La otra lección/lectura de una poesía: la escritura como realidad

 

Rafael Cadenas, poeta venezolano, en la Biblioteca de Salamanca. Foto: Silvio Orta.

“La palabra no es el sitio del resplandor, pero insistimos, insistimos, nadie sabe por qué.”

Rafael Cadenas

No cabe duda de que la poesía de Cadenas ha tendido a leerse como un intento de patentizar una motivación temática fundamental que llega a convertirse en la materia misma de sus distintas manifestaciones verbales. Aparentemente sus poemas, en consonancia con sus anotaciones, ensayos y entrevistas, parecen reiterar una única y compleja tesis esencial: el ser humano, sobre todo en Occidente, parece haber perdido la clave de una existencia plena, en comunión con el mundo; por tanto, es necesario que recupere ese nexo, ese vínculo inmediato –esto es, no mediado por ideas, dogmas, ideologías, sistemas de pensamiento– con su entorno o, más precisamente, con su fundamento. La terapia que corresponde a este diagnóstico no es menos precisa: el ser humano ha de prescindir de todo aquello que lastra, que impide ese regreso a una visión inmediata: el yo, la mente, la razón técnica, el perspectivismo, los nacionalismos, etc., para así recuperar el asombro y, con él, la mirada despojada de presupuestos que ve y reconoce el misterio. Exploremos brevemente estos dos aspectos: la tesis/diagnótico sobre la cultura occidental y la posible terapia que me gustaría bautizar como “ética del despojamiento”, para luego proponer algunas reflexiones.

Para Cadenas, la “ratio calculadora” que caracteriza la cultura occidental a partir de la modernidad es, tal vez, el problema de fondo. El ser humano ha optado por una sobre-intelectualización de sus relaciones con la naturaleza, con sus sensaciones, con su percepción. Esto ha permitido que “el misterio”, el verdadero fundamento de toda existencia, se vea encubierto por la racionalización de dicha existencia. La razón técnico-científica y su distorsión radical, el “cientificismo”, han contribuido de manera decisiva con este proceso. Sus teorías y sus consecuentes implementaciones técnicas contribuyen a dar la apariencia de que el mundo resulta inteligible, de que sus enigmas han sido resueltos de manera definitiva y satisfactoria. Pero no corresponde sólo a la razón técnica la responsabilidad de este “extravío”. Las mismas humanidades, en su afán de someterse a los imperativos científicos de la academia, han abandonado el papel determinante que les correspondería en esta encrucijada: denunciar esta situación o, para decirlo con sus palabras, “ser contrastes”. Tampoco escapa a este “requerimiento” la literatura, que también ha abandonado su rol de vivificadora de la experiencia, para entregarse a elaboraciones retóricas, estilísticas, estéticas que en realidad delatan su artificiosidad. Este sería, in nuce, el diagnóstico que Cadenas propone de la cultura occidental; un diagnóstico, es necesario decirlo, que constituye una importante tendencia del pensamiento filosófico contemporáneo, que tiene quizá en Heidegger su representante más conspicuo, pero que se evidencia asimismo como urgencia en varios autores a los que Cadenas vuelve una y otra vez: Rilke, Schajowicz, Otto, Bollnow, Kraus, Pieper, Steiner… Lo que implica que este diagnóstico se inscribe completamente en una tradición de textos que llevan a cabo una lectura particular de nuestra cultura; una lectura que puede ser contrastada o matizada con otras lecturas, con otras posiciones filosóficas –otros textos– frente al fenómeno de la civilización occidental.

