Doctor AN

 

Foto: Unsplash.

A James Tiptree Jr.

El doctor An salió por la madrugada en un jipu rumbo al helipuerto de la base militar en el Perímetro. Durmió poco esa noche. Una misión secreta lo llevaría a lo largo del día por las principales ciudades de Iris, para hablar de sus descubrimientos a oficiales superiores y a un grupo escogido de científicos de SaintRei. Tosió sin parar durante el recorrido al helipuerto. La conductora del jipu comentó: es la época del año. Él sacó un spray diminuto para aclararse la garganta.

El piloto del heliavión vio subir al doctor An e hizo un gesto a los técnicos en tierra de que estaba listo para despegar. Una vez en el aire los pensamientos del piloto se dirigieron a lo ocurrido la noche anterior. Se había acostado por primera vez con una irisina. Una de las traductoras de la base lo había invitado a su casa en las afueras del Perímetro. Tuvo que moverse con cautela para que sus brodis no se enteraran. Un par de horas maravillosas.

Solo entonces se percató de que el doctor An le hablaba. El aire estaba muy frío, que lo subiera un poco. El doctor tosió y al poco rato estaba dormido.

Cuando el doctor An llegó a Megara, cuarenta y cinco minutos después, la shan que lo había llevado por la madrugada era admitida en el hospital. Conducía el jipu por la ciudad cuando un hilillo de sangre salió por su boca. Se sintió envuelta por una nube tóxica que le cubría el bodi y le recordaba todas sus cicatrices, las que tenía y las que vendrían: la palma de la mano derecha le ardió y recuperó el mordisco de un bulldog a los seis años, allá en un pueblo del hinterland de Munro; crujió su rodilla izquierda y regresó a ella la rotura del ligamento cruzado a los quince años, mientras jugaba fut21 en su distrito; hubo un dolor punzante en la cavidad abdominal y supo que una hernia inguinal estaba prevista en su futuro. Quiso recuperar el aliento, pero se acercaban cosas extrañas. Extrañísimas. Paró el jipu y el shan que la acompañaba la escuchó gritar que una nave se acababa de posar frente a ellos en medio de la avenida y que de ella descendían cuarenta y nueve aliens de piel verde y máscaras de astronauta. No dejes que me lleven, imploró mientras trataba de arrancarse el uniforme. No dejes que, dijo y se desvaneció contra el volante; sus manos temblaban. El shan la movió a los asientos de atrás y condujo velozmente rumbo al Perímetro, preguntándose por qué cuarenta y nueve y no cincuenta.

La reunión en Megara se llevó a cabo en una sala de la base militar. El doctor An era conocido por su falta de carisma; cuando se dirigía a la gente nunca miraba a los ojos, poseído por una timidez insuperable. Sentado en una mesa redonda frente a oficiales y científicos, en una sala en el octavo piso, se puso a mirar el vuelo de los lánsès a través de la ventana y dijo, con voz apenas audible, que el próximo mes esas aves estarían en África, kilómetros y kilómetros de pequeños aleteos que darían lugar a un gran cambio. Uno de los asistentes lo notó más inquieto que de costumbre. Era amigo de una mujer que durante un tiempo se había acostado con el doctor. La mujer había hecho correr el rumor de que tenía costumbres extrañas como la de dormir en el piso de mármol de su pod y rezarle todas las noches durante una hora a un dios irisino que pregonaba las virtudes del karma. Eso alimentaba su leyenda. Pero nada la alimentaba más que su trabajo.

Muy terco, le había contado la mujer. Y fokin brillante, di. Como si un concepto, una cosa a veces muy simple pa nos lo detuviera, como si no pudiera seguir sin explorar su complejidad. Al principio pensé q’era denso. Me equivocaba. La capacidad pa la maravilla ante cosas q’el mundo acepta como normales suele ocurrir nuna mente superior. Probó ser dotro nivel cuando descubrió esos efectos inesperados de la conversión de la serotonina. Una pena que SaintRei le haya prohibido continuar. Den llega la contraorden y le encargan un proyecto más arriesgado, quién los entiende. Curioso que ideas radicales salgan de alguien tan conservador. Un defensor del statuquo. Le costaba darle la mano a los irisinos. Cuando estaban en su presencia hacía como si no existieran. Las mujeres tampoco a su nivel, di. En realidad fui un fantasma pa él. En su pod holos de la doctora Held, una compañera de equipo que tuvo, te acuerdas, famosa por sus métodos poco ortodoxos, como inyectarse ella misma las sustancias que den probaba en los shanz. No hablaba della mas entendí que su muerte lo había golpeado y estaba dispuesto a seguir con sus investigaciones. Entendí q’era ella la verdaderamente fascinada con cultos irisinos y transmigraciones y karmas. No sé si él creía, a ratos sospechaba q’él quería creer en homenaje a ella. Una forma de preservarla.

