El sabor de la luz

 

Edición de video de Carolina Rueda.

Para Fidel, el psicólogo, por regalarme el germen de esta historia, con su existencia.

Se llamará Svieta, de 11 años, pero aparentará más. Una de esas niñas-mujeres típicas en el trópico. De familia pobre, barrio periférico, barbacoa. Traviesa, segura de sí misma, disfrutará la música, la estudiará. Soñará con un príncipe azul, como todas, pero tendrá más miedo a que los demás conozcan sus sueños. Por eso, hará de su cuerpo su mejor juguete. Transgresora. Enloquecerá y luego dejará a los hombres mayores, con dinero, con carro, con poder y prestigio. Uno la dejará a ella, y el despecho le dará por vengarse a través de uno de sus coetáneos. Con el más niño, el más indefenso, el más... y el menos. 

Por supuesto, al instante siguiente de imaginarlo ya sabrá quién será la víctima perfecta... y se sentirá traviesa, abusadora, de solo pensarlo. Pero a la vez sabiendo que lo hará, de todas formas...

                    *****

—Cuidado al subir, Héctor. La escalera la hizo mi padre, y los escalones no le quedaron muy parejos... atención con tu guitarra y esa esquina... Bueno, aquí estamos; sí, es chiquito, pero es mi cuarto... Déjame encender la luz...

El olor; madera vieja, líquido de fumigar, aceite de cocina usado muchas veces. El pasamanos rugoso, mal cepillado, vivo, cada escalón con su propio tono de crujido. La humedad típica de todo sitio cerrado erizando la piel. Su voz, más ronca que nunca, derramando palabras innecesarias.

—Svieta, ya sabes, a mí no…   bueno, si tú quieres, enciéndela. Y cálmate. Tu voz suena nerviosa... ¿seguro que...?

El suelo liso y a la vez desigual. ¿Albañiles descuidados con el nivel? O losetas recicladas, alabeadas. Las paredes ásperas, como sin dar el fino. ¿Construido por la propia familia, quizás? Su respiración cercana, y agitada por la breve pero empinada ascensión.

—En fin ¿quieres acostarte conmigo o prefieres seguir siendo virgen para siempre?

Su voz aún acezando, rajada, entre furiosa y renuente. Y su rabioso olor a hembra núbil, potenciado por el sudor del esfuerzo, perfumando la minúscula habitación con su promesa.

—Bueno, yo... sí, sí quiero.

Emoción, zozobra. Corazón latiendo como bombos en Así hablaba Zaratustra de Strauss. Palmas húmedas de sudor. Muchas cosas que decir, sin palabras. Calor en la piel. ¿Será eso ruborizarse? Bendita oscuridad. ¿Qué es la oscuridad? Ausencia de luz. ¿Qué es la luz? La ausencia de oscuridad. Fácil.

—Eso pensé. Entonces cállate y empieza de una vez. Pero ya. Es más; te voy a tomar la palabra. No voy a encender nada. Y esta barbacoa es una boca de lobo. Va a ser raro. A oscuras, y templándome a un...

Su sarcasmo suena como vidrios lejanos azotados por granizo. Frufrú de sobrecama quitada de un tirón, que desnuda el aroma de un sudor, antiguo y delicioso, inconfundiblemente suyo, impregnado en sábanas y almohadas.

Interrumpirla cuando ya se sabe que no hay nada que interrumpir, que no pronunciará ESA palabra:

—No lo digas, por favor...

El tiempo, detenido. Lejos, el rugido de un camión. Grasa en el aire; algún vecino del solar friendo carne de puerco para sacar manteca. Dos que discuten. La Habana de fondo.

—Deja esa autolástima ya, Héctor. Al pan, pan, y al vino, vino. ¿Prefieres que te diga invidente? Pues no me da la gana. Esto es como la vida. Sin vaselina. Ciego, ciego y ciego, chico...

                        *****

Sería distinto si ella fuera delicada como una flor, tímida como dicen que deben ser las adolescentes, educada, recatada, casi niña. Si su voz temblara de solo pronunciar la palabra sexo, con los estremecimientos de la inocencia preocupada por el pecado. Si su risa fuese casi callada, como escalas en el arpa, su paso breve, ligero, como tratando de pasar inadvertida...

