La piel de un personaje

 

Alonso Cueto, escritor peruano. Foto: Dominique Favre.

I

La narrativa es una consecuencia de la curiosidad de un escritor por la vida. No creo que el interés de un escritor sea la vida en general. Lo que le importa es la galería concreta de seres humanos y la intrincada red de relaciones que los une. Las personas, tan distintas entre sí, que conocemos a lo largo de nuestra experiencia, nos intrigan, nos conmueven, nos repelen y atraen en sus frases, en su conducta, en sus silencios. Imaginamos sus sueños, sus secretos, sus experiencias clandestinas. Es por eso que construimos personajes en torno a ellos y en torno a nosotros mismos, para satisfacer nuestra fascinación. El motor de esa construcción es una curiosidad obsesiva. ¿Quiénes son? ¿Quiénes somos nosotros que convivimos con ellos?

Escribir es un proceso interior, en un principio ajeno a las palabras. Este proceso se funda en los sueños, los silencios, las  soledades, las experiencias previas a la escritura: que un personaje aparezca en nuestra imaginación, que tenga un rostro, que hable, que actúe, que tenga ideas, emociones, que tenga deseos y frustraciones, miedos, fobias, placeres, anhelos; que aparezcan unas facciones, unos brazos y un tronco, una voz, una ropa, un modo de andar, que sea un ser único, distinto a todos los demás seres humanos, no un prototipo o un estereotipo o un concepto o la encarnación de un argumento moral o ideológico.

El nacimiento de un personaje, como el de cualquier ser humano, es un proceso excepcional. Un escritor solo está interesado en personas definidas, distintas a todas las otras, en cuya existencia cree fielmente.

Adivinar, percibir, sentir las imágenes, los sonidos, la piel de los personajes como experiencias concretas son los puntos de partida de una narración. Este es un proceso largo y fascinante. Ir definiendo la forma física que adquieren sus secretos y terrores, sus frustraciones, ansiedades y anhelos mientras se miran en el espejo de sus actos, es una experiencia singular y en cada caso, irrepetible. Quizá Borges lo entendió mejor que nadie en Las ruinas circulares, el relato del sueño de un creador.

Todo eso, que antecede a las palabras, es lo que hace que un escritor se comprometa con un personaje. Circula la idea de que los personajes se parecen a sus autores. Esto puede ser verdad pero con frecuencia los autores también son los personajes que nunca fueron: algunos de los escritores más tímidos y pusilánimes crean héroes valientes y decididos para desagraviarse en ellos. Los escritores más cerebrales inventan personajes desquiciados, irresponsables, salvajes, para ser en ellos lo que no pueden ser en la vida real. Uno escribe sobre lo que no es.

Luego, cuando llegan las palabras, cuando llega el momento de organizar las frases que mejor los sirvan, que les hagan justicia y que los informen, ese personaje termina de configurarse, de adquirir una identidad. Esto solo es posible porque ya existía como un ser vivo en la imaginación.

En su estupendo libro El ángel literario, Eduardo Halfon, cita una frase de Marguerite Duras según la cual uno “escribe para descubrir lo que escribiría si escribiese”. La curiosidad por saber quién es uno quizá sea uno de los motivos del creador. De Duras también viene la idea de que el acto de escribir, como el de leer, está siempre acompañado de la soledad y que la soledad siempre está acompañada de la locura.

Esa locura constructiva tiene dos características esenciales. Una de ellas es la obsesión. La otra, la esquizofrenia.

La obsesión sostenida, sin interrupciones, por una historia ficticia, por personajes imaginarios, es una necesidad en un novelista que se precie de serlo. Esta obsesión es la que le da su constancia a los hábitos de pensar, de escribir, de corregir. Solo escribiendo todos los días podemos sostener la vida de una obra frente a la otra, la vida vasta y ajena de la que nos alimentamos y a la que queremos superar. Un escritor siente el fuego continuo, sostenido, de una obsesión. Escribe todos los días, sin prisa y sin desesperación, como quería Isak Dinesen. Su vida es la de un vértigo programado. Se despierta pensando en lo que va a escribir y se acuesta soñando con lo que ha escrito. No tiene horario porque está escribiendo frente a la pantalla e imaginando frases y experiencias lejos de ella. Su método es consecuencia de una locura integrada al mundo.

Nadie puede explicar los orígenes de esta locura en forma de obsesión. Una insatisfacción profunda con la vida y un intento de desafío a la muerte son causas suficientes para refugiarnos en un terreno inmortal por excelencia. Las palabras vuelan como ángeles con vida propia. No están atadas a la materia y al deterioro. Solo ellas derrotan al tiempo.

