Ali

 

María Fernanda Ampuero, escritora ecuatoriana. Foto: Isabel Wagemann.

La niña Ali era rara, rara hasta en la generosidad. Ella no nos daba, por decir, la comida pasada o la ropa vieja. Nos daba lo bueno. Lo mismo que ella comía o vestía. Bueno, la ropa suya nos quedaba grandísima, pero la mandaba a arreglar antes de dárnosla. Y cuando viajaba nos traía ropa nueva, carteras, maquillaje, regalos, como si fuéramos parientes de ella y no las muchachas. La niña Ali era así. Mandaba a pedir comida y nos preguntaba qué nos provocaba porque, como ella decía, algo podía no gustarnos, caernos mal, ¿no? Nosotras nunca habíamos pensado en eso. Las señoritas mandaban a ver cualquier cosa para uno y tocaba comer nomás. O, por ejemplo, cuando íbamos al supermercado nos daba su billetera. Así, en las manos, la billetera. O sea que era rara, pero rara buena. Ay, niña Ali, usted sí que es, le decíamos. Las otras chicas nos contaban que las señoras les daban las frutas ya pasadas, la carne medio sospechosa, los aguacates negros, que nomás servían para el pelo, o los zapatos con el taco abierto, los pantalones con la entrepierna desollada, las cremas que ya habían soltado agüilla. Eso, porquerías. Igual: gracias niña, sí, muy bonito, muy rico, niña. Y también les revisaban las carteras y las fundas al salir y a veces hasta debajo de la falda por si se habían metido algo de comida en el calzón. Y les decían si ustedes no fueran tan ladronas, nosotras no tendríamos que andar de policías con todas las cosas que tenemos que hacer. Decían todo eso sobándoles ahí abajo o cacheándoles las piernas por encima del pantalón o haciéndolas vaciar la cartera en el suelo.

Las otras chicas decían con envidia: así que la gordita es bien buena, ¿no? Las gordas son más buenas. Ojalá yo encontrara una gorda. Esas flacas son súper miserables. Y son malas. Y sólo andan pensando en cómo adelgazar, se toman esas pastillas. Marlene, ¿dónde están mis pastillas? Ya se las llevo, niña. ¿Qué nomás tendrán esas pastillas? Como loca anda esa señora, con los ojos que se le salen, lechuza parece. Uy, la mía a veces, cuando va a tener un compromiso, se pasa días nada más con queso de dieta y agua mineral y si le dices buenos días niña te saca los ojos y si no le dices, también. La mía vomita: se pide una pizza familiar, chocolates, papas fritas, se encierra, se come todito y después la oigo que vomita y vomita. La pobre Karina, la muchacha que limpia, es la que tiene que limpiar ahí todo eso y ni un gracias ni un nada. No pues, ¿no ves que nos pagan? El básico, pero nos pagan. Que los abuelos de ellas no pagaban a las muchachas, eran como quien dice los dueños. Se las traían de los campos, las mamás mismas las regalaban, y les daban casa y comida y gracias, patrón, papá diosito les bendiga y les dé muchos años de vida. Sonia trabajó con una que era borracha y tomaba pastillas y dormía todo el día y cuando se despertaba se ponía furiosa y le daba puro golpe a Sonia que se ponía en medio de ella y de los niños. Cuando la botó, cómo lloraba esa Sonia, porque, ay, esa mujer adoraba a los niños, dice que lloraban esas criaturitas, no te vayas Sonita, no nos dejes aquí solitos, Sonita. Y el bebito berreaba como si lo abandonara la madre, un dolor, porque la Sonia era en verdad la mamá de ese niñito. Sí, eso aquí al lado, en la urbanización esta de aquí al lado, la del lago. El señor tenía un cargo bien importante en el gobierno, con el alcalde, no sé cómo. Y después con las amigas: todo perfecto, todo divino, todo soñado. Esas risitas, ¿no? Tapándose la boca. Esas caras que ponen, más falsas, con esas porquerías que se inyectan que vienen como espantadas, más parecen de plástico