Rafael Cadenas: “El pobre yo no puede lidiar con el hecho de que somos mortales”: Una entrevista de Claudia Sierich

 

Malena Coelho, Paula Cadenas y su hija (nieta del maestro), Rafael Cadenas y Milena González (esposa), en el Instituto Cultural Cabañas, Jalisco, Guadalajara, en el contexto de su Premio FIL en 2009. Foto: Claudia Posadas. Púlsar Comunicación Cultural. 

La siguiente entrevista está conformada por extractos de una conversación efectuada entre Claudia Sierich y Rafael Cadenas, en septiembre del año 1999 (publicada en el volumen Rafael Cadenas. Entrevistas. San Felipe, Venezuela: La Oruga Luminosa, 2000). La presentamos a nuestros lectores como muestra de la solvencia del pensamiento de Cadenas con respecto a los temas abordados, todos vigentes 20 años después, en el marco de la entrega del Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía al que se hizo acreedor el 23 de octubre pasado.

Claudia Sierich: Muchos poetas y ensayistas se dedican a la traducción, tú también lo haces y me gustaría saber qué significa para ti traducir, especialmente cuando se trata de traducir poesía.

Rafael Cadenas: En realidad no traduzco mucho. Cuando lo hago, pienso sobre todo en la necesidad de dar a conocer algo que, siendo importante, no está en nuestra lengua. Eso fue lo que me movió a traducir, por ejemplo, las conversaciones de Walt Whitman, no todas, claro, que no se conocían en español. Incluso en Estados Unidos no se han vuelto a editar. El amigo de Whitman, Horace Traubel, anotaba lo que él le decía. Era una labor periodística parecida a la de Boswell con Johnson y Eckermann con Goethe, sólo que las obras de estos dos autores son clásicas.

C.S.: Sería casi un acto de traducir también éste de escuchar, recrear, anotar.

R.C.: Sí, porque interpretar se asemeja a traducir. Los tres “entrevistadores” poseían una memoria extraordinaria. La selección que hice resultó un libro muy fresco que enriquece la imagen de Whitman. En cuanto a Lawrence, escogí los poemas que más me interesaron de su libro Pansies (Pensamientos) que me sigue pareciendo, ¿cómo te diría?, muy terapéutico por lo que tiene de llamado a la veracidad con uno mismo. Después en la edición de La liebre libre que puso a corretear Harry Almela, añadí poemas de otro libro. El de Nijinsky, también una breve selección, está agotado hace tiempo.

C.S.: ¿Cómo se relacionan la palabra, el poema y la música?

R.C.: A mí me cuesta imaginarme esa relación que mencionas porque la palabra es inevitablemente conceptual y la música no. Hay poetas que le dan al sonido más importancia de la que tiene. La poesía no es música. Los dadaístas fueron un caso extremo: crearon los fonopemas, despojando el lenguaje de significación. Producían sonidos, pero eso no tiene que ver con la poesía.

C.S.: Has dicho que los Cuadernos del Destierro son el germen de lo que has escrito después.

R.C.: Sí, pues ese libro es un conjunto de poemas en prosa y gran parte de lo que he escrito después sigue dentro de esa forma, sobre la cual hay todavía cierta confusión. Se tiende a considerar poema en prosa a cualquier prosa poética. Conozco antologías de poemas en prosa donde uno casi no los encuentra.

C.S.: En uno de tus versos libres en Amante asomas casi en un solo aliento “amar, escribir y observar”. ¿Podría decirse que son sinónimos para ti, en tu vida?

R.C.: Todo eso está unido, lo que pasa es que siempre estamos dividiendo las cosas. Hacemos muchas que en realidad son actos amorosos. Cosas sencillas de la vida cotidiana están animadas por una energía que se puede llamar amor, pero es mejor no darle nombre. Yo evito esa palabra porque está desgastada. Lo mismo ha ocurrido con otras, también grandes, que yacen hoy vacías en el repertorio de la trivialidad.

C.S.: ¿Qué relación guardas con lo escrito por ti, hoy?

R.C.: Casi no tengo relación con lo que he escrito. Cuando publico un libro me olvido de él, salvo si hay que preparar otra edición o una lectura pública o una selección para ser traducida. Hay textos en los que ya no me reconozco, pero eso es inevitable porque uno va cambiando.

C.S.: ¿Te consideras pesimista?

R.C.: Ni pesimista ni optimista. Más bien apegado, ceñido a la realidad, que siempre es fantástica, aunque raramente se ve así. Esta sensación, por cierto, acompañó siempre a Borges.

