Nuevas versiones de la novela criminal centroamericana: Moronga de Horacio Castellanos Moya

 

Imagen de portada de Moronga, novela de Horacio Castellanos Moya.

En los últimos tiempos el mundo de la novela de investigación “policiaca” o criminal ha tomado nuevas y variadas formas de expresión. No nos proponemos hacer un listado de esos derroteros ya que son de sobra conocidos. Lo que sí nos interesa en estas páginas es destacar la heterogeneidad de estrategias narrativas que advertimos en la novelas, en este caso centroamericanas, a las que nos hemos acercado últimamente: El año del laberinto (2000) de Tatiana Lobo donde la historia nos la cuenta la asesinada; o la novela policial de estilo clásico, también con tintes locales, El cielo llora por mi (2008) y Ya nadie llora por mí (2017) de Sergio Ramírez; pasando por la desaparición del policía (detective) como en Cruz de olvido (2008) de Carlos Cortés y La sirvienta y el luchador (2011) de Horacio Castellanos Moya, hasta la redacción más psíquica, sin identidad (al menos local) de El asesino melancólico (2015) de Jacinta Escudos, donde el asesinato es producto de la casualidad en la relación entre los involucrados y no importa dónde sucede ni nos hace falta quién investigue ya que los indicios son muy claros. Novelas todas, sin embargo, donde el asesinato sigue siendo el detonante y el elemento que altera la psicología de los personajes y los subjetivisa de alguna manera.

Además de los conflictos sicológicos y el drama humano en los personajes, vemos en el género criminal contemporáneo alteraciones importantes en términos éticos y estéticos, ajustándose siempre a la realidad violenta de su entorno. Sirva como ejemplo la última novela de Horacio Castellanos Moya, Moronga (2018), donde encontramos una historia que se narra a tres tonos, por medio de tres diferentes tesituras de voz. Las primeras dos cuentan historias paralelas cuyos intereses difieren la una de la otra. La tercera voz se ocupa, hacia el final, de intercalar ambas historias (siendo ésta misma concatenación la tercera historia) y terminamos cayendo a cuenta de los hilos existentes entre ellas. Esta es una novela que no se olvida de poner en tela de juicio el mundo que le rodea, como tampoco elude la crítica social; aunque aquí deja de ser localista al modo de los 80’s-90’s o algunas contemporáneas y discurre de acuerdo al deseo consciente y apremiante del “no querer morir” de los personajes. Los tonos de las voces han sido cuidadosamente trabajados, sin llegar a los excesos, en aras de una representación más atinada de los personajes y su circunstancia. Conviene señalar que en el acercamiento a la literatura del istmo centroamericano resulta casi imposible soslayar la “realidad histórica” pasada y presente y Castellanos Moya no se sustrae a ella en toda su obra.

El aparente eje del asunto de la novela que nos ocupa, es la investigación del asesinato del poeta salvadoreño Roque Dalton a manos de sus propios compañeros de ideología, cuyo morbo atrapa la atención del lector de inmediato. Pero lo llamativo del relato es la subversión de la utopía en tanto el interés primario que despierta la mencionada investigación pasa a segundo término, se desvanece rápidamente y pierde su importancia hacia el final porque nunca sabemos lo que sucedió; es decir, la novela nos obliga a reflexionar más sobre la tridimensionalidad de los personajes en relación con el mundo que les rodea y su lucha por sobrevivir, que sobre la importancia y resultados de las investigaciones que se llevan a cabo en los archivos desclasificados de la CIA sobre el asesinato del aclamado poeta. Lo que se hace sentir a lo largo del texto es una tensión constante producto de la violencia desde diferentes frentes que permea toda la acción.

Decíamos que no es una novela localista ya que los escenarios principales son Wisconsin, Chicago y Washington y así los personajes se aventuran por escenarios desconocidos arrastrando siempre los fantasmas de su pasado. Por otra parte, estos son textos que surgen de los escenarios desestabilizados, fisurados de Centroamérica y es donde, asegura Otmar Ette, surgen las “literaturas sin residencia fija”, en tanto que problematizan lo nacional, o sea: escenarios, género, identidad, literatura, permeabilidad de fronteras, etc. En este sentido, tómese en cuenta la itinerancia de los escritores y la forma en que estos desplazamientos constantes entre sus países y el mundo exterior permean sus producciones literarias y les conceden perspectivas distintas para, así, subjetivisar el mundo que les rodea. No estamos hablando aquí del exilio per se y su vertiente literaria (desarraigada, amarga, violenta), o de viajes relámpago que se llevan a cabo a razón de la recepción de algún premio, o lecturas magistrales, o conferencias. Hablamos de ese movimiento humano que obedece a múltiples razones y en cuyo caso precisa que el individuo permanezca cierto periodo de tiempo en un lugar que le es ajeno; es decir que se empape un tanto de la cotidianidad del espacio en que se mueve en ese momento y pueda así comenzar a interpretarlo en relación a su experiencia. Los resultados conllevan una alta carga de desfachatez, desencanto, cinismo como lo llamó Beatriz Cortez. En el caso del escritor que nos interesa, queda claro que esta ha sido la impronta de su producción. Sus largas estadías (con toda libertad de salir y volver) en Japón, México, Alemania, EEUU (en la actualidad es profesor en la Universidad de Iowa) entre otros países, le impone la verosimilitud escénica a la novela que nos referimos. Aunado a ello, si bien es cierto que en la mayoría de sus novelas y cuentos la temática gira en torno a aconteceres y personajes salvadoreños (repito, en la mayoría de los casos sin menosprecio de su bagaje), en ésta tampoco le tiembla la mano para sacar a sus personajes del aquél país centroamericano (ya lo había intentado antes en Donde no estén ustedes, Desmoronamiento, El sueño del retorno, Insensatez) y ubicarlos en cualquier lugar del mundo (en este caso los EEUU) con la certeza de conocer y poder describir al detalle la ciudad en que transitan.

