Jorge Edwards: Entre lo ficticio y lo real

 


Foto: Miguel Lucena, Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid, España)

Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1931) es uno de los escritores hispanoamericanos de más dilatada carrera en la actualidad. El diplomático chileno ha incursionado en diferentes géneros a lo largo de su prolífica carrera: cuento, novela, ensayo y crónica, fundamentalmente. 

Ha recibido innumerables reconocimientos por su trabajo literario, entre ellos el premio Nacional de Literatura  de Chile (1994) y el Premio Cervantes (1999) en España. Novelas suyas como «El origen del mundo» (1996), «El inútil de la familia» (2004) y sobre todo su testimonio como diplomático en Cuba reflejado en «Persona non Grata» (1973) le han supuesto un gran prestigio como escritor e intelectual. 

Su más reciente novela, «La última hermana» (2016) es una lúcida reflexión sobre la gente anónima que arriesgó la vida durante la ocupación alemana para luchar contra el nazismo. En este caso, la protagonista María Edwards, con la que el autor guarda lejano parentesco, es personaje real que Edwards reconstruye a partir de testimonios y ficcionaliza con maestría. 

¿Cómo surgió la idea de escribir La última hermana?

Digamos que gracias a Carlos Morla Lynch, muy conocido aquí [Madrid, donde se desarrolla la entrevista] por que era el ministro de Chile en esta ciudad y le dio asilo a una cantidad enorme de gente que corría peligro durante la Guerra Civil. Fue amigo de Federico García Lorca.  Y a través de él conocí a muchos hispanistas franceses que, al escuchar mi nombre, me preguntaban si yo era pariente de María Edwards. Eso ocurrió a mediados de los años sesenta.  Hasta entonces yo no había oído hablar de ella. Era la última hermana de los dueños del periódico El Mercurio de Santiago y, por circunstancias personales, vivía en París.

¿Cómo era aquel París en el que vivió María,  su protagonista?

Era un mundo frívolo el suyo, un mundo elegante, pero cuando llega la II Guerra Mundial decide que no quiere dedicarse más a jugar al bridge. Quiere ser asistente social. Y empieza a trabajar en el hospital Rothschild. 

Pero aquello era peligroso, especialmente para alguien como ella…

En efecto pues ese hospital es una fundación judía. Yo lo visité y hablé con el director. Me mostró la antigua maternidad, que ahora son casas de la administración. Ella salía por allí con los niños escondidos debajo de la capa. Pero, después de un tiempo, se supo de ella y la torturaron. Pero eso no la hizo variar en su actividad. Extremar la cautela, quizá. 

¿Ella estuvo en contacto con los niños que salvó?

En la novela aparece una despedida que le hacen los niños. Hubo contacto por correspondencia con algunos, pero con todos y durante mucho tiempo mantuvo algo más importante: su manutención. Yo pude entrevistarme con un par de ellos. Uno es un violinista importante, NOMBRE DEL MUSICO?, y el otro un sastre que vive en las afueras de París. 

El París frívolo o mundano que describe es ciertamente novelesco.

¡Pero real! María tuvo una gran relación con Jean Cocteau, con Colette, con Vicente  Huidobro y muchos otros artistas e intelectuales que pasaban por su casa, donde se daban grandes fiestas. 

¿Cómo llega esta chilena a París? Porque la novela tiene grandes dosis de biografía…

Ella estuvo casada con un diplomático, Guillermo Errázuriz. y este, en 1922, se suicidó porque estaba enamorado de una actriz norteamericana. María se volvió a casar, esta vez con Jacques Feydeau, que era el hijo del dramaturgo Georges Feydeau. Se separó de él 1926 y así es como se queda en París.

Tenía un gran amigo allí, que juega un papel importante en la novela porque la acompaña de principio a fin… 

Sí. Este era René Núñez Schwartz, un español de origen sefardí, que viene escapando de España. Posiblemente era comunista. Y bisexual. Él la acompañó a Chile desde París, cuando regresa arruinada. Como digo, tuvo que seguir dando dinero a cada niño que había salvado. 

En la novela, María habla constantemente de una hija pequeña que dejó en Santiago…

Eso es lo curioso, lo contradictorio, podríamos decir, de María. Tenía una hija llamada Mita que dejó en Santiago y a la que obviamente no veía. Ella salva a los hijos de otros y sin embargo se despreocupa de la suya propia. 

