El sol y la carne de Camila Charry Noriega

El sol y la carne. Camila Charry Noriega. Madrid: Ediciones Torremozas, 2015. 56 páginas.

 

La humana incertidumbre en El sol y la carne de Camila Charry Noriega

De acuerdo con Platón, la relación más pura con la realidad es el silencio. Los místicos también compartían esa idea: al callar se alcanza lo inefable, “el correlato del sentimiento de totalidad, del sentimiento místico”. Sin embargo, en esa misma realidad se ha incrustado una crudeza que ha alienado al mundo y que merece ser enunciada. Piénsese, por ejemplo, en México, en la guerra sin cuartel contra el narcotráfico, en las fosas clandestinas encontradas en Coahuila y Veracruz, en las desapariciones forzadas o en el incremento de feminicidios, ola que también ha azotado a otros países latinoamericanos como Guatemala y Argentina. Es cierto que ante la noticia de un lugar que se desangra llega el mutismo como primera reacción. Pero también es cierto que la violencia despierta una rabia de denunciar y de narrar esos sucesos terribles, para no olvidar que en la historia de un país también hay indignación. Por ello, el acto de silenciar es insuficiente y resulta incómodo. ¿Por qué cerrar la boca, por qué permanecer en la parálisis? Aunque Wittgenstein sostenía al final de su Tractatus que “ante lo inefable hay que callarse”, también dijo que resulta preferible enunciar la violencia que el lenguaje lleva consigo a no decir nada.

Colombia ha atravesado cien años de crímenes y masacres. Las guerrillas liberales y comunistas, así como el narcotráfico lo han descarnado. La reciente votación para llegar a un acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las FARC ha resultado poco alentadora. Desafortunadamente un sector minoritario decidió que no la habría.

El sol y la carne (2015) de la poeta colombiana Camila Charry Noriega (Bogotá, 1979) hace del lenguaje la insurgencia contra la crueldad que han padecido los colombianos y enfrenta a la  realidad y al silencio con la voz poética de la envergadura de un coloso.  Resulta imposible quedar indemne al leer los treinta y tres poemas que contiene el libro. La desolación de un lugar acometido por la barbarie alcanza una claridad perturbadora en la lírica de Charry, se sirve de la poesía para mostrarnos un país derruido en donde se ha privado el significado de estar vivo. Los versos se descarnan y muestran el lenguaje más humano. Sus textos no entran en la caja del poema de denuncia improvisado, de tipo enumerativo, efectista y con versificación irregular y ripiosa. Tampoco busca ser poesía histórica. Esta obra no es, de ninguna manera, poesía panfletaria. Muestra la herida abierta de Colombia con un notable trabajo lírico e interior, esto último entendido como el resultado de una apropiación de la realidad que se muestra honesta y vulnerable en las palabras. Uno de los poemas más estremecedores del libro es “Anatema”: un becerro busca a su mamá entre los cadáveres de las vacas que el río arrastra, mientras los asesinos se van alejando. En la guerra también son víctimas del plomo los animales. Sin embargo, este poema también puede aceptar otra lectura, la de un niño que busca a su madre ya muerta:

Flotaban en el río
los cadáveres de varias vacas jóvenes.
Tras unos arbustos
y estremecido por el agua
que en medio de la muerte se movía
un becerro apareció.
Gemía y corría tras la corriente
para alcanzar el fango
que ya vencía los cuerpos.
Desesperado
sin entender los caprichos de Dios
y el tajo de la desdicha
que le había tocado
a la tarde bramaba
y a su paso
un hilo brillante de sangre iba dejando.
Corría entre las ramas
herido y triste.

Lejos, en la sabana,
Aún el galope de los caballos
fustigados por el grito de los asesinos
rondaba las montañas;
eco de batalla que se sostuvo toda la noche
aunque ya no hubiese
hombres ni vacas
con quienes festejar esta matanza.

Eduardo Chirinos, en el prólogo que hace a El sol y la carne, describe los poemas de Camila Charry con exactitud: “no pueden leerse sin sentir frío en el alma”. En la cotidianidad que presenta la poeta no hay esperanza en un mundo consumido por la ignominia del hombre alienado por la avaricia y el fusil.  Parece que no hay lugar para la salvación. La muerte forma parte del paisaje, mostrado, por ejemplo, en los últimos versos del poema “Páramo de la Sarna”:

A veces parece
que todos los huesos que aún cuelgan de los árboles
fueran endémicas flores que el páramo cristaliza.

Para el filósofo Vicente Sanfélix el lenguaje, para ser violento, exige una asimetría en el poder del agresor y del agredido. Camila Charry Noriega retuerce, da un revés en el modo en que se enuncia el ultraje, de tal suerte que la potencia del discurso es igual a la injusticia, penden de la misma cuerda, la simetría es brutal. En sus poemas los testigos son los perros, las reses, niños que corren por el campo sin saber cuándo estará minado, un pájaro imaginario que es la esperanza de justicia porque imprecar a dios no es suficiente. Si rezar no puede salvarnos de esto, al menos que lo que salga de la boca del hombre valga algo para sí mismo, o dé seña de que no todo se lo llevará el exterminio, como expresa el poema “La palabra ha muerto”:

–Dios, sálvame de tu furia, dame luz y sed
protégeme de mí misma,
aunque sea haz que en mí las palabras digan algo
traigan algo
revelen alguna verdad
si es que acaso existes–.

No basta ni el silencio de los condenados ni Cristo que tampoco da respuesta, pero es preciso continuar con la exhortación. Dios está ausente, Dios no responde a ningún llamado, pero eso se sabe y no hay rencor por ello. La actuación del yo poético recuerda al versículo 31 del quinto libro de Juan: “Si yo hago de testigo en mi favor, mi testimonio no tendrá valor”. 

Un trozo de carne rondado por las moscas, la humanidad deshabitada por la misericordia e invadida por la ambición y la hambruna, la suma del horror, son las constantes en este libro. Se requiere de un gran pulmón para respirar tras la lectura de estos poemas de Camila Charry. Cada texto es un jinete que sabe llevar la brida porque el caballo corre a gran velocidad. Resulta sencillo pensar que tarde o temprano ese animal podría caer y rodar en el suelo,  pero todos los poemas cabalgan con potencia y seguridad. Lo inefable también se toca en la crudeza. En este trabajo poético no hay verso sin tensión, sin significado, al leerlos sentimos profundamente al ser en desahucio, al lenguaje “hecho de capricho humano /de  humana incertidumbre”,  y al amor como a una osamenta estremecida:

El amor como el más fiero de los mares
nos devolverá   a los pies   el esqueleto tibio
de lo que la vida reclamó para que la felicidad o el tedio
hicieran de nosotros.

Lorena Huitrón Vázquez

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