El turista en su propia tierra: Juan Villoro ante la crónica

 

Juan Villoro, escritor mexicano, en Turín, Italia, 10 mayo 2019, como invitado de la Feria del Libro de Turín. Foto: Marco Destefanis/Pacific Press/Alamy Live News.

En Safari accidental (2005), Juan Villoro nombra memorablemente a la crónica: el “ornitorrinco de la prosa”. Este animal fue inspeccionado por un científico occidental por primera vez en 1799 en Inglaterra. El doctor George Shaw lo diseccionó con el fin de encontrar las suturas que unían las partes de distintos animales; sobra decir que no las encontró. En Alemania se le puso el nombre científico de ornithorhynchus paradoxus; esta última palabra implica etimológicamente una creencia u opinión contraria a la detentada por la mayoría, una poco verosímil. Así como el ornitorrinco dejó perplejos a los científicos europeos, la crónica se utiliza usualmente para temas admirables e increíbles, cuando el observador necesita comunicar su hallazgo a los demás. Sin embargo, los medios de información masivos no le son suficientes; hay algo en el lenguaje que es más importante aún que el objeto mismo. Es la unión de todas las partes disímiles y paradójicas lo que hace que la crónica sea una rara avis de la literatura.

Para los cronistas de Indias era muy claro que había que narrar el Nuevo Mundo o sería literalmente impensable. De Cristóbal Colón a Bernardino de Sahagún, pasando por Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo y Bartolomé de las Casas, los cronistas registraron su experiencia ultramarina sin dejar de lado a grifos y dragones, bárbaros y héroes, muertes y conquistas. En sus crónicas salta a la vista siempre la historia personal, e indudablemente verdadera para el narrador, pero también el elogio, la diatriba, la belleza y extrañeza de América. Estas últimas permiten entrever cierto sentido estético en el contenido de las crónicas y, sin duda, una valoración de la importancia histórica de los acontecimientos narrados.

Pero para Juan Villoro la belleza de la crónica no está exclusivamente en su contenido, en el asombro ante eventos históricos, sino también en el lenguaje mismo. En Los once de la tribu (1995), el cronista comenta que se inicia en este género para compensar la soledad de escribir ficción. Es decir, el escritor se aventura al mundo exterior, va a encontrarse con la realidad, pero en el caso de Villoro, no deja de transmutarla en la palabra. No es gratuita la constante aparición de los cronistas deportivos en las crónicas de nuestro autor: el más admirado entre ellos es Ángel Fernández, seguido de Pedro “El Mago” Septién. En la cancha y en el diamante ha habido sucesos legendarios, hechos históricos, como el juego perfecto de Sandy Koufax con los Dodgers de Los Ángeles, según lo consigna el propio Villoro en El vértigo horizontal (2018). Quien narra semejante juego no requiere de dotes literarias sobrehumanas; el hecho se basta en sí mismo para ser extraordinario: enfrentar a veintisiete bateadores de las Ligas Mayores y que ninguno logre conectar un hit ni tocar base. El problema aparece cuando el estadio de los Diablos Rojos del México está medio vacío y hay que enardecer a la audiencia a través del puro lenguaje. Una alquimia verbal debe transmutar la expresión inerte del lanzador fija en las señas del receptor en una batalla psicológica como la que librara Raskólnikov. El cronista crea un nuevo lenguaje para la tribu, un lenguaje que transforma el día a día y hace que la esquina más recóndita ya no sea tal, sino “donde las arañas tejen su nido”.

De igual manera, Villoro toma una realidad generalmente cotidiana y la convierte en un hecho extraordinario: la casa de su infancia, en las esquinas de Santander y Valencia, se vuelve la de todos los niños que vivieron el asombro y el miedo en su barrio natal, un campo de batallas y aventuras circunscrito a un par de cuadras. De ahí que la crónica de Villoro, entre los muchos elementos que componen su ornitorrinco, incluya el cuadro de costumbres. A diferencia de los frailes y conquistadores que anotaron lo que creían un mundo nuevo, el cronista que vio morir el siglo XX y escribe su infancia desde el XXI, pasó ya por el romanticismo y el realismo y sabe que no queda más que el lenguaje para crear su plus ultra. Y, sin embargo, éste se encuentra enraizado en la realidad de un barrio, pero su lenguaje hace que ése en particular represente la unicidad de todos los demás.