Otro personaje interesantísimo, es Brunilda, su empleada. 

Eso es una típica ficción mía. Al no conocerse los detalles de la vida diaria de María, me inventé a un personaje que es muy chileno, que es la empleada que termina siendo tu amiga. Brunilda conoció al chofer de la embajada mexicana… y termina casándose con él. Muchos lectores me comentan sobre este personaje. El profesor de la universidad de Oviedo Eduardo San José desarrolló la tesis de que lo esencial de la novela no es la salvación de los niños. Es una novela de familia, de muchos personajes. 

Hay otro personaje clave: el almirante Canaris, que salvó a María cuando esta estaba siendo torturada. 

Este es un personaje muy conocido por historiadores de la guerra. Es un alemán de origen griego que conoce el mundo hispano. Le hacen oficial naval del Dresden, cuya misión era vigilar y ayudar a las colonias alemanas del sur de Chile. Y aquí ya interviene la ficción. Yo supongo que como la familia Edwards era muy influyente y dueña de El Mercurio [uno de los más antiguos periódicos chilenos] conoció y supo de María Edwards.

En la novela siempre aparece con varios nombres…

El nombre que yo uso en la novela es real: Wilhelm Canaris.  Este falsificó un pasaporte chileno a nombre de Reed Rosas, un chileno de origen inglés. Recibió entonces la orden del ejército alemán para escapar de Chile y trabajar como espía. Cruza la cordillera, y llega a Europa. Allí se une al ejército alemán. Lo acusan de haber participado en el asesinato de Rosa de Luxemburgo.  Después de la guerra, pasa a ser agregado naval en España.  Se supone que él es uno de los que le advierte a Franco que no se meta con Hitler. Él siempre consideró que Alemania estaba condenada a la derrota. 

¿Qué tanto quiso ser fiel a la historia real?

Uno de mis problemas fue contar en ficción todos los detalles de la vida de esta gente que existió de verdad. Los detalles en la casa de Canaris cuando lo va a detener la Gestapo, por ejemplo. En mi primera versión había un fallo. Porque el aspecto antisemita de los alemanas en el París ocupado comenzaba demasiado rápido. Y un buen amigo mío, el notable historiador italiano Maurizio Serra, me dijo «no vayas tan rápido en esa parte porque los alemanes se fueron revelando poco a poco». De manera que organicé mejor el argumento porque cuento que los diplomáticos hispanoamericanos se van a Vichy y los que quedan en París son los cónsules. Uno de estos fue Salvador Reyes, escritor chileno muy reputado en su tiempo a quien yo conocí personalmente.

¿Cuándo sabe usted que tiene material para una novela?

La mayoría de las cosas que yo he escrito como novelas se me han ocurrido porque he sabido una historia real previamente. Yo estuve hablando de María durante mucho tiempo. Así como yo hablaba mucho de Joaquín [Joaquín Edwards Bello, tío del autor y personaje del «Inútil de la familia»], que era una especie de cronista anarquistoide que siempre aparecía y desaparecía. 

Al igual que este, otros personajes suyos se edifican en torno a personajes reales, Y además respeta mucho los datos verificados. ¿Se podría hablar de biografías noveladas?

No exactamente porque me tomo muchas libertades. Yo creo que lo que yo hago es una especie de género híbrido que tiene que ver con la ficción y la no ficción. Incluso alguna vez Mario Vargas Llosa me ha dicho «¡no escribas eso como ficción! Escríbelo como crónica.»

¿A la hora de escribir sus novelas tiene algún momento de inhibición respecto a utilizar elementos que no son reales?

A mí me gusta ese paso de la realidad a la fantasía y viceversa. Lo practico de manera consciente desde el principio. Es una característica de mi trabajo literario.  

¿Cómo empieza su vocación de escritor?

Lo menos que se esperaba de mí era que fuera poeta. Yo tenía que ser presidente, empresario o abogado. Pero descubrí tempranamente la poesía por un profesor, Eduardo Solar Correa, que tenía un libro de métrica literaria. Y buscando los sonetos descubrí a los poetas. Fui un poeta clandestino. Les leía mis versos a mis amigos del colegio San Ignacio. Yo sabía que no era buen poeta, pero tenía buen oído. Pero, al mismo tiempo, me llamaba mucho algo que se daba en varios sectores de Santiago: contar historias. Mi madre, mi abuelo eran fenomenales contadores de historias. Y cuando empecé a escribir historias sentía que estaba haciendo algo, no sólo una imitación, como en el caso de la poesía. Escribo cuentos que me suceden a mí o aquellas historias que me cuentan. 