C.S.: Rilke una vez dijo que “la obra de arte es el resultado de haber estado en peligro, de haber ido hasta el extremo de una experiencia que ningún hombre puede sobrepasar”. ¿Has estado en peligro tú, en ese peligro?

R.C.: El alma siempre está en peligro. Pero no quisiera ampliar esta afirmación. Prefiero dejarla así, escueta. Quiero decirte un sentir que siempre llevo: vivir y hacer lo que hacemos los seres humanos, sabiéndonos efímeros, mueve a pensar que existe más allá del yo una fuerza sostenedora, tal vez lo que Shaw llama la “life force”. Antes creía que ese vivir y hacer podían considerarse una especie de gesta humilde, pero no, me parece más bien algo transpersonal. El pobre yo no puede lidiar con el hecho de que somos mortales.

C.S.: ¿Qué es felicidad para ti?

R.C.: Felicidad es otra de esas palabras que evito. Tal vez porque no sé lo que significa. Vivir, ese hecho misterioso que se llama vivir, es para mí suficiente y trato de que sea en el ahora, lo cual no se debe confundir con lo que se ha llamado presentismo, que es más bien la idea de vivir para el placer. No se trata de eso, sino de estar presente, abierto, atento, frente a la realidad, ante lo que ocurre. Amante, al final, expresa lo que trato de decirte, que es central para mí. La preocupación por la felicidad es propia de los adultos “Cuando niño –dice Alister Reid en mi traducción de frases afines al zen– yo no sabía lo que era la felicidad o si era feliz o no. Estaba demasiado ocupado siendo”.

C.S.: “El lenguaje es la morada del ser. En su casa vive el hombre. Los pensadores y los poetas son sus guardianes”, escribe Heidegger en su Carta sobre el Humanismo. Tú como uno de esos guardianes has dicho en tus Anotaciones, que “la quiebra de la lengua es la quiebra de la cultura, de la sociedad, del espíritu”. Y en otra parte, que “un pueblo sin conciencia de la lengua termina repitiendo los slogans de los embaucadores, es decir, muere como pueblo”. Por otro lado Mao, muy indicativamente, dice que: “la pluma sirve para rasgar el alma”. Háblame de eso. Y también de qué significado cobran esos pensamientos hoy para nosotros los venezolanos.    

R.C.: El mundo del hombre es lingüístico evidentemente, pero ese mundo se encuentra dentro de una realidad más vasta. En él es esencial el lenguaje, ni se puede concebir al hombre sin palabra; y su gran privilegio es el de poder darse cuenta del ser, porque las plantas y los animales sencillamente viven, pero sin conciencia o con mente muy rudimentaria. El hombre tiene, pues, un rango muy especial dentro de “la gran cadena del ser”. Para los griegos él era el animal elocuente, al animal parlante, pero el concepto de ser va mucho más allá de la palabra y más allá del hombre; el ser es omnipresente, inapresable, inconcebible. Ser es una de esas palabras creadas para designar lo que no tiene ni puede tener nombre. Es como el Tao.

Para nosotros sería importante acercarnos a este planteamiento, porque contribuiría a suavizar la preponderancia del yo, que en algunos casos llega al infantilismo.

C.S.: La palabra también se relaciona con eso que llamamos poder. Me gustaría preguntarte sobre el poder ¿Entre las antípodas de psicopatía y oportunidad?

R.C.: Cioran lo considera “la gran maldición de la humanidad”. Detrás está el ego con su afán de afirmarse, dominar, disfrutar. Hay algo enfermo en ese empeño. Muchas de las grandes personalidades de la historia han sido psicópatas, y esto no se quiere ver. Cuando se habla de poder se piensa sólo en el campo de la política donde es más notorio, pero en todas partes asoma su fea cara porque está radicado en el ser humano, sea cual sea su papel. Sólo una reflexión a fondo puede liberarlo de este morbo. ¿Habrá políticos curados? Es posible, serían aquellos en quienes la idea de servicio ocupa el centro de su vida, que son los menos. Los más “entran en la política” afiliándose a un partido en busca de algún beneficio personal.

El nacionalismo, que detesto, es como una extensión del ego. Yo creo que la humanidad tiende, hasta por razones de sobrevivencia, hacia una federación mundial que acabará con el ideal actual de nación, que como todo producto histórico es perecedero. Uno seguirá queriendo el pedazo de planeta donde ha nacido, pero será algo diferente.