Pero ella es revoltosa, no quiere ni sabe ni puede pasar inadvertida. Venática e inconstante como la ráfaga de viento de cuaresma, que despeina los cabellos en todas direcciones y colma de polvo el aire. Vehemente, nunca contenida ni autocensurada. Natural, espontánea. Ríe, se enoja, se entristece con silencios angulosos, punzantes, difíciles de tragar como espinas de pescado. 

En sus furias puede florecer en gritos que le quiebran y estrangulan extrañamente su voz un tanto ronca, se vuelve golpes con el estuche de su trompeta contra el cemento, explota en patadas a los canteros. Pero perdona rápido, y entonces su risa vuelve a flotar sobre el murmullo de los demás. Libre, suya.

Svieta no pertenece a los que llegan a buscarla en esos autos modernos que frenan chillando y arrancan con suspiros roncos de sus motores ultrapotentes, dejando detrás su olor a goma quemada, cuero auténtico, gasolina sin plomo y ambientador caro. Ni tampoco a los otros, los jinetes de las motos de petardeante alarido, los que huelen a mezclilla y gel para el cabello y fuman Populares envueltos en nailitos, que crujen cuando los estrujan con sus manos ávidas de enroscarse en torno a mi Svieta.

Su olor es ¿dulceagriosalado? Es solo suyo. Brota desde debajo de su saya como las ondas de calor irradian de una vela. Debe ser por esas ondas que todos la desean. Dicen los envidiosos (y más aún las envidiosas) que ella anda con todos. Que es una puta, jinetera, interesada, y yo un pobre tarrúo imbécil. 

Tarrúo. La palabra suena fangosa, sucia, estúpida… córnea. Puta. Dicen que Dios le dijo a Eva, cuando los expulsaba a ella y a Adán de paraíso: Serás igual a él cuando puta deje de ser una mala palabra. Falta mucho todavía, entonces.

Svieta está viva, y le gusta disfrutar. Solo quisiera que fuese siempre conmigo y nunca con otros. No quedarme fuera, como cuando comparten la luz. ¿La luz? 

Tampoco me importaría tanto, si ella fuera en verdad esa que dicen. Pero es que yo sé que detrás de esa Svieta superficial y mundana hay otra, invisible, sonora y olorosa, la que solo yo conozco. La que disfruta el be-bop y el dixieland en esas locas sesiones de improvisación cada vez que la invito a mi casa. La que huele por las mañanas a naranja agria, la de los besos que dejan en mis mejillas sabor a mango. La que me enseñó lo que era al rojo, poniéndome la mano en su pelo, al sol.

Svieta y Héctor. Me gusta el runrún de nuestros nombres juntos. Me recuerda el fluir de conchitas dentro del palo de agua que me regaló mi madre. El río encerrado en un trozo de madera.

No sé si la quiero. Ni sabría cómo decírselo. Cómo explicarle lo que siento, a ella que ve, sin imágenes. ¿Decirle que el mundo huele a rosas y suena a campanas de plata cuando la tengo cerca? O que quisiera tanto, tantísimo, que fuese con ella... mi primera vez, porque es la que dicen que nunca se olvida…

                    *****

Su piel es antorcha que quema a través de la tela. Tus manos, torpes pulpos, dudando en cierres y botones. Sus manos, gráciles y suaves felinos, caricia ardiendo en el rostro.

—Héctor... ¿te han dicho que eres precioso? Tu pelo dorado, tus ojos, tan azules. Lástima que...

—Dilo: que no me sirvan para nada. Bueno, ahora tampoco me los puedes ver. Lindo... eso no significa nada para...

—¿No te han dicho también que hablas mucho... y haces poco?

Sus dedos en tu boca, obligándote a chuparlos, antecediendo a la lengua que busca la compañía de la tuya, ansiosa, atrevida y a la vez tímida.

—Svieta, yo... no sé... no me lo imaginé así, tan rápido… deberíamos, no sé...

La música de un tema estúpido y obsesivo de Enrique Iglesias, a cuadras o milenios de distancia. Alguien quema hierba recién cortada, probablemente en el solar de atrás.

—Imagínate que soy una de esas guitarras eléctricas que siempre quisiste... una Fender, una Kramer...

