Cinco microensayos

 

Fabio Morábito, escritor mexicano.

Un diccionario estúpido

Lo compré hace años en una librería de viejo, cuyo dueño me previno: «Es un diccionario estúpido. Si le interesa, se lo dejo a buen precio». Lo compré porque era barato y me atrajo la idea de poseer un diccionario estúpido. En mi casa lo abrí y busqué la definición de casa: «Construcción regular, por lo general con techo y ventanas, de distintos materiales y formas, que defiende al ser humano de la intemperie y los peligros exteriores». Me pareció una definición muy sensata. Consulté el diccionario de la Real Academia, que define «casa» escuetamente: «Edificio para habitar». Releí la definición del diccionario estúpido y, en efecto, comparada con el laconismo del DRAE, era algo desmesurada. ¿Por qué construcción «regular»? ¿Puede ser irregular una construcción? ¿Y por qué reducir la casa a un espacio defensivo? La definición del DRAE era inmejorable. Nada de regularidad o irregularidad, nada de techos y ventanas, nada de defenderse del exterior. Busqué «jardín» en el diccionario estúpido: «Pedazo de la casa, de diferente forma y tamaño, con plantas y flores, por lo general cercado y para retozo de los que viven en ella». Busqué «jardín» en el DRAE y leí: «Terreno donde se cultivan plantas con fines ornamentales». Conciso y sin vuelta de hoja, ni siquiera se mencionan las flores. Cerré el diccionario estúpido y lo guardé en el librero. Pecaba de locuaz y fantasioso, pero no era nada estúpido. Ya puestos, es más estúpido un diccionario que al hablar de un jardín no menciona las flores y trae «plantas con fines ornamentales», lo que obligará a más de uno a hacer una nueva consulta, mientras «flores» lo entienden hasta los niños. Pero recurrir a definiciones que de tan lacónicas nos encarcelan a menudo en un círculo de definiciones sin fin, tampoco es una estupidez, porque no es cierto que todos entendemos la palabra «flores», ya que quizá excepto los niños nadie entiende cabalmente ninguna palabra, ni con la ayuda de un diccionario que por abundar en sentido común nos parece estúpido, ni de otro que por carecer por completo de él nos lo parece aún más.

 

La poesía y la cara

Según los lingüistas, en los balbuceos anteriores al aprendizaje del idioma materno el niño es capaz de proferir los sonidos de todas las lenguas, suprema capacidad que pierde para siempre tan pronto como empieza a hablar. A cambio de proveernos de lenguaje el idioma materno suprime aquellos sonidos que le son ajenos, como si en el niño tuviera lugar una lucha entre todos los idiomas y aquel que se corona vencedor procediera de inmediato a abolir la menor huella de los otros. Así, el feliz interludio en que el niño ensaya todas las emisiones posibles de sonido se termina con su ingreso al mundo del habla. Pero algo en nosotros no olvida la dicha de esos balbuceos, cuando tal vez fuimos creativos como nunca. La poesía, con su ruptura de la uniformidad semántica y fonética, es la mayor tentativa de revivir esa libertad articulatoria, ese paraíso del que fuimos expulsados por el idioma que hablamos. Antes de decir lo que dice, de comunicar una idea o una experiencia, un poema es una ruptura de la dicción acostumbrada, un balbuceo liberador, la reminiscencia de un idioma –el verdadero idioma materno– proveedor de todas las articulaciones posibles, o sea de todas las muecas. Sí, porque el placer que nos causan la rima y las aliteraciones, las consonancias y asonancias de palabras, el ritmo a partir de una repetición y las variaciones a partir de una palabra, es de la misma clase del que nos lleva a estirar y a contraer la cara, como quien busca una cara más primitiva, tal vez aquella que tuvo a su disposición por única vez el arpegio completo del lenguaje. Por eso, en los talleres de poesía debería trabajarse con la mímica y el dislate facial, acompañados de la emisión de sonidos de toda clase, a cual gutural y estridente, mejor, a fin de dilatar el espectro de nuestro aparato emisor, a la par que el de nuestro oído y, de este modo, rearticular músculos y nervios olvidados para diversificar nuestra cara, prematuramente fijada por el idioma materno. La poesía, pues, como un vivificador no sólo de la prosa y del idioma, sino también del semblante.

 

