Eduardo Halfon: Identidad en construcción: Una conversación con Aurelio Auseré Abarca y Luis Miguel Estrada Orozco

 

Eduardo Halfon, escritor guatemalteco.

El escritor Eduardo Halfon (Guatemala, 1971) fue el invitado principal de la 37th Conference of Romance Languages and Literatures en la Universidad de Cincinnati, de la que los entrevistadores fuimos coorganizadores. A raíz de dos días de nutridas conversaciones surgieron estas preguntas que oscilan, indiscriminadamente, sobre diversos asuntos presentes a lo largo de la obra del autor.

A los diez años, un todavía imberbe Halfon se exilió junto a su familia en Florida huyendo de la violencia e inseguridad política que tiñeron al país centroamericano durante el periodo de guerra civil. Tras formarse como ingeniero regresó a su país natal acuciado por una crisis identitaria. La necesidad de reencontrarse con sus orígenes le llevó a matricularse en la facultad de Filosofía y Letras, motivo que desencadenó su descubrimiento, relativamente tardío, de la lectura y de su pasión por la escritura. Años después y ya convertido en escritor, Halfon se trasladó a Matute, una pequeña localidad de La Rioja, en España; país donde ha publicado gran parte de su obra en editoriales minoritarias y muy minimalistas como Pre-Textos, Libros del Asteroide y Jekyll & Jill. Siguiendo con la inquietud cosmopolita característica del escritor hispanoamericano y de sus ancestros judíos, Halfon continua con esta tradición errante y tras una breve estancia en la ciudad de Nueva York, en la actualidad reside en el estado norteamericano de Nebraska.

Todos estos condicionantes constituyen el núcleo original de la obra del autor en una constante búsqueda de su identidad.

Luis Miguel Estrada Orozco: Eduardo, tu obra se mueve entre lo biográfico y la ficción creando cierta incertidumbre en su recepción. ¿Qué efecto intentas conseguir en el lector de tu obra?

Eduardo Halfon: En el momento en que yo nombro a mi personaje Eduardo Halfon invito al lector a dudar, a ser partícipe de una lectura, a no leer pasivamente… No sé por qué lo hago. Tengo diferentes ideas de por qué lo hago. Siempre lo he hecho así desde Saturno (2003), mi primer libro. Se trata de una carta en primera persona escrita a un padre, que se parece mucho a mi padre, escrita o narrada por un narrador que se parece mucho a mí, pero que se queda sin nombre, no le pongo nombre todavía. Es un reproche, es un llanto de un hijo a un padre. Tiene un narrador que está obsesionado con escritores suicidas y la historia de cada uno de ellos con sus padres, acercándose él poco a poco a su propio suicidio. Se está enloqueciendo en lo que va del texto. Cuando lo publiqué no me esperaba una reacción tan visceral de los lectores, en todo sentido. Tampoco esperaba una lectura tan literal, “Halfon necesita ayuda”. Se publicó una reseña en Guatemala “Ayudemos a Halfon”, porque creían que yo era el narrador. Y dije: “Qué cosa más genial” [ríe] “Qué cosa más genial que el lector se trague el texto”. Yo lo había escrito como una carta ficticia basándola en hechos reales, pero ficción en última instancia. Entonces a partir de mi siguiente libro ya le doy mi nombre a mi narrador y entro de lleno en el juego.

L.M.E.O: Es curioso porque el crítico o el lector especializado, aquel que debería de estar más capacitado por su preparación para leer estas líneas divisorias, es el primero en caer en el engaño o entrar al juego.

E.H.: Lo que pasó es que sentí que convertía a mi lector en un niño que se mete al juego y no lo cuestiona. Fíjate bien lo que pasó: Yo escribo un libro y pongo “ficción” y tú lo compras como novela. Firmamos un contrato tú y yo. “Esto es una ficción”. Tú aceptas, yo la vendo y tú la compras. En algún momento dado de todos mis libros, el lector olvida ese contrato. Este Halfon del que leo es ese Halfon que escribe y todo esto es absolutamente real. La lectura entonces se vuelve distinta. Algo pasa en el lector que se la cree. ¿Por qué? Lo que yo quiero en última instancia no es darte una idea o una imagen o una política, sino una emoción. Quiero compartir con el lector lo que yo siento, que ambos sintamos esto. Y la única manera que yo conozco para darle al lector una emoción es valiéndome de todos estos trucos, de todos los trucos que tengo a mi alcance como escritor para crear en ti o recrear en ti como lector esa emoción. Nombrar a mi narrador EH es un truco. No es nada más que eso. Es ponerle un disfraz biográfico a un narrador “x” que se pudo haber llamado Juan. Pero darle mi nombre y darle mis datos algo crea en el lector que me parece muy interesante.