El otro aspecto, que llamé “ética del despojamiento”, tiene también importantes implicaciones. De lo que se trata es, al decir de Huxley, de “despertar”, esto es volver al origen (la infancia, la visión inmediata, el “ethos clásico”) en el que reposa la raíz de nuestra verdadera existencia. Para ello es necesario despojarse efectivamente de todo lo que la cultura ha interpuesto entre nosotros y nuestra percepción/comunión con el mundo. En este sentido, la propuesta de Cadenas es fundamentalmente religiosa, tanto en el sentido etimológico de dicha palabra (re-ligare, atar), como en el sentido de la atención y la celebración de lo que es. Pero, como habría querido Blake, la que propone Cadenas es una religiosidad sin religiones, es decir, una religiosidad que escapa a la amenaza de los fundamentalismos –esas otras máscaras del extravío humano– y que vuelve a lo natural, al cuerpo y los sentidos como su espacio privilegiado. Sólo en la medida en que recuperamos los ojos, y ya no adoptamos “puntos de vista”, podemos restablecer nuestra conexión con el mundo que sólo así se hace sinónimo de “vida, realidad, misterio, religión, ser, alma, poesía”. También en este caso la postura de Cadenas se inscribe en una importante y compleja tradición: la que reúne un conjunto heterogéneo de textos que ha venido a denominarse como “la mística”. Esta tradición, por supuesto, rebasa las fronteras occidentales y también, en cierto sentido, las epocales, e incluye corpora tan disímiles entre sí como los del Budismo Zen y los de la mística cristiana (Meister Eckhart, Angelus Silesius, San Juan de la Cruz, para dar sólo unos nombres). Sin duda, la afiliación de Cadenas a esta tradición es a la vez ecléctica y crítica. También aquí, su postura rehúye todo extremismo (por ejemplo, el de la negación del cuerpo en algunas corrientes de la mística) para adoptar una actitud más bien celebratoria, de comunión y agradecimiento, que encuentra evidenciada en algunos de los más conocidos divulgadores contemporáneos del misticismo (Watts, Suzuki, Blyth, Paniker). Y si bien es cierto que, en algunas de sus primeras reflexiones, su adhesión a algunas posiciones de la mística llega a adquirir rasgos de una cierta radicalidad, no lo es menos que a medida que su obra se ha desarrollado su visión se ha hecho menos prescriptiva y más incondicionalmente atenta a la búsqueda de una relación sin mediaciones con el mundo y la existencia.

Pero es precisamente esta búsqueda, me parece, la que nos conduce a uno de los puntos de inflexión más complejos de la obra de Cadenas. “Lo que exploramos –nos dice en la introducción a Realidad y literatura– es la posibilidad que tiene el ser humano de establecer una relación directa, no basada en la ideación, con los seres y las cosas”. Y reitera, en Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística: “todo es parte del misterio fundamental, eterno, inabordable, ante el cual la mente no puede sino enmudecer”. Pero, cabría preguntarse, ¿cómo es posible alcanzar o incluso intentar buscar esa posibilidad de inmediatez, ese enmudecimiento, a través de la mediación par excellence, el lenguaje? No es una contradicción lo que me interesa destacar aquí sino la dialéctica que se genera de la tensión irresoluble entre inmediatez y mediación que se escenifica entre dicha tesis con su diagnóstico y las manifestaciones de su poesía.

