Distopías andinas: cuando el futuro no se asemeja a los deseos

 

Foto: Emiliano Panelli, Unsplash.

Introducción

Es a John Stuart Mill a quien se le atribuye la popularización de la palabra “distopía” en un discurso que diera ante el Parlamento inglés para señalar a “algo demasiado malo para ser practicable”, tal como señalan Henry Lewis Younge y V.M. Budakiv en Dystopia: A Natural History (Oxford University Press, 2017). Tal idea luego tomó cuerpo para nombrar a algún lugar malo, sin justicia (en oposición al concepto de utopía, es decir, un lugar “bueno”), donde la vida se torna terrible y cuya atmósfera es irrespirable.

La distopía, desde el siglo XX, también alude a un emplazamiento con un sistema de gobierno autoritario y totalitario que ha secuestrado la libertad y los derechos. Sin embargo, la distopía hoy no es solo dominio de la política; penetra a la producción literaria (o de cine, etc.) de ciencia ficción, que prefigura a una realidad “ideal” que se vive o se ha vivido, la extrapola en términos de futuro, para hacer una de evaluación o plantear hipótesis sobre el estado de tal realidad. El caso al que me referiré es el de la distopía andina para trazar un mapa para probar sus alcances.

 

Situar las distopías andinas

Una pregunta surge cuando se habla de distopías de los países vertebrados por el Cordillera de Los Andes: ¿cómo tal literatura, usando las convenciones de la ciencia ficción, ayuda a pensar lo que se presenta como alguna “sociedad mejor”, gracias a proyectos utópico-políticos y que en el fondo no lo son? El contexto de su surgimiento y escritura es que en dichos países la Modernidad difícilmente alcanzó a concretarse desde sus independencias, lo que causó tensión entre liberales y conservadores, entre imaginadores políticos de prosperidad colectiva y los partidarios de cierta tradición, o, ahora, entre formaciones sociopolíticas que ven en determinadas opciones políticas la concreción de futuro frente a otros que alientan la privatización para el desarrollo social.

De acuerdo con ello, cabría diferenciar la literatura sobre dictadores con las distopías de ciencia ficción. Las primeras, muy latinoamericanas, ancladas con la historia, retratan caudillos cuyo dominio es cruel, gracias a un aparataje estatal que erigieron mediante artimañas. En las segundas, la diferencia radica en hacer el distanciamiento cognitivo para producir un novum, de la realidad social y política, según Darko Suvin en su Metamorphoses of Science Fiction (Yale University Press, 1979): aunque tomen como base la realidad actual, los escritores de ciencia ficción andina la proyectan hacia un lugar y tiempo distinto para advertir las contradicciones de la realidad con mirada nueva; puesto que un factor esencial de la ciencia ficción es la determinación tecnocientífica (en nuestro caso, la tecnopolítica) no interesa del todo al dictador, sino cómo el sistema de gobierno, el Estado, ha construido una supuesta sociedad del bienestar, aunque se haya conculcado la libertad y los derechos, conformándose así en un sistema único. Este tipo de literatura, en suma, estaría desanclada de la historia, con la peculiaridad que pretende hacer historia, en tiempo futuro, de la realidad política latinoamericana.

 

Un mapa de distopías andinas

Digamos que las primeras distopías andinas se dieron al calor del darwinismo, las crisis por formar la nación contra el mundo aún salvaje o bárbaro. Así, Sandra Gasparini (en su artículo “De oradores, polémicas y distopías: la emergencia de la fantasía científica” de 2008) y Rachel Haywood Ferreira (en The Emergence of Latin American Science Fiction, Wesleyan University Press, 2011), afirman que la novela del argentino Ladislao Holmberg, Viaje maravilloso del Señor Nic Nac en el que se refieren las prodijiosas [sic] aventuras de este señor y se dan a conocer las instituciones, costumbres y preocupaciones de un mundo desconocido (fantasía espiritista) (1876) es la primera distopía fundacional andina. Holmberg quería comparar a Argentina, como un lugar donde no se había logrado un sistema político justo, con otro, en Marte, más apto.