(Si el doctor An hubiera escuchado la conversación les habría dicho que se quedaban cortos al hablar de la doctora Held. Todos se quedaban cortos al hablar de ella, la doctora Miel, ése era su apodo, miel miel miel, tan guapa con ese cráneo brillante, un óvalo perfecto. Si le hubieran preguntado qué había en ella que no era suficiente para las palabras, él habría respondido, asumiendo los límites de cualquier historia que se contara sobre ella, recordando la vez en que ella apareció en una reunión con su equipo, una reunión en la que participaba el doctor An, y se metió a la boca un compuesto que acababan de procesar, tan poderoso que no había voluntarios para probarlo. Un compuesto que debía abducir el cerebro de quienes lo probaban y convertirlos en planta. El doctor An vio cómo se transformaba el rostro de la doctora Held, como si los músculos se hubieran soltado y los ojos se derramaran sobre sí mismos, y se enamoró de ella. Quiso seguirla, y probó el compuesto. Ver el mundo con los ojos de las plantas le había cambiado la vida. A veces charlaba con los arbustos en los jardines del lab. Se molestaba con los que pisaban el césped. Esa primera vez también había podido dialogar con la doctora Held, perdida ella como él en el nebuloso mundo de las plantas. Eran plantas de río, raíces subterráneas en las musgosas Aguas del Fin en el valle de Malhado, y se comunicaban su soledad. El doctor An se acostó poco después con la doctora Held. Fue al día siguiente a que la amenazaran con suspenderla por los riesgos innecesarios que tomaba. Todas las veces que se acostó con ella, los dos eran plantas acuáticas. Se sentía bien estar ahí, meciéndose en la placidez del agua, aunque a veces, cuando no la encontraba, la angustia lo mordía y él pensaba que era el único habitante de un planeta desierto. Doctora Held, doctorita, docdocdoc, susurraba, y no había respuesta. Doctora Held, nos vemos nel otro mundo, decía, pero luego ella aparecía y le tocaba las manos frías, era una planta carnívora decía, eres mío mío, y luego insistía en que no había otro mundo, todo todo es neste).

Durante la reunión en Megara, el doctor An se explicó con conceptos que solo otros científicos podrían entender. Aparecieron diagramas químicos en el holo en el centro de la mesa. Un ingeniero molecular que había trabajado antes con él intentó traducir esas fórmulas a un lenguaje más inteligible para los oficiales, pero el doctor lo cortó y le dijo que podía hacerlo después de que se fuera. An tosió y se llevó el inhalador a la boca y el ingeniero bromeó:

Cuidado con contagiarnos la gripe.

Ya quisiera, dijo An, y a nadie le gustó la respuesta.

El ingeniero tradujo apenas se fue el doctor: su equipo había logrado crear un arma química potentísima, dijo con voz quebrada por la emoción. El gas tenía un compuesto similar al prohibido MDPV. El doctor An había encontrado cómo usarlo de manera que fuera efectivo. Producía visiones lisérgicas aterradoras: el afectado podía sentir que estaba luchando consigo mismo, que una legión de clones lo rodeaba y quería su muerte. Visiones tan intolerables que el afectado buscaba el suicidio para escapar de ellas. Si tenía un riflarpón a mano, se disparaba o intentaba cortarse. Podía saltar de la parte más alta de un edificio, intentar ahogarse en un río. El gas no dejaba rastros, dato fundamental porque Munro había prohibido cualquier tipo de arma química en Iris. El pasado los condenaba. Los levantamientos irisinos debían ser aplastados con armas tradicionales.    

Munro se dará cuenta, dijo uno de los oficiales. Imposible que un gas así no deje pistas.

Palabra de An, dijo el ingeniero. Confío en él. Por eso su equipo tardó tantos años.

Su lab tiene fama de maloso, dijo otro oficial. Han habido muertes no explicadas.

La que le dio malafama fue la doctora Held, dijo el ingeniero. Murió en su ley y punto. Eso se acabó.

(No se acabó nada, hubiera dicho el doctor An de haber escuchado la conversación. Fue la doctora Held la que nos puso en la pista. Los dioses irisinos le habían enseñado cuál era nosa misión verdadera. Larga vida a ella).

Dos oficiales prorrumpieron en aplausos y otros los siguieron.