Es en este sentido que he querido apuntar al carácter escrito, textual de las fuentes de Cadenas –tanto las reflexivas como las místicas. Y es en este sentido que, más allá de su tesis fundamental, me parece que debe proponerse la otra lección/lectura de su obra: en el de su carácter eminentemente escritural, textual. No cabe duda de que sus textos poéticos responden en gran medida a sus preocupaciones vitales e incluso las tematizan; no obstante, resultaría reductivo confinarlos a dichas petitiones principi, pues estos textos van más allá de sus declaraciones o, para ser más precisos, lo que declaran trasciende el contenido ideacional de su tesis. Dicho de este modo, quizá, se patentice la dialéctica a la que me referí anteriormente: lo más explícito en la obra de Cadenas es precisamente dicha tesis; lo más difícil, lo más misterioso es, antes bien, lo que “oblicuamente” estos textos dicen, esto es, lo que hacen en cuanto textos. En otras palabras: si, como desea Cadenas, lo que la poesía debe hacer es apuntar al misterio, ¿no lo hace más eficazmente cuando lo dicho mismo resulta misterioso? Pero esto resulta algo que no puede sino acendrar la dialéctica antes descrita: de ser ese el caso, la palabra podría hacerse lugar –no vehículo– del misterio, de la iluminación, de la celebración, es decir del “resplandor”. Si, como dice Cadenas, de la poesía (y entiendo aquí poesía, como él, en el sentido más amplio posible) se espera “que haga más vivo el vivir”, ¿no puede acaso hacerlo en tanto palabra que inventa miradas, situaciones, ideas, mundos verbales? Nótese que no estoy tratando de contraponer a la de Cadenas una concepción alternativa de la poesía, sino haciendo evidente que este otro impulso poético irriga también su obra (Cadenas mismo parece insinuarlo en la introducción a En torno al lenguaje). De allí que a lo largo de sus reflexiones su defensa de la relación directa con el mundo se haya engranado, en lo que podría considerarse una paradoja, indisociablemente con una defensa del lenguaje. Esta defensa, claro está, posee una vertiente que coincide con su diagnóstico: el lenguaje, como la cultura, está amenazado y es necesario recuperar para él su fuerza original, originaria. Pero no podemos perder de vista las complejas ramificaciones que conlleva este desplazamiento de la recuperación de la inmediatez de la visión a la defensa del lenguaje –que es fundamentalmente una mediación. Cadenas insiste, en Anotaciones, en deslindarse de las corrientes de la poesía moderna, del international style, del experimentalismo, del estilo y la retórica. Y no deja de renovar, en En torno al lenguaje, su crítica a “la deificación de la palabra” que reconoce en mucha literatura contemporánea. Sin embargo, su praxis poética –como él mismo admite– a veces está en contradicción con dichos deslindes. Bastaría recordar que Kraus –uno de sus aliados en la defensa de la lengua– insiste una y otra vez en las posibilidades “productivas” del lenguaje (ya Goethe recurría a ese denostado adjetivo); posibilidades que van más allá del control del sujeto que escribe para problematizar la crítica que Cadenas propone de la concepción de la poesía como “heurística”. ¿No llega a escribir Kraus, en uno de sus aforismos más sorprendentes: “Die wahre Wahrheiten sind die, die man erfinden kann” [las verdaderas verdades son aquellas que se pueden inventar]? Lo que quiero poner de relieve es que estos deslindes de Cadenas parecen ser intentos de confinar un proceder –el de la composición verbal– contra los que se rebelan sus propios poemas. Así, éstos constituyen el otro núcleo reflexivo de su obra: el de un pensamiento más complejo, de índole escritural, no racional, en el que, a mi juicio, reside la apuesta filosófica más elaborada de su obra. Ahondemos un poco en esto.

Sin duda, su obra puede leerse como un proceso que, coincidiendo con la búsqueda de la propia voz, alegoriza lo propuesto en su tesis fundamental –lo hemos hecho algunos de sus comentadores–: un libro primero, infantil –infans, que no habla–, suprimido (Cantos iniciales); luego un libro inédito, pero que circula casi secretamente y que describe la pérdida de un paraíso (Una isla); la irrupción en la “república de las letras” con los discursos desmesurados y fabuladores (Los cuadernos…); el desplazamiento de la fabulación y sus correlatos objetivos a la dimensión psíquica de los desdoblamientos (Falsas maniobras); el lento comienzo de la recuperación de la sobriedad y la depuración (Intemperie); el repaso del itinerario y los primeros destellos de una posible plenitud, que coinciden con la solidificación de su voz (Memorial); la compleja escenificación del proceso de la comunión (Amante); la apertura hacia las diversas manifestaciones de la existencia en la voz alcanzada (Gestiones y, más definitivamente, Sobre abierto). Esta lectura, sin embargo, conlleva un peligro. En efecto, si cada uno de los libros de Cadenas representa en cierta medida una etapa –superada–, podría concluirse errónea, falazmente que sus respectivas cristalizaciones verbales han perdido vigencia; con lo que estaríamos desvalorizando, por ejemplo, la sensorialidad del lenguaje de Una isla, la fuerza de la exhuberancia retórica y de las transgresiones verbales de Los cuadernos, la precisión casi quirúrgica del lenguaje de Falsas maniobras, la adustez y rigor verbal de Intemperie, la multiplicidad de escrituras, de formas de Memorial… Pero, como el lector sabe, todas ellas encarnan posibilidades verbales, textuales vivas, actuales y actualizables en cualquier exploración poética; todas ellas representan auténticas formas de expresión que se manifiestan en el repertorio de la poesía contemporánea. (De hecho, en diversos poetas venezolanos de las jóvenes generaciones pueden reconocerse las influencias de esos libros tan distintos entre sí.) En fin, todas ellas ponen en movimiento formas alternativas de pensamiento como otras tantas formas del misterio, para decirlo una vez más con Cadenas.