Un segundo momento de las distopías andinas inicia con la novela colombiana Barranquilla 2132 (1932) de José Antonio Osorio Lizarazo, cuyo contexto es el fracaso del liberalismo radical (hecho que derivó en un conflicto civil vivido hasta hoy en la región) y la consolidación de un liberalismo de corte conservador. En la novela un personaje va al futuro a constatar los avances logrados en su sociedad; mientras recorre la ciudad percibe el destierro de las relaciones sociales, prevaleciendo un estado de vigilancia a través de dispositivos aéreos con los que se pulverizan a los disidentes. El motivo del fracaso del liberalismo también en Bolivia, permite a Armando Montenegro, en su novela Víctima de los siglos (1955), hacer una evaluación de su país a través de un personaje que sufre el racismo y cree encontrar en un mundo futuro lo soñado; pese a plantearse utópico, nos damos cuenta que en esa Bolivia futura también hay un estado de vigilancia soterrada, donde ya no existe una identidad singular, donde incluso se ha enseñado a los ciudadanos a suicidarse en bien de la comunidad.

Un nuevo marco es el de un tercer momento, relacionado con la bomba atómica, cuyo imaginario funda narrativas de destrucción y la posibilidad de un poder mundial, oscuro y constrictor. Un caso es la obra de teatro de Demetrio Aguilera Malta, No bastan los átomos (1954), ambientada en una isla gobernada por un dictador quien tiene al mundo sumido en la guerra para poner en prueba sus experimentos. Otro es una novela escrita en Chile, luego publicada por su autor en Ecuador, Zarkistán (1952) de Juan Viteri Durand, sobre un erudito que conoce telepáticamente una civilización extraterrestre que se le antoja ideal, la cual, ya vieja, vive en un planeta oscuro, donde se prescinden de las relaciones humanas; el personaje de la novela, asqueado por la humanidad, dada la guerra y la bomba, muere para ir a ese sistema extraterrestre decadente. En el mismo contexto, se sitúa la novela chilena de Hugo Correa, Los Altísimos (1959), acerca de un mundo con su propio orden y gobierno aparentemente utópicos, aunque pronto sepamos que todo está dominado por un sistema que subordina a todos, al modo de un hormiguero. Igual relevancia tiene la novela (publicada en Argentina), La magia de los mundos (1952) del peruano Eugenio Alarco, sobre un mundo totalitario donde se estableció la inmortalidad como régimen regulado, aunque tal mundo esconde un engranaje tecnocientífico de vigilancia, biopolítico y de esclavitud.

Un cuarto momento alude las dictaduras militares las cuales, desde la segunda mitad del siglo XX, trataron de instaurar políticas de desarrollo y enfrentar al comunismo en los países andinos. El énfasis de la ciencia ficción es el apocalipsis, tomando en cuenta el neoliberalismo y la globalización, anticipando sus consecuencias sociales y morales. Así, la novela ecuatoriana Militaria (1982) de Renán Flores Jaramillo, reflexiona sobre el militarismo que trastoca la vida de la gente. También de Ecuador (aunque primeramente publicada en Alemania) es Unemotion (1998; su versión castellana es Yo artificial o el futuro de las emociones, 2012) de Leonardo Wild; en esta una corporación militar sojuzga al mundo y reeduca a los jóvenes mientras prevalece un estado de vigilancia policial con computadoras y cámaras en las casas. En Perú es clave la novela de José B. Adolph, Mañana, las ratas (1984), en la que, pese a dominar un gobierno transnacional, el país se encuentra en medio del caos y a punto de ser gobernado por una guerrilla fundamentalista. Otra es La fabulosa máquina del sueño (1999) de José Donayre, que hace referencia a la violencia estatal y política en Perú, de acuerdo con Elton Honores y Andrea Bell en su entrada sobre Perú en The Encyclopedia of Science Fiction. En Chile citemos a 2010: Chile en llamas (1998) de Darío Osses, que parte de un paisaje destruido en el que los humanos viven como si estuvieran en una cárcel, según María Fernández-Lamarque (en Espacios posmodernos en la literatura latinoamericana contemporánea: distopías y heterotopías, Argus, 2016). Sin embargo, el panorama más complejo es el argentino. El libro de Fernando Reati, Postales del porvenir: la literatura de anticipación en la Argentina neoliberal (1985-1999) (Biblos, 2006) estudia rigurosamente la ciencia ficción distópica, comenzando con Su majestad Dulcinea (1956) de Leonardo Castellani, junto con ciertas obras de Abel Posse, Marcelo Cohen, Orlando Esposito, Angélica Gorodischer, Ricardo Piglia, Osvaldo Soriano, Sergio Chejfec, César Aira, Ana María Shua, Eduardo Blaustein, Sergio Bizzio y Pablo Urbanyi. Estos autores discuten en sus novelas los efectos de la globalización en cuanto afectación a la vida urbana, la destrucción del medio ambiente, los problemas políticos, etc. Cabe nombrar las tardías novelas bolivianas: El huésped de Gary Daher (2004) sobre la sociedad de la vigilancia; Sueños digitales (2000) y El delirio de Turing (2003), ambas de Edmundo Paz Soldán, cuyo eje son cuerpos de vigilancia estatales empleando tecnologías de control; además, la chilena Impuesto a la carne (2010) de Diamela Eltit cuyo relato se emplaza en un hospital-centro de reclusión y de experimentación biopolítica, recordando el régimen de Augusto Pinochet, y la ecuatoriana Los improductivos (2014) de Cristián Londoño Proaño, sobre el gobierno empresarial que trata a los ciudadanos como fichas.

