Palermo Freud

 

Foto: Sander Crombach, Unsplash.

Para Ivet Kamar

Mateo llegó a Buenos Aires a los diez años. Ya han pasado doce, y se convence cada vez más que desperuanizarse sí ha valido la pena. Sus evocaciones de la ciudad de Trujillo penden de un hilo muy delgado, a punto de romperse. Apenas recuerda a un par de amigos, algunas frases típicas que delatan origen, y si no fuera porque su padre es cocinero, el aroma filibustero de la cocina de la abuela, que algún día perfumó su niñez, se habría indignamente evaporado. Lo que para él es apatía, el cabrito con frijoles, el enigmático shambar y la escrupulosa sopa teóloga, para mí es puritita fascinación de comensal que jamás se castigaría con el ayuno. Como es el único que habla con marcado acento porteño –de alguna manera, el capital lingüístico que otorga prestigio en algunos círculos de la ciudad–, por decisión de la madre, Mateo atiende a la clientela del pequeño restaurante familiar, situado en la calle Guatemala, entre Scalabrini Ortiz y Malabia, en el mero corazón del oxigenante barrio de Palermo, mejor conocido por el alto porcentaje de clínicas de psicoanálisis, como Palermo Freud.

Cursó el último año de la primaria, toda la secundaria y preparatoria de modo itinerante en colegios de los barrios de Retiro, Recoleta y Palermo. Fue siempre un estudiante destacado en Historia y Matemáticas, extraña combinación. Hasta cierto punto, decidió apolillar un año.  En los intervalos de no hacer nada y vegetar frente al televisor viendo los partidos de River Plate, el club de su corazón, les dijo a sus padres que él administraría el restaurante antes de ingresar a la carrera universitaria. La responsabilidad le arrojaría el dinero suficiente para visitar las diamantinas playas de Cancún, en la península de Yucatán, uno de sus tantos anhelos. Sus padres asistieron a la universidad en Trujillo. Son educados y se les nota al hablar, rasgos del éxodo peruano de principios de siglo. Mateo ingresará a la carrera de administración hotelera en la Universidad de Buenos Aires (UBA), o algo que tenga que ver con el turismo. Es lo de hoy, dijo con acento recargado.

Para autosatisfacer el hondo amor propio que manifiesta por Argentina, observamos en Mateo el gusto de escucharse a sí mismo. Ese acento porteño con el que se comunica con mucha soltura y énfasis, lo tiene profundamente enamorado. Lo mismo le pasó al ex jugador de fútbol Hugo Sánchez, que jugó muchos años en el Real Madrid. Volver a México significaba para él rechazo y antipatía, por el seseo y el modo castizo de hablar.

Nos habíamos instalado recientemente en un pequeño estudio de la calle Malabia, al 2000. Una tormenta de granizo en Texas alteró nuestro itinerario, que si habría que describirla, tendríamos que haber echado mano de las hipérboles bíblicas más básicas del dramático Mateo, el de los Evangelios, quien redactó sus predicciones hace más de dos mil años. Pero luego de hacer una observación sobre la faz del continente, sus profecías adquieren una vigencia escalofriante. Especialmente, nos obliga a establecer analogías elementales. En alguna parte del libro sagrado profetizó que la mar se saldría de su centro, los cerros chocarían entre sí y las estrellas caerían del cielo como manzanas maduras, causando destrucción y muerte. El desastre político y económico es equiparable, incluso éste es más hondo por su larga sedimentación histórica, a los efectos causados por el calentamiento global y el cambio climático, a cargo de los jinetes apocalípticos más erráticos e impopulares del momento: Trump y Peña Nieto en América del Norte. Daniel Ortega en Centro América. Maduro, Macri y Temer en Sudamérica. A nadie en Latinoamérica le quita el sueño las catástrofes naturales tanto como los terremotos políticos. Con este panorama nada agradable llegamos dos días después a Buenos Aires a mitad de junio de 2017. Extrañamente, quedamos atónitos por un vaho tibio, pegajoso e incómodo que se nos enredaba en el cuello, poniéndonos de mal humor, en plena estación fría, como si nos hubiese recibido un auténtico invierno brasileño.

