Elena Poniatowska: historia de una aventura amorosa

 

Elena Poniatowska, escritora mexicana, con el traductor George Henson en su casa en Chimalistac, Ciudad de México.

Prefacio

Mi historia de amor con Elena Poniatowska comenzó en 1986. Yo era un estudiante graduado en la Escuela de Español de Verano del Middlebury College, y Elena había sido invitada, junto con el poeta José Emilio Pacheco y los novelistas Antonio Skármeta y Luisa Valenzuela, por el novelista mexicano Gustavo Sainz, cuyo curso sobre novela contemporánea latinoamericana yo estaba tomando. Era requisito para el curso leer la novela Hasta no verte Jesús mío. Me enamoré de la protagonista de la novela, Jesusa Palancares, una campesina analfabeta que proclamaba en la primera página: "Esta es la tercera vez que regreso a la tierra, pero nunca había sufrido tanto como en esta reencarnación ya que en la anterior fui reina”. ¿Quién –me preguntaba– era esta escritora de apellido polaco, que estaba escribiendo sobre una soldadera, una mujer que luchó en la Revolución Mexicana? En los años siguientes, leí más y más libros de Poniatowska. En 2008, por sugerencia de un colega, le envié un correo electrónico a Elena con la esperanza de que me permitiera traducir un solo cuento para un número especial de la revista literaria Nimrod dedicada a escritores mexicanos. Eventualmente, traduciría no una, sino todas las historias que componen la colección Tlapalería (El corazón de la alcachofa). Desde entonces, nuestros caminos se han cruzado en los Estados Unidos, y la he visitado en la Ciudad de México, más recientemente en junio de este año. Ya sea por un extraño giro del destino o una extraña coincidencia, Elena regresó al Middlebury College en 2017 para recibir un doctorado honorario, y yo, un año después, vine a enseñar traducción al Instituto Middlebury en Monterey.

 

Elena Poniatowska recibe un Doctorado Honorario de Letras de Laurie Patton, Presidenta de Middlebury College, el 18 de agosto de 2017.

El dossier

En este dossier ofrecemos una mirada íntima en la vida y la obra de una de las escritoras más importantes de la literatura mexicana del siglo XX y XXI. Además de un extracto de la novela El tren pasa primero, tanto en el original como en mi traducción, se puede encontrar un ensayo escrito por uno de los novelistas jóvenes más talentosos de México, Yuri Herrera, titulado " Elena Poniatowska: the Switchwoman of Memory”. El ensayo de Herrera examina el papel de Elena como guardiana de la memoria histórica mexicana en esta novela, que fue galardonada con el prestigioso Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos en 2007. En una revisión de la novela debut de Herrera Trabajos del reino (traducida por la colaboradora de Latin American Literature Today Lisa Dillman como Kingdom Cons) en el periódico La Jornada en 2004, Elena escribió: "Con Trabajos del reino, el joven escritor de 34 años Yuri Herrera entra por la puerta de oro en la literatura mexicana". También encontrará un bosquejo biográfico escrito por el biógrafo autorizado de Elena, Michael Schuessler. Además de estos textos, tenemos el honor de traerle una colección de fotos, algunas vistas aquí por primera vez, que representan casi 80 años en la vida de Elena, incluidas fotos de la escritora con miembros del boom latinoamericano, así como fotos de mi visita a su casa en junio de este año.

 

Elena Poniatowska con Martina, "the lady of the house."

En la casa de Chimalistac

Llego puntualmente a la casa de Elena a las 3 de la tarde, sin querer una repetición de mi visita del año pasado, cuando llegué dos horas tarde. Elena, una anfitriona siempre amable, nunca mencionó mi torpeza.

Su casa en un enclave aislado y adoquinado de Chimalistac, escondida detrás de una pared de estuco que oculta un exuberante jardín de flores y árboles, se encuentra junto a la capilla de San Sebastián Mártir del siglo XVI, donde se cree que La Malinche, intérprete de Hernán Cortez, habría sido bautizada. Toco el timbre y Martina, el ama de llaves de toda la vida de Elena, aparece en la puerta.