Sin embargo, Villoro también se adentra en las costumbres de los otros. Desde la otredad que representa Yucatán para un habitante de la Ciudad de México, ese “país dentro del país”, el escritor explora en Palmeras de la brisa rápida (1989) la historia de su familia, la del estado, la crónica como género y su papel en una tierra que le es ajena. Deambula también por Chile en 8.8: el miedo en el espejo (2010) y ahí encuentra no sólo que la gente aún utiliza piyamas para dormir, sino que mexicanos y chilenos reaccionan de formas distintas a la tragedia. El terremoto de Chile le permite a Villoro también hacer una reflexión sobre la crónica: como propone Giorgio Agamben en Lo que queda de Auschwitz, solamente quien conoce el horror puede ser un “testigo integral”. La diferencia entre Primo Levi, a quien Agamben considera el testigo ideal, y Villoro es que éste sí se considera escritor y cree firmemente que su función esencial es la escritura, pues innumerables escenas del terremoto pueden ser fácilmente encontradas en YouTube. De ahí que constantemente esté rompiendo las reglas de la crónica testimonial, como en Tiempo transcurrido (1986), donde escribe “crónicas imaginarias”. El propio 8.8: el miedo en el espejo incluye recursos literarios que le son completamente ajenos a la crónica que pretende ser testimonial, como la focalización interior de quienes pasaron por la tragedia del terremoto del 27 de febrero de 2010.

Los personajes de las crónicas de Villoro son muchas veces imposibles, se nota la factura del narrador que publicó su primer libro de cuentos, El mariscal de campo (1978), ocho años antes que el primero de crónicas; publicaría, además, La noche navegable (1980) y Albercas (1985) antes que éste. El lector se pregunta cómo pudo el testigo presenciar ciertos pensamientos o ciertas acciones; y la verdad es que no lo hizo, sino que las imaginó como pudieron o debieron haber pasado para hacer la crónica más intensa, más literaria. Se pregunta el cronista en Palmeras de la brisa rápida: “¿Puede haber mayor tedio que una crónica mesurada? La sensatez […] es un narcótico literario”. La desmesura de Ángel Fernández al narrar un partido de futbol es lo que lo hace épico, así como los excesivos símiles de Píndaro inmortalizaron a los atletas helénicos en sus epinicios. De este modo, Villoro libera sus dotes de narrador, ensayista, dramaturgo y periodista en un ornitorrinco que parece imposible y que, sin embargo, camina grácil y elegante.

Villoro les presenta a sus lectores una serie de textos que llama crónicas, pero que incluyen un vasto abanico de géneros y estrategias literarios cuyo gozo no radica exclusivamente en el objeto narrado. A decir verdad, es el arte verbal quien enaltece al objeto. En “Vivir en la ciudad: El conscripto”, por ejemplo, incluido en El vértigo horizontal, el cronista narra su experiencia en el poco marcial servicio militar mexicano; pero de esa vivencia que infunde un tedio infinito a la mayoría de edad en México pasa a la narración de un episodio amoroso. El evento es en sí un tanto trivial (el joven de clase media alta que se enamora de una muchacha hija de ferrocarrileros y está dividido entre su enamoramiento, que después sabremos que no es correspondido, y el miedo a que la familia descubra cómo este “turista de la otredad” se ha infiltrado en las redes familiares), pero lo realmente importante es el sentido poético que Villoro imprime a esta crónica, a este hecho un tanto baladí, y lo hace un tema sensible para quien se haya sentido un “turista de la otredad” (es decir, todos). La historia es efectivamente sobre Lucía y Juan, los dos muchachos que, a pesar de sus diferencias de clase, se besan una tarde en Nonoalco; pero es también la aserción de que “hay cosas que valen la pena porque son imposibles”, como enamorarse tras un beso, salir al “mundo para desfacer agravios y enderezar entuertos” o escuchar al fantasma paterno e intentar vengarlo.

