“Carlos Cociña: Del desmoronamiento a la certeza de la construcción”: Una conversación con Sergio Rodríguez Saavedra

 

Carlos Cociña, poeta chileno (izquierda) con el pintor Hugo Cárdenas en la inauguración de la Galer´â de Arte INFRARROJO, 2017. Foto: Oscar Navarro.

Autor complejo, a lo menos, difícil de clasificar, Carlos Cociña (Concepción, Chile, 1950) llega con su obra desde la mítica Universidad de Concepción, la misma que generara con Gonzalo Rojas encuentros y talleres que condensaron toda una época en la literatura latinoamericana a fines de los 50 y principios de los 60. Lugar de residencia desde donde en 1981 instala su voz con Aguas Servidas (Granizo; 2008, Del Temple; 2016, Luz&Sonido. Oaxaca) y, con ello, un trabajo riguroso y en constante movimiento, al que seguirán Tres Canciones (1992, Autoedición del Bío Bío); Espacios de Líquido en Tierra (1999, Intemperie); Plagio del Afecto (2010, Tácitas); El margen de la propia vida (2013, Alquimia Ediciones) hasta La casa devastada (2017, Alquimia Ediciones) y Poesía Cero -Antología (2017, Descontexto Editores). Aunque su obra también incluye un proyecto en Internet: Poesía Cero ( www.poesiacero.cl), en cuyo soporte están A veces cubierto por las aguas (2003) y 71 (setenta y uno) (2004), poemas que al abrirse se pueden leer de forma aleatoria generando esa lectura otra que, en general, su obra obliga. A pesar del ajetreado fin de año, donde la presentación de sus últimas obras copa su espacio, nos damos tiempo para recapitular sobre el ejercicio que por casi cuatro décadas opera en la poesía chilena actual.

Sergio Rodríguez: La publicación este año de la antología Poesía cero y tu último libro, La casa devastada, parece haber aumentado más el interés por tu obra, en especial, entre los autores más jóvenes. ¿Qué sientes en este momento sobre la recepción de tu trabajo?

Carlos Cociña: El que aparecieran dos libros este año es una coincidencia. Uno lo elaboré entre 2009 y 2016; en tanto la antología de Villavicencio y Almonte publicada por Descontexto, contiene desde mis primeras publicaciones en revistas hasta lo que ahora estoy trabajando. Respecto a que se lee, lo que he escrito, me parece, comenzó en los 90, según lo que señala Chico Figueroa en el prólogo a la segunda edición (2008) de Aguas Servidas. Algo pasó también a partir de 2003 con el sitio www.poesiacero.cl, donde al usar algunos recursos del soporte se generó un tipo de apropiación distinta, que la acogieron bien los usuarios de Internet, independientemente de su grado de atracción por la escritura. Una de las características en general de quienes son jóvenes, no todos, es la pulsión por la búsqueda, el descubrimiento, y al mismo tiempo la constatación de una extrema fragilidad, que se expresa en las no certezas, y también en una pasión muy concentrada. Esto puede producir desastres, alguna satisfacción, un impulso a continuar, o anquilosarse. Cuando en ese estado se encuentran trabajos, acciones y propuestas en las que se ve alguna de estas características, se tiende a interesar en ellas. Algunas escrituras y propuesta, sobre todo aquellas que no se jubilan, se construyen con el impulso de aceptar lo que la materia con que se opera exige, y eso lo reconocen quienes están en una posición abierta desde la incerteza.

Que aquello que hice, que escribí, se haga ahora desde la lectura o audición de otro, sorprende y alegra, e impulsa a persistir en la escritura con la expectativa de dejarse atrapar para estar más en relación con ese otro.    

S.R.: Se habla mucho del carácter único de este trabajo, la forma en que a través de un proyecto que vocea lo científico, incluso lo técnico, aborda el fenómeno expresivo de la poesía. ¿Tiene esto que ver con esa huella de vida que te hizo estudiar derecho y literatura, colaborar con revistas de poesía y arquitectura, ser poeta y editor? Y en este mismo ámbito, ¿qué se privilegia: la experiencia o lo experimental?

C.C: Al optar por trabajar en literatura es conveniente disponerse a hacer uso y dejarse invadir por los códigos verbales disponibles, y también aquellos que son auditivos y visuales. Se puede poner límites, pero no cánones, porque estos destruyen el arte al quitar la libertad. Cuando las palabras y su ausencia, la forma de las letras, el tono de la voz, el formato del libro o del programa no dan cuenta del impulso que se quiere poner en evidencia, como objeto verbal, se puede usar aquellos códigos que apuntan a referentes distintos, para operar con ellos y hacer evidencia de aquello que no se pudo nombrar, pero que existe sin palabras. Así, para hablar de la incerteza, es posible utilizar un código que pretende ser certero, ser más verdadero, como el científico y tensionarlo, pues tampoco lo es. Cuando se pone el derrumbe, más que lo asociado a la catástrofe, al desmoronamiento, puedes trabajar con la certeza de la construcción, pues en los materiales y el cálculo certero sólo son posibles con sus propios gusanos, que, en algún momento, despertarán. Lo experimental se hace en condiciones de laboratorio, la escritura en condiciones de vida, contaminada, y por ser contaminada, es posible. La asepsia es guillotina.

S.R.: Y ese ser sin nombre tras tus textos, ¿cómo lo has ido construyendo?