El heliavión llegaba a Kondra en el preciso momento en que, camino a su lab, el ingeniero molecular creyó ver que un jipu se le acercaba y le pedía detenerse. Se detuvo y puso una de sus manos en la frente, para cubrirse del sol y ver a los ocupantes del jipu. De pronto apareció otro jipu detrás del primero. Luego otro por la derecha, uno por la izquierda, y dos detrás de él. Los jipus se fueron multiplicando hasta convertirse en una flotilla que bloqueaba las calles de los alrededores; alcanzó a contar veinticinco.

De los jipus descendieron shanz con pústulas en la cara, cuellos largos y labios leporinos. Shanz con largos colmillos y dedos de uñas retorcidas.

El ingeniero se quedó sin aire en el estómago. Tosió, y cayeron gotas de sangre.

La conductora del jipu internada en el hospital de Iris había fallecido. Sus órganos internos parecían haber explotado. Uno de los doctores le dijo a un oficial en el Perímetro que se trataba de un caso extraño, que antes de cremar el bodi debía hacerse una investigación. El oficial asintió.

El heliavión que llevó al doctor An a Kondra no era conducido por el mismo piloto que partió de Iris. El piloto original se había sentido indispuesto y se quedó en la base áerea de Megara. Estaba sentado en un banco en una sala, pálido, esperando que llegaran los médicos, cuando sintió arcadas. Quiso controlarlas pero no pudo. Algo que no era líquido salía incontenible por su garganta. El piloto vio que su boca expulsaba enormes zhizes de bodi azulado y ojos saltones, y gritó despavorido. Se rasguñó la cara y se sacó el uniforme como si le quemara. Se puso a correr desnudo por uno de los pasillos de la base, perseguido por dos shanz. Uno de ellos le disparó con un dardo tranquilizador que lo tiró al piso. Al rato, dormía. Un hilillo de sangre manaba por sus labios.

En Kondra, un grupo de científicos esperaba con ansias al doctor An. Antes de que se iniciara la reunión se acercaron a saludarlo, con el respeto acordado a alguien de su nivel, capaz de iluminar una sala con su presencia. Su cansancio era evidente y también su nerviosismo; no se entendía, el doctor era torpe y retraído pero también se conocía su serenidad en situaciones de alta tensión. Además, estaban las bromas tontas. Dos científicos le escucharon decir que una sustancia muy activa se había perdido hacía un par de días en su lab. Con eso no se jugaba en una base militar.

Uno de los biólogos le dijo que, a pesar de la admiración que le tenía, no estaba de acuerdo con el último proyecto, y lo acusó de manufacturar armas para una guerra química.

Guerra lisérgica, querrá decir, dijo el doctor An.

Es lo mismo, el biólogo pestañeaba como aquejado por un tic. Los irisinos serán las víctimas y no se preocuparán por su nombre exacto.

Hay que ser preciso. Mas nel fondo es cierto lo que dice.

El biólogo no supo qué decir. Estaba preparado para discutir, no para que el doctor le dijera que tenía razón.

Alguien quiso hablar de aplicaciones industriales, pero el doctor An rió.

La única aplicación posible es la militar, dijo.

Sus palabras se perdían entre sus dientes, los científicos debían aguzar el oído para escucharlo. An inició un discurso atropellado sobre la evolución y dijo que su curso estaba equivocado.

Las cicadas y los grillos cantaban y nau ya no. Se han adaptado por nos, pa esconderse de nos. Un ejemplo tonto, que podemos multiplicar a todos los niveles. Somos capaces desto. Ni qué decir de lo que hacemos entre humanitos y con los que no creemos que son como nos. Ya no sé si una raza superior nel futuro podrá corregirnos. Yo confiaba nel karma. Si lo hacía bien nesta vida volvería en la siguiente como algo mejor, más avanzado. El premio a mis sacrificios. Mas luego tuve una revelación gracias a ti, doctora Miel. El karma solo ocurre nesta vida. Lo que viene después no importa. Ni siquiera volver a encontrarme contigo. Ya vivimos lo vivido. Suficiente. Merecemos este castigo. Merecemos desaparecer. Querían que nos encargáramos de los irisinos. Por qué, si ellos nos han dado estos dioses. Nos han enseñado a usar plantas mágicas. De gente con estos dioses y plantas solo podemos aprender. No queremos irnos de su isla y dejarlos tranquilos. Por eso, la doctora Miel y yo ayudaremos a que algún día nos esfumemos todos los que formamos parte desta misión.

Uno de los científicos pensó que quizás el doctor An estaba borracho.

El doctor continuó hablando acerca de su trabajo para convertir drogas estimulantes en alucinógenos. Su equipo había logrado sintetizar un compuesto mucho más potente que la efedrona, el MDVP-2, que ellos llamaban Miel. Si el MDVP era diez veces más fuerte que la cocaína, el MDVP-2 o Miel era más de veinte veces más fuerte. Describió sus efectos con sequedad, en cuatro frases, y pocos le entendieron. Uno de los científicos se animó a dar ejemplos más ilustrativos.