Omití a propósito, en la enumeración anterior, la mención de Amante. Quería detenerme brevemente en él para intentar clarificar lo que vengo exponiendo. Este libro, que en realidad no es una colección de poemas sino un extenso poema fragmentario, patentiza en qué medida la escritura de Cadenas trasciende en sus implicaciones reflexivas su tesis fundamental. El poema consiste en una suerte de puesta en escena de voces (las del amante, el anotador y el espectador) que van tomando la palabra para conminar, apuntar, disuadir, aclarar, animar, revelar, reflexiva o transitivamente, interpelándose entre sí o hablando al lector, en un “juego perenne” de “juegos-de-lenguaje” (Wittgenstein). And yet, nunca más literal la expresión “van tomando la palabra”: si en apariencia “ella”, el personaje femenino –el homenajeado– del poema no “habla”, en realidad lo hace exclusivamente: ella es esencialmente la lengua, la palabra.

Por otra parte, la fragmentación verbal de este poema (que alguna vez comparé con la música de Webern), su pluralidad de voces, la abstracción de su dicción –aspecto en el que apenas se ha reparado–, la ausencia casi absoluta de sensorialidad, no pueden sino pensarse como opciones escriturales que los aportes de la poesía contemporánea han hecho posibles y que elevan a estatus de experiencia cristalizaciones de naturaleza verbal. En este texto, además, Cadenas alcanza su “inestilo” más singular –que se transfigura ligeramente en Gestiones y se retoma en Sobre abierto–, es decir, lo que lo hace inconfundible respecto a otras escrituras poéticas contemporáneas: una minuciosa y casi minimalista atención a los vocablos.

Este ejemplo, al que hay que añadir los de sus libros anteriores, nos permite llegar a una primera conclusión: frente a la mono-tonalidad de la tesis de Cadenas –tesis que ha orientado en gran medida a la mayoría de sus comentadores–, su obra poética despliega una compleja politonalidad y una entreverada polifonía –para decirlo en términos musicales– de experiencias de orden verbal, en las que las diversas formas escriturales hacen cristalizar otras tantas formas de pensamiento.

