Apuntes para Marguerite

 

Néstor Mendoza, escritor venezolano. Foto: José Antonio Rosales.

I

“A partir del momento en que estaba muerto, él, el hermano pequeño, todo debía morir después”. La frase plantea varios nudos, dos o tres personajes; la muerte próxima de uno de ellos, la de un hermano menor; pero, ante todo, una historia previa y una historia posterior, ambas trágicas. La frase es de una autora que escribe en francés. La frase es de una autora nacida en Vietnam, Marguerite Duras. La ha destacado con lápiz. Ya no lo hace con bolígrafo. Lo han convencido de que eso violenta el papel. Que no se hace. Que se debe respetar el derecho del otro (del otro lector), de la lectura virginal del texto.

 

II

Se levanta temprano y disfruta del aislamiento del primer café.

Aquí las mañanas y las noches son frías, parece como si la casa no tuviese techo. De hecho, no lo tiene o parece no tenerlo: lo que parece ser un tragaluz, en el pequeño patio, podría serlo o ser simplemente la consecuencia improvisada para arrendar lo más pronto posible esta casa. No finaliza casi nunca el frío. Desde los costados. Desde abajo. Un humo frío, otro inquilino. Está en un barrio muy alto de la ciudad. Barrio La R., le dicen.

Es una casa pequeña, rectangular.

Viven dos personas con él.

Él es el esposo.

También hay una esposa y una suegra.

No hay animales, salvo los que se encuentran fuera de la casa, los de los vecinos. Como aquel gato lanudo que se acercó anoche y que él pudo acariciar varias veces antes de cerrarle lentamente la puerta. Hay muchos perros en la calle y amos que dejan los residuos corporales de esos perros en la grama, desechos muy apropiados para que los transeúntes los pisen o los esquiven. Para que se la pasen mirando al piso.

Intenta retener el sabor del café. Ese amargo que va extrayendo de la boca mientras produce más saliva. Debe ir por más café. Hará el desayuno. Algo sencillo: lo que se pueda cocinar rápido. Lo que ensucie menos. Lo que se digiera más rápido pero no tanto como para que le produzca un hambre anticipada. Va y enciende la hornilla. Regresa a la computadora para seguir escribiendo. Ya se encargó de levantar a la esposa. El fuego de la cocina es uniforme: una casi perfecta alternancia de los colores habituales de la llama.

Esta nueva casa no es como la anterior. A decir verdad, la otra no era una casa, sino dos piezas conectadas por la ausencia de una puerta. Allí vivieron los tres desde octubre. Pasaron nueve meses para cambiar de domicilio. Esta nueva casa está incrustada en la parte baja de una loma. Hay dos hileras de fachadas, separadas por un canal verde de pasto. Los vecinos han ido ubicando pequeños árboles y sembrado algunas flores rodeadas de cauchos multicolores. La casa, por su ubicación, aísla el ruido externo. No totalmente, pero sí lo suficiente para convertir los ruidos en sonidos tolerables: lejanas conversaciones, pasos frente a la puerta o el rugido tenue de un motor. Alguien tose y también cuenta como ruido.

 

III

La portada de aquella novela de Duras, la de la frase inquietante sobre el hermano muerto (El amante), tiene la provocadora imagen de una mujer recostada sobre una almohada con flores sencillas, caricaturizadas. Son como flores de un Oriente colonizado. Esa mujer mira hacia al frente, hacia él (hacia mí, quiero entenderlo así), hacia todos los que la ven. Hacia todos los que toman el libro. También sus senos miran a quienes toman el libro. El seno derecho, más concretamente, el pezón derecho de aquella mujer de cabello medianamente largo o medianamente corto. La cubierta es de un tal José Ruiz. ¿José Ruiz tomó la foto? ¿Quién es la modelo? ¿Dónde?

 

IV

Aquí las casas van creciendo hacia arriba.

Parecen edificios pequeños, pero no lo son.

Son casas sobre otras casas.

Hay tanta altura. Se ve casi toda la ciudad. De día, ciertamente, sorprende la vastedad de techos rodeados de montaña. Es un gran valle, uno gigante. Alguien ha dicho que es una meseta (un amigo suyo, a modo de broma, dijo que a Bogotá no se sube sino que se escala). Pero de noche el espectáculo es mayor si se mira sin prejuicios: todo alumbrado de pequeñas luces de casas humildes sin frisar que rivalizan con otros edificios más ostentosos.

Un enorme lienzo de luces.

La esposa se levanta para continuar con el desayuno. Huevos con chorizo campesino. Arepas. Él debe hacer más café para los dos.

