Ya nadie llora por mí de Sergio Ramírez

Ya nadie llora por mí. Sergio Ramírez. Madrid: Alfaguara. 2017. 356 páginas.

La novela más reciente de Sergio Ramírez (Nicaragua 1942), Ya nadie llora por mí, regresa a la novela policiaca con el inspector Dolores Morales, protagonista de su novela policiaca anterior, El cielo llora por mí (2009). Sergio Ramírez, quien recientemente ganó el premio Cervantes, el premio más importante de la lengua española, nos entrega ahora una novela que sorprende por su lenguaje popular, a ratos vulgar, representando el habla callejera nicaragüense. Sergio Ramírez se ha caracterizado por sus novelas de gran complejidad estructural como ¿Te dio miedo la sangre? (1978), por la calidad de su prosa como en Castigo divino (1988), por el desarrollo inteligente de los personajes como en Margarita, está linda la mar (Premio Alfaguara 1998), y por su habilidad para imitar el lenguaje de diferentes estratos de la sociedad y diferentes países, como el dialecto de la burguesía costarricense en La fugitiva (2011). Por eso no es sorprendente en esta novela el manejo de lenguaje popular nicaragüense, a ratos soez, ya que como postulo en esta reseña, la novela se propone representar el lenguaje de las calles de Managua, el habla popular de los barrios bajos de la ciudad, y el lenguaje del lumpen proletariado.

En Ya nadie llora por mí nos enfrentamos a un caso de abuso doméstico, un problema verdaderamente serio en Nicaragua, en América Latina y en gran parte del mundo en general. Marcela es una  muchacha joven quien sufre de abuso sexual por parte de su padrastro, Miguel Soto Colmenares, empresario multimillonario, muy conocido en el país con empresas en diversos rubros. Soto ha contratado a la compañía de investigaciones privadas de Morales para encontrar a su hijastra. Desde el principio de la novela el lector sospecha que se trata de un caso del abuso sexual, por lo que podemos decir que la novela no es nada original ni sorprendente. Como lectores, podemos anticipar lo que vendrá a continuación lo que en cierta forma malogra la novela. Especialmente para los lectores familiarizados con la historia de Nicaragua, este caso nos remite a la acusación de abuso sexual que la hijastra del dictador Daniel Ortega, Zoilamérica Narváez Murillo, ventiló en los medios de difusión y en las cortes nacionales e internacionales en 1998. Claramente estamos frente a un caso en el que la ficción copia a la realidad. Aunque la trama de la novela no es muy sorprendente ni original, creo que la novela es valiosa, ya que el novelista se ha propuesto recrear la situación de una sociedad corrupta, polarizada entre los predicadores religiosos, los políticos vendidos y los empresarios vulgarmente enriquecidos. El lenguaje popular, soez y vulgar, que utiliza generalmente el pueblo de Nicaragua en sus conversaciones forma parte de ese mural que la novela nos presenta. Muchos de los personajes de esta novela son personas del pueblo, algunos son dirigentes sandinistas, otros son trabajadores de la basura, desamparados y drogadictos, y el autor ha tratado de reflejar ese estrato del lenguaje nicaragüense en su novela.

Otra cosa muy interesante que observamos en Ya nadie llora por mí es la presencia de un interlocutor que está constantemente dialogando con los personajes, sin él ser un personaje vivo en la novela. Me refiero a Lord Dixon, personaje de la novela anterior El cielo llora por mí y quien murió en esa ficción. En esta secuela, Ramírez le hace una especie de homenaje por medio de la voz en off que está constantemente conversando con nosotros los lectores, acotando las cosas que dicen los personajes. Esta es una función muy interesante y única, ya que los personajes como Morales o su asistente Sofía, no escuchan los comentarios que hace Lord Dixon. Solo nosotros, los lectores, somos los únicos que escuchamos su presencia constante a lo largo de la novela.

Ya nadie llora por mí juega con diferentes planos narrativos y clases sociales. Por un lado tenemos a la familia de Marcela que es una de las familias más ricas de Nicaragua, su padre Miguel Soto le recuerda al narrador “a Gianni Agnelli, el difunto magnate de la Fiat” (24). El primer encuentro será en la mansión de Miguel Soto, donde el menú del desayuno se imprime todos los días para que el señor escoja lo que va a pedir, como si fuera un restaurante. A ese nivel de lujo y de abundancia se contraponen las clases más pobres y desposeídas de la sociedad nicaragüense, los niños huele pega, los hambrientos, los marginados que comen todos los días en un hogar de misericordia. También tenemos a un personaje como el Rey de los Zopilotes, un sandinista que tiene control del negocio de la basura, quien tiene un zopilote amaestrado como mascota, y quien se ha convertido en un hombre con ciertos recursos económicos y poder. El teniente Fajardo representa a la fuerza policial, corrupta y al servicio de la dictadura, y por supuesto no podía faltar la compañera Rosario Murillo, esposa del dictador Ortega y vicepresidente de la república por decreto. En la novela aparece bajo el nombre de Sai Baba, y el teniente Fajardo la llama para pedirle autorización para realizar ciertos interrogatorios.

Si en sus novelas anteriores Sergio Ramírez había recurrido al correo electrónico, en Ya nadie llora por mí tenemos a twitter como uno de los protagonistas, sobre todo hacia el final de la novela, cuando en una conferencia de prensa en el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos, Marcela denuncia la violación de la que ha sido víctima a manos de su padrastro. Esta es por tanto una novela muy contemporánea en cuanto a los elementos que la componen, arraigada firmemente en la realidad histórica de la Nicaragua actual, y novedosa en cuanto al recurso narrativo de la voz en off de un personaje muerto. El género policiaco le ha servido a Sergio Ramírez para mostrar la corrupción y los bajos fondos de la alta burguesía de Nicaragua, así como de su clase media, y su lumpen proletariado. Ya nadie llora por mí es sin duda una buena novela, que se lee fácilmente y entretiene, pero no la clasificaría entre las mejores novelas de Sergio Ramírez.

Nicasio Urbina
University of Cincinnati

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