—¿Quién es? —pregunta en español a través de los listones de madera.

—Es George, Martina.

Martina abre la puerta. “Elena está fuera, pero estará de regreso pronto. Pase”. Después de muchas visitas a Chimalistac, el afecto de Martina hacia mí ha crecido, pero su posición en la casa requiere que todavía se dirija a mí de manera formal.

Martina es una mujer diminuta que domina a Elena, que solo mide 1 metro 45 centímetros, y a quien Elena llama cariñosamente “la señora de la casa”. Su afecto mutuo es genuino y duradero. Mientras Martina usa el usted formal conmigo, utiliza el tú informal, todavía reservado en México para amigos y familiares, con Elena. Martina es de la familia.

Me acompaña adentro. He traído una caja de bombones Godiva para Martina, una disculpa por haber llegado tarde en mi visita anterior. Me siento en mi lugar habitual, uno de los dos sillones amarillos ubicados frente al sofá del mismo color donde Elena recibe a sus invitados. Como siempre, hay flores frescas. He venido para la comida, como se le llama a la comida principal en México, que se encuentra entre lo que llamamos almuerzo y cena. Su hijo Felipe había llegado unos segundos antes. Él ha venido a discutir asuntos relacionados con la Fundación de Elena, que está en peligro de ser cerrada. Le pregunté sobre la Fundación y la salud de su madre. “Está bien, especialmente para una mujer de 87 años. Me gustaría que la fundación también lo estuviera”. Martina sirve tequila y canapés. Elena llega, atosigada y disculpándose. Esta vez es Elena quien ha llegado tarde. “Ay, querido Jorge, perdóname por hacerte esperar”.

 

“Elena Poniatowska no requiere presentación”.

Así comienza el ensayo de Michael Schuessler: “Elena Poniatowska: Talent and personality”, que forma parte de nuestro dossier dedicado a esta mujer que, además de ser la escritora viva más famosa de México, es posiblemente la figura pública más querida de su país adoptivo. Sin embargo, como señala Stephen Kurtz, en Paris Review, mientras que el nombre de Elena “es sinónimo en todo el mundo de habla hispana, [...] los lectores en inglés la conocen solo por el pequeño porcentaje de su trabajo que ha sido traducido”. En efecto, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, incluidos, entre otros, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, la vasta y dispar obra de Elena, más de 40 libros en una gran variedad de géneros, ha sido ignorada en gran medida por los traductores y editores estadounidenses, entre cuyos catálogos los libros traducidos representan apenas un tres por ciento.

¿Quién es, entonces, esta escritora que es en gran parte desconocida fuera de los departamentos de español de las universidades en los Estados Unidos mientras que, en su México natal –como escribe la autora chicana Sandra Cisneros–: “es tan familiar para los taxistas como para los profesores mexicanos”?

 

Elena Poniatowska con Octavio Paz en Atlixco, Puebla, 1970. Foto: Héctor García.

Miss Jujú

Elena Poniatowska Amor nació siendo la Princesa Hélène Elizabeth Louise Amelie Paula Dolores Poniatowska Amor, en París, el 12 de mayo de 1932, en un palacio perteneciente a sus abuelos maternos, aristócratas mexicanos que emigraron a París a mediados del siglo XIX. Su padre era un noble polaco-estadounidense, hijo de un descendiente colateral de Stanisław August Poniatowski, el último rey de Polonia, y una heredera estadounidense. Después de la ocupación nazi de París, Elena, su madre Doña Paulette y su hermana menor Kitzia huyeron a una finca en la zona libre, antes de cruzar la frontera hacia la España franquista, donde el trío de princesas polacas abordó un transatlántico con destino a La Habana. Elena tenía 9 años. Al llegar a México en 1942, no hablaba español, un idioma que aprendería de su nana, una campesina de 18 años llamada Magdalena Castillo. “Las chicas de mi escuela británica, que pertenecían a las mejores familias de la Ciudad de México, se burlaban de mí y decían que hablaba español como una india. Aprendí español de vendedores ambulantes y sirvientes, pero principalmente de mi nana, que me llamaba señorita Jujú”. Del español de Elena, el fallecido poeta mexicano y premio Nobel Octavio Paz escribiría:

Me sorprende el lenguaje de Elena Poniatowska. No es un lenguaje puramente coloquial. El coloquialismo por el coloquialismo es un error literario. Pero cuando el escritor logra transformar el idioma de todos los días en literatura, entonces se logra esa especie de musicalidad, que lleva esa cosa alada, cierta, como poética, que observamos en el lenguaje de Elena Poniatowska. [...]. Si uno está en un parque, donde hay gente que se pasea, niños que juegan, obreros que caminan, novios que se besan, gendarmes que vigilan, vendedores de esto y de lo otro, hay enamorados, hay nodrizas, hay mamás y señoras viejas que tejen, hay vagos que leen el periódico o que leen un libro, y hay pájaros... Bueno, Elena es eso: un pájaro en la literatura mexicana.

El lenguaje coloquial de Elena, aprendido en las calles y en las habitaciones de los sirvientes, se convertiría en la marca de su obra periodística y literaria, que, a su vez, está profundamente enraizada en las vidas dispares y a menudo convergentes del pueblo mexicano. Setenta años después, la señorita Jujú ganaría el premio literario más codiciado en español: el Premio Miguel de Cervantes por “su resuelto compromiso con la historia contemporánea”.

 

Elena Poniatowska con Josefina Bórquez, conocida en sus escritos como Jesusa Palancares, frente a su vivienda. Foto: Héctor García.

“Alicia en la tierra de los testimonios”

En el prefacio de la biografía de Schuessler, Carlos Fuentes recuerda cuando conoció a “La Poni”, como “Elenita”, uno de los muchos apodos de Elena, por primera vez:

La vi por primera vez disfrazada de gatito en un baile del Jockey Club de México. Toda de blanco, rubia como es, con antifaz y joyas claras, parecía un sueño bello y amable de Jean Cocteau. Como toda buena gatita, tenía un bigote que surgía de la máscara. Pero en ella el obligado flojel de los gatos no era, como el salvaje bigote de Frida Kahlo, una agresión sino una insinuación. Era una, varias antenas que apuntaban ya a las direcciones múltiples, a las dimensiones variadas de una obra que abarca el cuento, la novela, la crónica, el reportaje, la memoria… Salimos juntos, hace muchos años, yo con un libro de cuentos, Los días enmascarados, ella con un singular ejercicio de inocencia infantil, Lilus Kikus. La ironía, la perversidad de este texto inicial, no fueron percibidas de inmediato. Como una de esas niñas de Balthus, como una Shirley Temple sin hoyuelos, Elena se reveló al cabo como una Alicia en el país de los testimonios.

En julio de este año, en el quincuagésimo aniversario de Hasta no verte Jesús mío, en una entrevista con el periódico Excélsior, Elena recuerda a Josefina Bórquez, la mujer que se convertiría en la protagonista de la novela testimonial innovadora a la que Fuentes se refiere: “Todo lo que decía era tan extraordinario. La manera como construía sus frases era fuera de serie. Usaba muchos modismos, algunos inventados por ella. Era grosera, pero no importaba. Hablaba con tal carácter y tal fuerza. Era una gran seductora”, y agregó: “La extraño mucho e incluso la invoco. Cuando tengo miedo le rezo a dos personas: a mi mamá y a ella, les pido que me ayuden. La invoco como a un ángel tutelar, como una protectora, una guía”.