C.C.: Con hielo, pero el hielo quema (González Barnert). Una constante tensión con el ego. Cuando se escribe o realiza otra actividad similar, en la creación de aparatos ficticios, se está sólo, y el ego se expande o retrae, pues parece ser único en ese espacio y momento. Sin embargo, cuando trabajas con la palabra u otro sistema de signos, las palabras están en sí y en cada uno de quienes usan el idioma, no se está sólo con la palabra, ésta está compartida con otros, en el mismo momento, pero, aún más, éstas están en todos las que las usaron desde el momento en que empezaron a saltar de un uno a otro. Además, esas palabras en solitario serán de otros, mientras estas palabras se alojen en el lóbulo frontal de alguien, o serán emitidas por unos labios, hasta que desaparezcan de lo humano. Cuando estás sólo nunca estás solo. Sólo la palabra de otros puede ser tuya, como otro que dejará alguna marca en ella. Esa marca, que cada uno pone, es la que el arte trata de hacer aparecer.

S.R.: Eliot decía que ningún verso es libre para quien quiera escribir un buen poema, entre Aguas servidas (1981) y La casa devastada (2017) hay una extrema coherencia en este proceso escritural, cuéntanos: ¿cómo escribes?, ¿cómo se hace para mantener una misma propuesta por casi cuatro décadas?

C.C: Se mantiene porque he tratado de no mantener nada, siempre deslumbrado por lo que se escucha, se ve, se lee, se toca, se respira. Leer y escuchar lo que se perpetra en otros lugares, en otros tiempos, leer y escuchar las palabras lo más alejadas de lo que se estima como literatura. Escuchar la entonación de idiomas desconocidos, ideogramas que no se sabe que lo son, huellas, senderos, ascensores, naves. La lengua como el feroz deseo de gritar y murmurar que se está vivo.

S.R. Hace justo diez años atrás te hice, para la revista española Heterogénea, una entrevista muy grata, por cierto donde tú me respondías que la crisis del lenguaje era un reduccionismo, afirmando que la crisis era del conjunto de la sociedad. ¿Confirmas esa respuesta ahora?, ¿la crisis es vivir?

C.C: Confirmo esa apreciación, sin embargo, en referencia al lenguaje, aún en sociedades que están en un período de cierta estabilidad, el lenguaje está en constante cambio y tensión, nunca es estable. Ello porque éste se construye con el aporte de cada uno de sus usuarios, y, por lo tanto, las versiones de ese lenguaje serán tantas como quienes lo utilizan, y cada uno de los operadores lo carga con su historia y las circunstancias de su momento. En ambos casos, ocultando o exponiendo su interés, sea esto consciente o inconscientemente.

El lenguaje devela y oculta, se instala como una operación de sentido, y por lo tanto se constituye en una realidad en tanto percibido como tal.   

S.R.: ¿Dónde entran en esta poética la ciudad de Concepción, tu casa natal, Santiago, los compañeros de generación?

C.C: Donde se comienza a respirar, oler, tocar, ver, donde aparecen los afectos y las amenazas, donde se marca los modelos de relación que se establece con los otros, el entorno y consigo mismo.  Siempre salí de ahí. Entiendo el agua como allí era, y he visto y veré otras aguas, que harán que modifique ese primer líquido.

Una ciudad industrial, minera de carbón y vinculada al mar que no se ve. Casi sin campesinos, pueblo organizado y universidad. Con vientos que evitan la contaminación y que bota árboles de plantaciones, con funcionarios, empleados, profesionales asalariados y algunos comerciantes.

Los obreros, ríos, cerros, la pobreza y los estudiantes, ciencia y arte, terremotos y gas grisú, huelga del carbón y los altos hornos de Huachipato, la industria petroquímica, encendida de fuegos en la noche junto a la desembocadura del río, la pescada y los mariscos voceados en la calle o en las caletas. Marchan los estudiantes y los mineros con las luces de los cascos encendidas en la mañana nebulosa con olor a mar.

La universidad siempre ahí, el mural que se hace en la Casa del Arte, los primeros doctores en literatura que regresan de Europa (Hozven, Triviños, Coddou), la importancia de los formalistas rusos y la lingüística, con la mirada en la literatura latinoamericana. Mario Milanca que era de Calbuco, que había pasado por Santiago y estado en Arica, con la Revista Tebaida, luego Miquea, Nicolás, que llegó en avión de Llai Llai, a las cabinas de estudiantes, con tarántulas rosadas, y los más jóvenes, entonces, Thomas Harris, Juan Zapata, Carlos Decap, Osvaldo Caro, Roberto Henríquez, y por el costado, entonces, Egor Mardones y Alexis Figueroa. Jazz, rock, música, cine. Estudio y revolución y aplastamiento, no hay derrota, pues estamos vivos. Todos sabiendo que se podía hacer algo más que escribir y reventar la noche, y se hacía, pero siempre escribir.

S.R.: ¿Escribiendo el lenguaje que interpela a la sociedad?

C.C: El lenguaje no existe fuera de la sociedad, pero da cuenta de ella, aunque, a veces ésta oculta en el lenguaje lo que no quiere ver, sin embargo, el lenguaje es cuerpo social y existe en las personas que lo utilizan y transforman; y, por lo mismo, siempre dará cuenta de lo que se muestra y de lo que se oculta. Las respuestas están, lo difícil es hacer la pregunta.

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LALT Nro. 5 destaca poderosas voces literarias de toda América Latina, incluyendo dossiers de los escritores esenciales Sergio Pitol y Victoria de Stefano, una muestra especial de crónicas latinoamericanas seleccionadas por Felipe Restrepo Pombo y una conmovedora colección de poemas trilingües de la poeta mapuche Liliana Ancalao. 

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