Cuentos completos de Hebe Uhart

Cuentos completos. Hebe Uhart. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora. 2019. 784 páginas.

En el cuento “Desfulanizar”, la narradora recuerda una exigencia de su padre: saludar a las personas de su pueblo, para que estos no pensaran que ella era orgullosa. Pero a la narradora no le importaba esa consideración de los otros, ni que su padre le contara que él, un día de su infancia en que no saludó, incurriera en la ofensa y validara la queja. A la hija le parecía que esa historia —una historia que consideraba de otro tiempo— iba en contra de sus proyectos “para volver más reales a las personas, para comprenderlas en su mismidad, no ligadas a esa rutina que mata”. Y aquí parece estar condensado el programa de escritura de Hebe Uhart (Moreno, Provincia de Buenos Aires, 1936 —Buenos Aires, 2018) a lo largo de sus Cuentos completos, publicados por Adriana Hidalgo Editora: desfulanizar, es decir, despojar al sujeto de la idea preconcebida, de la marca del estereotipo social y volver a detectar en él sus singularidades veladas, volviéndolo a observar y sobre todo volviéndolo a escuchar incansablemente, pero ya sin pretensiones de modificarlo, sino admitiendo su complejidad latente bajo el ruido del deber ser.

¿Y qué es lo real en Hebe Uhart? Algo parece ser cierto: fue una escritora distanciada del realismo sucio y cercana a uno tierno y espontáneo. Pero la pregunta, en el caso de Uhart, no debiera de centrarse en el qué, sino en el cómo; y esto atañe tanto a lo que vemos como a la manera de ver, porque seremos capaces de detectar las singularidades del sujeto sólo si miramos con atención, si sabemos esperar y si nuestra concentración se dirige hacia el detalle concreto; si desfulanizamos la mirada, y la objetivamos ante una realidad donde, como apuntaría Liliana Villanueva en Las clases de Hebe Uhart (Blatt & Ríos, 2015), “no importa el hecho en sí, sino cómo ese hecho repercute en mí o en el personaje”. Procedimiento que se sirve no tanto de la especulación o de la preeminencia del tópico —algo que la distancia, por ejemplo, de Borges, de quien ella afirmaba que no trabajaba con humanos, sino con conceptos, y para Uhart la literatura se ubicaba “en ese lugar anterior al concepto”—, sino más del oficio propio de relevar y caracterizar lo que aún ofrece la realidad de asombroso, lo que refleja nuestra frágil esencia y existencia; y por eso no es casual que sus lecturas se inclinaran hacia la sutileza irónica en el comportamiento de los personajes de Katherine Mansfield, o las descripciones de Lucio Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles (1870), autor de quien admiraba su defensa a escribir como a uno le diera la gana, y su oralidad tan próxima a la conversación.

Así pues, vemos cómo el énfasis de Uhart está puesto en lo lateral, o en lo que solemos considerar lo lateral; es decir, la “mismidad” que nos esforzamos en marginalizar, y donde yace lo que aún no hemos explorado, lo que aún no agota “esa rutina que mata”. Por eso al personaje de Uhart le intriga más una chinche abajo de la cama que la Torre Eiffel; o el conocer a las personas más por “el modo de estornudar que por las más variadas ideas que puedan sustentar”, como se ve en el relato “Él”. Y lo mismo ocurre con el tratamiento del lenguaje; al personaje de Uhart no le interesa la lengua puritana, la artificialidad de la voz neutra; el turista holandés balbucea, mezcla e incorpora las palabras que va absorbiendo a su paso; el alumno de una escuela apartada dice “lumbrí” en lugar de lombriz, y el “error” es admitido por la directora de escuela, porque lo juzga “más humilde, umbrío, íntimo”, y es esta la empatía que permite que el sentido no se estanque en el hecho, sino que lo traspase resignificándolo, desfulanizándolo, volviéndolo más real. Y lo real para Uhart se traduce en lo excepcional en favor de la libertad; y eso toca particularmente su estilo en “Guiando la hiedra”, uno de sus cuentos más resonantes y en el que quizás se refleja con mayor evidencia el salto de la continuidad de la trama —propia de sus primeros cuentos comprendidos entre 1962 y 1970—, a la continuidad del sentido y la metáfora, que luego derivará de manera casi natural hacia la crónica, otro de los géneros en los que Uhart se destaca.

Lo cierto es que en un mundo hambriento de “hechos reales” de alto impacto, donde las últimas noticias se replican y saludan sin cesar, sorprende y estimula la reunión de cuentos de Hebe Uhart. Su nulo servilismo y complacencia hacen de su literatura una fuente inagotable de inquietudes, no exentas de humor y de un sumergimiento franco en ese lugar anterior al concepto —o a la noticia del día—, en donde las investiduras son risibles y hasta lucen inútiles, y estamos al desnudo y perdidos, desorientados en la vida que afrontamos. O donde “El ser humano está radicalmente solo”, parafraseando el título de otro de sus cuentos. Parece desolador, pero la sabiduría de Uhart tiene algo de repulsión al fin del mundo, que no es otra cosa que contar las historias que quieren que cuentes, y no las que quieres contar tú.

Ricardo Montiel

 

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