Después de Jesusa, llegó otro libro definitorio, tanto para Elena como para las letras mexicanas. La noche de Tlatelolco (traducida como Massacre in México) es un collage de testimonios, tomados de sobrevivientes, testigos y familiares, que Elena recopiló después de la masacre de civiles en 1968, en su mayoría estudiantes universitarios, en Tlatelolco, un sitio histórico en la Ciudad de México que alberga la Plaza de Tres Culturas. Elena, entonces de 36 años, que estaba amamantando al menor de sus hijos, Felipe, fue al sitio entre comidas y comenzó a entrevistar a sobrevivientes y testigos. La noche de Tlatelolco le llevó a Elena a ganar el premio literario más prestigioso de México, el Premio Xavier Villaurrutia, el cual rechazó públicamente en una carta abierta al entonces presidente, Luis Echeverría, responsable de la matanza, publicada en el periódico Excélsior, diciendo: “¿Quién va a premiar a los muertos?” Después de su denuncia pública, Echeverría habría vigilado a Elena. “Los agentes estacionaban afuera de mi casa todo el día y toda la noche. Un día decidí salir e invitarlos a tomar un café. Pero cuando me acerqué al auto, subieron las ventanas y no me hablaron”, recordó. Fue este tipo de coraje, que ella ha repetido cientos de veces en sus columnas publicadas en los periódicos, en la televisión y en las protestas públicas, poniendo en riesgo su propia seguridad personal, lo que ha llevado a muchos, como Carlos Tortolero, fundador y director del Museo Nacional de Arte Mexicano en Chicago, a decir de Elena: “ella es la conciencia de México”.

 

Diciendo adiós

A los 87 años, Elena ha sobrevivido a la mayoría de los escritores de su generación y muchos de los que, como Gustavo Sainz, quien me presentó a Elena, pertenecían a la generación posterior de escritores mexicanos. En una entrevista el año pasado, Elena le dijo al entrevistador que ahora está en su etapa de adiós, su “período de despedida”. Aún así, no muestra signos de desaceleración. “Le prometí a cada uno de mis nietos que les dedicaría un libro”, me dijo. Tiene 10. Le pregunto cómo va el libro que está escribiendo ahora: una novela histórica sobre Poniatowski, la familia noble polaca de quien desciende. “Los editores lo quieren para ayer. Ha sido duro. No leo polaco, aunque soy polaca, así que he tenido que hacer toda mi investigación en francés. Pero ya casi termino”.

Antes de salir de su casa en Chimalistac, le pido a Elena que me firme unos libros que había comprado ese día. “Por supuesto”, responde. Le entrego los libros. Uno por uno, los abre en la página del título y comienza a firmar, primero la fecha, 29 de junio de 2019, haciendo una pausa para pensar. Cada dedicatoria es única. Mientras ella escribe, seguimos hablando:

—¿Qué libro te gustaría que traduzca ahora, Elena?

—Todos ellos.

—Pero si pudiera traducir solo uno.

—El que estoy terminando ahora.

En mi copia de la novela aún no traducida, La "Flor de Lis", Elena escribe: “¿Pero sabrás querido George, cuánto te quiero y admiro tus traducciones?”

Lo sé, Elena. Y espero que sepas cuánto te amo.

George Henson
Monterey, CA

Traducción de Guillermo Romero

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Elena Poniatowska in LALT
Número 11

En el undécimo número de Latin American Literature Today, destacamos una de las voces esenciales de las letras mexicanas, Elena Poniatowska, y rendimos homenaje a la inconfundible figura literaria del poeta chileno Enrique Lihn. También destacamos crónicas de Venezuela y México, literatura indígena escrita en las lenguas mayas de Guatemala, poemas de la renombrada escritora brasileña Hilda Hilst, y adelantos exclusivos de tres próximas publicaciones de libros en traducción de Silvina Ocampo, Johanny Vázquez Paz y Sergio Chejfec.

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Nota del Editor

Autora destacada: Elena Poniatowska

Dossier: Enrique Lihn

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