“Para reproducir la experiencia del texto original, tenía que sonar distintivo y gloriosamente extraño”: Una entrevista a Kit Maude, traductor de Armonía Somers

 

Imagen de la portada de The Naked Woman, novela de Armonía Somers, traducida por Kit Maude y publicada por Feminist Press.

La autora uruguaya Armonía Somers (1914-1994) ha sido una marginada infame de la literatura latinoamericana. No obstante, la admiración de escritores e intelectuales ha mantenido su legado vivo y casi la ha convertido en una figura de culto. El año pasado, la editorial Feminist Press publicó The Naked Woman, la primera traducción completa al inglés de La mujer desnuda, una de sus novelas. Este año, ha quedado nominada para el premio nacional de traducción de poesía y prosa. En la siguiente entrevista, Kit Maude (quien reside en Buenos Aires) reflexiona sobre los retos, perspectivas y goces de traducir una novela adelantada para su tiempo.

Gabriel Villarroel: La obra de Somers no es ampliamente conocida en América Latina; ¿qué te impulsó a traducir La mujer desnuda?

Kit Maude: Es difícil para un escritor, cualquiera que sea, alcanzar reconocimiento por fuera de su país, e incluso a nivel nacional. La industria de libro en América Latina tiende a ser insular y las editoriales locales no suelen distribuir por fuera de su país (aunque esto esté cambiando un poco). En el siglo veinte, era más común que un latinoamericano conociera a otros escritores de su continente en París o la Habana que, digamos, en Buenos Aires o Lima. Es una tendencia vigente, aunque los epicentros de los encuentros hayan cambiado hacia las universidades en los Estados Unidos. En términos prácticos, para que un escritor gane reputación en el continente, probablemente debe hacerse de una reputación en Europa o Norteamérica primero. Uruguay no cuenta con una escena literaria muy amplia y Somers era atípica incluso dentro de ésta. En vida, la totalidad de su obra nunca fue reeditada y permaneció de difícil acceso; de ahí que su oportunidad de entrar al gran mercado fuera bastante reducida.

Llegué a Somers luego de que un editor en los Estados Unidos mencionó la escasez de traducciones de ficción escrita por mujeres en el siglo veinte, el tipo de literatura que caería en la categoría de “clásico moderno”. Consulté con un par de amigos informados y ambos me sugirieron a Somers (luego averigüé que no la habían leído, pero esa es otra historia). Leí La mujer desnuda, respiré profundamente, redacté un borrador imperfecto, y lo envié. Para mi grata sorpresa, el comité de Feminist Press, tan osado como espléndido, se interesó.

G.V.: ¿Cuáles fueron los principales retos al traducir esta novela?

K.M.: ¿Qué no fue un reto? He usado adjetivos como “inusual”, “densa” o “irreverente” para describir la prosa de la novela, y puedo agregar “alusiva”, en tanto con frecuencia se refiere tangencialmente a las cosas en vez de nombrarlas. También se la puede considerar “surreal” en tanto salta de lo concreto a lo fantasioso en la misma frase, o “dispersa”, en cuanto sigue a una digresión con otra. En su prosa, imágenes y pensamientos se superponen para eventualmente explotar en instantes de iluminación...

Para resumir, fue un reto a nivel técnico el entender qué sucedía, y traducirlo al inglés presentó interesantes opciones en términos artesanales. Quería evitar la tentación de “suavizar” el estilo de Somers; mi objetivo fue replicar la experiencia de leer el original, y eso supuso buscar que el texto sonara distintivo y gloriosamente extraño. Todo de una manera en que los lectores hallaran la novela atractiva. Admito que pasé por un borrador o dos...

Otro reto fue destacar un aspecto de la obra de Somers que todavía se pasa por alto: su sentido del humor. Ella es una de las escritoras más graciosas que he leído, pero como sucede con Kafka, no se le da suficiente crédito por su humor. Quizá sea su mordacidad o sentido del absurdo, pero estos son deliberados y buscan producir risa en los lectores. Para que el humor funcione en una traducción debe que ser nítido; su intensidad y contexto deben ser precisos. No sé si lo logré (yo me río, claro, pero también leí el original). Mi editora, Lauren Hook, me ayudó mucho en este aspecto.

G.V.: Para mí, tu traducción de La mujer desnuda refleja el humor y la crudeza deliberada de la novela de Somers. No obstante, el oficio del traductor está con frecuencia aquejado por la sensación de pérdida ¿Hay aspectos del texto original que sientas que quedaron por fuera?