Al tiempo que desempacábamos las valijas, nos urgía mapear la zona cuanto antes. Sin estar familiarizados en esta parte del barrio, siempre nos habíamos movido por el rumbo del parque de Las Heras hacia Avenida del Libertador, pero no este sector que va de la avenida Santa Fe a la Avenida Córdoba, un radio inmenso: queríamos ubicar una buena carnicería, una verdulería a cargo de un boliviano, un chino de Beijing, o de donde fuese, pero que fuese chino y nos vendiera vinos de alta gama a precios razonables en tiempos de una inflación desorbitante; localizar a otro chino con una lavandería que nos quedara a tiro de piedra. También, coincidir con un chileno para discutir en una noche de copas. Discutir con un chileno es un deporte extremo y desafiante. Siempre tienen la razón. Seguidamente, procurar encontrar un buen restaurante donde pudiésemos alternar el menú local, comer ñoquis, humitas, locros y milanesas todos los días no era una opción razonable, ni para el paladar ni para la imaginación. Encontrar, finalmente, si no el mejor, el café que nos pudiera otorgar reposo al final del día: todo adicto al café sabe que llegado el momento a mitad de la taza, la vida necesita ser contemplada; y como por un efecto único y mágico, pasión de hombre elemental, el paisaje que miras empieza a flotar.

En la esquina  de Scalabrini Ortiz y Paraguay se ubica "Varela Varelita", uno de los cafés más emblemáticos no sólo del barrio sino de todo Buenos Aires, por la cantidad de escritores que asisten todas las noches para tertuliar hasta el cansancio. Es pequeño y siempre está lleno. Los escritores José Bianco y Héctor Libertella son los padres tutelares de "Varela Varelita". Se lee allí la broma que el propio Libertella le jugó a los dueños, hasta convertirse en unos de los mitos fundacionales del café: Les hizo creer que el whisky J&B se llamaba así por José Bianco. Por tal razón, cuando el cliente pide un vaso de esa bebida, el mesero grita: ¡marche un Pepe Bianco! El amigo nuestro Samuel Monder, filósofo por la Universidad de Berkeley, y nativo de Palermo Freud, se mostró interesado por la supuesta magia que habíamos percibido en ese particular ecosistema. Espero que siga siendo un café de mierda porque ahí radica su encanto, ser un café de mierda, nos dijo reiterativo.

Sin embargo, a pocas cuadras de allí, por la Avenida Santa Fe, avistamos lo que podría considerarse el epicentro y sistema nervioso del barrio. Un sex shop, por cuyo nombre no picaba la curiosidad. Los nombres de los negocios del barrio, por contraste, manifiestan verdaderas pinceladas de un ingenio en constante ebullición, en el que los publicistas echan mano de los personajes emblemáticos de la literatura mundial. Los de Flaubert, para las tiendas de cosméticos y joyerías; los de Oscar Wilde, para las tiendas de ropa unisex; y los de Balzac, para los bares y tabernas, donde miles de litros de cerveza artesanal fluyen por día, como el agua del Plata.  Entramos con la precaución de un monje que asiste a la audiencia del tribunal de la Santa Inquisición, acusado de herejía. La palabra Heréticus, nombre del sex shop, deriva del latín y significa “quiero”, “escojo”, “elijo”, nos explicó con sobrada solvencia intelectual el joven encargado. En seguida nos preguntó con tono antiséptico, poniéndose unos guantes de látex, si teníamos interés por algún juguetito; con gusto, podía explicarnos su función y propósito. Estos juguetitos pueden hacer hablar hasta un mudo, le dijimos como para establecer una proporción equilibrada ante el adiposo y apabullante conocimiento afrodisiaco que manifestaba con osadía ante nuestro silencio monacal. En la época de Cristina Fernández de Kirchner las ventas bajaron considerablemente. Con Macri, las ventas se han multiplicado hasta el mil por ciento, nos explicó después de establecer comparativos. ¿Cuál es el juguetito que tiene más demanda en el barrio?, le preguntamos con curiosidad contraria al yo elijo y yo quiero de la extravagante herejía porteña. El joven encargado nos mostró una descomunal cachiporra de ochenta centímetros de largo y diez de circunferencia, como para partir un coco de un solo golpe, a un precio de ganga: ocho mil pesos argentinos. Toda una fortuna.