Pero la esquizofrenia es igualmente necesaria. La capacidad por ponerse en la piel de distintos personajes, de entender a toda la galería de seres humanos vivos que puebla una historia, de entrar en su piel y en su mente, es esencial. En este momento pienso en Joseph Conrad que en El Agente Secreto se puso en la piel de Adolf y Winnie Verloc, de Ossipon, del Profesor y de todos los personajes de esa gran, esquizofrénica novela. Como cualquier escritor, Conrad trató de organizar una galería de lo humano, en la que él era todos los personajes y ninguno.

 

II

Los protagonistas de las novelas que me interesan no se preguntan por el sentido de la vida o por la naturaleza del tiempo o sobre el significado del amor. No se hacen las grandes preguntas de la existencia.

En realidad, los personajes que me gustan siempre se hacen una sola pregunta: “¿Y ahora qué hago?”

El umbral de la acción es crucial. Los personajes toman decisiones. Actúan frente a las amenazas y afrentas de la vida que llevan. Actúan, proyectan, buscan. Reaccionan.

Esos son los que me interesan. En uno de los pasajes iniciales de La hora azul, Adrián Ormache, encuentra la carta que los extorsionadores enviaban a su madre. Cuando Adrián descubre la existencia de una mujer que fue prisionera de su padre durante la guerra de Sendero Luminoso, se hace esa misma pregunta. ¿Qué voy a hacer ahora que sé que mi padre tuvo una prisionera y que la liberó? ¿Cómo voy a averiguar lo que sucedió? ¿Cómo voy a encontrar a Miriam? ¿Podré descubrir quién soy si la encuentro, si me cuenta lo que pasó? Su resolución va a darle un motor a la historia. Si Lali, la protagonista de La segunda amante del rey, sentada en su cama un domingo en la mañana, recibe la visita de su marido que le dice que va a dejarla por otra mujer más joven, su respuesta es inmediata: va a buscar a alguien que pueda seducir a la amante de su marido. Su voluntad, su libertad, su capacidad de decisión es lo que pone en juego la trama y lo que nos revela quien es. Cuando en El susurro de la mujer ballena, Verónica es acosada por Rebeca, su compañera de colegio después de veinticinco años, también decide responder a esa afrenta del pasado. Una de las decisiones de un personaje puede ser la de no tomar ninguna, como ocurre con frecuencia en Kafka. La no decisión también es una aventura. No hay una buena narrativa fuera de un sentido de la aventura.

La respuesta a la pregunta “¿Y ahora qué hago?” puede sorprender a los mismos personajes, y a su autor. Su reacción, cuando algo esencial en su vida sufre una amenaza, nos revela quiénes son.

No creo que debamos definir a un personaje. Las dudas, las contradicciones y los interrogantes son las definiciones más certeras. Las preguntas sobre ellos (quiénes son, qué les importa, por qué darían la vida) solo llevan a nuevas preguntas porque la narrativa es una exploración, no una interpretación o una explicación. Un escritor entra a un cuarto oscuro y va iluminando algunas de las formas y objetos que hay allí. No le sirven de nada palabras como el Bien, la Belleza o la Justicia. Hay algunas personas que son demasiado inteligentes y serenas y equilibradas para ser escritores. Ser escritor requiere de alguna forma de la locura y de la irracionalidad, aunque esté oculta. La locura siempre flota, como una corriente, entre las frases.

En el proceso de construcción de esa locura organizada que debe ser toda novela, un escritor nunca es un profesional especializado.

Al escribir, hace de todo. Debe ser arquitecto, ingeniero, albañil y decorador. Debe planificar una historia, fabricar los ladrillos, ponerlos en su lugar y luego pulir la prosa en una música que aspire a ser eterna. La casa a cuyo interior invita al lector supone muchas fases y niveles de construcción y necesita de mucho tiempo en su planificación y ejecución.

La locura metódica de un creador es un centro de contradicciones. Un escritor debiera ser un planificador frío y a la vez un niño emocionado con la gesta de sus personajes. El “trozo de hielo” que según Graham Greene todo escritor tiene en el corazón, puede disolverse y derretirse en las escenas en las que se conmueve frente a la suerte de alguno de sus personajes. Debe tener también la inocencia de un niño, como afirmaba Goethe.

Su relación con el lenguaje también es múltiple. Necesita estar atento al significado de las palabras, a sus matices y sentidos, y sin embargo nunca perder de vista la sensualidad de su música. Es un psicólogo que conoce el alma de sus protagonistas pero también constructor que edifica estructuras y un intérprete que toca el violín y los tambores con los que los sonidos fluyen. Es un manipulador que organiza el tiempo en la historia, y que favorece un relato donde la sorpresa y la intriga le pueden dar velocidad y profundidad a la historia. Es un contador de historias y un explorador de identidades profundas. Tiene alas y raíces. Escarba y vuela. Afirma verdades y duda de ellas.