—¿Una Ibanez de siete cuerdas, como la de Steve Vai?

—La del Sex and Religion... ¿qué discazo ese, eh?  

—Sí... Svieta, tú eres mi sexo y mi religión, y no estoy seguro de que esto esté bien...

Fortissimo de miocardio en el parche del tórax, confusión, miedo a lo que pase y a lo que no pase. Sudor en las manos. Sentirlo y olerlo. Miedo a acariciarla. Pánico a no hacerlo.

—¿Entonces era mentira lo que decías el otro día? ¿Que me necesitabas más que qué...

—...que al aire que respiro.

—Pues respírame bien profundo, Héctor. Tócame, sácame música... Déjame sentir los callos de tus dedos. Tus manos... Fuertes, de dedos largos, como con vida propia. Manos de músico.

Su piel ritmo lejano. Joe Satriani e Ingwie Malmsteen construyendo acorde por acorde su sabor a mango dulcísimo bajo el sol. Saladiagridulce. Sus manos, atrayéndote. Una dureza presionándote insistente el pantalón. Pide estallar, como en las noches en que piensas en ella y luego limpias la erupción de nieve ardiente, medroso de que pueda verlo tu madre. 

—Quiero tocar un concierto en las cuerdas de tu piel, Svieta.

—Y además, poeta. Qué pena que no... pinga, olvídalo, Héctor. Solo tócame. 

Su sabor: mar, comino, agua de coco. Su carne, suave flan entre tus labios. Sus senos, conos perfectos, duros y dulces como mangos pintones, derritiéndosete bajo la lengua y sobre los dientes.

—Svieta, ¿seguro que... quieres? ¿Ahora, así?

—Por tu madre, Héctor, cállate ahora... no pares... tu boca, así, baja más, ¿no te doy asco? Estoy sudada, debí bañarme...

Sabores secretos. Lo más agrio y salado en el centro de lo más dulce. Aroma antiguo, tacto suavísimo, textura entreverada de suaves espirales pilosas. Humedad sobre humedad. Calor de fuera y más de dentro. Morder suave, traguilamiendo, lamitragando.

—Me gusta... tu sudor... Como todo... lo tuyo...

—Así, no pares...

Telégrafo Morse vuelto carne y titilando bajo la lengua, tembloroso en toda tu boca.

—Ay... Héctor, ay... 

                *****

¿La luz? Nada. Para mí, el sol es un calor alto y grande. Las demás, si son muy fuertes, las siento como el golpe de viento cuando pasa un pájaro o un murciélago cerca. No es el animal mismo, pero sé que está ahí. Algo así deben ser lo que me han contado, las sombras. Como el hueco que queda en la tierra cuando se saca una piedra. Una impresión, una huella, no la misma piedra. 

Hubo un tiempo en que leía muchísimo. Mi madre gastó cientos y cientos de dólares en comprarme todas las historias que pudo. En Braille, claro. Con la práctica, me hice muy rápido. Mis manos leían veloces. Llegué a participar en exhibiciones y todo. Pero un día me cansé. El mundo del que hablaban esas historias no era el mío. Todo él era colores, formas, siluetas, luces, sombras. No tenía sentido esforzarme en imaginar una realidad que nunca podría entender. 

Luego descubrí la música. Hace años que el único Braille que leo es el de mis partituras en relieve. Lingua franca, sin letras. Los idiomas están hechos para gentes que usan los ojos más que nada. Ni el oído puede competir. No hay suficientes palabras para olores, sabores, para texturas. ¿Cómo sería el lenguaje de los perros, que sienten el mundo ante todo a través de su nariz? Tal vez sería más fácil para mí hablar ese idioma que cualquier otro de los humanos.

Yo nací así, y mi madre dice que es lo mejor y a la vez lo peor. Lo mejor, porque nunca conocí la luz, así que no puedo llorarla. Solo sé que es caliente, y la oscuridad fría. En un país tropical, la oscuridad debería ser mejor, pero todos hablan mucho de la luz. Lo peor es que si ni siquiera puedo distinguirlas, no hay modo de explicarme muchas cosas. Los colores, por ejemplo. Rojo es el sol, en mi cara, o el pelo de Svieta al sol, al cabo de un rato. Es un color caliente. Los demás, no sé. ¿Cómo explicarle a un sordo lo que es la guitarra de Django Reinhardt sonando tristísima entre sus tres dedos, en su jazz serio? ¿O las carcajadas rítmicas de Satriani y su viola en Surfing with the alien? No hay modo.