esas mujeres, los ojos abiertotes, los labios así de sapo. Andan hinchadas, feísimas, como si les hubieran echado la malilla, pero pagan un billetote por eso. En las fiestas contratan saloneros con guantes blancos. Ha de ser para que no les toquen con las manos morenas la vajilla blanca y ponen unos manteles que valen más que lo que nosotras ganamos en un año. Y llenan esas mesas de ese pescado crudo de colores pastel. Y ponen flores por toda la casa. Y se bañan en perfume. Para ocultar el olor a vómito ha de ser. El olor a pijama y sábanas sucias, cagadas, menstruadas, pedorreadas, de cuando no se levantan varios días. Nadie las ve así, cuando uno tiene que ir, despacito: ¿niña? Es el señor por teléfono, que quiere saber si usted ya se levantó. Dígale que sí, que estoy en el baño. Que nadie me moleste, Mireya, vaya con el chofer a recoger a los niños y les da de comer y por dios que aquí no entren, ¿me oyó? Y los chicos ya ni preguntan por la mamá. Al principio sí, pero después ya solitos van a la cocina. Y te cuentan sus cosas, su fútbol, sus exámenes, sus amigas y amigos, lo que les va bien y lo que les va mal. Las cosas que se les pasan por la cabeza y por el corazón y tú también les cuentas y al final son como tus hijos. Van creciendo en la cocina, comiendo con uno, hasta que se hacen grandes y ya les parece raro quererte tanto aunque en el fondo saben que la mamá fuiste tú y te ven un día y no saben si ponerse a llorar y correr a tus brazos como cuando se caían de pequeñitos o saludarte con la cabeza porque ya son unos señores y unas señoritas de sociedad que saben que no se saluda a los empleados con besos ni abrazos.

¿La gordita era buena madre entonces?

Sí. La niña Ali era una madre excelente hasta un poco antes del final. Entonces se le cruzaron los cables y ya no podía, ya no. Al Mati no era capaz de tenerlo cerca ni de tocarlo. Nosotras no podíamos creerlo, una criatura así, como un niño dios, con esos ricitos dorados y esa carita redonda, un ángel, corriendo a abrazarla y ella con una voz ya rara, demasiado chillona, como cuando pisas a una rata, nos llamaba a gritos. Como si estuviera en peligro de muerte. Por la criaturita. Su bebito. Alicita ya era más grande y esa niña siempre fue bien inteligente, una lanza, vivísima. Con esos ojotes azules que se daban cuenta de todo. Qué bestia los ojos de esa niña, era como si te mirara todita por dentro. Parecía haber visto en su mamá una cosa fea porque enseguidita supo. A la primera. Nomás ya no entraba al cuarto donde estaba ella. Dejó de pensar que tenía mamá: ya se veía como una niñita huérfana, jugando sola y encargándose del hermanito que daban ganas de morirse de la pena de verla, tan seria, vistiéndolo o diciéndole que dejara de llorar por tonterías, que creciera. Y el joven, bueno, el joven hacía lo que podía con su gordita loca, salía a trabajar como todos los señores de la urbanización, todos a las ocho en punto, todos con un carro cuatro por cuatro, todos con camisa y pantalón planchados por nosotras. Y esa cara de triste que partía el alma. Él también ya se sentía viudo, con sus niñitos de madre loca. La niña Ali, desde que le empezó el telele, la loquera, dormía en el cuarto de huéspedes y nos pedía que le lleváramos la comida a la cama. Apenas veía al joven. Cuando se topaban por la casa, ella le decía qué fue y él intentaba abrazarla, pero ella no lo dejaba, daba su gritito de rata aplastada y se volvía al cuarto de huéspedes y él se quedaba afuera, parado sin hacer nada, un buen rato, a veces con la mano en la puerta. Nos daba pena el joven. Nos daban pena todos, la verdad. La niña Ali olía mal, la pobrecita. El Mati no dormía bien por la noche. Alicita casi