El justificante perfecto

Me fascina la anécdota de aquel hombre a quien su mujer le pidió que escribiera un justificante para su hijo que había faltado a la escuela. Mientras ella se apura en los preparativos para salir con el niño rumbo al colegio, el hombre lucha en la mesa del comedor con el justificante: quita una coma, vuelve a ponerla, tacha la frase y escribe una nueva, hasta que la mujer, que está esperando en la puerta, pierde la paciencia, le arranca la hoja de las manos y sin ni siquiera sentarse garabatea unas líneas, pone su firma y sale corriendo. Era sólo un justificante escolar, pero para el marido, que era un conocido escritor, no había textos inofensivos y aun el más intrascendente planteaba problemas de eficacia y de estilo. Quise escribir el justificante perfecto, confesó el hombre en una entrevista, y no me extraña, porque escritor es aquel que se enfrenta al fracaso de escribir y hace de ese fracaso, por decirlo así, su misión, mientras los demás sencillamente redactan. Podemos estirar esa anécdota e imaginar a alguien que, soga en mano, a punto de colgarse de una viga del techo, se dispone a redactar unas líneas de despedida, toma un lápiz y escribe la consabida frase de que no se culpe a nadie de su muerte. Hasta ahí va bien la cosa, pero decide añadir unas líneas para pedir disculpa a sus seres queridos y, como es un escritor, deja de redactar y se pone a escribir. Dos horas después lo encontramos sentado a la mesa, la soga olvidada sobre una silla, tachando adjetivos y corrigiendo una y otra vez la misma frase para dar con el tono justo. Cuando termina está agotado, tiene hambre y lo que menos desea es suicidarse. El estilo le ha salvado la vida, pero quizá fue por el estilo que quiso acabar con ella; tal vez uno de los resortes de su gesto fue la convicción de ser un escritor fallido y tal vez lo sea, como lo son todos aquellos que pretenden escribir el justificante perfecto, que son los únicos a quienes vale la pena leer. Escriben para justificar que escriben, la pluma en una mano y una soga en la otra.

 

El mudo taciturno

Me contaron el siguiente error de traducción. En una novela extranjera aparecía un personaje que quedaba anonadado frente a un suceso insólito. Donde el autor escribió «quedó anonadado», el traductor al español prefirió la palabra «enmudeció», lo cual no estaría mal, si no fuera porque el personaje en cuestión era mudo de nacimiento. El traductor hizo enmudecer a un mudo. Se trata de una torpeza, mas no de un error, porque lo de enmudecer se dice en sentido figurado y, por lo tanto, puede aplicarse también a los mudos, quienes, como todos saben, utilizan un lenguaje de señas, tan lleno de sentidos figurados como el nuestro y, por consiguiente, tienen el derecho de «enmudecer» igual que nosotros. Dicho de otro modo, hay mudos que hablan más y mudos que hablan menos, por eso es posible imaginarse un diálogo en el que un mudo se queje con otro mudo de la excesiva locuacidad de un tercer mudo, y diga: «Fulano habla hasta por los codos», y el otro mudo, que es sordomudo de nacimiento, replique: «Sí, tan pronto como empieza a hablar, dan ganas de taparse las orejas», frase absurda desde luego, pues sería más lógico que dijera «dan ganas de taparse los ojos», siendo el idioma de los sordomudos un idioma de señas. Todo esto nos muestra que dos sordomudos que se quejen de la verbosidad de un tercero, que es tan mudo como ellos, están hablando, o sea usando la voz, igual que todos. El hecho de que en ellos la voz haya sido sustituida por ademanes, no la hace menos voz, y ellos no son ni un ápice menos hablantes que los que sí «hablan», y lo demuestran justamente al decir disparates, o sea hablando en sentido figurado, sin el cual no hay lenguaje humano entendible. Pero hay algo más, y es que mientras los no mudos no logremos entender que algunos mudos son más «mudos» que otros, o sea que hay mudos de pocas palabras; mientras no podamos concebir a un mudo taciturno, o a un mudo que enmudece de golpe, o a un sordo que se tapa las orejas, no podremos entender a nadie que sea diferente de nosotros.

 

Por qué traducimos

Tal vez la gente de los siglos venideros se preguntará cómo fue posible que en nuestra época hubo tantas traducciones y que gracias a ellas ningún idioma del planeta, ni los hablados por unos pocos individuos, quedara separado totalmente de los otros. La pobreza lingüística que les tocará vivir, hecha de dos o tres lenguas maestras, si no es que de una sola, los inclinará a ver nuestro tiempo sumergido en un caldo idiomático inagotable, constituido por innumerables lenguas y cientos de miles de traducciones conectándolas a todas ellas, desde las más habladas hasta las más remotas, traducciones hechas a menudo a partir de otras traducciones. Les causará admiración ese ejercicio difundido de metamorfosis, de mimetismo cerebral y de identificación portentosa. Incluso pensarán que traducir de un idioma a otro era nuestra preocupación constante y nuestro entretenimiento principal. Con apenas dos o tres lenguas funcionando en todo el planeta, no faltarán tampoco quienes pondrán en duda que en nuestra época pudieron existir cientos de miles de idiomas articulados en complejos árboles de parentesco, con otro tanto número de dialectos derivados de esos idiomas, lo bastante disímiles como para hacer dificultosa la comunicación entre regiones y poblados próximos. Se preguntarán entonces cómo pudo ser posible vivir en un mundo así, trasladarse en un mundo así, enamorarse en un mundo así, y una vez que se les demostrara que efectivamente las cosas habían marchado de ese modo, concluirán que el número de traductores necesarios para sobrellevar esta monstruosa diversidad lingüística debió de haber sido enorme, inconmensurable, y que la traducción en todas sus facetas debió de ocupar prácticamente todos los intersticios de nuestra vida cotidiana, y cuando los historiadores les prueben, documentos en mano, que no fue absolutamente así y que sólo una porción microscópica de la población se dedicaba a esos menesteres, sacudirán la cabeza agradeciendo haber nacido en una época tan alejada de la nuestra.

Textos publicados en El idioma materno de Fabio Morábito, Sexto Piso 2014

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