Aurelio Auseré Abarca: ¿Hay una evolución continua en el personaje de “Eduardo”? ¿O realmente se mantiene la misma distancia entre autor y personaje?

E.H.: Creo que es un vaivén. Hay textos en donde se me aleja más y empieza a funcionar muy distinto a mí. En otros, se me acerca. Es muy difícil explicar esto. Te doy una idea que me gusta para explicarlo: cómo lo hago. No sé por qué lo hago, pero sé cómo lo hago. Todo texto que yo he escrito empieza con algo muy cercano a mi realidad. En Monasterio (2014), elegí la boda de mi hermana. Esas primeras páginas en que los dos hermanos llegan a Israel las escribí y luego las engaveté durante años porque no sabía qué iba a pasar. No sabía adonde iba la historia hasta que entendí que no era una historia sobre una boda. Yo también pensé, como cualquier lector que se acerque al libro, que era sobre la boda de la hermana. Pero la boda nunca llega, porque no es sobre la boda ni sobre la hermana. Entonces, todo texto empieza muy cercano, pero luego, esa emoción que intento comunicar al lector no funciona solamente con mi realidad. El efecto que busco no podría lograrlo tan sólo escribiendo sobre una boda en Israel. Necesito volar de alguna manera. Irme de ese espacio a otro espacio. Y para eso está ese otro Halfon. Me ayuda a alejarme de este Halfon. Él fuma, vuela bien, yo vuelo mal, ya no tengo que explicarle esto. Él es intrépido…

L.M.E.O.: Este otro Halfon que hace los viajes es el mismo que traiciona las expectativas del lector. Uno piensa que va a una boda y la boda no aparece por ningún lado. Es un traidor constante.

E.H.: Decepciona. Él me decepciona a mí también.

L.M.E.O: Y pasa en varios sitios. En el libro Signor Hoffman (2015), cuando va a buscar el apartamento donde vivía su abuelo en Lodz, encuentra un apartamento sin gracia donde vive una vieja actriz porno. En varias ocasiones hace creer al lector que va a acudir a algo sublime o que va a encontrar un sitio importante para la historia de su familia, pero nunca pasa. En cierto modo, cuando viaja a los sitios importantes para su pasado, la memoria acaba derrotada de alguna manera. No hay nada épico en lo que se encuentra.

E.H.: Siempre son búsquedas fracasadas en mis libros. O una búsqueda fracasada en la intención original. No encuentra lo que espera en el apartamento, no llega a la boda de la hermana… esa intención original se cae, pero surge otra cosa. Encuentra algo más, algo que no estaba buscando o que no sabía que estaba buscando. Yo veo todo este periplo de mi personaje Halfon a través de los libros que he escrito como una especia de quest. No tenemos palabra para quest en español. “Búsqueda” queda algo corto, porque quest implica la indagación interna. Mi personaje está buscando entender algo de sí mismo. Esto es lo que intuyo: algo busca de sí mismo y así va por el mundo, tratando de dar con algo que siempre se le escapa. Creo que si lo llega a encontrar tal vez se detenga. Tal vez ese sería el final del periplo. O que se muera. O que yo me muera, es decir, que me mate él a mí. Esos son los únicos tres finales posibles para una búsqueda, una quest, de esa especie. Y no creas, he pensado matar al tipo.

A.A.A.: En tu primera novela ese personaje ya existe de algún modo. ¿Matarlo podría ser un arma de doble filo como escritor?

E.H.: No estaría mal. No estoy en completo desacuerdo con hacer eso cuando llegue el momento de parar. Y llegará. No sé cuándo, pero en algún momento tengo que parar. Y callar. No sé cuándo llegará el momento, pero espero poderlo detectar.

L.M.E.O.: Hablamos antes de este tipo de búsquedas que hace tu personaje en los periplos que tienen que ver con su familia. Pero también entra con cierta frecuencia en tu narrativa el mundo indígena de Guatemala.