Antes de marcharnos, tratamos de persuadir al joven ilustre sobre el nombre del negocio, a que repensara en uno que tuviera relación con los nombres de los cientos de negocios que abundan en el barrio, atractivos y simpáticos. ¿Qué se les ocurre?, nos preguntó. Tenemos tres, le dijimos: El primero es Moby Dick, aunque es demasiado academizante y egoísta, como podrás ver. Quizá algo más familiar te venga bien: ¿Qué te parece Emily Dick & Son? El último es como más paternalista para los tiempos que corren: William Fuck-Ner. Los anotó y nos dijo con la mano en alto, en señal de despedida: déjenme lo pienso.

Luego de explorar otros sectores del barrio por segunda vez, nos topamos accidentalmente en la esquina con Mateo, el trujillano. Asumió que nos habíamos perdido por nuestros movimientos vacilantes de no saber si tomar el norte o el sur en busca de un restaurante de comida no argentina que no nos defraudara.  Nos guió como un gaucho baqueano, de esos que no se pierden nunca y conocen todos los atajos del camino, al pequeño y acogedor restaurante familiar donde comimos una deliciosa sopa de gallina.

Que un peruano le llame “peruca” a otro peruano puede resultar pertinente, sin que levante el fleco de la incorreción política; de cierta manera, el sarcasmo se matiza o termina invalidándose. Pero si la expresión es dicha por un “no peruano”, como el dicho del presidente Roosevelt sobre un lacayo que tiranizó uno de los países centroamericanos –Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta–, nos ayuda a vislumbrar los rocosos rostros de la hostilidad y la intolerancia. Los procesos del desarraigo del propio origen, como le llamó Martín Heidegger, fortalecen la brusca contradicción que tiene que ver con la naturalización o desnaturalización del sujeto.

Fue una confesión. De lo contrario, el barrio de Palermo dejaría de ser lo que es, uno de los confesionarios psicoanalíticos urbanos más atractivos de Latinoamérica. Por lo mismo, en Buenos Aires se inventó el concepto refinado de ego con efectos continentales desde los tiempos de Facundo (de Sarmiento) a la fecha: unos muy buenos y otros muy malos. Lo afortunado es que en literatura, generalmente, casi todo es muy bueno. En esa vena confesional, revelando percepciones y sentimientos intensamente personales, a menudo dolorosos, la animadversión de Mateo tomó una dirección contraria a la del célebre personaje Pedro Camacho, de La tía Julia y el escribidor (1977), aunque los dos comparten un mismo sentimiento de enfado. Pedro Camacho odia a los argentinos por una probable razón básica, el supuesto abandono de su esposa, de origen argentino. Dice Camacho: “Toda Argentina está inundada de obras mías, envilecidas por plumíferos rioplatenses. ¿Se ha topado usted en la vida con argentinos? Cuando vea uno, cámbiese de vereda, porque la argentinidad, como el sarampión, es contagiosa”. Respecto de Mateo, su rencor y antipatía aún no está cuajado como para tipificarse como un sentimiento profundamente antiperuano, como el manifiesto por el escritor de radioteatros, Pedro Camacho. Sin embargo, Mateo nos narró un relato como evidencia de la generalización estereotipada de las que explota y se festina el cine estadounidense para representar y encarnar una minoría cultural dominante de la mano del personaje mexicano: pandillero como azote del barrio, envuelta la cabeza con un paliacate colorido, con un tatuaje de la virgen de Guadalupe en el brazo; vendedor esquinero de drogas blandas y opiáceos de todos tipos, o regenteador de puti-clubes de mala muerte en los barrios precarios de Los Ángeles, California: dijo que los perucas en Buenos Aires venden mercancía pirata (él dijo mercancía trucha); son poco trabajadores y, por lo mismo, poco confiables; trafican con cocaína adulterada (él dijo falopa adulterada), pero sobre todo, unos hombres con cuerpos cultivados en el gimnasio (él dijo patovicas súper mamados) entraron a su casa cuando la familia se encontraba de vacaciones en Trujillo, llevándose todo lo que pudiera ser vendible en el mercado negro, incluyendo el álbum fotográfico de Mateo y una colección de monedas antiguas, hábito que inició con un amiguito del secundario a quien le decía ruso por su origen judío.

