El lugar de las palabras de María Gómez Lara

El lugar de las palabras. María Gómez Lara. Valencia: Pre-Textos, 2020. 85 páginas.

El lugar de las palabras asume una postura discursiva, la segunda persona, para señalar un mal que se ensaña, o se ensañó, contra la autora, “tú que conociste todas las formas de lo que no es amor”.

Un diagnóstico médico, el menos favorable posible, es usado como insumo para escribir estos textos deliberadamente descarnados.

Un proyecto de escritura en el que el motivo es la persona y su fragilidad.

Pero no es una fragilidad alegórica: quien escribe padece y ve su vida amenazada por una patología real y no imaginada. La imaginación llega como testimonio creador (al recrear el peligro en el poema), o como una manera de dar fe de aquel proceso. Allí está la radiografía y la descripción que hace María Gómez Lara en este su tercer libro.

Y va más allá: si sólo se quedara en la compasión, El lugar de las palabras sería uno de esos libros donde nos conmovemos ante el dolor del otro, ante la empatía de lo humano, y nada más. Cumpliríamos como ciudadanos sensibles. Pero esto se trata de arte, y en el arte (el arte de la creación), debe existir un regodeo y una desfachatez que nunca veríamos en un libro testimonial.

El testimonio sin arte (¿sin estilo?), es sólo eso, testimonio. Es de humanos compadecernos: es perentorio hacerlo. Aunque venimos a hablar de la palabra poética: “lo tuyo fue salvarte con palabras”.

Si intentáramos un orden de interés en este libro, aparecería la mujer, María Gómez Lara: la vulnerabilidad de su cuerpo, el deseo y las variantes del amor (correspondido o no); sus gustos al vestir y su inclinación a los colores: “ahora quiero ocupar todo ese espacio / en el que antes intentaba encogerme / para que al fin me vieran”; y por otro lado, el oficio de la poeta, la escritura en sí misma y todas las facetas del ejercicio escritural y profesional: dar clases, preparar algún trabajo doctoral o pulir alguna traducción.

María escribe como si hablara en voz alta. En un auditorio. Sus poemas son audibles, hechos con sintaxis sonora. Quienes la han visto (oído) en público, su énfasis rítmico, intenso, dice mucho de ella y sobre ella. Así son los libros de la autora; éste, del que hablamos; y el otro, su libro anterior, Contratono. De manera que es un dolor sin plegaria, sin inclinaciones eclesiásticas; es un dolor dicho como un cántico. ¿Quién dijo que sólo se canta para la felicidad?

siempre las palabras
venían
a rescatarme
con ellas cubría el dolor
bajo ellas me escondía
yo
que he sido mi voz

El abrigo rojo de María, el que sale en uno de sus poemas: un abrigo invernal, siberiano, diríase, que le compró su mamá. Un abrigo para protegerse del frío y del mal recién diagnosticado. Abrigo rojo, en analogía con las afecciones anímicas que metafóricamente ubicamos en el corazón. En el corazón de María.

“tal vez si dejo de llamar / desaparezca esto y se borre todo de repente”. La negación: si cerrara los ojos desaparecería el mal. Es un estadio, una transición que va desde el señalamiento del tumor (eso no me puede pasar a mí, es decir, a ella) y la paulatina aceptación (confrontación). La desaparición. La sanación. La operación. La curación. La extirpación. ¿Ya me curé? (¿ya se curó?).

María niega el diagnóstico y luego afronta. Escribe El lugar de las palabras. ¿Si ella escribe sobre el tumor lo extirpa aunque esté allí? No dirá tumor, qué palabra tan fea, tan perniciosa. Dirá corazón. Eso, es un corazón que está en la parte más “artística” del cerebro.

Pienso en Emilio Renzi, en el personaje (¿personaje?) que acabo de leer en Blanco nocturno, y especialmente el Renzi de los diarios. No es tan difícil la asociación entre lo que decía Renzi y lo que he notado en El lugar de las palabras: escritura y enfermedad.