Una de las sorpresas de este siglo es que los marxistas, siendo internacionalistas en su doctrina, se volvieron nacionalistas. En una de tus preguntas mencionas a Mao, el último emperador de China, endiosado en vida, pero habría que buscar la verdad. Creo que lo de las cien flores fue una engañifa; la revolución cultural, una guerra civil, un horror; y de su vida se han dicho fealdades. Yo no entiendo –tardé cincuenta años en no entenderlo– cómo regímenes que prometen liberar al hombre comienzan por privarlo de libertad. Me quedo con Lao Tse y Chuang Zu, grandes dialécticos, tal vez más importantes que Heráclito, de quien además sólo nos han llegado fragmentos.

C.S.: ¿Qué es ser revolucionario para ti?

R.C.: Es asunto interior; tiene que ver con ese vivir del cual te hablaba, ese vivir en el ahora, ese vivir sin el lastre de tantas ideas recibidas que no han sido examinadas. La palabra “awareness”, darse cuenta, resume bastante lo que trato de decir. Tal vez esto suene raro, pero creo que el mundo actual no es terreno propicio para revoluciones. El hombre de este siglo ha visto varias y se necesita ser ciego para no ver que han fracasado y que hay más bien que buscar otra cosa que yo no sabría decir qué es. Las revoluciones además tienen la mala costumbre de terminar en dictaduras.

C.S.: Tiene que ver con dónde sucede la revolución. Tú la sitúas en el fuero interno y otros la sitúan…

R.C.: En el plano social y político, pero la clave, lo esencial está en el individuo. Lo importante es lo que pasa en él, y eso se refleja en la sociedad. Por supuesto, las reformas sociales o políticas son importantes. Sería absurdo oponerse a cambios necesarios

Las revoluciones también uniforman a la gente. El individuo no tiene cabida allí. Piensa, por ejemplo, en China hoy. Ese es un colectivismo espeluznante. A mí sus logros, aunque impresionantes, no me deslumbran. Esa no es una sociedad democrática. Dejémonos de tonterías, esa es una dictadura con soporte militar. Políticamente no es un buen ejemplo para nuestro país, como no lo son los países árabes. Régimen democrático es aquel que no sólo acepta los disidentes, sino que los protege, y ampara su derecho a disentir. Es torpe el gobierno que no ve la importancia de la crítica que se le hace.   

C.S.: ¿Qué valor tienen entonces el silencio y la renuncia a actuar, a la hora de participar en la realidad que nos circunda? Especialmente en este tiempo de agitación, de hipnosis generalizada en que vivimos.

R.C.: Como dice Camus, de ese modo al menos no agravamos los males existentes, como lo recordé en otra entrevista. Lo que dice el escritor francés sabe a taoísmo.

C.S.: En nuestra vida nos encontramos con libros que no olvidamos, que nos cambian, marcan cesura, cesura que tú has causado en muchos de tus lectores. Me gustaría que tú comentaras algo sobre tus lecturas.

R.C.: Como lector irremediable al fin, son muchos los libros que han influido en mí. Si te menciono alguno, sería injusto con otros. En estos días, como tenía que hablar en Barquisimeto sobre la generación del 98, estuve releyendo a Unamuno, Ortega y Azaña, quien pese a su condición de político y presidente de la República fue un gran escritor. Sus diarios podrían ser aleccionadores hoy, siempre que exista disposición para aprender. En sus páginas lo vemos forcejeando con la ultraderecha y la ultraizquierda, que contribuyó al fracaso de la República, como lo hizo después en Chile. En España se desató la locura de la guerra, y los españoles se dieron con entusiasmo a entrematarse, la vieja afición de los humanos.

C.S.: Rafael, muchas gracias por esta conversación.

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LALT Number 9
Número 9

Latin American Literature Today inicia su tercer año de publicación con un número que abarca la poesía venezolana, la escritura de mujeres indígenas y los extraños mundos de la ficción. Abrimos el segundo volumen de la revista con un dossier dedicado a Samanta Schweblin, una escritora argentina cuya obra prueba los límites entre lo fantástico y lo real, para después pasar a la poesía del poeta venezolano Rafael Cadenas, ganador del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2018.  Nos detenemos también sobre la poesía mapuche, con una selección especial de cuatro jóvenes poetas mujeres que escriben en mapuzungun y en español, y nos mantenemos al tanto de los debates actuales en torno a una de las figuras centrales de la literatura latinoamericana del siglo XX, Pablo Neruda, con una entrevista exclusiva a su biógrafo Mark Eisner.

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