Una casa junto al río (Antología) de Clemente Riedemann

Una casa junto al río (Antología). Clemente Riedemann. Edición de Carlos Almonte y Juan Carlos Villavicencio. Santiago: Descontexto Editores. 2016. 130 páginas. 

Una casa junto al río

Toda antología subyace a los mismos fantasmas. Todo antologador aqueja las mismas dudas. Todo antologado sufre las mismas faltas. 

La antología Una casa junto al río, que con un cuidado inusitado han preparado Carlos Almonte y Juan Carlos Villavicencio, es resultado de la adjudicación de un Fondo del Libro y la Lectura del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA) de Chile en 2016. Con esta recopilación se da cuenta de la trayectoria poética de una de las voces más homogénea y lúcida de la poesía chilena actual, la de Clemente Riedemann (Valdivia, 1953), que se recuerda a sí mismo que “Sueñas con una casa junto al río, donde en el verde y el azul fluye la sangre que antes fuiste, el semen que un día te puso en circulación”.

En la primera línea del prólogo, titulado “Por boca de los hombres hablan las palabras”, Carlos Cociña utiliza el concepto “territorios”; excelso detalle para una obra como la de Riedemann que, precisamente tejiendo límites territoriales entre sus espacios vitales concretos y las huellas que estos horadan desde el pasado, ha construido el lugar mítico y perdurable que se teje con los hilos de un concepto antropológico identitario acuñado como “suralidad” o “antropología poética” por él mismo.

Dividida en nueve partes, que se corresponden con fragmentos de ocho obras -Karra Maw´n, Primer arqueo, Santiago de Chile, Wekufe en NY, Gente en la carretera, Isla del rey, Coronación de Enrique Brouwer y Riedemann Blues-, y una serie de poemas inéditos -“Candelas encendidas”, “Margaritas” y “En los ojos de ella”-, esta antología se enfrenta a la misma tesitura y subyace a los mismos fantasmas que todas; pero quizá aún más en este caso, porque pocos son los textos riedemannianos que resultan prescindibles si se quiere conocer el universo poético en el que se fijan; un universo en que la voz asciende y desciende en un continuum desde el autoconocimiento íntimo y esencial del ser individual, que al mismo tiempo es todos los seres que con él se identifican, y la lucha de un colectivo por habitar su pasado mediante la palabra, transformándolo en eterno para nunca olvidarlo.

Desde Karra Maw´n (1984) hasta hoy, la escritura de Riedemann ha ido recorriendo los espacios experienciales de que se forja la tradición literaria en que se instala el autor, renovándola y afianzándola desde un espacio geográfico poco propicio para la visibilización -la periferia sur- y que, sin embargo, ha sabido sortear con la paciencia que lo caracteriza como ser humano. Así, leer la obra de Riedemann implica un compromiso vital, una obligada vuelta a los orígenes para no olvidar las raíces que nos mantienen atados a la vida y a la historia; nuestra propia historia. Su evolución transita desde los territorios ancestrales del sur abusado por los colonos, metáfora preclara de otra violación acontecida en un Chile más contemporáneo y menos primitivo -aunque igual de ingenuo-, hasta los espacios, a veces íntimos y otras geográficos, del urbano país que bordea, circunda y marca su existencia poética.

Karra Maw´n (1984) es una crónica mítico-poética de la devastación que supuso la llegada del colono, y “De cómo la indiada le perdió el respeto a los caballeros”; pero también se construye como la gran metáfora de la posterior llegada del chileno, del winka que, contra sus propios hermanos y contra sus pueblos de origen ancestral, devastó al hombre, ahora, más que a la tierra, antes. Si en esta obra se infiere la fehaciente voluntad de dar testimonio de una realidad vital, geográfica e histórica a través de la mitificación del espacio, convertido en lenguaje, en tejido: “[…] reventaban en los tallos / las metáforas”, en Primer arqueo (1989) se hace oprobio al dolor agudo que aqueja el sujeto (“Pero no pueden matarme. / Porque no pueden matarme dos veces…”); al recuerdo de un tiempo en que la felicidad había sido mancillada, se había convertido en mito y solo era reconocible en pequeños momentos, en pequeñas revoluciones personales ejercidas desde una lengua cruda, vital y algo obscena, como solo puede ser la lengua que regurgita el dolor: “[…] Mahoma entraba en un café-porno de Hamburgo. / Marx cantaba canciones de los Beatles, mientras Moisés / se empinaba una Coca-Cola y el cola ponía / el culo al puelche”. Pero en Santiago de Chile (1995), Riedemann, el otro, el de las palabras, acepta con calma lo que el destino le depara y se predispone a dejar “Que la vida haga su trabajo”.  

Con Wekufe en NY (1995) y Gente en la carretera (2001) la búsqueda poética de Riedemann llega a un punto álgido. En ambas obras se reconocen sus influencias, sus impulsos, sus experiencias, sus amistades, su amor… que va recogiendo como en hojas de ruta (“Cierro los ojos/abro los ojos, las luces nerudean a lo lejos. Es preciso que el poeta viaje para amar de un modo nuevo lo que le pertenece: el volcán que lo parió, el corazón de su mujer grabado en el árbol más alto del bosque”), o como en diarios íntimos con unos protagonistas a los que habla mirando a los ojos (“Cuando viniste a Chile, en el verano del 91, los duendes parecían estar ebrios: interrumpían las conversaciones con escenas de otras películas. Las frases, presas del estupor; se aferraban a las manijas de las butacas y nosotros –lo que queda del nosotros que fuimos– permanecíamos sumidos en un profundo silencio, buscando la posibilidad de mirarnos, con el temor de no encontrar el río en el fondo de los ojos”).

De otra facción poética, cercana a la prosa, es Isla del rey; una vuelta a los orígenes de la escritura ecológica e identi(ta)(ficato)ria que, sin embargo, lejos de aquella pluralidad de Karra Maw´n, cava en lo más íntimo del sujeto que añora, en la plenitud de la vida, “Una casa junto al río” porque “sólo en esa casa junto al río te es permitido hallar el cofre que contiene el sustento de tus días”.

Coronación de Enrique Brouwer (2007) describe el viaje vital, así como lo hacen las grandes epopeyas, que desde el río cercano hasta el ancho mar inicia el que llegará a ser “H. Brouwer, navegante”, para volver, como un viaje a la semilla, a la memoria del padre, ese lugar mítico a donde siempre se debe volver, y coronar el viaje poético con Riedemann blues (2016), donde la voz se aparece ronca, profunda y quedada, enumerando los quehaceres, las deudas con la vida, en fin, reconciliándose con un pasado que ya nunca se fue, con el que es obligada tarea convivir.

Cierran el volumen tres poemas inéditos que invito a leer como una recurrencia a la continuidad que la obra de Clemente Riedemann Vásquez establece con su memoria inquebrantable y penetrante hasta el dolor, hasta la esperanza, hasta el recuerdo del ser primero que algún día fue.

 

Zenaida M. Suárez Mayor
Universidad de los Andes, Chile

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