De este modo, el cronista se vuelve un turista en su propia tierra. Yucatán, Chile, Disney World o la Ciudad de México son los escenarios para quien ha sido descastado desde la infancia en la icónica colonia Insurgentes Mixcoac. Villoro no se encuentra ante el asombro de América, ante el juego perfecto de Koufax o el gol de Maradona contra Inglaterra, pero sabe que está presenciando una historia más íntima, una compartida por quienes se encontraron entre los límites temporales de la masacre de Tlatelolco y el terremoto de 1985, pero también quienes comparten tragedias diarias o extraordinarias. De este modo, en las crónicas de Villoro, no se encuentra exclusivamente la gran tragedia humana; por el contrario, ésta está acotada a momentos muy específicos, casi arbitrarios. Lo que se encuentra más profusamente es la historia compartida de la tribu, la del barrio, pero también la de la ciudad y aun la del continente. Lo que ocurrió el 2 de octubre de 1968 y el 11 de septiembre de 1985 equivale a los grandes goles de la tragedia, pero Villoro, con indudable pericia narrativa, dedica su escritura a esos momentos en que los pases se extienden interminablemente en un partido de temporada regular entre dos equipos que probablemente no lleguen al campeonato. Las “crónicas imaginarias” del autor enfatizan el placer en el lenguaje, donde la realidad diaria, por lo demás carente de eventos desmesuradamente excitantes, es un objeto que se reviste de poesía, de creación verbal.

Es importante recalcar, sin embargo, que por mucho que sea el gusto por el lenguaje y la literatura en las crónicas de Villoro, hay también un gozo en la realidad narrada. Lo dice con claridad el autor: escribir crónicas le evita la soledad de la escritura de ficción. El cronista tiene que ir al partido, a Yucatán, a Santiago, a Disney World. Sale a cazar la aventura y ésta se informa de sus lecturas y de la escritura que vendrá en un futuro. Puede el lector fácilmente rastrear las ideas de Benjamin, Adorno y Baudrillard en “Escape de Disney World”, pero lo más importante es cómo se construye el texto a partir de éstas para llevar al lector a la aventura realmente excitante, el hecho digno de ser narrado: no las ideas de los filósofos, no el narrador consciente de su realidad, sino la familia que debe correr desesperadamente para subir al avión: “la única emoción real que permite Disney World: el inesperado escape”. Hay una narración dentro de la del cronista: “Nuestra hija oyó los relatos de su hermano sobre el Mundo Disney como Isabel de Castilla los de sus cronistas de Indias, hasta que decidimos que también ella merecía su dosis de hiperrealidad”. La creación y la lectura están ahí, pero la salida al mundo es importante, pues generará aventuras dignas de narrarse y será también una razón para la creación lingüística.

Juan Villoro recrea y crea una realidad común. A diferencia de la de los cronistas de Indias, la realidad de los siglos XX y XXI no parecería tan excitante. Sin embargo, es la desmesura del escritor la que la carga de significados personales y sociales. Aun la realidad más aterradora, como la del terremoto de 2010 en Chile, que modificó el eje de rotación de la Tierra, acortó el día y desplazó las ciudades de Concepción y Santiago, es digna de la historia mínima, del detalle que humaniza al cronista: una de las cosas que más le impresiona es que haya gente que aún utilice piyama en el sentido estricto de la palabra, pues, dado que el terremoto empezó a las 3:34 a.m., éste le dio la oportunidad de ver a chilenos y extranjeros en sus atuendos nocturnos. El género al que se enfrenta Villoro en estos textos le permite convertirse, según sus propias palabras, en un “turista de la otredad”, observar el mundo desde fuera, aun su propia ciudad y su propia calle. Es una operación de inserción y aislamiento que sucede en la realidad. El ornitorrinco de Villoro es pato y es castor, es ficción y es periodismo, es reflexión y aventura, es lectura y escritura. Intentar separar sus partes sería terminar con su vitalidad y su gracia. Y a veces “los patos que nacen entre ornitorrincos se creen ornitorrincos”, pero eso es otra historia.

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Latin American Literature Today No. 10
Número 10

En nuestro décimo número, cuestionamos los valores de la literatura y el periodismo en los tiempos de la postverdad a través de las palabras del escritor mexicano Juan Villoro y exploramos los nuevos territories de la literatura digital en un dossier curado por Scott Weintraub. También destacamos las memorias de la masacre de Tlatelolco del 1968 contadas a través de la narrativa gráfica, nuevas perspectivas sobre la traducción de Shakespeare al español con un ensayo de Braulio Fernández Biggs y la literatura wayuu del lado venezolano de la frontera que atraviesa sus tierras ancestrales.

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