Moronga está dividida en tres secciones: primera parte, segunda parte y epílogo. Las dos primeras historias, aunque narrando el presente, están ancladas en la memoria de los personajes e incluso del lector, para formar paulatinamente el rompecabezas de la historia toda; siendo las novelas anteriores del autor parte fundamental del mismo (de ahí la importancia de la memoria del lector). La última historia es un reporte policiaco oficial de los hechos acaecidos en calles de Washington donde, después de una balacera entre dos bandos supuestamente rivales, se describe a las víctimas mortales y sobrevivientes sin omitir los detalles periciales. Este reporte indica que los hechos son casi totalmente producto de la casualidad, ya que solamente tres de los muchos involucrados conocían sus propias intenciones. El resto son lo que en el “argot” suele llamarse “daños colaterales” o, como se lee en otras partes, juguetes de la casualidad o del destino.

En este sentido, parece que una de las vertientes de la novela criminal centroamericana más reciente (Moronga por ejemplo) se ocupa muy poco ya del crimen nucleico de la historia como era costumbre y lo sesga, lo tuerce, para construir un crimen bebiendo de otras fuentes a la mano pero que se desarrolle fuera de las expectativas o las sospechas del lector. Es pues una suerte de juego con ese lector cómplice que buscaba Cortázar, por eso la importancia de la memoria del lector que mencionamos antes ya que, si recordamos las novelas anteriores de Castellanos Moya, podremos con toda facilidad ubicar a los personajes y redondear su propia e individual historia, ya que la saga de la familia Aragón continúa. Ahora bien, si no nos hemos aventurado por las novelas anteriores del escritor, a estas alturas hemos recorrido ya las dos primeras historias de la novela y el reporte que leemos las aglutina para redondear la historia completa de la novela sin menoscabo de un universo propio.

Por otra parte, es evidente en esta novela, y por añadidura en la novela centroamericana en general, el trauma de la guerra cuya violencia pretérita, aunada a otros tipos de violencias más recientes, acusan los personajes. Y no es casual, ya que es la generación que vivió parte de la guerra civil aunque a estas alturas es mucho más importante el otro tipo de violencia irracional de que es objeto la sociedad (las maras, los carteles mexicanos, los colombianos, el crimen común, etc.) de la que los escritores toman certeras notas. Es claro que la literatura criminal centroamericana sigue fiel a una de las marcas de identidad del género en cuanto a la representación del mundo que le rodea.   

Cada una de las partes del libro que atendemos ostenta un subtítulo; escueto, como si no tuviera ninguna importancia enterarnos de descripción alguna: primera, Zeledón; segunda, Aragón, que son los apellidos de personajes cuyas voces en primera persona narran las primeras dos secciones aunque Zeledón no es quien lleva la voz cantante en la sección que le corresponde ya que ésta no tiene identidad fija. Finalmente, El tirador oculto, tercera parte y mucho más corta, que es el reporte judicial de los hechos. Lo escueto de los subtítulos no es fortuito ya que a lo largo de la novela nos enteramos de que estos personajes han sido despojados de su identidad en la medida que lo exige la circunstancia (además, recuérdese que el reporte policial es impersonal por naturaleza). A lo largo de su existencia, porque recordemos que algunos de los personajes han existido antes en otras novelas de Castellanos Moya, se ven en la necesidad de adoptar otras identidades, dando como resultado la inestabilidad que se advierte al momento de definirse a sí mismos ante su realidad.

La primera parte, Zeledón, está narrada por un personaje que decide viajar de Texas a Milwaukee para continuar su interminable escape (de sí mismo). En realidad su nombre es Joselito, personaje juvenil de La sirvienta y el luchador que durante los años de la guerra asesinó en un operativo guerrillero a su propia madre, si saberlo claro (uno de esos “daños colaterales”). Zeledón es el apellido de un antiguo subordinado que le facilita la existencia en Milwaukee. Nunca nos dice su nombre y el lector de Castellanos Moya se verá obligado a acudir a la memoria y, de ser posible, a la relectura de las novelas anteriores para ubicar la identidad de esta primera voz. Existe otro exsubordinado (representativo de las nuevas violencias) que intenta sacar provecho de la situación e incidir en la vida del personaje central sin conseguirlo. Este último exsubordinado, descubre la voz narrativa, se ha convertido en sicario de los carteles mexicanos y anda a la caza de un traficantillo de poca monta en Chicago:

Más podrido estaría con tus nuevos patrones. Ya sabés que no me gustan. Yo me formé para accionar sabiendo quién era el enemigo. Todo muy claro. Había un sentido, una causa.