Algunas palabras de María, que extraigo de una entrevista de 2015: “Me interesa mucho la materialidad, la conciencia de que somos precarios, nos podemos romper, acumular cicatrices”.

Yo tendré mis desviaciones pero creo no haber heredado la tara de la imprudencia. Por eso no le pregunté. Si ella no me decía nada no iba a salir yo, imprudente, a preguntarle. No fue en aquel desayuno en el centro de Bogotá, en La Florida: fue meses después, en el norte (¿por la 93?) donde el relato apareció en un almuerzo de pasta boloñesa y jugo de tomate de árbol. María termina su jugo y saca el celular. Busca la foto que hace muy poco le envió su editor: “Mira, Néstor, la portada de mi libro”, dijo María, extendiendo la imagen de la pantalla táctil. De allí en adelante sus palabras giraron o se orientaron hacia la imagen central de la portada: una viñeta de Laura Patiño. Ese era el cerebro de María; de él, de una zona de él, brotaban unas raíces por entre los pliegues cerebrales. Arriba del cerebro, varias flores; debajo del cerebro, una sola raíz.

“there’s a chance / that you might lose / your words”, escribe María Gómez Lara al inicio del poema “Nombrar una herida en las palabras”. Si la operan podría perder la capacidad de hablar. ¿Y de escribir? La poeta (la mujer que ama y escribe) teme. El doctor da el balance, el resultado de los estudios. Pero debe haber algo más allá de la ciencia médica. Esta operación es de temer, para cualquiera. ¿Se imaginan cómo resultaría para una escritora?

En otros poemas, se alternan la voz de la poeta y la intervención repentina del médico:

primero está
lo impredecible
(pienso en la muerte
será eso y no lo dice maría
no pienses en la muerte)

El lugar de las palabras es un epíteto para no decir el lugar del cerebro donde se procesa (¿se produce?) el lenguaje. El lugar de las palabras, como nombre, quiere sugerir o encubrir. Quiere ser elíptico. Pudiéramos decir también: El hogar de las palabras. Lo que se propone la poeta bogotana es uno de los tantos esfuerzos por nombrar de nuevo, nombrar después de la batalla; en este caso, la estrategia para suprimir el corazón que crece en una parte de su cerebro. La poeta descubre que la acción de los verbos (la conjugación), y no el simple nombrar, es el recurso que puede salvarla: “qué curioso que el lenguaje se mida con acciones / que hacer sea más fuerte que nombrar / yo pensaba que las palabras más palabras / eran los nombres de las cosas”.

El lugar de las palabras se construye con poemas sin puntuación, la sintaxis facilita la enumeración de frases asociadas al dolor y al miedo. El decir de María Gómez Lara es terso, líquido, con vocación de cascada. En algunos casos aparece el relato sencillo de lo que ocurre o va a ocurrir en la sala de operaciones. La poeta intenta comprender qué sucede en su cerebro, en esa cicatriz con forma de corazón, y qué sucederá luego del tejido cerebral inflamado y la anestesia. Ella teme por sus palabras. No quiere perder ninguna. Perder las palabras como si se perdiera la propia vida.

“También la verdad se inventa”, escribe Antonio Machado, y pareciera la misma motivación que se plantea María Gómez Lara. La verdad no en un sentido de objetividad periodística. Una verdad que sólo compete a la autora y su entorno familiar, pero que al salir de los informes médicos y tratamientos e intervenciones quirúrgicas, pasa al ámbito de lo público. El poema hace esto posible y el prurito se transforma y da paso a la develamiento.

La literatura nace cuando escribimos y convertimos los prejuicios en tema. Cuando se convierten los dolores en tema.

Volver al cuerpo: esto lo hace María. Vuelve con elegancia pero sin concesiones a su cuerpo, al mal que le diagnostican. Un tumor. Brain tumor unit.

Néstor Mendoza

 

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