Cuando era pequeño, me desesperaba por eso. Escuchaba los muñequitos, las películas, y caminaba vacilante, pero sin chocar con los muebles, hasta tocar la pantalla del televisor, buscando. Solo sentía erizarse mis vellos. Pero no el sabor de los colores, ni la textura de la luz.

Con el tiempo, ha dejado de importarme. No es como si lo hubiera perdido. Pero, de vez en vez, todavía me pregunto si no habrá un modo de traducir la luz a olores, sonidos, sabores...

                *****

Pulida concha sus piernas abriéndosete, idioma de sabor y tacto, sin palabras. Sus manos reclamando, más cálidas que nunca. Lengua en tu oreja, pies garfios en tu espalda. Frotación.

—Svieta... me gusta el olor... de tu placer. Y el sabor...

—Pero, acaba de zafarte ese zípper. Ven, así... Quiero tenerte dentro entero... ahora, ya...

Sus manos, su humedad, su imán complaciente volviéndote dócil limadura de hierro en su campo magnético. Como dos trocitos de plástico de esos juegos de construcción infantil, que no requieren de ojos para ensamblarse.

—Svieta, Svieta, eres... tan suave... 

—Cállate y muévete... ay coño... así... qué grande... qué calladito te lo... tenías...

Olvidar las palabras. Ni ellas ni la luz son Svieta. Dejarse llevar, succionado por manos y piernas que fluyen hacia sí mismas. Lejos, coros de miles de silbidos. Un jadeo cósmico. La piel arde, sobra, vuela lejos. Aritmética extraña. No más dos. Uno más uno es uno. Puente entre dos continentes de carne. Embolo, cilindro. Bombear. Sonidos chapoteantes. En la punta de tus dedos, escozor. Talones duros en tus riñones. En tu boca, escurridizo, más sabor a mango y a Svieta que nunca...

—Svieta... Svieta... ¡SVIEEEETA!

—¡Ay, sí, sí... coño, Carl... ¡COÑO, TE QUIEEERO, HECTOR!

Explosión. Caída. Esa sensación tan familiar de las noches solitarias, pero mil veces más fuerte. Como el fluir de un tubo de pasta cuando se aprieta entre las manos. Pero también ser el tubo. Vaciarse. Duele. Todo junto. Aaaaaah.

 Apartarse. Después de verter toda la pasta de dientes en el lavabo vendrá siempre la madre, a regañar. Nada bueno dura. Tener deseos de estar muy, muy lejos...

—Héctor, déjame explicarte, o te vas a creer que yo...

—Déjame. Lo sé todo. De Carlos el de la Jawa y esa tipa de la CUJAE por la que te dejó...

—Héctor, yo... siempre has sido mi amigo. No quise herirte. Yo solo... ¿Si lo sabías, por qué?

—Tal vez porque soy, además de ciego, comemierda... O era.

—Pero, ¿adónde vas? ¡Cuidado con...!

—No te preocupes. Me sé el camino. Además, no necesito la luz. Oye...

—¿Sí? Mira, esto no tiene que significar que tú y yo... podamos, no sé... ¿eh?

—Sí, lo sé. Tú y yo, nada. Clarito, clarito. Gracias por todo. Es lo que se dice ¿no?

—¿Gracias? ¿Gracias y eso es todo? ¿Así, como si fuera una puta, o un preservativo que se usa y se tira? ¡Yo... cojones, creí que iba a ser distinto contigo! ¡Debías besarme los pies, llenarme de oro por haber sido tan buena de estar contigo! ¡Malagradecido! ¡Me cago en tu madre, ciego de mierda...!

—Yo también te quiero, Svieta... Nos vemos.

                *****

Uno piensa que no se va a ser jamás lo mismo después, y es verdad. Pero solo en parte. No como creía. Es raro; terrible y bueno a la vez. Demasiadas sensaciones: calor, humedad, temblor, ese vaciarse, todo junto. No sé cómo pueden, además, resistir verse en ese momento.

