Hebe Uhart: su increíble y sencilla historia en Ecuador

 

Hebe Uhart, escritora argentina.

Era la primera vez que visitaba Ecuador. Me llamó, pero luego me escribió: “Soy la escritora argentina, Hebe Uhart, lo escucho muy mal por teléfono. Yo llegaré a Quito el día lunes 10 de marzo al mediodía y me alojaré en hotel que se llama "Mansión Real" <Todo en mayúscula porque es un nombre imponente>. Voy para conocer y si lo deseo puedo hacer una nota para el suplemento cultural del diario "El País" de Montevideo. Para ellos hice muchas notas de viaje. Si deseas que te lleve algún libro o cd de acá, decime y lo llevo”. Entonces le propuse una charla en la FLACSO para el miércoles 12 de marzo y ella respondió: el miércoles tengo un plan que es algo así como city tour, pero debe ser a la mañana y si no, lo arreglo, <Y me halaga que me invités>. Yo puedo llevar algunos de mis libros, son cuentos, y a mí me sale bien la charla informal, con preguntas de la gente. El conocimiento de gente de la cultura tiene que ver con mi curiosidad, no es necesario que te preocupés en trabajar en la organización de una charla muy masiva, me manejo mejor y creo que es más útil <Queda a tu criterio> si son pocas personas o no demasiadas. Así que le dije que sería precisamente como sugería y que hablaríamos sobre “La cocina de su escritura” y me escribió: A mí me han pedido, justamente para un diario que va a salir en Buenos Aires, que responda a la pregunta "¿Por qué escribo?", la he contestado en broma y eso, breve, sería una especie de presentación mía para esa charla. Bueno, gracias por tu deferencia.

Entonces llegó a Quito el 10 de marzo del 2008, me puso en contacto mi amiga, la poeta Cecilia Romano, como vino con un paquete de hotel, no hubo necesidad de irla a recibir en el aeropuerto. Nos vimos en la “Mansión Real” que, en verdad, es un pequeño palacete estilo árabe, ubicado en plena Mariscal. Me trajo libros suyos y música de la actriz y cantante Soledad Villamil, tangos con el gran Edmundo Rivero y me descubrió a Ada Falcon, aquella de Yo no sé lo que tienen tus ojos. Sus libros: Camilo asciende y otros relatos, Guiando la hiedra, y una novelita, éxito en su país: La asesina de Lady Di, de Alejandro López. Nos vimos en la salita de la entrada del hotel. Una mujer esbelta, a pesar de la edad, de pelo corto y ojos chiquitos, cafés y vivarachos, y de un humor acerado que ella misma se reía como si no se creyera. Ya ves la majestuosidad de mi Mansión Real, —dijo y nos sentamos en el sofá frente al recibidor.

—¿Llueve mucho aquí? —Preguntó mirando la llovizna en la tarde quiteña. Y contó que ya le engancharon, desde el hotel, con un tour para ir a Otavalo, pero que ella debía ir a Cuenca. Tenía mucha curiosidad por lo indígena.

Cuando se regresó a la Argentina me dejó, con una postal de Cuenca, el libro: Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla, diciéndome: ¿A vos te gusta este tipo de lectura? Una narración histórica a modo de cartas que el amigo del autor, director de “La Tribuna” de Buenos Aires, publica casi diariamente, a partir del 12 de mayo de 1870 hasta el 7 de setiembre del mismo año. Después me enteré que este libro le había fascinado de pequeña porque le descubrió otro país, una Argentina desconocida. De allí, el interés por Otavalo y lo indígena del Ecuador —supuse—.

El miércoles la charla fue a las 18:00 con mis alumnos y algunos invitados e invitadas, contó que también dictaba talleres en su casa y que eran una exigencia con ella misma, porque se trata de enseñar a escribir solo si vos también escribís —dijo. Lo que también fue una máxima para Miguel Donoso Pareja, quien sostenía que el taller debe ser dirigido por un escritor activo.

Habló del humor en la literatura y en sus cuentos, mencionó que no le gustan los personajes intelectuales, sino la gente sencilla que tiene otra manera de mirar las cosas y de cómo referirse a ellas. Creo que el mirar para Hebe Uhart, fue su manera más autentica de escribir, como si su mirada detenida y reflexiva sobre sus personajes fuera llevada a las palabras para conformar sus historias, es lo que me cautivó de sus cuentos, aparentemente simples pero con algo de extrañamiento o amenaza, a la manera de Carver, pero la suya con una cultura latinoamericana que los hace tan nuestros como si fueran personajes del norteamericano pero con una mirada argentina. Es lo que me parecieron, en el tiempo en el que los leí, aunque ahora se puede decir: que Carver es Carver y que Uhart es Uhart, tan potente e individual que los últimos años; tal vez desde cuando vino al Ecuador, fue mereciendo mayor atención y sus libros han pasado a ser de una minoría cada vez más mayoritaria.