A comienzos del siglo XXI, un nuevo marco tiene que ver con mundos desestructurados, con países caotizados, con regiones que viven liminalmente. Citemos la novela de Santiago Páez, Crónicas del breve reino (2006), sobre un país “inventado”, Ecuador, y su debacle, hasta convertirse en una ruina en un futuro próximo donde impera la violencia guerrillera y la de los laboratorios de experimentación. Otra es la novela boliviana De cuando en cuando Saturnina: una historia oral del futuro (2004) de Allison Spedding, sobre un gobierno indianista fundamentalista que ha refundado Bolivia; igualmente En el cuerpo una voz (2017) de Maximiliano Barrientos, una rememoración tras una guerra civil que ha acabado con Bolivia. En el mismo contexto, de Colombia es Angosta (2003) de Héctor Abad Faciolince, sobre un Estado que somete a ejecuciones a quienes viven en los sectores bajos, considerándolos terroristas. También están: la chilena, Los vástagos de la mente (2014) de Mario Bustos, una distopía posapocalíptica; la peruana, El narrador de historias: Protectorado de Mendoza, segunda quincena de mayo de 2075 (2007) de Enrique Congrains Martin, novela futurista con énfasis en lo geopolítico.

Finalmente hay un nuevo escenario en el contexto de los regímenes autoencasillados dentro del “socialismo del siglo XXI”, el cual, pese a utópicos postulados, reeditan los caudillismos de vieja data. Un tono es el que impera en la literatura distópica de este tiempo, relacionado con la ironía y el esperpento. Es el caso de la venezolana, Las Peripecias Inéditas de Teófilus Jones (2009) de Fedosy Santaella, sobre un régimen represor teocrático, donde impera una burocracia absurda; o las ecuatorianas: Ecuatox® (2013) de Santiago Páez y Anaconda Park: la más larga noche (2017) de Jaime Marchán; la primera alude a un gobierno que se eterniza en forma de clon, cuyo país vive en una aparente felicidad eterna; la segunda sobre un empresario que se hace del gobierno del país ya configura a este como el territorio de la diversión sempiterna.

 

Conclusión

Según lo examinado, planteemos que las distopías andinas son diversas en sus contenidos; no necesariamente siguen los patrones de obras consolidadas como las Aldous Huxley o de George Orwell (para citar ciertos casos emblemáticos), pero sí el carácter político de sus estructuras. Asimismo, no todos los países tienen un desarrollo igual de las distopías. Ello se debe a procesos distintos también vividos en sus sociedades donde las preocupaciones (y también censuras y temores) pueden haber sido otros.

Termino indicando que el mapa presentado acá es apenas el esbozo de lo que puede ser una investigación futura: es posible que no se hayan citado obras y autores también representativos. Por lo cual este ensayo se pretende como una puerta inicial.

Iván Rodrigo Mendizábal

Quito, junio de 2018

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