Informe de algo parecido a un apocalipsis

 

Residencias Junin, Caracas, Venezuela. Foto: Jonathan Mendez, Unsplash.

Porque en tiempos de desorden,
de confusión organizada,
de humanidad deshumanizada,
nada debe parecer natural.

Bertolt Brecht.

A mí me encanta escribir a mano. Uno siente lo que escribe.
Mi amiga Kelly en una conversación por
WhatsApp antes de un apagón.

Por favor, no vayas a sentir lástima por nosotros. Sólo lee.

Casi todo esto lo escribí a mano iluminado por una vela o una linterna de teléfono. A modo de diario, escribí para ocuparme en algo; luego corregí entre fuertes bajones de luz. Coloqué una parte «bonita» para, como en las películas, llenarte de empatía y después veas las vicisitudes del protagonista. Allí no me extenderé mucho; unas pocas líneas nada más. Llegarás rápido a los momentos en que la penumbra hizo lo que le dio la gana con nosotros y los leerás con la comodidad que no tuvimos esos días.

Bueno, empiezo.

***

Jueves, 07 de marzo de 2019. La ansiedad ante una evaluación me impidió dormir bien estos días, pero ayer salí de eso. Fui a la universidad sólo a divertirme, pues hoy no tuve clases.

Manejé bicicleta con algunos amigos. La ruta recorrida concluyó con una bajada bastante empinada; me recibió con una caída no tan estrepitosa. Las rodillas fungieron como parachoques. Tocó levantarse y reír, como lo hizo quien vio de lejos mi torpeza. Quise repetir la aventura. Otra vez fallé al final, pero no caí —más tarde sí ocurrió porque, bueno, todavía no soy muy ducho en esto. Incluso con las piernas golpeadas disfruté esa experiencia que la adolescencia no pudo brindarme.

A las 5:00 pm fui a casa de una amiga a devolverle un libro que me prestó. Dijo que no era necesario ir hasta allá, pero prevaleció mi afán por ser responsable en todo. Llegué y un apagón dejó sin electricidad al edificio. Una señora nos abrió el portón, pues la llave es electrónica y el sistema de acceso no servía. Nos despedimos.

Al llegar a la estación del Metro, supe que allí tampoco había luz.

(Aquí es cuando la parte «bonita», con raspones en la piel incluidos, concluye).

Pensé en que sería un apagón general. Después, quizás por optimismo, me dije que la falla era sólo en la línea 3 del Metro. «Camino a Plaza Venezuela y listo. Seguro esa línea sí funciona». Caminé con mucha gente alrededor; a todos nos tocó ir a pie. En un trayecto que me pareció muy largo noté que ningún semáforo funcionaba. En Plaza Venezuela vi que la estación también estaba cerrada. Tocó seguir andando.

Chacaíto. Recibí un mensaje de mi hermano. «¿Cómo está el Metro? Hay apagón en toda Venezuela». No había Metro. Yo tendría que caminar hasta Petare, donde vivo. Ya no sé cuántas veces todo el país ha quedado sin luz y Caracas ha vivido este desastre. Siempre estamos desprevenidos.

Las líneas telefónicas murieron minutos después.

La California, 7:00 pm. Dos horas de caminata obligada. Antes yo había recorrido una Caracas de noche, pero no en tinieblas. Poco a poco, gritos en los edificios; el sonido de las cornetas parecidas a las vuvuzelas; golpes a las cacerolas. En la oscuridad, el ruido es la única forma de protesta.

En la calle sólo alumbraban luces de carros y alguna linterna de celular. Fue mucha la gente en las aceras caminando hasta sus hogares. Muchísima. Entre la multitud, alguno gritó el apellido de quien gobierna esperando como respuesta un montón de insultos. Un desahogo colectivo que se ha puesto de moda. Nadie respondió. Todo el mundo estaba muy cansado para el juego.

Gracias a las luces de los carros vi el anuncio en la avenida: “HOSPITAL PÉREZ DE LEÓN A 700 METROS”. La distancia que faltaba para llegar a Petare. «Y todavía faltan 700 metros», pensé. Sentí que mis piernas pedían descanso. El hospital no tenía electricidad, por cierto.

Por fin en Petare, saqué algunos billetes para el pasaje; la cantidad exacta que el chofer cobró para llevarnos a casa. La desesperación nos hizo empujarnos para subir al autobús. Después de 2 horas y 17 minutos caminando (más de 13 Km, según Google), con un hormigueo en las piernas, pude sentarme al fin.

En el callejón de mi hogar no se veía nada.

Traté de no quejarme mucho; uno sabe que hubo gente que la pasó peor. Poco después mi hermana cruzó la puerta de la casa. Habló de un tiroteo en Los Cortijos. Ella, junto con sus compañeros de clases, tuvieron que correr sin ver nada a su alrededor.