Ese miércoles después de la charla, la invitamos a cenar y fue una celebración escucharla, curiosa como una niña que quiere trepar al árbol para saber que contiene el nido, y de un oído tan aguzado que pronunciaba los quiteñismos con una mezcla de sorpresa e indagación, y se reía diciendo diminutivos: Hay una lluviecita que no para o Llevará un pochito para el frío. Sus ojos brillaban preguntando y hablando de que quería ir por tierra hasta Cuenca. Esa noche, nos maravillamos de tenerla. Fue una comida entretenida y, como dijo mi esposa, aleccionante porque aprendimos de esa humildad y esa lucidez del rayo para jugar con las palabras y sacarles el brillo de su lado oculto. Por ejemplo, me preguntó: ¿Por qué a una persona cuando se la llama, responde: mande? Y ella misma reflexionaba que esa respuesta era de sumisión, tal vez por esa carga colonial que todavía existe. La verdad, es que nunca había reparado en esa respuesta quiteña. Sin embargo, le conté que cuando me llamaba mi madre y yo contestaba ¿Qué quieres? O simplemente ¿Qué? Me reprendía diciéndome que esa no era la manera de responder, sino que debía decir: Mande mamá, porque ella no era una amiga mía. Hebe, rio y dijo que uno debe guardar obediencia a la madre, desde luego, pero acá yo no soy nadie, y le digo al muchacho del hotel: ¿Fabián me podés decir por dónde voy al centro? Y él responde: ¡Mande! Ese detenimiento en las frases, en las palabras, en los dichos populares, en los giros que tiene el habla latinoamericana, en nuestro caso, cruces de kichwa y castellano, le interesaban sobremanera. Esa noche quería conocer más cosas y hablar de más lugares. Y con intensión de aplacar su sed terminé recomendándole: Ecuador: señas particulares de Jorge Enrique Adoum, Ecuador, identidad o esquizofrenia de Miguel Donoso Pareja y Mestizos de Manuel Espinosa Apolo. Quería conocer todo, aunque también dijo que no tenía más tiempo que para estar en Quito y viajar a Cuenca porque iba a escribir del viaje, y que pensaba que debía volver, en otro tiempo para ir a Otavalo.

Efectivamente, luego de esta primera visita a Ecuador, escribió una crónica y me la envió diciendo: Mando la nota de Quito con miedo de que no esté bien, pero bueno.

Esa crónica que todavía está en mi correo tiene siete componentes: Ecuador, Quito, La plaza de San Francisco y otras yerbas, Camino a Cuenca, Cuenca, Artesanías, pintura y escultura, Conclusión.

Allí dice cosas como: Hay una franja serrana común que va desde Ecuador al norte de la Argentina: el lenguaje lo demuestra: Palabras como cucuyo, pachamama, chacra, choclo, tambo, chasqui, huaca, guagua, tatai son de uso común en toda la región. Así como costumbres y vestimentas: El velorio del angelito, por ejemplo, y las vestimentas de las indias y cholas: Con variaciones regionales, sombrero, poncho y polleras de colores.

En el centro histórico de Quito, como su llegada coincidió con la Semana Santa se metió a curiosear en casi todas las iglesias: en sus iglesias se guardan verdaderas obras de arte (muchas de ellas lo son en sí mismas) y la mayoría tiene cuadros de la escuela colonial quiteña, de los siglos 17 y 18. Desde cualquier esquina se ven las montañas cubiertas por casitas de techo rojo, como si se posaran mansamente sobre las mismas. Y luego describe algunas de las iglesias y comenta sobre la gente, letreros y cosas, con esa mirada acostumbrada a escribir sutilezas de las minucias que al ojo común pasan desapercibidas.