no hablaba y el joven no sabemos, trabajaba hasta tarde y nos decía gracias, gracias. Cuando venía la mamá de la niña Ali, la señora Teresa, eso sí era terrible. La obligaba a bañarse, a cortarse las uñas, a depilarse, a lavar toda su ropa, a airear el cuarto. Los gritos se escuchaban en toda la urbanización. Venía el chofer de la señora Teresa a ayudar a levantar a la niña Ali y la presencia de ese hombre la volvía loca como si fuera el mismo diablo. Todos terminábamos rasguñados y mordidos y llorando porque la niña Ali cuando veía a ese hombre se trastornaba, se volvía un toro aterrorizado, cien kilos de masa enfurecida. Prácticamente había que amarrarla para llevarla al baño. Cuando el chofer se iba, la niña Ali parecía tranquilizarse un poco y si nosotras nos dábamos cuenta no entendemos cómo la madre, la señora Teresa, no, y traía siempre al hombre con ella. Nosotras habíamos prohibido al chofer y al jardinero y al limpiador de ventanas y al chico que traía la comida del supermercado y al profesor de natación de Alicita y a cualquier otro trabajador que entrara a la casa cuando la niña Ali estaba despierta porque ya habíamos visto lo que le pasaba con los varones. Niña Ali, ¿qué le pasa? ¿Qué le pasa? ¿Qué le pasó?, le preguntamos las primeras veces, cuando le empezaron los ataques y ella a veces no sabía de qué le hablábamos y a veces decía cierren, cierren su puerta, no se duerman con la puerta sin seguro, cierren a mi hija, ciérrenla bien, que nadie tenga la llave de mi hija, enciérrenla, y se ponía a probar cien veces el seguro de la puerta de su cuarto. Pero la madre no. Que dios nos perdone, pero esa señora parecía ciega, bruta. Ni siquiera hablaba con la niña Ali. Sólo venía por lo de la pierna y sólo preguntaba por la pierna, pero cualquier tarado se hubiera dado cuenta de que el menor problema de la niña era la rodilla, la caída tonta que tuvo en la piscina y los frascos y frascos de calmantes para el dolor que empezaron a darle, unos recetados por el médico y otros no. Nosotras, en la cocina, hablábamos de buscar a otros doctores, doctores de la cabeza, de los loquitos, pero ¿quién iba a escuchar a las muchachas? La niña ya no era la misma persona y cada día menos. Nomás nosotras parecíamos verlo. No era la pierna, ¿por qué seguían hablando de la pierna? ¿Por qué se quedaban en la pierna, en la pierna, en la pierna? La pierna mejoraba, pero ella, ¿quién era? Ella era de meter a sus hijos a la cama y ver películas y comer pizza o dibujar o jugar con plastilina o inventarse obras de teatro o llevarnos a todos a comer hamburguesas o de hacer día de los disfraces. Ella era de cuidar sus plantas, de desayunar cereales de colores como sus niños y de mirar al Mati dormir y luego decirnos ¿se imaginan que yo pude hacer algo tan precioso? Ella no era esa mujer que le huía a su marido y a sus hijos, monstruosamente gorda, que apestaba y que abría y cerraba el seguro de la puerta cuarenta veces al día. No, esa no era nuestra niña Ali. Un día vino el papá, don Ricardo, sin avisar. Nosotras abrimos la puerta, preguntó por la hija y le dijimos que en el cuarto de huéspedes. Fuimos a la cocina a prepararle el café que pidió cuando escuchamos el portazo en la puerta principal. Corrimos al cuarto de la niña y ahí estaba ella: los ojos como platos, una mano agarrada a la sábana bajo el cuello y la otra a una tijera de uñas. Apuntaba hacia la puerta. El brazo le temblaba desde el hombro. ¿Niña? Empezó a gritar. Que se vaya, que se vaya, que se vaya. ¿Quién? ¿Su papá? Ya se fue, niña linda. Que se vaya. Cierren la puerta, por favor, que no vuelva a entrar. Cierren todo, pongan seguro, que no se acerque a las niñas, que no se acerque a