De viaje por Europa del Este de Gabriel García Márquez

De viaje por Europa del Este. Gabriel García Márquez. Bogotá: Literatura Random House. 2015. 160 páginas.

Mucho antes de obtener el Premio Nobel de Literatura y de convertirse en amigo incondicional de Fidel Castro, Gabriel García Márquez fue feliz e indocumentado, visitó varios países con mirada escrutadora y cultivó con gracia y denuedo la crónica periodística. Uno de los libros que escribiera durante esa época anterior a su condición de figura estelar del “Boom” es De viaje por los países socialistas: 90 días en la “Cortina de hierro”, publicado originalmente en 1957 y que el grupo editorial Penguin Random House acaba de editar con el título de De viaje por Europa del Este, obra decisiva para percibir  cuál era el verdadero panorama político, económico y humano de los países que conformaban la URSS a cuatro décadas del triunfo de la revolución bolchevique.

Una de las particularidades que poseen las once crónicas que conforman este libro es el hecho de no haber sido el resultado de un plan preestablecido, sino el fruto de la azarosa conjunción de una propuesta inesperada y la inquietud de responder a una pregunta: ¿cómo es la vida en el bloque soviético? Una mañana de junio, un italiano errante, “corresponsal de ocasión de revistas milanesas”, compró un automóvil francés. Como no tenía nada que hacer, le propuso a García Márquez y a una francesa de origen indochino que trabajaba como diagramadora en una revista de París que fueran a ver qué había tras la cortina de hierro. Realizados los trámites que le permitirían recorrer Europa del Este, los viajeros tuvieron la oportunidad de afrontar una realidad que llegó a desafiar su capacidad de comprensión.

Cuando García Márquez y sus compañeros de viaje llegaron a Berlín, la ciudad aún no había sido dividida con el muro. El contraste entre el lado capitalista y el lado comunista era “brutal” (sic). Mientras Berlín Occidental contaba con calles que parecían “trasplantadas en bloque desde New York” y ofrecía “una apariencia de prosperidad fabulosa”, en Berlín Oriental la gente vivía apelmazada en los pisos inferiores de edificios sin servicios sanitarios, ni agua corriente y los almacenes eran sórdidos, “con artículos de mal gusto y una calidad mediocre”. La excepción en el lado oriental era “el colosal mamarracho de la avenida Stalin”. Había gente que vivía en un lado y trabajaba en el otro. En ciertos sectores, una acera era socialista y la otra capitalista. En teoría, no se podía trabajar de un lado y atravesar la calle para comprar en el otro; pero en la práctica lo único que contaban eran las apariencias. Al cambio oficial, en los bancos de Alemania Oriental dos marcos equivalían a un dólar, pero en cualquier banco del mundo occidental se requerían 17 marcos orientales para obtener un dólar. A García Márquez y sus compañeros de viaje les bastó con 20 dólares para recorrer la República Democrática de Alemania de arriba abajo alojándose en los mejores hoteles y comiendo en los mejores restaurantes.

Para los viajeros que habían cruzado la cortina de hierro con el propósito de ver el rostro de la Utopía socialista resultaba incomprensible “que el pueblo de Alemania Oriental se hubiera tomado el poder, los medios de producción, el comercio, la banca, las comunicaciones y, sin embargo, fuera (…) el pueblo más triste” que jamás hubiesen visto. Los motivos para esa tristeza colectiva sobraban: multitudes enlatadas en los tranvías, vitrinas polvorientas que exhibían artículos de pacotilla a precios escandalosos, colas de media hora para comprar pan, billetes de tren o entradas al cine. “Aquello era como haber ido al cine por matar el tiempo y haberse encontrado con una película de locos, sin pies ni cabeza, con una argumento hecho exclusivamente para desconcertar. Porque es por lo menos desconcertante que en el mundo nuevo, en pleno centro de la revolución, todas las cosas parezcan anticuadas, revenidas, decrépitas” (p. 27).

Exceptuando Checoslovaquia, el “único país socialista donde la gente no parec[ía] sufrir de tensión nerviosa y donde uno no [tenía] la impresión —falsa o cierta— de estar controlado por la policía secreta” (p. 54), cada país visitado de la antigua Europa del Este desafió la capacidad de comprensión del máximo exponente del realismo mágico. En Moscú, epicentro de la Utopía, la cantidad de contrastes resultaba inexplicable. Mientras un proyectil soviético llegaba a la luna, los trabajadores vivían hacinados en cuartos y sólo tenían derecho a comprar vestidos dos veces al año. Resultaba increíble que esa nación donde los zapatos eran ordinarios en demasía y el corte de la ropa era pésimo hubiera sido capaz de producir armas termonucleares. Al parecer, en 40 años de revolución la Unión Soviética había dedicado toda su potencia de trabajo al desarrollo de la industria pesada en detrimento de las más elementales necesidades cotidianas. García Márquez catalogó como “proceso de desarrollo al revés” a ese abismal desequilibrio productivo y ofreció un par de ejemplos para ilustrarlo a cabalidad: el poderoso TU-104, considerado en su momento como una obra maestra de ingeniería aeronáutica, estaba dotado de “los más primitivos inodoros de cadenita”; los servicios sanitarios de un establecimiento en los suburbios de Moscú “era una larga plataforma de madera, con media docena de huecos sobre los cuales media docena de respetables ciudadanos hacían lo que debían hacer (…) en una colectivización de la fisiología no prevista en la doctrina” (p. 135).