Ahora mismo está corrigiendo una novela sobre un periodo muy particular de la vida de Pablo Neruda: Su etapa como cónsul en Birmania.

Yo tenía ganas de hacer esta novela hace mucho tiempo, quería escribir acerca de ese amor que representó para él aquella mujer, Josie Bliss. Incluso pensé viajar a Birmania y Ceilán para estudiar los detalles. Una conversación con un amigo me dio la pista: «No viajes. Ándate al rastro y busca libros de la época. Acuérdate que Salgari jamás salió de Roma.» Y me compré libros del lugar. Después releí todo lo que escribió Neruda en ese periodo. Básicamente «Residencia en la tierra». Y todo aquello en lo que se refiere al Oriente: «Estravagario», «Memorial de Isla» y «Confieso que he vivido», sus memorias. Y también lo que leía Neruda en esos años, lectura que menciona en varias cartas como «El Negro del ‘Narciso’» de Joseph Conrad o «Mi hermano Yves», de Pierre Loti, Somerset Maugham… y un valioso ejemplar sobre el feminismo en Birmania pues yo hice de Josie Bliss una feminista avant la lettre. Y creo que la realidad coincide con la ficción porque probablemente no se entendió a esta mujer que era nacionalista y feminista al mismo tiempo. Quizá Aung San Suu Kyi, la política birmana, sea una heredera remota de Josie Bliss. 

Ciertamente marcó mucho a aquel joven Neruda porque aparece de una u otra manera en su poesía y sus memorias…

Yo notaba que había dejado un recuerdo fuerte, que escribe el poema  «El tango del viudo» y en general sobre Josie Bliss en «Residencia en la Tierra» y en «Memorial de Isla Negra». Y en los tiempos en que escribe «Estravagario» hace un viaje con Matilde por esas tierras que habían sido colonia británica. Visita Colombo, Rangún… y un personaje lo reconoce: «Ricardo Reyes, el cónsul chileno!»

Esta es pues una nueva historia ficcionalizada…

Así es. Esta novela se empieza cuando lo nombran cónsul. Relata su paso por Birmania y por Ceilán. Y después su regreso a Chile. Pero lo que cuento más detalladamente es el encuentro con Josie Bliss hasta la separación definitiva de ambos en Ceilán, así como algunos episodios de la vida posterior de él. 

 ¿A qué atribuye el hecho de que la figura de Neruda sea tan novelada? Pienso en los libros de Antonio Skármeta, en Roberto Ampuero…

Porque Neruda tiene una vida muy variada: comienza en la India, luego en la Guerra Civil española, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Es un personaje que podría llamarse «novelesco». En el caso de Josie, siempre la tuvo presente no solo en sus poemas sino también en su memoria. 

¿Quién era Josie Bliss?

Era  una birmana que trabajaba durante el día para la administración británica. Y por la noche tenía otro nombre, su nombre real, un nombre birmano del que Neruda no se acordaba.  Trabajar sobre ella ha sido difícil porque no hay retratos, sólo descripciones narradas, alusiones.

Y nuevamente se trata de una mujer la que protagoniza tu novela.

Así es. Porque Neruda va quedando aquí en un segundo plano. Yo creo que sí, que tengo muchas mujeres como protagonistas de mis historias. María Edwards, Josie Bliss, Inés Vargas Elizalde, la protagonista de «La mujer imaginaria»… Es cierto. 

Siempre me interesaron las visiones femeninas en la literatura narrativa. Desde mis primeros cuentos. Desde la historia de una adolescente extraviada en un patio de colegio de monjas en los cuentos de «El Patio». ¿Por qué? No sé si puedo decir exactamente por qué. Fui lector de escritores que describen o inventan a mujeres, desde Shakespeare hasta Flaubert y Tolstoi, y fui lector de mujeres escritoras: la chilena María Luisa Bombal, la inglesa Virginia Woolf. El ejercicio de asumir el punto de vista de mujeres obliga a insertarse en lo otro, en lo ajeno. Es un travestismo interesante y saludable.

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