E.H.: Yo diría el mundo de la identidad guatemalteca, que es tan compleja. Igual que el mundo judío. Es una capa más de mi identidad esa capa guatemalteca. Pero decir “guatemalteco” no basta como tampoco basta decir “judío”. ¿Qué tipo de judío? ¿judío ortodoxo, judío laico, judío askenazí o sefardí? Pero es igual cuando dices guatemalteco, ¿qué guatemalteco? El guatemalteco de cierta clase social y capitalino es un tipo, del cual vengo. Pero también está el guatemalteco indígena, que es el 80% del país y al cual me acerco a veces. Como Juan Kalel, en El boxeador polaco (2008). Ese cuento me gusta tanto por la inversión que se da entre alumno y maestro. Kalel se vuelve aquél que guía al que era su profesor hacia otra Guatemala, la Guatemala rural e indígena adonde mi narrador Eduardo Halfon lo va a buscar. Por eso el título es “Lejanía”, la distancia que existe entre esas dos Guatemalas y la necesidad de Juan Kalel para guiar al profesor en un mundo que le es desconocido y donde se siente inseguro. Del mismo modo que Juan Kalel se siente en la vida universitaria en la capital. Son dos mundos en el que cada cual es un extranjero en el territorio del otro. Aunque estén dentro del mismo país y literalmente a kilómetros de distancia que se pueden hacer en automóvil. En una hora pasas de un mundo al otro. Al igual que en el cuento de los cafetaleros en Signor Hoffman. Es un cuento curioso porque lo escribí para el BID (Banco Interamericano de Desarrollo). Me contrataron para ir a convivir con la cafetalera que aparece en el cuento.

A.A.A.: En Monasterio muestras una escena cargada de erotismo en la que Tamara y Eduardo juguetean en una playa del Mar Muerto mientras hablan del muro que separa Palestina de Israel y de la identidad judía.

E.H.: Es el momento más solemne de la novela. Cuando algo está sucediendo en términos literarios, políticos, todo se junta ahí a la orilla del Mar Muerto y de repente empiezo a jugar con lo erótico al mismo tiempo. Pero hago lo mismo con lo cómico. El sentido del humor a mí se me sale en el peor momento. En el momento en que hay mayor tensión tiendo a recurrir a él. Es como una válvula. Y veo el erotismo igual. Es una válvula de escape, es casi una yuxtaposición entre dos cosas aparentemente opuestas como es hablar de la salvación con Tamara y estar al mismo tiempo jugando con su pierna.

A.A.A.: Ahí el personaje de Eduardo busca justificarse de sus ideas políticas, mientras ocurre todo esto.

E.H.: Ella está confrontándolo. Le está pidiendo cuentas.

A.A.A.: Y él comienza a contarle historias sobre personajes judíos que encubrieron su identidad. Ahí surge la historia que le da título al libro. Y también el sueño del avión.

E.H.: Que son todos acerca de negar la identidad en parte. En ese sueño del avión unos terroristas secuestran un vuelo y alguien le apunta con un arma a ese Eduardo Halfon a la cara y le dice “Eres judío”. Él dice que no es judío sino árabe y trata de hablar árabe. Dice algunas palabras que le vienen de la infancia, de la comida que cocinaba mi abuela, que era judía, pero había crecido en países árabes. Ahí yo entendí finalmente de qué iba Monasterio. Era un sueño recurrente que yo había tenido mucho. ¿Qué pasaría si yo tengo que enfrentar una situación así? ¿Estaría dispuesto a negar esa parte que forma mi identidad para salvarme? ¿Qué hubiera hecho yo durante el Holocausto? ¿Niego mi judaísmo con tal de salvarme o no? Me parece una gran pregunta.

L.M.E.O.: Y es el tono de los personajes a los que recurre el narrador cuando habla con Tamara. No sólo niegan su identidad, sino que asumen otra. No se puede ser alguien sin identidad. Una negación implícitamente necesita de la aceptación de otra identidad.

E.H.: En Signor Hoffman pasa algo similar. Invitan al narrador a dar una ponencia sobre el Holocausto en Italia, pero el maestro de ceremonias no puede pronunciar “Halfon” o le suena extraño y se dirige al narrador como “Signor Hoffman”. El narrador termina aceptando el equívoco y se presenta como Hoffman cuando se da cuenta de que nadie entiende su apellido. Puesto que se está quedando sin identidad porque nadie puede reconocerlo a través de su nombre, asume ese equívoco, él es Hoffman para ellos. No te puedes quedar sin estas capas identitarias. Y si no las tienes las inventas.

L.M.E.O: Esto acaba resultando en una búsqueda del punto medio entre lo que el otro espera de ti y tu expectativa del otro. Los nombres son importantes en Signor Hoffman, por ejemplo, cuando cuentas cómo el escritor y músico E.T.A. Hoffman estaba encargado de asentar oficialmente los nombres de los judíos en Polonia. Él les daba el nombre con el que iban a ser conocidos. Nos preguntábamos si era una historia verdadera o no, pero al final parece que no importa tanto porque su simbolismo es lo que en verdad es relevante.