[…]

y no podría sobrevivir en ese puterío de traiciones—agregué. No sé cómo le haces…

Dijo que él hacía trabajos periféricos, específicos, que no se metía en sus matancinas internas.

Me dieron ganas de orinar.

No es mi rollo matar por dinero, Viejo. Menos por encargo de esa gente. No me hace clic.

Se limpió las encías con la lengua.

¿Y cuál es la diferencia?

Lo quedé mirando.

Voy al baño, dije.

Y me puse de pie. (133)

Joselito se niega a olvidar sus principios como parte de la guerrilla urbana y el remanente ideológico le aparta de la violencia actualizada; prefiere seguir sobreviviendo, moviéndose, desplazándose, como lo ha hecho siempre desde los tiempos de la guerra. Asimismo los ritmos y los tonos del lenguaje de cada uno de los personajes son primordiales. En esta primera parte la prosa es ágil, cargada de movimiento; el tono es sombrío, frases cortas, descripciones visuales breves y muy detalladas:

Subí las escaleras por la salida a la calle Jackson. Desemboqué en la explanada frente al río Chicago. Me quedé apoyado de espaldas en la verja desde la que se contemplaba el río, bajo el embate de las ráfagas de viento; distinguí dos cámaras que cubrían el área.

Eran las 10:56.

Caminé por la explanada, paralela al río, en dirección a Adams. Y luego enfilé, a paso lento, de regreso hacia el canal desde donde podía observar, en diagonal, la entrada a la CVS. (117)

El personaje no habla más de lo estrictamente necesario. Incluso los párrafos están debidamente separados por dos líneas en blanco cada vez que el narrador salta de una idea a otra. Además de exacerbar la tensión, todo ello nos hace meditar en la disciplina que sostiene el narrador en sus reflexiones; no hay lugar para el error, porque del lugar donde viene los errores cuestan caro. Es un personaje que vive en el sobresalto constante, paranoico, sospecha de todo y de todos. Siempre, como se apuntó antes, deja entrever los resabios de lealtad ideológica.

La segunda parte está narrada por Erasmo Aragón, personaje también de una novela anterior, El sueño del retorno, donde Erasmo es el personaje principal. También esta segunda parte de Moronga es una narración en que se describen las peripecias de un profesor salvadoreño, visitante en Merllow College, a quién el personaje de la primera sección había estado vigilando por medio de su correo electrónico. Nunca se hablaron. Aragón no sabía que era vigilado por Joselito. Aragón llega a Washington a investigar los archivos de la CIA para saber lo que sucedió con Roque Dalton terminando involucrado en una extorsión a su persona cuyo desarrollo está ligado al violento desenlace. La novela, valga mencionar, conlleva un guiño de ojo a la vigilancia “secreta”, intensificada a partir de los eventos del 9/11, que lleva a cabo el gobierno de los EEUU a sus ciudadanos.

El tono del lenguaje también es distinto: no existe la disciplina de pensamiento de la primera parte, no hay separación de líneas entre las ideas. Esta voz no expresa gran desconfianza sobre su entorno, es más locuaz, ostenta diferente personalidad y está más a tono con su cotidianidad. La voz discurre en largos párrafos, algo así como lo que la tradición llamó “fluir de la conciencia”, sin punto y aparte y lo único que le da la cadencia son las comas. Queda claro que su mundo formativo no es el de la acción guerrillera. Contrario a la primera parte, este personaje es un periodista que después de unos años en el exilio en México, regresa a El Salvador a dirigir un periódico durante la firma de los acuerdos de paz; para salir nuevamente al exilio, esta vez a los EEUU, como profesor visitante del College de Merlow City, donde se rozan las dos historias. Se debe destacar el ambiente autobiográfico que acompaña a este personaje. Pero eso es otro asunto.

A modo de conclusión para este esbozo es definitivo que Moronga, con la marcada diferencia de tono en las voces, deja en claro las variantes éticas y estéticas de la novela criminal en tanto se mueve con toda libertad entre la narración dura de la primera parte, apegada al policial clásico; la segunda más suelta, con más dinamismo y soltura en la voz; sin la rigidez del clásico y la tercera que ostenta la frialdad de un reporte policial: puntual, impersonal, sin variantes, apegándose detalladamente a los hechos. Es, a mi modo de ver, uno de los últimos ejemplos de la naturaleza camaleónica de la novela criminal centroamericana (y sospecho que de la latinoamericana toda) ya que opera actualizando, subvirtiendo, inventando, reinventando éticas y estéticas con miras a irse readaptando a las “violentas realidades” de sus países, cosa que es, a final de cuentas, muy propio del género en que se inscribe.

José Juan Colín
University of Oklahoma

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