Cuando se refiere a la plaza de San Francisco, es increíble cómo se detiene en un diálogo imposible que lo capta en cada detalle y en un solo párrafo:

En un rincón soleado debaten un librepensador, un taoísta y un católico, rodeados por un montón de gente humilde. El librepensador dice que la mayoría de nuestras necesidades son falsas y que su hija le pidió una laptop. El taoísta está de acuerdo con el librepensador en lo global, pero siente que su discurso o su lugar fue usurpado y se pone a repartir volantes para hacer algo. Tercia el católico: “Hay que buscar el reino de Dios y su justicia”. Enseguida se calla. El librepensador y el del tao coinciden en que estamos sentados en un suelo pleno de riquezas pero que no las vemos; la gente escucha, un poco escéptica, y un señor del público toma la palabra aludiendo a las necesidades materiales y un joven sonriente que fue a divertirse dice con todas las letras y frente al mencionado, que el del tao está loco. Esta manera de abordar la crónica desde la periferia y apoyada en la sociología y la historia, la convierte en literaria. Hebe como que había dejado de escribir cuentos para ponerse a escribir crónicas de viajes que son sus libros de la última década.

El año pasado la visitamos en Francisco Acuña de Figueroa 296, 9° A, a la vuelta del Hospital Italiano, en Almagro, Buenos Aires. Estaba agripada y cómo no, nos dijo —mi casa es un contagiadero por los alumnos, el lunes de cinco, dos vinieron engripados, y bueno, ya pasará. Allí mi esposa y yo volvimos a disfrutar de su charla. Contó que cuando su editora le preguntó sobre el libro que escribiría, ella le dijo que uno de animales. ¿Sí o no? Todos tienen bichos, y se han dado cuenta que los bichos son como sus dueños ¿Sí o no? El otro día en el colectivo a la señora que iba a mi lado le digo: ¿Señora usted cuántos bichos tiene? Y ella me dice unito. Te fijás dijo unito, como si fuera parte de su familia. El otro día que estaba por la provincia, me hospedé en un albergue que tenía un mono, el mono era parte de la familia y se sentaba a la mesa con ellos. Yo me quedé impresionada, mirando cómo antes de cenar dijeron unas oraciones y el dueño de casa se persignó, y el mono también hizo lo mismo. Hebe remedaba el santiguarse del mono haciéndonos reír sin tregua. Cómo no voy a escribir sobre animales —decía si se parecen a sus dueños ¿Sí o no? Fue la última vez que la vimos, ese sábado 17 de junio del año pasado. Su libro: Animales, apareció en enero de este año.

Pero en el 2012, aprovechando que se publicó uno de mis libros en Buenos Aires, fui invitado por Hebe a participar en uno de sus talleres de escritura. Solo conociendo su balcón supe que el notable cuento: “Guiando la hiedra”, provino de allí: Aquí estoy acomodando las plantas, para que no se estorben unas a otras, ni tengan partes muertas, ni hormigas. Me produce placer observar cómo crecen con tan poco; son sensatas y se acomodan a sus recipientes; si éstos son chicos, se achican, si tienen espacio, crecen más. Son diferentes de las personas: algunas personas, con una base mezquina, adquieren unas frondosidades que impiden percibir su real tamaño; otras, de gran corazón y capacidad, quedan aplastadas y confundidas por el peso de la vida. Esta metáfora de la gente a través de la observación y contacto con el cuidado de las plantas, de verse como a una bruja a sí misma a través de ellas, una bruja que como todas tiene sus días de obstinaciones y controles, no solo para hacer maldades, sino otras cosas más cotidianas como acordarse de los amigos muertos o limpiar la hiedra de todas sus hojas secas, y entonces decirse: arre, hermosa vida. Es simplemente una metáfora deslumbrante.

En esa ocasión compartí con sus alumnos, no sin percatarme de la devoción que los y las alumnas sentían por su maestra. Hebe Uhart, la maestra de la escritura que con detalle nos descubre otras dimensiones en las cosas mínimas o sencillas que tienen la vida y el mundo. Una personalidad que con cada gesto o acción daba enseñanzas de humildad, autenticidad, honestidad y desapego a las caricias de la fama. Solo ella para responder, cuando le expresé mi emoción por el reconocimiento que le dieron en Chile, con el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas 2017: Muchas gracias por el mail, ahora todo se sabe aún lejos, Hebe.

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Latin American Literature Today No. 10
Número 10

En nuestro décimo número, cuestionamos los valores de la literatura y el periodismo en los tiempos de la postverdad a través de las palabras del escritor mexicano Juan Villoro y exploramos los nuevos territories de la literatura digital en un dossier curado por Scott Weintraub. También destacamos las memorias de la masacre de Tlatelolco del 1968 contadas a través de la narrativa gráfica, nuevas perspectivas sobre la traducción de Shakespeare al español con un ensayo de Braulio Fernández Biggs y la literatura wayuu del lado venezolano de la frontera que atraviesa sus tierras ancestrales.

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