Ali, que yo sí veo, yo sí veo y yo sí oigo y yo sí sé. ¿Qué sabe, niña? ¿Qué ve? Empezó a gritar que le dolía. ¿Qué le duele, mi niña linda? ¿Dónde? La tijera siempre apuntando hacia la puerta. Y entonces lo hizo, fue rapidísimo: cogió la tijera y se rajó desde el pelo hasta la quijada. Nunca habíamos visto tanta sangre. La carita de nuestra niña abierta como carne fileteada. Vinicio, el chofer, escuchó los alaridos. La subimos al carro y la llevamos a la clínica. En el camino, llamamos al joven. Ay, ese joven. Esperamos las noticias en la casa, con los niños. Alicita no preguntó nada sobre su mamá. Ni una palabra. Le dijimos que había tenido un accidente y ni nos miró. Ella volvió peor. Los vendajes de la cara le parecían insoportables, quería verse, se los intentaba quitar a cada rato, así que le pusieron vendas también en las manos y quitaron los espejos. Escuchamos de las amigas de la madre que los médicos decían que no era bueno que se viera todavía, que primero había que seguir un tratamiento, cirugías plásticas, porque la herida era muy fea, muy morada, que tenía piel queloide y además eso le atravesaba toda la cara, de la frente al cuello y que era un milagro que no se hubiera reventado un ojo. Escuchamos también lo de accidente. Lo de sin querer. Lo de que estaba medio dormida, que siempre fue sonámbula, desde chiquita. Sonámbula. A nosotras nadie nos preguntó qué había pasado porque si alguien lo hubiera hecho, habríamos dicho que esa niña cogió esas tijeras y se las clavó y las arrastró para abajo como si quisiera borrarse la cara y que estaba buena y sana, despierta, y que el papá acababa de estar en su cuarto y que ella estaba aterrorizada con ese señor y que pedía que alejáramos a las niñas de ese señor y que a quien quería clavar las tijeras era a ese señor. Pero todos dijeron sonámbula y la opinión de las muchachas no importa, así que nos dedicamos a darle de comer con sorbete a la niña Ali y a arreglarle la almohada y a procurar que esté cómoda y tranquila, a cuidar a los niños y al joven, que era como una almita en pena, a regar las plantas de la niña Ali, a darle cariño a Alicita, cada día con el corazón más sequito, a contestar el teléfono y decir sí, señorita, bien, no, ahorita está dormida, sí, señora Teresa, hoy mejor, sí, ya almorzó, un puré de zanahoria, sí, joven, sí, no se preocupe, aquí estamos nosotras, no hay de qué, hasta luego, ya señorita, yo le digo. Cuando venía la madre, la señora Teresa, la niña se daba la vuelta hacia la pared y ahí se quedaba a veces toda la tarde. La señora traía a las amigas para no aburrirse, aunque estaba clarito que a la hija no le gustaba que viniera gente: metía la cabeza debajo de la sábana y ahí se quedaba, como amortajada. Nosotras no parábamos de hacer café, servir vasos de agua, refrescos dietéticos, de dar galletas y encargar postres a la cafetería del centro comercial. Las amigas de la señora Teresa capaz que creían que hacían bien visitando a la niña Ali y cotorreando y chismorreando sobre todo el mundo, pero nosotras a veces entrábamos y la veíamos, inmóvil, desgraciada, como un animal atado o a veces con embarrones de lágrimas por donde no le tapaba la venda la carita. Cuando se iban todas esas señoras, qué alivio, había que ventilar todita esa casa de laca de pelo y perfume. Nosotras éramos como renacuajos tratando de respirar, abriendo y cerrando la boca. La casa, por fin, se vaciaba como de un líquido gordo, como si fuera, por decir, una pecera con esos pescados raros: uñas pintadas y pelo de peluquería y accesorios dorados. Se iban. Volvíamos a ser como antes. La niña Ali salía de debajo de la sábana y nos pedía algún postre que hubieran dejado. Nos reíamos