Los aparatos de radio eran muy baratos en la Unión Soviética, pero estaban diseñados para sintonizar una sola emisora: Radio Moscú. Todos los periódicos eran propiedad del estado. Las revistas y periódicos extranjeros de venta al público eran editados por los partidos comunistas europeos. Resultaba imposible hacer referencia a Marylin Monroe: ningún soviético sabía quién era ella. Para los periodistas resultaba incomprensible el principio de la publicidad, que hace posible la libertad de prensa en Occidente.

Hungría fue el país donde García Márquez pudo ver el lado más siniestro del régimen soviético. El escritor formó parte de la primera delegación occidental que visitó ese país tras los sucesos de 1956. La delegación estaba conformada por 18 observadores. García Márquez y el belga Maurice Mayer eran los únicos periodistas y querían palpar la situación de Hungría “a ciencia cierta y sin mixtificaciones políticas”; sin embargo, durante toda su estadía estuvieron vigilados por un grupo de 11 “intérpretes” que en su mayoría sólo hablaban húngaro, que estaban armados, que no les permitían salir solos del hotel y que les impedían entrar en contacto con la gente de la calle. A los delegados se les alojó en uno de los mejores hoteles de Budapest, se les recomendó no salir a la calle, llevar siempre el pasaporte consigo y se les recordó que la ciudad estaba bajo régimen marcial, por lo que estaba prohibido tomar fotografías. García Márquez logró burlar el cerco que le impedía entrar en contacto con la multitud triste y mal vestida que hacía colas interminables para comprar artículos de primera necesidad, pero su esfuerzo resultó infructuoso: la gente miraba con un hermetismo desconfiado a los extranjeros, nadie se atrevía contar lo ocurrido meses atrás, cuando las tropas soviéticas ocuparon la ciudad con la orden de reprimir una revuelta popular. En aquel momento, García Márquez se negó a creer en la “bulliciosa publicidad que los periodistas occidentales les dieron a los sucesos”; pero estando en el lugar de los hechos, teniendo ante sí las fachadas donde el pueblo de Budapest se refugió para combatir a los soldados soviéticos, advirtió que el número de víctimas debió haber superado el parte oficial de 5.000 muertos y 20.000 heridos.

Las páginas de este libro de crónicas están signadas por la actitud de alguien alerta ante la posibilidad de que “los países socialistas se las arreglan para que los delegados encuentren una nación vestida con ropas de pontificar en un multitudinario domingo de quince días” (p.43). Ante esta eventualidad, García Márquez atravesó la cortina de hierro con los sentidos bien alertas. Y tal fue su compromiso con la verdad que no sólo fue capaz de ofrecer acusiosas instantáneas de la «Utopía» sino que acertó a retratar la atmósfera imperante en muchos de esos lugares, como puede advertirse en las siguientes líneas, con las que introduce el capítulo titulado “Con los ojos abiertos sobre Polonia en ebullición”:

Durante algún tiempo conservé el recuerdo de que la multitud de Varsovia camina en fila india y arrastra trastos de cocina, latas vacías, toda clase de cacharros metálicos que hacen un ruido destemplado y continuo sobre el pavimento. Después me expliqué objetivamente esa visión de pesadilla. En Varsovia hay muy pocos automóviles. Cuando no pasan los antiguos tranvías reformados, cojeando por el exceso de pasajeros, la ancha y arbolada avenida Marszalkowa pertenece por completo a los peatones. Pero la multitud densa, desarrapada, que dedica más tiempo a mirar las vitrinas que a comprar en los almacenes, conserva la costumbre de circular por la acera. La impresión es que camina en fila india, porque no se desparrama en la calle vacía. No hay pitos ni motores de explosión, ni pregones callejeros. El único ruido que se oye es el rumor puro de la multitud; un ruido continuo de trastos de cocina, latas vacías y toda clase de cacharros metálicos.

(…) Uno se da cuenta desde el primer momento de que la vida es dura, de que se ha sufrido mucho con las grandes catástrofes y de que hay un drama nacional de minúsculos problemas domésticos (pp. 65-66).

Como puede apreciarse en los extractos precedentes, De viaje por Europa del Este es un libro imprescindible para formarse una idea concreta de las condiciones de  vida imperantes a mediados del siglo pasado en los países regidos por la hoz y el martillo, el estandarte triunfalmente enarbolado por los bolcheviques en 1917. Por si eso fuera poco, también es un libro fundamental para calibrar la admirable capacidad de observación que llegó a distinguir a Gabriel García Márquez antes de que llegara a sentir simpatías por Fidel.

Arnaldo E. Valero
Instituto de Investigaciones Literarias “Gonzalo Picón Febres”

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