Aquí sí se entiende todo

 

Alberto Chimal, autor mexicano.

En el video aparecen dos hombres. Caminan entre los autos por el estacionamiento. La cámara está fija en el techo, o tal vez a una columna de concreto, y ambos se alejan de ella. Uno viste un overol naranja, muy sucio, y el otro una camiseta verdosa que alguna vez fue negra, pantalones de mezclilla y zapatos tenis viejos y gastados. Sus caras nunca se verán claramente: ahora están de espaldas, por supuesto, pero en cualquier caso las sombras serán siempre espesas y negras, de alto contraste. Además, la textura de la imagen es áspera, de poca resolución. Los colores son muy intensos –sobresaturados–, pero esto sugiere que la grabación fue procesada.

De pronto hay un movimiento en el borde de la pantalla. Un tercer hombre se ha puesto enfrente de los otros dos. Está vestido de payaso: pantalones verdes, chaqueta roja y zapatos amarillos. Trae puesta una máscara blanca, probablemente de hule, con mechones de falso pelo de color azul o violeta.

Las facciones de la máscara son las de un demonio, con grandes colmillos.

Los otros dos hombres, evidentemente desconcertados, se detienen. Por unos segundos no se mueven.

En este momento se revela que delante del payaso, entre él y los dos que lo miran, hay un cuerpo tendido en el suelo. Es que se mueve un poco. Está parcialmente oculto en una sombra en el piso y parece, primero, una mancha, una forma sin sentido. El movimiento lo convierte en un conjunto coherente: la cabeza, con un rostro de facciones inciertas; su brazo izquierdo –una manga larga, un manchón informe que debe ser una mano– y tal vez parte de su torso.

Pasan segundos. Las otras figuras –el del overol, el de la camiseta, el payaso– permanecen inmóviles y permiten que la atención se concentre en el cuerpo tendido. Su movimiento podría ser vacilante o podría ser espástico, fuera de control. ¿Está herido, drogado?

No se sabrá. De pronto el payaso levanta un martillo enorme (¿de metal?, ¿lo tuvo siempre en las manos?) y golpea con gran fuerza la cabeza del cuerpo tendido, que truena (¿o explota?, ¿qué es ese sonido que se escucha?) y arroja un chorro de color rojo hacia el del overol y su amigo.

Ambos gritan. Ambos dan media vuelta, con lo que muestran a la cámara sus pechos y sus caras embarrados del líquido rojo. Ambos huyen corriendo con el payaso tras ellos, blandiendo su martillo. Los tres salen de cuadro y no regresan.

El video termina. El reportero cierra la tableta y se la devuelve a la editora.

—Es una de esas bromas pesadas —dice—. De las que hacen con cámara escondida. De seguro el que está en el suelo es un muñeco. La cabeza es un globo lleno de alguna sustancia y tiene un resorte o algo que le mueve el brazo. En la página no aparece quién lo hizo, ¿verdad? No hay logos ni nada…

—No.

—Debe estar recortado: lo tomaron de algún otro sitio. Típico. A lo mejor por eso está procesado y se ve así. Mándame la dirección para verlo luego en casa. Y pobre tipo, el del overol, ¿no?

—¿Por qué?

—Porque estaba hecho un cerdo. A la hora de echarse a correr debe haber tenido un infarto.

Los dos ríen un poco, levísimamente.

—¿Entonces me mandas la nota mañana en la mañana? ¿Qué te dijo el especialista? —pregunta la editora. Se refiere a un académico que aceptó hablar con el reportero sobre su tema: las leyendas urbanas (y sus muchas derivaciones modernas, entre las que están por supuesto videos como el del payaso) y su gran popularidad en algunos países con altos índices de violencia.

El reportero saca su propia tableta, la enciende y abre un archivo. Dice:

—Es un poco obvio, lo que dijo. Que la realidad supera siempre a la ficción, que la gente sabe que las historias de horror más impactantes son las de la vida real, las masacres… A ver, déjame encontrar una parte —con un dedo mueve el texto por la pantalla—. La gente en países como éste, dice él, no puede “escaparse”, distraerse con esas historias violentas como lo hace quien no las tiene cerca. Simplemente porque son su realidad. A menos que sea muy rico, que sea político o capo, de escape no le sirven. Y entonces se tiene que buscar otras. Que parezcan reales, pero que tengan que ver con otras amenazas. Payasos asesinos, monstruos del espacio con muchos tentáculos, el Hombre Delgado…

—¿Qué es eso?