Un psicoanalista de Palermo podría haber diagnosticado que tanto Mateo como Pedro Camacho, que es boliviano y peruano por adopción, poseen un espíritu tornadizo, con una idiosincrasia díscola, de carácter temerario, unos verdaderos neuróticos abatidos por una abrumadora melancolía andina, que les cae como una pesada losa sobre las espaldas.

Reclamar origen es de gente vieja, nos dijo Mateo con mezcla de fastidio y lucidez mientras nos servía una salsa hecha de rocoto, el ají más picoso del Perú. La imaginación es la forma creativa y más efectiva para organizar la experiencia, le dijimos nosotros. Ahí tenemos los radioteatros que Pedro Camacho escribía con la compulsión de alguien que padece el síndrome de la hipergrafía (“Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme que escribo”). Al inicio, su antiargentinismo gozó de relativo éxito; después, se convirtió en un mamarracho. El concepto antiargentino, antiperuano, antimexicano, etcétera, todo mundo sabe eso, es una construcción social, imaginaria, y no biológica, pero biologiza el pensamiento social: el racismo no se basa en el conocimiento del otro, sino más bien en la ignorancia acerca del mismo.

Más que afortunados, honrados por la madre naturaleza, el cielo se encapotó y de inmediato empezó a llover. La precipitación enmarcó poéticamente el momento. Para coronar esa sensación se me ocurrió decir que veíamos llover en Patagonia. Sentimos un alivio momentáneo. Anhelábamos un cambio radical en la temperatura. Le pedimos de favor a Mateo que cerrara la puerta. La lluvia al caer nos salpica, le dijimos frotándonos las manos para secarnos y espantar el frío. No es necesario mojarse para saber que llueve, nos respondió con una leve sonrisa en el rostro, impostada, claro está, para fingir que esa frase de alto impacto la podría haber expresado con naturalidad cualquier cliente suyo para pedir unas extraordinarias papas a la huancaína. Nos dio absolutamente lo mismo si la tomó en préstamo de un libro recién leído o si puso sus oídos al viento para pillarla de alguien que sí sabe de qué se trata la vida. Es eso lo que hacemos todos sin excepción: somos seres insaciables, fagocitamos todo desde que nacemos hasta que nos morimos. Pero el muy cabrón adivinó que nosotros, de inmediato, sacaríamos una lapicera para escribir ese brioso aforismo que había expresado con la velocidad del rayo, y con ello nos dejó en claro que la charla freudiana había concluido.

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LALT No. 6
Número 6

LALT No. 6 va de las fascinantes historias reales del periodismo literario a los mundos extraños del cuento fantástico y la literatura gráfica. Destacamos las crónicas del periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos, la ficción especulativa en un dossier seleccionado por Alberto Chimal, y la poesía y prosa escritas en idioma maya yucateco en nuestra serie continua de literaturas indígenas.

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Autor destacado: Alberto Salcedo Ramos

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