El cangrejo ermitaño de Arturo Gutiérrez Plaza

El cangrejo ermitaño. Arturo Gutiérrez Plaza. Prólogo de Rafael Courtoisie. Madrid: Visor, 2020. 174 páginas.

Al margen de las hojas (1991), Principios de contabilidad (2000), Un sobre sin abrir (2006), Cuidados intensivos (2014) y Cartas de renuncia (2020) son algunos de los poemarios que debemos a Arturo Gutiérrez Plaza (Caracas, 1962). El reconocimiento que le han granjeado en su país natal viene ahora a consolidarse internacionalmente con su primer título editado en España, El cangrejo ermitaño. Como asevera Rafael Courtoisie en el prólogo, esta colección pone de manifiesto, además del despojamiento expresivo de Gutiérrez Plaza, la “cuidada ingeniería” con que reorganiza piezas de distintos momentos de su carrera (9) y es que, en efecto —en la línea de Oscuro de Gonzalo Rojas, las sucesivas versiones de Noticias del extranjero de Pedro Lastra o Papiros amorosos de Eugenio Montejo—, el autor combina un sustancial repaso de su trayectoria con numerosos textos inéditos.

Obedeciendo a criterios temáticos casi con la meticulosidad de un tratado, El cangrejo ermitaño se divide en ocho secciones dedicadas a: (I) los avatares políticos; (II) la itinerancia; (III) la ciudad y sus malestares; (IV) las variantes del desarraigo; (V) el amor; (VI) las inestables fronteras de la realidad y el sueño; (VII) el destino personal y familiar; (VIII) la reflexión acerca de la poesía. Sin embargo, a medida que progresa la lectura, atisbamos lazos menos obvios entre las composiciones, coincidencias en su conducta con respecto a los referentes por más dispares que estos sean, como si el proyecto esencial fuese mostrar la profunda unidad de la experiencia humana que la superficie heterogénea del universo esconde.

Esa concordancia soterrada de inmediato se entrevé en pasajes de “Hogar”:

Vivo en esta ciudad, en este país despoblado,
avergonzado por sus propios fantasmas,
confinado a cuatro paredes hurañas.

Vivo en cuartos vacíos.
En habitaciones que a ratos se encogen
expulsando todo aquello
que hasta ayer me acompañaba.

[…]

Pero soy de acá, este es mi hogar
y aunque me vaya, aunque me escape lejos,
este encierro siempre será mío.

Vivo como el cangrejo ermitaño,
como un decápodo errante,
refugiado en conchas vacías,
atrapado, impenitente, confiado
en la bondad de alguna ola que me arrastre
o termine de ocultarme en la arena (29).

La matriz elocutiva de estos versos reúne lo tangible y lo intangible, lo público y lo privado. Confluyen en ella, por una parte, los accidentes de la vida venezolana de los últimos decenios —con términos clave: ciudad, país, vergüenza, expulsión, refugiado—, aunque no eso únicamente: la reiteración del adjetivo vacío nos anuncia una dimensión metafísica emancipable de factores políticos o comunitarios. Por otra parte, se delinea un horizonte ascético sugerido por ermita y bondad, nociones en las que lo religioso no se exime de ambigüedades, no solo por el regusto irónico de la impenitencia a la que se alude, sino porque varios poemas evocadores de marinas y oleaje a lo largo del libro equiparan esos paisajes y sus elementos a la relación del sujeto con los signos —“Al llegar / a la playa / del tiempo / descubrirás / en el centro / de la página / un manantial”, leemos, por ejemplo, en “Cuando llegues” (146); o, en “Tras la marea”:  “Como algas que quedan en la orilla / luego del paso de la marea, / hay palabras abandonadas / que se van secando sobre la página” (158)—. Nos las habemos, así pues, con una vivencia colectiva que suscita en la voz lírica, con todo, intuiciones de un centro móvil, un arraigo portátil que no está en el exterior; y vislumbramos, simultáneamente, una certidumbre en principio individual, la de la exploración interior del cenobita, que acarrea un ansia paradójica de disolución en la impersonalidad del lenguaje: el sumirse “en la arena”. Los desplazamientos entre un afuera y un adentro, la conjugación de actitudes extravertidas e introvertidas con que el hablante se enfrenta al entorno amalgaman de una vez lo que las ocho secciones del libro puedan querer delimitar, indicándonos que una de las principales misiones de Gutiérrez Plaza como creador es entender —ayudarnos a hacerlo— las secretas convergencias posibles en la esfera de lo íntimo. En otras palabras: la poesía es un instante de vertiginosa inmovilidad. El cangrejo ha convertido su viaje en un domicilio.