Gracias a un router portátil tenemos megas de internet. Tratamos de leer noticias. Desde el régimen dijeron: «fue un sabotaje de los Estados Unidos». Insulté al régimen en un tuit, aunque peores ofensas hicieron quedar a la mía como una nimiedad.

Una amiga argentina por correspondencia me escribió para mandarme un abrazo. Lo recibí y me aferré a él.

Desde el balcón vimos una Caracas opaca, como todo el país. Alguna luz de algún edificio con planta eléctrica y ya.

El cielo, como un pequeño regalo ante el acabose, estaba estrellado, pero todos anduvimos ocupados en indignarnos. En lo que menos reparamos es en el cielo. Nunca lo hacemos. Hoy no fue la excepción.

Otra cosa: ya son 13 días sin servicio de agua en la casa. Se nos agota la poca que nos queda.

Con el mapa en penumbras, sobrevivimos.

***

Viernes. A las 12:48 am llegó la luz. Diez minutos después, se fue.

Preferí dormir casi todo el día. Tengo el cuerpo adolorido por lo de ayer. Levantarme de la cama implicó un gran esfuerzo.

Un viejo radio de pilas nos mantuvo informados. En una emisora al azar supimos que Caracas empezaba a recuperar la electricidad. En algunos programas dieron consejos para preservar lo poco que tenemos en la nevera. Reunidos en torno al radiecito esperábamos que otra vez hubiera luz en casa. Llegó a las 3:00 pm. Cargamos baterías de celulares y sintonizamos la única estación de radio que podría informar de verdad lo que estaba ocurriendo. Una hora después, no teníamos electricidad. De nuevo buscamos el radio de pilas. A las 6:00 pm tuvimos luz por pocos minutos.

En resumen: sin agua, ni luz, ni comunicación —los celulares siguen sin señal—, escuchando la radio y cenando a la luz de las velas (qué poco romanticismo tiene esa frase hoy). Retrocedimos más de un siglo. Tal vez así se debe sentir una posguerra, por horrible que suene.

Leímos algunas noticias gracias al router. Reportan que el apagón es histórico (sin duda), además de la mayor caída de internet de Latinoamérica. Nos enteramos de la tragedia: varios muertos en los hospitales tras el apagón. Allí no poseen planta eléctrica. Desconocemos la cantidad de fallecidos. Ha sido un genocidio sutil. Mandan callar a los médicos, quienes lloran de la desesperación.

Siempre he dicho que los médicos deben tener una gran fortaleza mental: es mucha la crudeza que ven, pero hasta sus lágrimas cayeron. Así sería lo que les tocó vivir.

A los bebés en maternidades les dan respiración con bomba manual.

Vimos buena parte de la ciudad iluminada y algunas zonas como «huecos», así como estuvimos hoy en casa. Comentamos que seguro hay lugares en los que la luz no llegó ni un instante y deben estar incomunicados.

Escribí a algunos amigos para saber cómo estaban.

***

Sábado. Logramos hablar por teléfono con mi abuela. Dijo que allá la luz iba y venía; que el suministro de agua se cortó.

De resto, imperó la incomunicación. Algunas emisoras de radio transmitieron sólo música; otras, una marcha a favor del oficialismo. No supimos noticias de nada.

Salí a buscar pan. Las panaderías no tenían punto de venta; sólo aceptaban dinero en efectivo, algo bastante escaso. El dinero electrónico no sirve en estos momentos. Los locales, repletos de productos, pero no de clientes. No pude ir lejos porque el Metro seguía sin abrir.

En la única farmacia en la que el punto sí funcionaba tomé los dos últimos paquetes de sándwich del estante. Fui a pagar y se fue la luz. No había ventanas. Oscuridad de nuevo. Pensarás que aquí viene otra mala noticia, pero no: tras pocos segundos la electricidad decidió volver y quiso que yo pagara. Pequeños momentos de suerte que uno tiene, creo.

Aproveché la luz natural para leer. Primero, algunos poemas de Julio Miranda; luego continué la lectura de Cosas que los nietos deberían saber, del vocalista de Eels, Mark Oliver Everett. Este último me lo prestó una librera al saber que yo no tenía dinero para comprarlo (por increíble que parezca). La solidaridad de ella me ha mantenido con calma.

En la tarde escuchamos una comparsa cerca de casa. Celebraban la Octavita de Carnaval. ¿Que cómo es posible eso en medio de esta calamidad? Simple: es una fiesta organizada por los oficialistas porque, en sus cabezas, nunca ocurre nada malo. Como dijo su otro comandante (ahora muerto) en la tragedia de Amuay: «la función debe continuar».

Un muchacho que funge como mandadero aquí en el barrio trajo un bidón con agua a la casa. Con eso pudimos cocinar un poco y calmar el hambre comiendo lo mismo de hace días.