Leamos con atención el epígrafe de este trabajo: “La palabra no es el sitio del resplandor, pero insistimos, insistimos, nadie sabe por qué”. Este texto/aforismo/poema condensa la escenificación de la dialéctica que he venido discutiendo. La taxatividad de la primera parte de la frase es inequívoca: “la palabra no es el sitio del resplandor”; ella corresponde al “juicio” que Cadenas emprende contra los procesos de ideación y mediación, en su afán de alcanzar una verdadera relación inmediata con el mundo. Pero también se conforma con el cuestionamiento de las estéticas y las poéticas contemporáneas, inclinadas, a su juicio, a la “deificación del lenguaje”. Vista así, esa primera parte de la frase corresponde a la tesis que explícitamente parece cimentar su obra. Sin embargo, a medida que avanzamos en la oración, ésta se hace más dubitativa, más tentativa: “insistimos, insistimos”; repetición que habría que entender como una forma de hacer explícito lo que en latín se conoce como el frecuentativo: una acción que se repite una y otra vez. Una y otra vez volvemos a intentar localizar o hacer surgir el resplandor en la palabra –dice ahora un “nosotros” que comienza a debilitar la taxatividad impersonal de la primera frase–, y lo intentamos por diversas vías, de diversos modos, con diversas escrituras. Por último, un regreso a la impersonalidad pero desde la ignorancia, o mejor aún, desde el misterio: “nadie sabe por qué”. Saber por qué implicaría borrar el misterio: es decir, someter la palabra a los designios de una intencionalidad precisa. Pero el texto propone que guiados por algo que no entendemos, que no sabemos, seguimos buscando, de diferentes maneras, hacer de la palabra el sitio del resplandor. Volvemos, en este punto, a la posibilidad de la producción del sentido que yace en el lenguaje mismo y que, como hemos visto, es una más profunda veta del pensamiento de Cadenas. Se pueden contestar sus tesis, sus hipótesis, sus presupuestos: lo que sigue siendo irrefutable es la cristalización, el cumplimiento que se produce en sus textos, lo que éstos dicen sin decir y sin poder abandonar el decir. Mallarmé habló alguna vez de “la disparition élocutoire du poète, qui cède l’initiative aux mots” [la desaparición elocutoria del poeta, que cede la iniciativa a las palabras]; no cabe duda de que en este dictum se encuentra uno de los objetivos de la crítica de Cadenas a la poesía moderna (ya lo sabemos, “el sitio del resplandor no está en la palabra”); y sin embargo… ¿no es precisamente lo que esas palabras han creado el resultado de una insistencia de años en frecuentarlas para hacerles decir lo que de ordinario no dicen, para dejar que ellas produzcan el sentido? Es la humildad del no saber la que hace que insistamos, insistamos; y es ese insistir el que ha permitido cumplir minuciosa, artesanalmente, con la tarea de hacerlas “revelaciones”. “Tal vez –nos recuerda una voz de Amante–/ al más pobre/ le esté destinado/ el don excelente: permitir”. Permitir –ya no prescribir– será entonces hacer el lugar para el advenimiento, para el surgimiento y, más relevante aún, para la producción del sentido. Tras su aparente simplicidad, tras su evidente minimalismo, esta poesía nos ha ofrecido una gama de formas alternativas de la escritura, del pensamiento y de la reflexión.

Dice Novalis, en su Borrador general: “Wo mit der Verdichtung –Vermehrung verbunden ist –da ist Leben” [Donde a la condensación –está vinculada la multiplicación– allí está la vida]. Sin duda esta sentencia casi oracular requeriría una explicación por sí misma. Me limitaré sin embargo a intentar extraer de ella una conclusión para la meditación que he propuesto en este texto. Sólo luego de haber desplegado y repasado las entreveradas tensiones que modulan esta obra, podemos reconocer el verdadero tenor de sus formas y de sus sentidos: en ella la condensación reflexiva en este núcleo teórico –lo otro en y desde la escritura: la palabra verdichten, “condensar” hace pensar de inmediato en dichten, “componer verbalmente”– se conjuga con las vertientes multiplicadoras de significación. En esta conjunción cristalizan su acendrada cualidad ética y su compleja factura verbal. Y, como advierte Novalis, si se da esa conjunción, “allí está la vida”.

Luis Miguel Isava
Universidad Simón Bolívar

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Número 9

Latin American Literature Today inicia su tercer año de publicación con un número que abarca la poesía venezolana, la escritura de mujeres indígenas y los extraños mundos de la ficción. Abrimos el segundo volumen de la revista con un dossier dedicado a Samanta Schweblin, una escritora argentina cuya obra prueba los límites entre lo fantástico y lo real, para después pasar a la poesía del poeta venezolano Rafael Cadenas, ganador del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2018.  Nos detenemos también sobre la poesía mapuche, con una selección especial de cuatro jóvenes poetas mujeres que escriben en mapuzungun y en español, y nos mantenemos al tanto de los debates actuales en torno a una de las figuras centrales de la literatura latinoamericana del siglo XX, Pablo Neruda, con una entrevista exclusiva a su biógrafo Mark Eisner.

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