Imaginen, dijo, que su cerebro es un lavabo y duna pila gotea agua sin parar. Esas gotas de agua son dopamina y ese noso estado natural, dis. Con las metanfetaminas lo que hacemos es abrir la pila al máximo. Con la coca, ponemos un tapón pa q’el agua se quede nel lavabo. Con el MDPV-2, o Miel, hacemos las dos cosas al mismo tiempo. El resultado es que la droga inunda el cerebro y los efectos no se pasan. El afectado puede morir en minutos o en cinco, diez días.

El doctor An lo miró como envidiando su capacidad didáctica. Añadió que los animales podían recuperarse en un noventa por ciento pero los seres humanos sufrían los peores efectos; nadie sobrevivía más de tres semanas. La Miel era viable en cualquier medio ambiente y se desplegaba con soltura por el aire. El promedio de contagio era altísimo.

Un oficial hizo una pregunta. El doctor An le pidió que la repitiera. Sacó el spray y apenas lo vio uno de los científicos se puso a correr buscando la puerta. Una silla cayó, otro científico saltó sobre ella y salió de la sala. An seguía hablando, como si no ocurriera nada a su alrededor. El biólogo se llevó la mano a la nariz y descubrió gotas de sangre; un oficial sintió que sus dedos le quemaban y vio que el doctor An se convertía en un monstruo con brazos en forma de tentáculos y piel transparente —pudo ver su corazón.

No hay forma de defenderse, dijo el doctor. Muy mal lo que he hecho. Se lo advertí a los oficiales cuando me pidieron que me encargara del proyecto. Todos estamos equivocados y el karma nos llegará. Mas por suerte se termina.

An se dirigió hacia la puerta cuando dos oficiales lo encañonaron. No trató de resistirse. Los oficiales tenían miedo de acercársele y obligaron a un shan a esposarlo. Se puso a murmurar algo acerca de las rutas migratorias de los lánsès. Dijo que era imposible contener algo dentro de los confines de Iris. Todo se iba Afuera. Su voz estaba ronca.

Cerró los ojos como si se dispusiera a dormir. Gotas de sangre salieron por sus oídos. El sudor apareció en la frente, marcas de una fiebre descontrolada.

Caliente caliente, murmuró, hasta que veas las heridas. Mas tú no morirás, Miel. No dejaré que te mueras. El karma nos toca a todos nesta vida mas no a ti. Espero haberte salvado. Has quedado ahí, eras miel y nau eres Miel. Qué verdad más terrible, hija del caos bajo la luz dorada, dando vueltas solos nel espacio.   

Uno de los oficiales pidió una camilla. Otro dijo que después de lo que había hecho debían dejarlo morir. Lo llevaron en ambulancia rumbo al hospital. Estuvo diez días peleando por su vida, inconsciente la mayor parte del tiempo aunque a ratos la fiebre lo hacía delirar. Los hombres de SaintRei grababan todo tratando de encontrar pistas que permitieran entender sus motivos. Para entonces los dos pilotos del heliavión habían muerto, al igual que varios oficiales y científicos que habían entrado en contacto con el doctor An el día de su último vuelo. Habían cerrado su lab y confiscado sustancias altamente tóxicas, analizado la forma en que funcionaba el spray, el antídoto que se inyectó antes de partir y que le permitió seguir con vida más que el resto.

Doctora doc doc, decía la voz atormentada de An en el cuarto en que lo habían aislado. Reina, doctora Held. Nosa vida, tu muerte. Nosa muerte hubiera sido tu muerte, evitemos eso. Ellos no tienen la culpa, no. No son nos mas quién es nos. Reina, doctora, estás muy fría. El Afuera no nos podrá mantener aislados. Las pesadillas están con nos cuando despiertos. Cumplir con el deber, insubordinación y constancia tu. Estabas olvidada mas no lo estabas. Fuiste el veneno remedio. Quisimos que se llamara Held. Pero es mejor miel, Miel. Yo era la abeja y tú la miel. O quizás tú la abeja y yo la miel. Abejamiel, abejamiel. No hay más allá no hay más allá. Todo se paga ki y no hay más.

Su garganta arruinada emitió un gemido. Luego, el doctor An murió.

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LALT No. 6
Número 6

LALT No. 6 va de las fascinantes historias reales del periodismo literario a los mundos extraños del cuento fantástico y la literatura gráfica. Destacamos las crónicas del periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos, la ficción especulativa en un dossier seleccionado por Alberto Chimal, y la poesía y prosa escritas en idioma maya yucateco en nuestra serie continua de literaturas indígenas.

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