De noche, otra vez el cielo estrellado y la ciudad apagada, como el jueves. Otra vez la incertidumbre. Otra vez tener que irse a dormir sin tener idea de qué está ocurriendo, rogar que llegue la luz y, con ella, noticias que iluminen.

Algo extraño: en estas tinieblas suena una canción a lo lejos; suena con fuerza. Debió atormentar a los que viven cerca. «Tal vez sea un carro», comentamos mi hermano y yo, que hablábamos en el balcón mientras todo estaba oscuro. Es curioso que en la penumbra el ruido y los gritos pueden significar protesta, esperanza, pero la música, a veces, pueda ser una molestia.

***

Domingo. Fuimos en familia a una capilla cercana a escuchar una misa. Como no hubo micrófono ni cornetas, el sacerdote debió gritar. Habló de «esos cuarenta días de Jesús en el desierto, donde no hay luz, no hay agua, ni comida, ni señal de teléfonos, ni internet, ni nada de nada», dijo. «Más o menos como estamos en este momento», remató. Era de esperarse una analogía así. Culminó su prédica con esto: un hombre (ebrio) se acercó a él horas antes a decirle algo como «¡Padre! Mire todo esto. Estamos en tinieblas». El sacerdote le replicó que más bien estábamos en la luz; que en estas épocas tan oscuras para el país (valga la ironía por hoy) más gente estaba asistiendo a misa. Confirmo eso de que la gente se acuerda de Dios sólo en las dificultades.

Hay electricidad en un cable de la calle cerca de la casa. De allí mi papá y mi hermano conectan una extensión. Aprovechamos para recargar baterías de todo. El internet del router está muy intermitente, pero nos sirve para ver que el régimen insiste en que «hackearon» el sistema de la represa del Guri. Unos expertos refutan eso; dan las razones por las que ese «ataque cibernético» es imposible de darse.

Hubo varios conatos de saqueo en farmacias —quizás en algunos supermercados también. Protestaron en varias zonas del país y reprimieron a los manifestantes; es decir, lo de siempre.

***

Es lunes. Sin luz y sin agua. «Reciclamos» agua después de fregar los platos para la poceta. Usamos muy poca agua para bañarnos.

Luchamos por no acostumbrarnos.

Hoy no tengo ganas de escribir para no proyectar la imagen de «pobre de mí».

***

Martes. Luego de más de 100 horas del apagón, llegó la luz a casa. Ya no escribo a mano.

Las noticias son atroces: decapitaron un jaguar y la cabeza apareció en un basurero; hay un video de una mujer cargando a su hijita muerta; una señora logró conectarse a internet 72 horas después del corte de energía y escribió: «acabo de enterarme de que mi tía entró en terapia intensiva y todavía no hay luz en el hospital»; hubo saqueos en cientos de negocios —sobre todo en Zulia, que ya de por sí viven en condiciones inhumanas—; saquearon un banco en Mérida y lanzaron los billetes (de vieja denominación) a las calles; los ciudadanos llenan botellones con agua del Guaire —sí, el río de excremento que recorre Caracas—; una señora afirma que con esa agua cocinará para sus hijos; más muertos en los hospitales; detuvieron a un reconocido periodista y la gente pide con vehemencia su liberación; los botellones de agua potable los cobran en dólares, así como por cargar baterías por unos minutos.

El régimen define esta emergencia como “días de asueto”.

Algo más: hoy supe que un familiar entró el jueves al ferrocarril de Valles del Tuy. Luego, apagón. Los pasajeros llamaron a unos rescatistas. No supe si vinieron. A la 1:00 am rompieron los vidrios del ferrocarril para poder salir. Hace tanto frío en la calle que prefieren resguardarse en la estación. Retornaron a sus casas a las 4:00 am. ¿Ves? A esto me refería cuando no quise quejarme por haber caminado dos horas hasta Petare luego de caerme de una bicicleta. Si uno está mal, voltea al lado y ve a alguien que está peor. Es ley.

***

Miércoles. Se cumplen 19 días sin agua en la casa.

Hay más noticias y son graves, lo sé, pero me desanima seguir escribiendo sobre esta hecatombe. Total, cuando leas esto habrán pasado diez mil cosas más, y ya esta crónica no interesará a nadie. Por lo visto esta desgracia a la que nos forzaron nunca ha interesado a nadie.

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Latin American Literature Today No. 10
Número 10

En nuestro décimo número, cuestionamos los valores de la literatura y el periodismo en los tiempos de la postverdad a través de las palabras del escritor mexicano Juan Villoro y exploramos los nuevos territories de la literatura digital en un dossier curado por Scott Weintraub. También destacamos las memorias de la masacre de Tlatelolco del 1968 contadas a través de la narrativa gráfica, nuevas perspectivas sobre la traducción de Shakespeare al español con un ensayo de Braulio Fernández Biggs y la literatura wayuu del lado venezolano de la frontera que atraviesa sus tierras ancestrales.

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