La casa está pegada de otra casa, pero son dos lugares independientes. Los une una pared y las conversaciones algo acaloradas de los vecinos. Es una misma casa si se mira desde fuera. Aquí dicen que son casas diferentes, pero parecen la misma casa.

Él duerme siempre con dos medias, un pantalón deportivo. Esto hace desde que llegó a la ciudad fría, de climas alterados. Ahora, en esta nueva casa, debe dormir con suéter y guantes.

Ella la mayoría de las veces tiene frío. La suegra siempre tiene frío. Ahora los tres comparten el frío.

Es más democrático el padecimiento.

 

V

En internet se hallan varias fotos de Marguerite. Llama la atención una: la más joven. Mira en blanco y negro y se piensa en su novela El amante. Se podría incluso intuir esa blancura de quince años que la autora describe. Lo hace tantas veces que la blancura trasciende la prosa y adquiere la textura de una dermis más dada a las caricias que a la recreación escritural.

 

VI

El hermano de la primera frase, la del primer párrafo, tiene 27 veintisiete años cuando fallece. No es el mayor. La hermana lo describe y solo existe cuando toma cuerpo en la escritura de su hermana. La mamá no le permitió crecer. Complejo de Peter Pan, dicen. Ella sufrió por él. Se tragó todo el sufrimiento de su hijo en pequeños bocados de dominación maternal. Pudo haber crecido, pero no lo dejaron. De allí el lamento de su hermana. Esta frase, la del hijo muerto, le parece conveniente para recrear un diálogo con el mismo nombre o con otro.

 

VII

El cuerpo joven de Marguerite terminó de aparecer aquella noche junto al mercader. No se había despojado completamente de su cuerpo de niña: algo quedaba. Poco a poco, menos crisálida y más alas de mariposa. Algunos lo llaman desinhibición. Más bien apareció otra figura, igual de estrecha pero más ágil. Alternancia de cuerpos, el mismo cuerpo de Marguerite que intentaba huir y otro que se quedaba quieto y empezaba a moverse en las manos del hombre. Parecía una contemplación mutua y confusa, como si acabaran de hallar las proporciones humanas en viejos manuales de anatomía o en los bosquejos de Vitruvio. Se tradujo, al principio, en caricias focalizadas y lentas. Luego devino en la progresiva aceleración y agotamiento. El sudor se fue secando en esa misma unión. Él tiene doce años más que ella. La sobrepasa en status y prejuicios, pero no en soltura corporal. Habla francés con acento parisino ligeramente forzado, habla de dinero con una desenvoltura sincera. No hay diálogos explícitos entre ellos. Por lo general, él habla poco y ella no intenta reanudar explicaciones. Una vez vestidos, la lleva a casa y, al llegar, no se bajará de la limusina. Su madre la verá descender desde la ventana de la cocina y no le dirá nada, al menos no desde el acostumbrado sermón encubierto de los desayunos. El desayuno es la oportunidad del encuentro entre ambas y la mudez del hermano. Entre el silencio del hermano Ricardo y las frases escuetas de la madre y de la hija.  

—¿Eres tú, Ricardo? —se demora unos segundos en responder que sí. La madre lo mira desde el borde de la cocina que sirve a la vez de mesa y de barra. Hace la misma pregunta porque Marguerite y él tienen casi la misma edad y casi el mismo peso. Los dos hablan poco (o no los dejan hablar mucho). La delgadez iguala sus pisadas.

—¿Qué quieres desayunar? —reitera la madre como mera pregunta retórica, pues sabe que el hijo dirá que sí a todo el menú matutino, al que está ya casi listo sobre la barra-mesa de la cocina. Es, básicamente, el mismo plato reinventado cada mañana con la ausencia o presencia de algunos vegetales.

Ricardo es el hermano más cercano a Marguerite. No hablan mucho entre sí, pero son tan cercanos que saben calcular las omisiones.

—¿Y tu hermana sigue dormida?

—Sí, aún duerme. Se acostó tarde anoche. —Ricardo sabe que no duerme y aun así responde afirmativamente. Marguerite está en la cama, pero no duerme. Extiende el insomnio mirando hacia el techo. Por lo general ella gasta algunos minutos mirando hacia el techo. Quiere esquivar el contacto cara a cara en la cocina. Sabe que la madre no cocina para ambos, aunque en la mesa-barra haya dos platos. La madre cocina para dos y mientras gira de un lado a otro la tortilla, en su mente solo hay un hijo y un plato. 

Marguerite baja lentamente las escaleras para retardar el desayuno.

—Tu hermano siempre se levanta primero que tú. Deberías aprender de él —dice la madre.

—Pues yo no soy él.