Así como los poemas sobre la alienación sentida en el espacio nacional o urbano nos invitan —como en el caso citado— a indagaciones más abstractas, a un velado análisis de sensaciones de pertenencia o, incluso, a una ontología, los de asunto erótico con frecuencia ramifican sus sentidos. “Cuerpos (con)versos” lo ilustra inmejorablemente:

Este primer verso podría ser
mi dedo así, sospechando tu boca.
Una palma abierta sobre esta estrofa
desnuda, temblando bajo tu piel.

La segunda, dos manos, tu pezón
inventado en la mía. Sostenido
en la otra, en la tuya, lo prohibido:
la antorcha que da lumbre al borrador

Del otro pecho la izquierda. Dos teas,
dos brasas ardientes, apretujadas
sobre la blanca carne acostumbrada
al fuego impenitente del poema.

El cuarto punto, sí, el ardor hondo,
el vértice de humedad florecida,
el puerto de llegada, cuarta esquina,
el verso final, oscuro y gozoso (78).

En contraste con “Hogar”, estamos ante lo que una remisión a los clásicos y la métrica tradicional puede aportar a una poética interesada, de manera muy moderna, en subrayar la materialidad de la escritura. Ello ocurre porque el aprovechamiento de un género del Siglo de Oro implica en esta ocasión una mise en abyme. Se trata de una pieza que escenifica su propia elaboración mientras arqueológicamente nos recuerda otras que han hecho lo mismo —“Pedís, reina, un soneto, y os lo hago” de Diego Hurtado de Mendoza o “Un soneto me manda hacer Violante” de Lope de Vega, para limitarnos a un par muy célebre—. Más allá de los ideales renacentistas o manieristas de “agudeza” y maestría técnica, no obstante, percibimos una estela dejada por demasiados debates recientes acerca del protagonismo de lo verbal en la construcción de lo real, así como una estela de corrientes poéticas insoslayables del siglo XX: el Objectivism, el concretismo, la Language Poetry. El empleo de cuartetas asonantadas en lugar del soneto recalca un patrón de desvíos, preparado por la jugarreta visual del título que intercambia los dominios de lo erótico y lo lírico y, no menos, anticipa un imperativo de indeterminación en que a toda costa se esquiva el compromiso con un referente aislado, una vez que el paréntesis bifurca los significados. De allí en adelante reina lo dual: en el plano anecdótico, los dos amantes; en el formal, cuatro cuartetas, dos versos que riman en cada una y que, por la persistencia de los encabalgamientos, se “acoplan” semánticamente. No sabemos dónde comienza y termina el Eros, o si el de los cuerpos es análogo al de los signos o, quizá, su producto. Aunque este poema pertenece a la sección V del libro por su tema amoroso, no habría sido descabellado situarlo en la VI, integrada por poemas que retratan los aspectos ilusorios de nuestra existencia —pues aquí el artificio sonoro compite con la pasión y lo sensual, es decir, lo físico—, o la VIII, en la que se congrega una serie de “artes poéticas”.

Como se apreciará por los anteriores ejemplos, el repertorio de registros tonales y estilísticos que nos depara El cangrejo ermitaño es de una riqueza deslumbrante; revela a un poeta capaz de desplazarse con naturalidad por terrenos usualmente conceptuados como conflictivos: de lo coloquial a lo estilizado, de lo emotivo a lo intelectual, su humanidad se adensa. Semejante ductilidad se corresponde a lo que hemos discutido: una cosmovisión que evidencia la sigilosa unidad de lo diverso no puede sino concebir la forma en constante diálogo con sus materias, hasta acabar haciendo de dicho diálogo el objeto mismo de la búsqueda.

Miguel Gomes
The University of Connecticut

 

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