¿Y por qué escribe? Escribe porque le importan sus personajes, le importa su destino, le importa lo que dicen, lo que piensan, el modo como se enfrentan a la vida y a la muerte. Le importa el frío de su piel cuando confrontan al peligro o a la soledad, la manera como se portan cuando están amenazados en lo más precioso para ellos. Entrar en la vida de ellos, cortar las rebanadas de carne y sangre de sus cuerpos y sus mentes, es una aventura preciosa, que nos ayuda a conocernos y a conocer lo que hay de realidad en la fantasía y de fantasía en la realidad. Gracias a esa aventura, hemos ganado el tesoro más concreto de todos, que es la ilusión. Pero solo se llega a la ilusión siempre a través de los sentidos. Uno siente la ilusión por un personaje al que puede ver, tocar, sentir.

 

III

Me interesan todos los sentidos pero me fascina poder mirar. Quisiera crear un lenguaje capaz de reproducir visualmente las acciones, los personajes y escenarios. Muchos de los escritores que prefiero –Austen, James, Flaubert–, son grandes creadores de imágenes. Tenemos retratos precisos de Elinor y Darcy, de Isabelle Archer, de Madame Bovary. Al leer estas novelas, nos parece que los estamos viendo. Lograr la proeza de la mirada a través de las palabras me parece el milagro más prodigioso de todos.

Quizá por eso, mientras escribo mis novelas, sobre todo al comienzo, tomo fotos de los escenarios y a veces de las personas que creo son los de mi ficción. Para escribir La hora azul, viajé varias veces a Ayacucho. Tomé fotos del camino entre Huanta y Huamanga, también del Estadio de Huanta que fue un campo de concentración, y de la plaza principal de esa ciudad a medio camino entre la sierra y la selva. Eran los lugares que Miriam y Adrián vieron, los sitios donde ellos habían estado. Yo también quería estar allí con ellos. Lo mismo puedo decir del personaje de Delia en La pasajera. Tomé fotos del malecón de Chorrillos y de la tienda al lado de su casa y de su peluquería y de la esquina de Surquillo, junto al Zanjón, donde aparece en una de las primeras escenas del libro. Antes de escribir Grandes miradas, gracias a un amigo que trabajaba en el SIN, pude entrar a los aposentos de Vladimiro Montesinos e incluso a su jacuzzi (resistí a la tentación de usarlo, felizmente). También tomé fotos de la calle y de la casa donde vivía el juez que sirvió de inspiración para Guido Pazos. En una ocasión aparecieron unos tipos que me llenaron de insultos y amenazas, y tuve que huir de allí.

También busco fotos de personas que, en mi opinión, se pueden parecer a los personajes. A veces escribo con las fotos al lado de la pantalla. No quería reproducir cada uno de sus detalles sino hacer lo mismo que hacen las imágenes: transmitir una verdad irreparable. Me parece que uno de los objetivos de una novela es dar una sensación de estar en un lugar.

En un gran ensayo, Virginia Woolf imagina a un personaje llamado la señora Brown, que le dice al escritor: “Atrápame si puedes”.  Según Woolf, a veces un escritor atrapa un trozo del cuerpo de un personaje, a lo mejor la punta de un pie o una mano, pero no siempre logra capturarlo por entero. La historia de la literatura desde Aquiles y Homero hasta Stephen Dedalus y Joseph K, tiene que ver con los personajes, con la capacidad de un escritor de capturarlos en la forma de las palabras. Esa captura consiste en hacer que los veamos. Vemos a Aquiles con su escudo iluminado, preparándose para retar a Paris, y también vemos la oscuridad de los corredores por los que camina el protagonista de El proceso. La capacidad que tiene un escritor para hacernos sentir que somos ellos (somos El Quijote, somos el capitán Ahab, somos Santiago Zavala, somos Emma Zunz) es una de las proezas de la literatura. Nunca alcanzaremos esa proeza, pero seguiremos intentándolo, y se nos irá la vida.

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Número 11

En el undécimo número de Latin American Literature Today, destacamos una de las voces esenciales de las letras mexicanas, Elena Poniatowska, y rendimos homenaje a la inconfundible figura literaria del poeta chileno Enrique Lihn. También destacamos crónicas de Venezuela y México, literatura indígena escrita en las lenguas mayas de Guatemala, poemas de la renombrada escritora brasileña Hilda Hilst, y adelantos exclusivos de tres próximas publicaciones de libros en traducción de Silvina Ocampo, Johanny Vázquez Paz y Sergio Chejfec.

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