Marguerite, ahora mismo, tiene un poco más de quince años. Están en Saigón por las decisiones de su mamá de planificar la infelicidad familiar. Marguerite, como reacción a las preguntas incómodas, apela a frases cortas, directas, para afirmar o negar. Esa ha sido la constante entre ellas.

—Hoy también llegarás tarde, me supongo —dice la madre.

—Supones bien.

El desayuno es un trámite tácito para fingir dentro de casa. Es la otra cara de la moneda en el ejercicio social de las apariencias.

—¿Hoy vendrás nuevamente con el comerciante?

Marguerite no contesta. El silencio es afirmativo.

Esto podría ser un diálogo triangular, pero casi nunca lo es. Ricardo es un espectador. Ya casi ha terminado su tortilla (sólo un par de bocados más) y los cubiertos de Marguerite siguen paralelos alrededor del plato. 

—Te vieron llegar con un chino mucho mayor que tú.

—No sé de qué hablas.

—Por eso llegas tarde de la escuela, ¿verdad?

Las preguntas consecutivas desconciertan más a la madre que a Marguerite. Más bien se extraña de que ella se atreva a romper la línea delgada que divide el interrogatorio materno y el monólogo escueto de los desayunos.

—Trata de llegar más tarde o más temprano, o que te deje al otro lado de la calle. Puedes incomodar a los vecinos —esa es la respuesta de la madre, involucrando a terceras personas para que la reprimenda sea indirecta, como si quisiera arrastrar la vergüenza hacia el patio de los vecinos.

 

VIII

Qué frío tan tremendo. No sé en qué estaba pensando. ¿Acaso no era lógico creer que, mientras más cerca de la montaña, en esa misma medida, el frío aumenta? Y pensar que iba a deshacerse de aquel gabán negro que usaba mientras trabajó de portero en el bar, cuando recién llegaba a la ciudad del frío, hace ya más de un año. Ahora lo utiliza para dormir. A pesar de su grosor, parece no surtir ningún efecto para las bajas temperaturas de la noche en el barrio La R. No quiere ir a trabajar; está algo cansado por la larga y lluviosa caminata de ayer, de regreso del concierto gratuito, y por el retraso ya prolongado de un pago pendiente. La esposa y la suegra duermen.

No se escucha casi nada afuera.

La nevera retoma su ruido que señala el enfriamiento.

Regresa del trabajo. Las rodillas duelen. Tiene que acostumbrarse a descender en las mañanas. Cometió una locura, hace algunas noches: subió a ritmo acelerado la cuesta hasta la casa. Era de noche, había bebido y creyó que podría hacerlo sin problemas. Aún le duele el pecho y continúa una ligera taquicardia a pesar de los días. Tiene que acostumbrarse al nuevo espacio. De alguna forma (esto sucede poco a poco) debe familiarizarse con las personas y sus hábitos. Ese es el resultado de la mudanza. Y lo más incómodo: pasearse como un lugareño en el nuevo barrio. No le gusta mirar como miran los que recién llegan a un lugar desconocido.

Piensa en la foto de la joven Marguerite. ¿Por qué son tan provocadoras las fotos antiguas? Ha de ser por ese empeño de hacerlas ver algo mayores, de despojarlas de los residuos infantiles y así darle paso a la mujer que vendrá.

 

IX

En su antiguo apartamento (no de la ciudad fría sino de la asoleada, en Venezuela), dejó dos libros de Marguerite Duras. Dos traducciones realizadas por el poeta A.S.H. Lamenta no haber traído esos libros. El amante lo halló en una venta de libros expuestos en una sábana, en el centro de Bogotá, hace un par de meses. Lo había comprado para su esposa y no pudo esperar para empezar la lectura. Es una edición tapa dura, bien conservada.

¿Quién ama a quién en El amante? Pareciera que el más expuesto es el existente entre la joven blanca (esa voz narrativa en tercera persona que confundimos con la de Marguerite) y el comerciante chino de Cholen. No obstante, la cercanía entre Ricardo y Marguerite señala otras alternativas.

La autora habla de sí misma (eso nos hace creer). La autora habla con tal desgarro y ternura sobre la muerte anticipada de su hermano que nos olvidamos de ella (“No sabía hablar, apenas leer, apenas escribir, a veces creíamos que no sabía ni sufrir”); la autora habla en tercera persona sobre su propio cuerpo delgado y adolescente, de su piel blanca acariciada, que nos olvidamos de ella, de la autora (“El amante de Cholen se ha acostumbrado a la adolescencia de la niña blanca hasta perderse”). Y era, especialmente, la vinculación y el conflicto con su progenitora (“la desdicha de mi madre ha ocupado el lugar del sueño”; “Un día ya no fue capaz de planear grandezas para sus hijos y planeó miserias”). El amante, autobiografía novelada, puede verse como las memorias de Marguerite Duras, de la niña que crece en la antigua Indochina, hoy Vietnam, bajo la realidad del colonialismo francés. Más que novela sobre su primer amante, un mercader chino, es una crónica erotizada de la amada. Y también: relato lírico de una familia francófona, disfuncional, cosida por los hábitos y prejuicios de la época.  