—¿El Hombre Delgado? Un tipo muy flaco, sin cara y como de tres metros de alto que sale en fotos.

—¿A la gente le da miedo eso?

—Es súper popular. Pero el punto, según el tipo éste, es que los monstruos gustan no sólo porque entretienen, sino también porque en el fondo son un consuelo. A sus víctimas siempre se les ve de lejos, siempre les va peor que a uno, y además uno puede entender lo que les pasó, cómo se pusieron en peligro, qué error cometieron. Se podría decir que lo mismo pasa en los videos de ejecuciones, de decapitaciones: “qué está haciendo ese tarado en Siria”, “para qué se mete con narcotraficantes” —la editora hace una mueca y el reportero marca las comillas en el aire—… Así piensa la gente. Pero se ve mal admitir que uno se entretiene viendo una muerte verdadera. Mejor ver muertes igual de violentas pero que uno pueda defender diciendo que son falsas. Hay otra cosa que dice esta persona… —el reportero busca de nuevo en el archivo— Aquí está. En la vida real uno no entiende por qué le va mal, por qué no tiene dinero, por qué lo deja la pareja, por qué los que tienen el poder hacen las cosas que hacen. Pero aquí sí se entiende todo.

La editora conversa un poco más con el reportero. Luego le dice adiós y éste sale de la pequeña oficina. A un lado de la puerta está el Atacante, pero el hombre pasa junto a él sin prestarle atención: no tiene el aspecto de un payaso, un demonio, un ser inhumanamente alto, un monstruo tentaculado del espacio ni un criminal peligroso. Es decir, la estrategia de desinformación del Atacante y sus amigos –que es muy ardua y compleja: que incluye videos como el del payaso y muchísimo más– sigue funcionando, y nadie repara en él.

El reportero camina hacia los ascensores. El Atacante piensa brevemente en lo fácil que sería echar a andar tras él, abordarlo en algún sitio discreto y llevárselo. Nadie puede resistírsele. Lo más que podría hacer, ya atrapado, sería adelantarse a cualquier explicación y comprender, sin ayuda, lo que va a sucederle.

Pero, desde luego, algo así sería absurdo. ¿Para qué ir precisamente contra un reportero, que es de los que difunden las noticias fabricadas o matizadas expresamente para permitir las actividades del Atacante y de sus amistades?

—En donde se come no se caga —dice, con frecuencia, Carablanca, una de las amistades más cercanas del Atacante. Es una persona vulgar y desagradable. Le gusta dejarse ver y luego castigar a quienes cometen el error de mirarla con demasiada atención. Su frase es desagradable pero no se equivoca.

Así que el Atacante espera a que llegue otro ascensor. Baja al estacionamiento, paga su boleto, sube a su coche y sale a la calle. Conduce a velocidad moderada y sin cometer imprudencias. En poco tiempo ya está ante su casa, ya se estaciona, ya entra y baja al sótano enorme, perfectamente equipado.

Las personas que recogió en la última semana siguen en las jaulas o atadas a las mesas. Y siguen vivas, conscientes, lúcidas.

Nadie entre ellos lo buscó. Nadie tenía afición o interés previo en las historias de conspiraciones y fantasmas. Nadie es tan importante como para que lo echen de menos o investiguen su paradero.

Algunos gritan, para suplicarle o maldecirlo, pero casi todos callan, amansados por los días o semanas o meses de cautiverio. No siempre los más estragados, los que ya no tienen extremidades o piel, son los más dóciles.

—¿Qué pensarían de uno? —dice el Atacante, en voz, alta, pero es una pregunta retórica. Entra en el pequeño guardarropa y sale vestido con la bata blanca y el delantal de cuero, listo para elegir las herramientas que empleará esta noche.

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