Paisajes en movimiento de Gustavo Guerrero

Paisajes en movimiento. Gustavo Guerrero. Buenos Aires: Eterna Cadencia. 2018. 186 páginas.

¿Cuándo termina un siglo y comienza otro? ¿Cómo examinar los cambios estéticos, económicos y culturales que se producen y bajo qué condiciones se dan? ¿Estamos siendo testigos de un cambio o más bien somos los desobedientes continuadores de los esquemas que el fin de siglo nos legó? La cultura pop, por ejemplo, vive desde hace años un permanente reciclaje de temas de nuestro pasado inmediato. Lo sabe bien un tipo como Simon Reynolds que escribió Retromanía, un libro que explora la fiebre por lo retro que ha caracterizado la música más reciente. ¿Se puede decir lo mismo de la poesía? ¿Desde qué lugar escriben los poetas latinoamericanos de hoy y en qué tiempo verbal conjugan su universo imaginario?

Paisajes en movimiento, de Gustavo Guerrero, se introduce en esos sinuosos caminos, que en realidad funcionan como pliegues históricos que moldean el antes y el después. Y lo hace con todo el tacto y el descaro que el artefacto ensayístico le permite, es decir, con esa “posibilidad de desplegarse como tanteo y experimentación, como prospección y búsqueda”.    

El libro atiende tres asuntos: la poesía latinoamericana, el mercado editorial y la noción de literatura nacional. Estos tres escenarios (o paisajes) están atravesados por el eje del tiempo que sirve como herramienta de reflexión y genera que estos tres temas aparentemente dispares se presenten en diálogo articulado.

La crisis de las nociones de originalidad y novedad, el crepúsculo del futuro y el “presente presentista”, colocan al poeta contemporáneo en un lugar de enunciación absolutamente inestable en el que el pasado, junto con sus maestros y sus enseñanzas, ya no parecen conformar una referencia de suficiente peso simbólico para construir una identidad, y el futuro se desmigaja ante sus ojos con toda su carga de incertidumbre y desesperanza. “La perdurabilidad ha sido vencida por la velocidad de las imágenes vacías”, dice Bolaño, y uno se pregunta: ¿acaso habría que recuperar esa perdurabilidad? Quizás el gran desafío es cómo articular estas nociones temporales para construir artefactos estéticos que exploren y le den sentido a la sensación de flotación a la deriva que parece impregnar gran parte del imaginario poético y del arte en general de hoy en día. “Sobrevivientes en un mar abierto –dice Guerrero– donde el mapa de la tradición (y de los tesoros heredados) resulta ya de tan escasa ayuda que ni siquiera el parricidio parece pertinente o necesario”. La lista de poetas con los que dialoga en esta primera parte es un lujo: Paz, Montejo, Fabre, Villamediana, Casas, Raimondi, Witner.   

La evaluación del mercado editorial es un acierto en el libro, pues coloca en el centro de la discusión los asuntos que atienden al plano económico del ejercicio literario y artístico. Pocas personas como Guerrero (Consejero Editorial para Gallimard) conocen de cerca los entresijos de la lógica editorial y como testigo privilegiado ha podido acompañar las transformaciones del mundo del libro en los últimos treinta años. Durante ese tiempo las editoriales en español se han metamorfoseado de muy diversas formas. Desde la concentración de los grandes negocios editoriales en manos de los emporios españoles que provocaron una atomización de la oferta, hasta la actual edad de oro de las editoriales independientes que sin duda han transformado y siguen transformando la manera de entender el libro en lo que va del siglo XXI. La presencia del mercadeo como criterio editorial intenta convertir al libro en simple contenido “donde –dice Guerrero– ni la palabra impresa ni la literatura ocupan ya una posición hegemónica”. Y concluye: “al igual que la Iglesia, el Estado, el Partido y la Patria, también el Mercado ha acabado siendo una instancia que hace posible repensar el lugar de la literatura como una resistente, obstinada e irreductible excepción”.

Ya en los años 90 el nacionalismo, la nación y las ideologías patrióticas entraron en una zona de fragilidad simbólica y el fin de siglo se caracterizó por promover la globalización como concepto que venía a borrar (engañosamente, sin duda) las fronteras que servían de escenarios de identidad. Las grandes narrativas históricas comienzan a resquebrajarse, la idea de nación o patria resulta sospechosa por las innumerables manipulaciones históricas de las que han sido objeto (desarrollismo frustrado, revoluciones y dictaduras, todas por igual, se hicieron eco de esas banderas) y las nuevas generaciones de escritores se oponen a ese legado a través del escarnio (Castellanos Moya), la ironía (Rodrigo Fresán) o el nomadismo (Rey Rosa, Bolaño). La nación, la patria, se han pulverizado ante las evidencias, ya nadie cree en sus olímpicos cantos ni en sus esperanzas y empezamos a generar una identificación colectiva descentrada en la que la imagen del desencanto y la ruina viene a ocupar un lugar de privilegio. Esto lo sabe bien el cubano Antonio José Ponte que elabora una “poética de la degradación y el derrumbe” como respuesta al modelo revolucionario y al nacionalismo de la Cuba del período especial. Ante esta situación, alerta Guerrero, será necesario imaginar “otras ideas y formas de comunidad de cara al nuevo milenio, si no se quiere volver, gradual y regresivamente, a las bases autoritarias, disciplinarias, y coercitivas del paradigma nacional moderno, con todos los peligros que esto conlleva (y que por desgracia, ya están a la orden del día en Europa y en América)”.

Guerrero instala su perspectiva crítica en un borde, tanto temporal como espacial, en una bisagra que al pulsarla genera un buen puñado de interrogantes. Su metodología es apertrecharse en ese vértice y desde allí pensar los diferentes paisajes que propone. De hecho, resulta curioso que llame paisajes a lo que cualquier otro llamaría tópicos, temas o asuntos. Y no es casual: la mirada del observador es la que determina el paisaje. No hay paisaje sin ojos que lo observen.

Paisajes en movimiento, sexto y magnífico libro de ensayos de Gustavo Guerrero, viene a confirmar el destacado lugar que tiene su autor entre los que practican este género escurridizo y asistemático, mitad arte mitad ciencia, y continúa con la brecha abierta en su anterior libro, Historia de un encargo, donde los aspectos sociales, históricos, políticos y económicos se articulan para hacer balance del hecho estético y ofrecer al lector una mirada poliédrica de nuestra historia literaria, o al menos, de la más reciente.           

Gustavo Valle

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