K.M.: ¡Me alegra escuchar eso! Pero si hay aspectos que quedaron por fuera he fallado como traductor. La experiencia lectora será sin duda diferente en inglés, pero espero que, en sustancia, preserve la prosa intensa y embriagante de Somers. Por supuesto, el contexto temporal es irreproducible: el impacto que causó la novela cuando se publicó anónimamente en Uruguay. Lamentablemente, eso no se puede replicar.

G.V.: El papel de la mujer y su cuerpo son aspectos fundamentales en la novela de Somers ¿afectó esto la traducción?

K.M.: En términos de la traducción, me pareció importante reflejar la diferencia entre el lenguaje de Rebeca Linke (la mujer desnuda), autoritario y visceral, respecto al del mundo convencional. Éste último es más débil y está lleno de objetos caricaturescos y detestables. El sexo es fundamental y puede argumentarse que es donde ambas realidades convergen; basta notar la fantasía erótica colectiva del pueblo, desde los aldeanos hasta el sacerdote, e incluso el confuso instante de felicidad de Juan.

G.V.: La mujer desnuda no es una novela típica de su tiempo; alterna sueños con realidad, y utiliza profusamente la ironía, el humor y la mitología...

K.M.: Es una novela única para su época ¿cierto? Y me parece que, en parte, esta singularidad fue la que impidió que se popularizara; los lectores no supieron qué hacer con una escritura de esta índole. Estamos mejor equipados hoy en día para entender este tipo de obra: su irreverencia, las referencias clásicas y mitológicas, cómo describe eventos inverosímiles... creo que se siente muy contemporánea. En términos de traducción, fue difícil no tener un modelo obvio a seguir. Leí bastante el Ulises, en particular el monólogo final de Molly, y también, en su dosis justa, cuentos de Joy Williams.

G.V.: ¿Qué puede aportar una novela latinoamericana de mediados del siglo XX a la discusión contemporánea sobre el feminismo?

K.M.: Hay personas más calificadas que yo para hablar sobre el feminismo contemporáneo; no obstante, el argumento básico de la novela “mujer extraordinaria decide tomar una ruta diferente y revoluciona la vida de una pequeña comunidad conservadora” sin duda toca una vena sensible en la actualidad y seguro también en el futuro.

G.V.: Hoy en día, la globalización es un factor innegable, y la traducción juega un papel fundamental en el proceso. Como intelectual con cercanía a la literatura latinoamericana y norteamericana ¿qué diferencias y similitudes hallas en ambos mercados?

K.M.: En verdad sólo estoy muy familiarizado con el mercado editorial argentino, y lo encuentro bastante insular. Esto se debe, en parte, a razones económicas (la taza de cambio dificulta importar escritores extranjeros), pero también a que las casas editoriales en castellano, tanto las independientes como las multinacionales, compran los derechos de traducciones y rara vez se esfuerzan por distribuir o promover sus libros en Latinoamérica. En consecuencia, muchos escritores internacionales de calidad apenas son leídos, mientras que algunos un tanto mediocres gozan de una sólida fanaticada. En los Estados Unidos, la mayoría de los autores nuevos tienen un interesante bagaje multicultural y cosmopolita. No sé si sea la globalización o la migración en su sentido más clásico.

G.V.: Sin duda, el campo editorial está cambiando ¿crees que se dirige hacia un escenario más diverso? ¿qué tan optimista eres desde el punto de vista de la traducción?

K.M.: En efecto, ahora más que nunca, creo que los editores están más interesados en libros de otras partes del mundo, y buscan activamente nuevas voces y perspectivas. No obstante, aún predomina el encasillamiento. En más de una ocasión, algún editor me ha dicho que no consideraría un escritor de cierto país porque “ya tiene a uno”, incluso referido a Suramérica, como si se tratara de poner alfileres en un mapa.

G.V.: Observas, con razón, que hay una escasez de escritoras suramericanas traducidas al inglés ¿qué otras autoras crees que merecen traducción?

K.M.: ¡Muchísimas! Los nombres que se vienen ahora a la mente son Sara Gallardo y Elena Garro. Recientemente descubrí a Juana Bignozzi, pero es tan solo la punta del iceberg. Parte del problema es que muchas mujeres escritoras todavía no son reconocidas en su idioma nativo. La situación es frustrante, pero hay alguna emoción en considerar cuánto queda para ser descubierto.

Traducción de Gabriel Villarroel

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