y comíamos postres y parecía que recuperábamos a nuestra niña Ali hasta que nos cogía la mano y nos decía muerta de miedo: ¿sirve el seguro de la puerta? ¿Y el del cuarto de Alicita? Y nosotras le decíamos que sí, que claro, y le acariciábamos el pelo seboso y ella nos decía que la cuidáramos y se dormía hasta que venía la primera pesadilla. En las pesadillas la querían desnudar. En las pesadillas alguien la obligaba a hacer cosas que ella no quería. En las pesadillas ella ponía seguro a todas las puertas. En las pesadillas había siempre un adulto con un juego de llaves. Por esos días, el joven se llevó a los niños donde su mamá porque pasó eso de la niña Ali con Alicita. La verdad es que nosotras seguimos creyendo que ella no iba a hacer nada malo, que quería ayudar a su hija, enseñarle, pero el joven llegó y justo las vio ahí en el baño a la niña Ali con la hijita desnudita y con esa cosa plástica que era como un pito de hombre grande y el joven se puso loco, le gritó y le pegó, le dijo loca de mierda, qué haces, loca de mierda, gorda loca, estúpida, sucia, te voy a meter a un manicomio y ella nomás lloraba. Eso dicen que oyeron las chicas de la casa de al lado porque nosotras no estábamos, era domingo. Así que el joven se llevó a los niños en pijama, de noche, a la casa de la mamá. Ahí sí la niña Ali ya no levantó cabeza. Vino la madre a quedarse y la niña ya no habló más. Cuando estábamos solas, a veces abría los ojos y preguntaba por Alicita. Nosotras le decíamos que estaba bien y nos pedía verla. Entonces se ponía a llorar y la mamá nos mandaba a darle la pastilla. Un doctor amigo de la mamá le había dado unas pastillas que la dejaban babeándose y con los ojos en blanco. Nosotras creíamos que era mejor que llorara porque parecía que la niña Ali tenía muchísimo que llorar, una vida entera, pero la mamá le daba las pastillas como caramelos. A cada ratito. Nos daba pena verla así, tan hecha monstruo. La herida que le atravesaba la cara como un gusano morado, la gordura tremenda, las babas, los ojos idos, las batas blancas que le había traído la madre de Estados Unidos y que, dijo, eran para que la vean siempre limpia. Los días fueron pasando. Y los meses. Llegó Navidad. Sí. Eso fue lo peor, en Navidad. La niña Ali estaba un poco mejor, se levantó, fue a la cocina, desayunó cereales y nos dijo que quería comprar regalos, así que nos imaginamos que quería recuperar a sus hijos, a su marido. Nos pusimos contentísimas y la dejamos sola un ratito para ir a vestirnos para ir al centro comercial. Cuando volvimos, ella se había metido al baño y había cerrado con seguro. Escuchamos caer el agua mucho, demasiado rato. ¿Niña Ali? Tocamos la puerta. ¿Niña? Fuimos a buscar las llaves y al volver ahí estaba ella, envuelta en una toalla, con el pelo empapado, largo y lacio, pegado a la espalda. Nos sonrió. ¿Qué pasa? El centro comercial era una locura: villancicos, gritos de niños y cientos de personas. Nos preocupamos, la niña Ali llevaba meses sin salir de la casa, pero salvo una pequeña cojera y la gordura tan enorme, nadie hubiera dicho que a esa mujer le pasaba algo extraño, que se vivió lo que se vivió. Así es, ¿no? Uno ve gente y no sabe lo que ha pasado detrás de la puerta de su casa. Casi enseguida nos miró y nos dijo que tenía que comprar unos regalos importantes para unas personas importantes y que esas personas no podían ver esos regalos, así que tendríamos que separarnos un ratito. Todo parecía ir bien. Ella guiñó un ojo, sonrió, llevaba su cartera, ropa deportiva, zapatos rojos de correr. Parecía una chica normal, la misma niña Ali de siempre que se iba a la quinta planta a comprarnos quién sabe qué. La vimos subir en el ascensor