Los terneros de Rodrigo Blanco Calderón

Los terneros. Rodrigo Blanco Calderón. Madrid: Páginas de Espuma. 2018. 118 páginas.

Dos años después de la aparición de su primera novela, The Night (Prix rive gauche à Paris du livre étranger 2016), Rodrigo Blanco Calderón retorna al cuento en una cuarta antología titulada Los terneros (finalista del V Premio Ribera del Duero). Siete cuentos completan esta nueva compilación de relatos cortos del escritor venezolano.

Una cuidadosa edición de Páginas de Espuma nos muestra en su portada una fotografía de las requisas policiales que siguieron a los terribles atentados ocurridos en Paris la noche del 13 de noviembre. Esta imagen es una pista de lo que encontraremos en los relatos de Blanco Calderón, protagonistas que parecen testigos fortuitos de historias en las que no buscaron figurar. Estos personajes son arrastrados por situaciones accidentales que enfrentan con pasividad, parecen pequeños frente a circunstancias que no descifran y que sufren, algunas veces, con resignación y, otras, con profundo temor. Sin asideros ni en lo domestico ni en lo profesional, son errantes, o más bien extraviados, ya sea en su país o fuera de él.

Estos parecen trazados dentro de los parámetros que señala Zygmunt Bauman en Modernidad Líquida (2002), donde describe a individuos nómadas, desaferrados, sin sentido de lo nacional, que dan testimonio de la desintegración de la trama social. Tal como Bauman describe el encuentro entre extraños, como un acontecimiento sin pasado y sin futuro: “una historia que, sin duda, no ‘continuará’, una oportunidad única, que debe ser consumada plenamente mientras dura y en el acto” (103). Asimismo, en Los terneros estos sujetos “líquidos” han perdido el futuro, en una preeminencia de lo momentáneo, deambulan perdidos en las ciudades, y, sobre todo, perdidos en ellos mismos.

Las historias sugieren actores trágicos, que han subido a la escena equivocada o que interpretan un papel que no anhelan. En ese sentido, asumen un sacrificio a pesar de sí. Los terneros cuentan el sacrificio ignorado y desapercibido de héroes insuficientes. Un hombre que tiene la impresión de estar siempre rezagado, recorre los recovecos del DF mexicano, acompañando por un ciego. El nuevo conductor de un servicio de taxis, se ha rehabilitado a pesar de sí, y se desvela en turnos sin fin para pagar un colegio especial para su hijo autista, mientras espera encontrar a una misteriosa motociclista. Un escritor luego de una desatendida presentación de su libro en la lluviosa Biarritz, comparte la noche triste de un joven estancado en atender la agonía de su padre, un antiguo piloto. Un estudiante de lingüística, entristecido por la parvedad de los afectos y los intercambios en París, se entrega a descubrir una teoría conspirativa que dilucidaría el destino de Francia. Un profesor de letras a pesar de posponer por muchos años su lectura de Don Quijote lo extrapola a su realidad, para hacer más tolerable el contexto de una academia y, en general, de un país devastado por el gobierno revolucionario. El hijo de un sastre, de importantes políticos y admirador de la transición a la democracia, descose sus deseos profesionales frente a los de su padre. En “Los terneros”, un profesor que ha publicado una crónica sobre la tortura de la que fue víctima su sobrino apresado por la Guardia del Pueblo descubre por medio de un pintor cómo la clase alta ha sido cómplice de poder al que inducen a profesores y estudiantes a enfrentar:

Fui a la reunión no porque, como sugerían algunos de mis colegas, creyera que tenía que hacer algo, sino porque no sabía qué más hacer. Tampoco sabía qué es lo que se supone que debía hacer una Escuela de Artes para enfrentar una dictadura. ¿Debía, de hecho, enfrentarla?

Este abanico de personajes es la puerta de entrada a historias inquietantes que se hilan en la pequeña y taciturna cotidianidad. Entre los relatos resalta “Los locos de París”, donde el autor logra con habilidad entrelazar el luto de una ciudad doblegada por los atentados y el duelo de un inadecuado migrante. El aislamiento, la imperturbabilidad y el silencio que le arrinconan contrastan con el brillo de la palabra:

Entré en la iglesia y quedé subyugado por la honda belleza, como de pozo suspendido, de su interior. Sin saber muy bien por qué, experimenté un profundo sentimiento de culpa. Fue como si la concavidad gótica de las naves se hubiera revertido, clavándose en mi pecho.

En La velocidad de las cosas (1998) con respecto a las características de los géneros literarios, Rodrigo Fresán toma la frase de Philip Kindred Dick, “la novela trata sobre el asesino mientras el cuento sobre el asesinato”, y la reformula en “la novela trata del laboratorio mientras que el cuento trata del experimento”. Ambas imágenes proponen la preponderancia del hecho que estalla y aspira la trama. En el caso de Los terneros, desde un uso riguroso del lenguaje, el elemento común del sacrificio es el acontecimiento que detona, o que más bien, como una implosión desbarata las vidas de personajes en un mundo insensible a sus deseos.

Carmen Victoria Vivas-Lacour
Université de Cergy-Pontoise

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