino el rechazo al ego, a la usura, al poder. Pensaba, leyendo Vagido, que Verónica escogió el lenguaje acorde a su experiencia, la palabra que se ahoga para dar cuenta del dolor y el gozo. Pero no estoy seguro. Esa es una manera que he elegido para acercarme a esta poética o que esta poesía me ha obligado a elegir. La manera en que los sentidos llegan como ráfagas que iluminan zonas para apagar otras. O dejarlas a media luz. En algunos momentos de Ojo de agua, eso se hace más claro. Así avanzo, como encendiendo y apagando una linterna. O el poema como bengala.

En la contratapa de Fuego frio, se planteaban tres preguntas sobre la poesía de Verónica Zondek que trataré de responder a partir de esta antología.

La primera pregunta: ¿qué batalla ético-política libra la poeta desde aquel pleclaro sur del mundo? Algunos poemas del mismo Fuego frío nos pueden responder: “Que no se diga que el hombre no anduvo” se dice, dialogando con las Alturas de Neruda. “Habitar un verso de responsabilidad personal”. Nos dice. “habitar un verbo de abrazo generoso”. Esto me parece esencial de este lenguaje: el restituir al escritor su responsabilidad frente a lo que sucede. Hace tiempo ya, demasiado tiempo, los escritores se han recluido en la oscuridad de sus habitaciones blancas. Y aunque los mercados y la moda den cuenta de un panorama nada auspicioso y sea nuestra palabra la menos escuchada, existe aquí ese reclamo, esa vitalidad de la que habla en nombre de sí misma y de otros.

“Yo escribo, anoto la historia del momento, la historia en el transcurso del tiempo. Las voces vivas, las vidas. Antes de pasar a ser historia, todavía son el dolor de alguien, el grito, el sacrificio o el crímen. Incontables veces me he hecho la pregunta: “¿Cómo pasar entre el mal sin aumentarlo, sobre todo hoy en día, cuando el mal adopta unas dimensiones cósmicas?”. Antes de comenzar cada libro me lo pregunto. Esto ya es mi carga. Y mi destino”.  Estas palabras de Svetlana Alexiévich, fueron pronunciadas en el juicio seguido en su contra en Rusia, por la publicación de Los muchachos de zinc, donde describe en las voces de sus protagonistas y sus familiares los horrores de la guerra en Afganistán, el genocidio al que fueron expuestos los jóvenes soviéticos y la población afgana. Pienso que estas palabras de la premio Nobel rusa bien podrían dar cuenta de la batalla ético-política que se da en los libros recopilados en Ojo de agua, en el que todo es historia. Verónica asume ese compromiso de contar su biografía y la biografía del mundo, su propio vagido y el parto del dolor y la belleza. Ese es también su destino y así lo expresa en “Marina T”, de Por gracia de hombre: “Cada horror una chispa que hiere el ojo/ un lamento/ un verso con sangre en la pluma/ por si acaso/ por si alguien no cree en tu delicado trazo/ como si feliz no pudiese ser la desgracia/ como si escrito no estuviese que el camino no se elige/ aunque se vea/ ya sabes/ con hueso y mano/ y abisal en suspiro y temblor”. Diálogo con la autora rusa y su desgraciada vida. Así le dice: “Recojo tu misterio y voy por la lectura de tus páginas/ porque en ellas veo tu cuerpo amortajado en vida/ y al muñón de tu aire en pena agazapado en los rincones”. Por gracia de hombre, es la vindicación del imaginario poético femenino, sí, y la vindicación de que se puede ser los otros, de que la poesía existe para hacer ese dolor del otro menos ancho y menos hondo: el poema como una venda, una cápsula, una sala de hospital, una farmacia.

¿Cuál es el camino de redención que la poesía deja en evidencia? Es otra de las preguntas. Y yo pensaba que hace años no ando mirando el cielo, ni en busca de epifanías, hierofanías, místicas de bar o satoris. Si la crítica es la nueva forma de la autobiografía, según Piglia, debería señalar que de joven descubrí que el aburrimiento era más llevadero leyendo. Me parece que me divertía leer y no me era ajeno el gozo. Un libro entre las manos era como tener un planeta, un cuerpo desnudo, una avecilla asustada, un trébol de cuatro o cinco hojas. A cada libro debo responder nuevas preguntas o inventar respuestas ajenas al sentido común. Cuando leo no pretendo juzgar sino ser juzgado por el texto que me impone criterios y no al revés, que me desarma y establece un modelo de disolución. Leo porque estoy cansado de mí y el libro restituye una fe posible, la posibilidad de ser otro. Invirtiendo, a ratos, el orden natural de sus ediciones, los textos reunidos en Ojo de agua no son un manifiesto de la salvación, ni un camino de regreso a casa, ni una religión o “un vaso de agua donde todos los ángulos de la luz se congregan hasta el infinito”, ni un salmo escrito por el vino en los labios secos, ni una blusa secada al viento en el cordel, ni una bestia observando tristemente las nubes mientras se acerca el cuchillo o una flor de esas que llaman azaleas y de la cual no necesito saber su nombre y sentir su olor porque yo invento el nombre de las flores y yo imagino su perfume. ¿Ese es nuestro trabajo? No lo sé, no lo tengo claro. En Ojo de agua me parece ver, oler, tocar, sentir todas las posibilidades anteriormente señaladas.

¿Cuál es el argumento que blande el viento frente a la miseria humana? Es la pregunta última de esa contratapa de Fuego frío. Y sin intentar excluir o derivar la responsabilidad de una respuesta, me parece que el viento y toda la naturaleza (de la cual, ya sabemos, apenas somos unas hojas), son quizás las verdaderas palabras de esta antología. Dejemos, entonces, hablar al viento y a Verónica Zondek.

Ricardo Herrera Alarcón

 

Ricardo Herrera Alarcón estudió  Pedagogía en Castellano en la Universidad Austral de Chile, Valdivia. Editor de Ediciones Bogavantes, de Valparaíso. Ha publicado: Delirium Tremens (Ediciones Casa de Barro, San Felipe, 2001), Bar: Antología poética chilena (Ediciones Casa de Barro, San Felipe, 2005), en coautoría con el poeta Cristian Cruz, Sendas perdidas y encontradas (Editorial Kultrún, Valdivia, 2007), El cielo ideal (Editorial Lom, Santiago, 2013), Carahue es China (Ediciones Bogavantes, Valparaíso, 2015), Santa Victoria (Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2017). El año 2008 obtuvo el Premio Mejores Obras Publicadas, por su libro Sendas perdidas y encontradas.

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