E.H.: Mi editor alemán me llamó cuando leyó esa escena. Me dijo “Esto no puede ser”, le dije que había sido así y le envié la referencia en su biografía para que lo confirmara. E.T.A. Hoffman trabajó para el ejército prusiano nombrando judíos.

L.M.E.O.: Ahí vuelve a entrar la yuxtaposición de lo solemne con lo trivial. Les pone los nombres dependiendo del humor que tenga…

E.H.: Depende de lo que se le ocurra si viene de la misa, si viene de comer, si viene de tomar una copa… Es un nombre que te va a definir de por vida, pero no sólo a ti sino a tu familia. Cuando antes de que empezáramos la entrevista me preguntabas sobre el origen de mi apellido “Halfon”, te contaba que un señor de migración de Nueva York, en Ellis Island, transgredió mi identidad con un plumazo porque cortó la mitad del apellido de mi abuelo. Mi nombre es un equívoco. Todos nuestros nombres vienen de un invento, de un toponímico, de cualquier cosa. Piensa en los apellidos en español. La familia riojana de mi esposa son todos apellidos de lugares: Fuentes, Corral… que posiblemente eran judíos. Porque cuando se trata de este tipo de apellidos o de toponímicos, se trataba de judíos conversos que tomaban el nombre de lo que estuviera más cercano y se lo ponían. Poco a poco me interesa más y más el tema del nombre. En mi nuevo libro aún continúa desarrollándose. Hay algo que me interesa mucho. Y es evidente que en Signor Hoffman es uno de los temas centrales. No se titulaba así el libro. Se titulaba “Hasta que el amor a todos nos mate”, que es la última frase del cuento. Pero me dijo mi editora francesa: “Esto es altisonante, esto no es Halfon”, además en francés usar la palabra “amor” no es tan bien recibido. Pero en su primera iteración, en la Revista Ñ, salió publicado bajo ese título largo.

A.A.A.: Antes de terminar, me gustaría preguntarte acerca de tu pasada estancia en España, en la Rioja, en concreto. Cuando tú llegaste y eras un escritor nuevo que venía de Guatemala, ¿cómo fue tu inmersión en el círculo de escritores españoles o hispanoamericanos por aquel entonces afincados en España?

E.H.: En la Rioja yo llegué como el esposo de la riojana. No llegué como escritor. Pero rápido, una amiga de la familia de mi esposa me presentó al que resultaría ser mi editor riojano. Me publicó dos libros Clases de dibujo y Clases de hebreo. Están publicados en La Rioja. Son dos libros muy breves. Lo conocí la primera semana y de inmediato me metió al mundo literario riojano. Empecé a juntarme con ellos, muchos poetas. Tienen un festival y participé en ese festival. Fue muy fácil, muy orgánica mi entrada al mundo literario riojano. Y la mantengo. Ahora sale en unas semanas el tercer Clases…, un libro nuevo de cuentos que se llama Clases de chapín, que es como se les dice a los guatemaltecos. Es el tercer volumen, aunque contiene los dos anteriores. Los colegas latinoamericanos, que eran muchos, estaban la mayoría en Madrid y Barcelona. Si hubiera llegado a cualquiera de ellas, habría entrado en contacto más rápido con ellos. Pero de todos modos fue rápido. Te hermana el hecho de ser latinoamericano en España. Sientes que estás con los tuyos. Me sentía muy “latinoamericano” cuando estaba con ellos. Mucho más “latinoamericano” que “guatemalteco”, nos unía más el hecho de ser escritores latinoamericanos viviendo en España. Como tener soldados de tu tropa.

A.A.A: ¿Se te ha ocurrido incluir alguna vez a España o a Estados Unidos en tus novelas? Porque son partes de tu vida también…

E.H.: No es que se me ocurra, es que va a suceder. Escribí mucho en La Rioja, pero no escribí sobre La Rioja. Y sobre Estados Unidos, sí claro; está en mi nueva novela y es fuerte. Parte de esa nueva novela, Duelo (2017), es mi infancia en Estados Unidos, que es cuando el niño se empieza a dar cuenta de que su tío no murió ahogado. Yo me fui enterando por algunos descubrimientos que esa historia era falsa. Y eso sucede estando en la Florida. Entonces recreo esos momentos de despertar ante la muerte de este señor.

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Número 6

LALT No. 6 va de las fascinantes historias reales del periodismo literario a los mundos extraños del cuento fantástico y la literatura gráfica. Destacamos las crónicas del periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos, la ficción especulativa en un dossier seleccionado por Alberto Chimal, y la poesía y prosa escritas en idioma maya yucateco en nuestra serie continua de literaturas indígenas.

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