Dicen que los ciegos de nacimiento somos insensibles, de rostros inexpresivos, fríos. Será verdad. Será porque nunca hemos visto en caras ajenas las expresiones que deben acompañar la risa, la tristeza, el dolor. Será que sentimos más para adentro, sin luz.

Todavía a veces mi madre insiste en leerme poesía, desesperada porque ya no toco mi montón de cartones perforados. La mayor parte de la poesía me parece tonta. Peor aún, ajena. Metáforas, símiles, en fin, imágenes. Palabra rara para un ciego. Si fuera sonidos o hasta ecos, tal vez todavía. Pero así, no.

A veces, cuando hablamos casi como antes, me pregunta si me siento bien, pero no me cree cuando le digo sí. Una vez, aburrido, hice una metáfora involuntaria para ella. Le dije que mis libros en Braille solo eran coladores llenos de huecos por los que se me escapaba el sentido del mundo que ella y los demás con ojos conocían. Que no volvería a leer más hasta que encontrara un libro que hablara del sabor de la luz, de la textura del color, de los olores de la sombra.

Luego vino Svieta. ¿Una obsesión? Aquella tarde extraña en su barbacoa, su seguridad, su miedo, su despecho, su odio. Creí estar enamorado de ella, necesitarla más que a nada en el mundo. Fue por eso que, incluso sabiendo que solo me quería para restregarle otro hombre por la cara a ese Carlos-con-moto-Jawa, acepté su invitación. 

Ahora ya no sé. La siento en los pasillos de la escuela, pero ella me evita. Su olor, ese aroma que todavía recuerdo de noche, en mi cama, relamiéndome como un gato, ahora es apenas una sombra, debajo de otro extraño, como de medicinas. ¿Qué ha pasado? No sé si me gusta esta nueva situación, o si prefiero la de antes, cuando me ignoraba y yo podía soñarla. No sé si la quiero, si la quise...

Pero sí sé que aquella tarde, en su barbacoa, sus besos fueron el sabor de la luz. Su ausencia, su desprecio, su ignorarme luego, es el sonido de la sombra. No sé si me gusta poder distinguirlas ahora, o preferiría seguir sin saberlo, como antes, y soñándola.

Le pregunté a mi madre, y me dijo que Svieta en ruso significa luz. Por supuesto...

                *****

El será ciego de nacimiento, de nombre Héctor. Rubio, de ojos azules, hermoso como un elfo, un joven dios nórdico o un ángel decapitado de sus alas, hijo de papá, nacido en cuna de oro, criado por una madre divorciada llena de complejos de culpa, atenta a su más mínimo capricho. Parecerá suave, frágil, tímido, inocente, pero tendrá la fortaleza extraña de los que resisten todo sin cambiar. No conocerá mujer, ni más mundo que el suyo, y la música. No conocerá la luz y la oscuridad, pero querrá entenderlas. Y ella estará oportunamente cercana, mujer, experta, adorable, respuesta, probando fuerzas con el mundo entero, e ignorándolo. Svieta. El la deseará, procurará siempre estar cerca de su piel y su risa, como todos los hombres, curioso, hasta creer estar enamorado. Pero, a diferencia de los demás, no hará nada. Solo esperar, sabiendo que ella estará destinada a aclararle el misterio, a develarle el sabor de la luz... de algún modo.

Así, pasará una tarde, entre el polvo y la oscuridad, en la barbacoa de ella. Y luego él, aún curioso, ya no sabrá qué siente por ella. Salvo un raro malestar de su ausencia.

Ella, desconcertada, lo seguirá de lejos por los pasillos, y no le importará que la gente la mire, extrañados, viendo invertidos los papeles. Llevará siempre en las manos el pomo de nafazolina, y constantemente vertirá una, dos, tres gotas en su nariz, para que el olor agrisalado de sus lágrimas no la delate a la sensible pitituaria de él, cuando no le quede más remedio que pasar a su lado, siempre callada, siempre mirándolo. Esperando. Tratará de sorprender algo en su rostro impenetrable de ciego de nacimiento. Una sonrisa, una mueca de asco... algo para poder saber que ella aún existe para él. 

Un gesto, una palabra. Algo. Cualquier cosa.

20 de abril de 2000

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