y sonaba la música navideña y parecía de verdad que toda la locura se había acabado, que ella iba a ser mamá de sus hijos y mujer de su marido y que ese era el milagro del Niño Jesús porque nosotras habíamos rezado tanto y dicen que Dios escucha más a los pobres porque quiere más a los pobres, así que para algo tenía que servir la mierda de ser pobre, para recuperar a la niña Ali, para que se acaben sus pesadillas y las de todas. La vimos asomarse al balcón de la cafetería de la quinta planta y entonces supimos, enseguida supimos, hay algo que te dice, no se puede explicar, que lo horroroso va a pasar. Varios gritos al mismo tiempo, el ruido de un cuerpo que se destroza, como si lanzaras un saco de vidrio, piedra y carne cruda, un lado del cráneo de la niña Ali machacado, como derretido, más gritos, un grito que sale de dentro tuyo, un grito que es como una cuchillada, el grito del corazón y de los pulmones y del estómago y la niña Ali ahí, como una muñeca grandotota despernancada, una posición inhumana, como rellena de lana en vez de huesos. Nosotras nos quedamos ahí, paradas, con la mano en la boca, hasta que vinieron los médicos, la policía, el joven, la señora Teresa, don Ricardo y alguien nos empezó a sacudir para llevarnos a la casa a atender a toda la gente que enseguida empezó a llegar loca por saber por qué, cómo, y la señora Teresa, con un pañuelito en la mano, decía accidente, terrible accidente, suelo mojado, ella estaba inestable, ya sabes, la rodilla, pero insistió en salir porque era una madre maravillosa, claro, claro, decían las amigas, y quería comprarle regalos a los niños. Qué horror, sí, un accidente, pobrecita mi gorda, decían las amigas. Pero, cuando la señora salía del cuarto, alguna leía en el teléfono la noticia de La suicida del centro comercial y las otras escuchaban, las manos llenas de anillos tapándose la boca y los ojos abiertos sin pestañear. Otra señora dijo bajito que alguna vez escuchó que había algo raro en esa casa, que el hermano a la hermana, que el padre a la niña. Las otras la mandaron a callar con violencia: no repitas esas estupideces. En el entierro, una señorita del cementerio repartía rosas blancas para que los seres queridos de la niña Ali las pusieran sobre su ataúd. Cuando pasó junto a nosotras, nos saltó y le dio rosas a unas señoras muy elegantes con gafas negras grandotas a la que nunca habíamos visto. Al día siguiente del entierro, don Ricardo, el papá de la niña Ali, nos dio cien dólares, los días del mes trabajados, dijo, y, antes de irnos, la señora Teresa nos revisó las carteras y las fundas por si nos estábamos robando algo. Ahí donde no nos revisó llevábamos el anillo de matrimonio de la niña, su reloj tan bonito y un collar de perlas que nunca se puso. No nos dijo adiós, ni gracias. Detrás de ella, Alicita nos miraba con esos ojos azules tan inmensos, tan inteligentes, tan asustados. Los mismos ojos, igualitititos, a los de su mamá.

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Latin American Literature Today No. 10
Número 10

En nuestro décimo número, cuestionamos los valores de la literatura y el periodismo en los tiempos de la postverdad a través de las palabras del escritor mexicano Juan Villoro y exploramos los nuevos territories de la literatura digital en un dossier curado por Scott Weintraub. También destacamos las memorias de la masacre de Tlatelolco del 1968 contadas a través de la narrativa gráfica, nuevas perspectivas sobre la traducción de Shakespeare al español con un ensayo de Braulio Fernández Biggs y la literatura wayuu del lado venezolano de la frontera que atraviesa sus tierras ancestrales.

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