 

X

Está cansado. Ayer, con su esposa y dos amigos (realmente un amigo, el otro lo conocieron esa misma noche), bebieron cinco cervezas cada uno. Tiene algo de sueño todavía, pero desea continuar con un trabajo pendiente desde la casa. No propiamente desde la casa, porque allí no hay internet por ahora. Tiene ganas de ir, de subir hasta la esquina, para enviar unos correos pendientes. El sueño, cada vez más cerca.

 

XI

Está la autora (Marguerite Duras);

la que habla en El amante

y la que el esposo intenta recrear en aquellos diálogos. 

 

XII

El hermano menor murió de una bronconeumonía.

A lo largo de diez años, una sola vez le escribió a Marguerite.

La carta era convencional,

pasada en limpio,

sin faltas

caligrafiada

Ella, la autora, anota la fecha de su muerte en El amante: diciembre de 1942, bajo la ocupación japonesa.

 

XIII

Otra resaca. Alguna discusión nocturna. Los pies húmedos por el frío acumulado en la noche. El libro de Duras en la mesa. La foto de la joven Duras en las páginas internas: peinado hacia atrás, con esa línea, esa carretera, que divide en dos el cabello. Y esos ojos, esos surcos en ellos que le otorgan una madurez prematura. ¿Tendrá diez años allí? Se nota el fuerte labial. Se podría especular un color rojo que vence el blanco y el negro de la vieja foto. Quizás no tenga diez años sino 13. Esos ojos puestos a prueba por las caricias precoces.

 

XIV

Marguerite habla de su madre, del desamor hacia su madre. Lo hace con la distancia y el dolor que da la maduración anticipada. En Marguerite todo parece darse en plena crisálida. Y no solo el amor hacia el amante chino, ese es una consecuencia posterior; es la crisis intrafamiliar: el desapego materno y la visible preferencia de la madre de Duras a favor del controvertido hermano mayor. En cuanto al hermano menor, sometido por el mayor, es otra de las conexiones tensas de El amante.

 

XV

Tiene ganas, luego de finalizar el trabajo en casa de A., de pasearse por el bulevar del centro para comprar un par de libros en oferta. Finalizó con grato aroma El amante y La última escala del Tramp Steamer, este último de Álvaro Mutis. A veces esto sucede en el esposo: lee varias novelas consecutivas, frenéticamente, cuatro o seis, y sigue con la intermitencia de los poemas y ensayos dispersos. En ese mismo envión leyó una trilogía de novelas cortas del cubano-venezolano Julio Miranda, Agua por todas partes. Desde ayer en la noche prosigue con otra obra de Mutis: Amirbar.

Una frase apareció en el baño. En ocasiones esto sucede, el lugar de la aparición poco importa: “hay un Dios para la guerra y un Dios para la paz”. No era precisamente este orden o estas finalidades (la guerra o la paz), sino la dualidad. Era algo más preciso, más perfecto, no era solo esta frase que puede ser una cita recordada.

Otra imagen que podría avanzar (o retroceder) para un posible poema: la deconstrucción de la belleza, la descripción regresiva de la belleza (la del cuerpo), empezando por una edad avanzada y así volver hacia atrás para describir las cualidades juveniles e infantiles de un cuerpo. Algo así como en Benjamin Button.

El amante de Marguerite, el libro, ya no está en la mesa. Lo ubicó en lo que, con entusiasmo juvenil, llama la “biblioteca”: dos pequeñas hileras de libros en la parte baja del televisor. 

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Número 12

En nuestro duodécimo número, rendimos homenaje a dos gigantes de las letras latinoamericanas: la uruguaya Ida Vitale, ganadora del Premio Cervantes 2018, y el peruano Julio Ramón RIbeyro, cuya obra celebramos en el nonagésimo aniversario de su nacimiento. También destacamos poesía, entrevistas, y cuentos que van desde el Caribe hasta los Andes y desde Centroamérica hasta Brasil, adelantos exclusivos de libros venideros y reflexiones de sus traductores, más una sección especial dedicada a la obra de Edwin Lucero Rinza, un joven poeta que recientemente publicó el primer poemario escrito en quechua kañaris.

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