El lento aprendizaje de la paciencia de Esteban Martínez Serra

El lento aprendizaje de la paciencia. Esteban Martínez Serra. Madrid: Bartleby, 2019. 134 páginas.

palparás ahora aún el alma de las cosas.

Esteban Martínez Serra

Leer es comprender y crear un sistema particular de comprensión y escribir es mostrar lo comprendido del mundo. Una cuestión que me interesa destacar es que el primer poema de un libro es el que ofrece el esbozo de una poética. En este caso, “Nota al pie” (p.17) ya da indicios de una poética reflexiva.

Uno de los aspectos que más me ha sorprendido de este libro, El lento aprendizaje de la paciencia, es el permanente acercamiento a las cosas desde lugares diferentes incluso en un mismo poema. ¿Cómo hablar de la muerte y cómo de los muertos? ¿Qué experiencia dialoga con la palabra? Creemos que estas dos preguntas señalan el modo en que las cosas se manifiestan como objetos alternativos de una nueva experiencia. Todo aprendizaje es lento, es aquí también donde este libro se permite ser el signo invertido de una época, la de lo veloz, lo fugaz o lo líquido.

La inversión y la nueva perspectiva sobre el mundo es también una moneda de cambio en los poemas que ahora comentamos y esa perspectiva tiene la función también de develar otros usos de la palabra poética. En este poema encontramos una nueva definición del objeto que presenta: “El invierno vive mejor/ en las alas del ave migratoria./ Como la fe, lejos de los templos./ ¿Y la justicia? —dime—/ ¿qué hay de la justicia,/ de la que nada dices?”

Estas nuevas definiciones también son parcialidades ya que el poema no puede enunciar la experiencia en su totalidad, lo cual es una práctica que remite siempre a una relación con el vacío, pero también con la totalidad inexpresada pero siempre presente. Leemos “En la escritura/ nada debe vaciarse completamente”, es decir nada debe decirse o, también, nada se ofrece con un sentido cerrado, lo que tampoco anula la profusión de los significados. Y para encontrar el camino es necesaria la paciencia y la acumulación de experiencias en relación a la palabra poética, incluso podríamos agregar la lentitud que, como señala el título de este conjunto de poemas, es una parte ineludible en este marco del conocer. “Hay algo de desmesura en todo lo consciente/ que solo el arte reconviene/ a veces/ con su propio exceso”. Porque la serie de experiencias de este libro también se devela a través de la desmesura. Pero frente a esto, la gran mayoría de los poemas parecen medidos, escasos a veces para crear esa tensión necesaria entre lo enunciado y lo callado: en última instancia una tensión que se dispersa desde un ahora hacia un pasado.

Por otra parte, estos poemas a veces se estructuran como diálogos donde la voz queda quieta en el poema, donde quien escucha es interpelado con preguntas o quizá alguna sentencia. Una serie de diálogos que se ubican en una instancia de reflexión acerca de acontecimientos y de acciones. ¿Qué se puede decir desde lo similar a la quietud? “Alcanzar a ser nada. Regreso/ al lugar donde aún la idea del regreso no existía./ ¿Acaso es demasiada ambición para un hombre?”

En la tercera parte hay un poema que se inserta en la tradición de definiciones del amor. El poema establece un diálogo con el ser amado y acerca del motivo de la posible definición del amor, lo cual es escaparse de las posibilidades de enunciación múltiple de la sugerencia, característicos de la poesía: “Me pides que te defina el amor./ Pero los determinantes siempre traen sus recelos,/ un corte de navaja, el borde del precipicio./ Debo entender que no quieres vaguedades, honduras abstractas, terrenos pantanosos./ Tampoco vistas a páramos abiertos./ Quieres saber que sé lo que es “el amor”/ —no “un amor impreciso, adjetival”, insistes—/ y en tu mirada adivino que solo tú sabes la respuesta/ y esa es la razón última de tu pregunta”.

Como podemos ver el juego que establece Esteban Martínez Serra entre preguntas y ausencias de respuesta apela nuevamente a la sugerencia y al discurso autorreferencial del poema sobre las posibilidades de la palabra poética. Vemos así en su poesía, un intento de definición del espacio poético, de sus límites y de sus definiciones. Porque la falta de articulación marca las definiciones sobre el amor que se solicitaban en el poema que recién mencionamos. Por ello más adelante también se afirma: “Quiero tu voz, no las palabras”. Por lo tanto el sonido es lo necesario cuando el silencio cubre y pone en tensión la incalculable notificación del silencio.

En todo el libro la relación con las palabras se transforma en la relación entre lo pensado y lo observado, en esa distancia se construye la serie que estamos leyendo. “¡No! No seré ninguna estrella yo/ cuando muera. Ningún poro de luz/ en la inverosímil piel del universo./ Ningún pájaro celeste/ me llevará en el pico./ No. No me busques tan lejos./ Seré el charco en la puerta de casa”. Y en estas vacilaciones los poemas comienzan a concebir la relación entre las palabras y las referencias. ¿Dónde está el alma de las cosas? ¿Dónde poder palpar la inocencia de cualquier palabra antes de ser dicha? Una vez escrita es una palabra que busca sus límites en el momento de la enuciación. Las cosas no pueden ser llevadas a la experiencia de la palabra, por eso la repetición acerca de la incompetencia de la palabra para dejar de ser imagen, para sobrevivir a las palabras que ya no pueden describir aquello inmediato y que se apartan de ese mundo a veces natural, otras social y urbano. “Arrastro la lengua volcánica sobre tus cosas/ como lo haría un ciego con la palma de su mano/ y no puedo apenas describirlas/ sino en la insípida ceniza que ahora son./ El presente —me digo— no sabe a nada”.

Este libro está conformado por 5 partes, la última con 10 colofones y, luego, un “posfacio” que cierra el volumen y clausura las preguntas que se estuvieron haciendo, como una representación o el intento de representar la vida en un  objeto que reúne lo mínimo con lo máximo, el menor espacio y la mayor cantidad de referencias autobiográficas. Referencias siempre guardadas para releer y reescribir. Es allí donde el lápiz que dibujaba y escribía las primeras líneas en la niñez, ahora escribe y guarda un final que no se cierra, una vida que se proyecta en “miles de biografías posibles con sus centenares de miles de secuencias”.

Lucas Margarit
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad de Buenos Aires

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