Dos Poemas

 


Foto: Carlos París

HAMBRE

Tienen hambre
y han abierto
la boca.

Un árbol entero
podría colocarse
en ella

y un río
entero,
hasta unas montañas

con sus picos
y lomas.
Todo cabría

envuelto
en saliva,
en paños blancos.

La saliva
se estira
y ablanda el paisaje:

unas vacas pastan
en la profundidad
de su inocencia

y los caballos
sobre la barda
como estelas funerarias.

Piedad
para los que son
pasto y hueso

porque luego
serán triturados
por el deseo

bajo el cielo
incendiados,
y el ansia

y las paredes
del cosmos
se moverán

y el paisaje quedará guardado
en el saco ácido
de la desmemoria.

El deseo
de comer
lo incomible:

el perro fiel
calles y aceras,
edificios y trenes.

La hoguera de vidrio
de la pequeña ciudad
está encendida.

Devoración, devoración,
no importa cuánto
y cómo.

La hambruna,
la resaca súbita
del ánimo

una epidemia
masiva,
la voracidad

el ventoso remolino
de las aves carnívoras,
el entenebrecimiento.

 

HUNGER

THEY'RE hungry and their mouths are open.

A whole tree
could be put inside a mouth

and a whole
river,
even some mountains

with their peaks
and knolls. Everything would fit

wrapped
in saliva,
in white cloths.

The saliva
spreads
and softens the landscape:

some cows graze in the depths
of their innocence

and the horses jumping the fence
are like funerary steles.

Pity
for those who are grass and bone

because soon
they will be ground up by desire

under the sky set fire to and avidity

and the walls of the cosmos will move

and the landscape will be put away in the acid sack
of forgetfulness.

The desire to eat
the inedible:

the faithful dog, streets and sidewalks, buildings and trains.

The glass bonfire of the little town is alight.

Devouring, devouring, never mind how much and how.

Famine,
the sudden riptide of the spirits

a massive epidemic, voracity,

the windy swirling

of the carnivorous birds, the blacking out.

 

CARRETERAS NOCTURNAS

AL cumplir los 35 años
me entregué con pasión
a las carreteras nocturnas, en ese tiempo viajaba
por el país imaginario
que todos construimos,
un país que me seguía como la única camisa azul
o el pañuelo
en el bolsillo izquierdo. Solía entonces
asomarme
a la ventanilla del autobús
y mirar en trance
la línea que segmenta
la mitad de la carretera, aquella línea
atravesada audazmente
por la pelambre de un zorro
o la sombra de una lechuza
escapada a la fijeza
de potentes faros,
o simplemente
el celaje
de una silueta
humana
huyendo de la fatalidad
y el arrollamiento.

El pasillo interno del autobús
era otro camino
de cuerpos contraídos
en posición fetal.
El ayudante del chofer
recorría aquel pasadizo
apoyándose en el espaldar
de los asientos
y mirando
al interior del sueño
de los viajantes.
Había silencio
y algún susurro de voces
era el esporádico acompañamiento
de aquellas horas.
El sueño que se vive
durante un viaje en autobús
produce fatiga de los sentidos:
debilidad nerviosa, psicastenia.

A los 35 años
ya era un viajero
por lugares de crápula y peligro,
y había descubierto algo
tan importante
como el destino familiar
esperado al término de la ruta.
Finalmente
atinaba con aquello
que parecía
una metáfora del país.

El novelista Enrique Bernardo Núñez
en Una ojeada al mapa de Venezuela
escribió esta frase:

Ante todo la tierra que tenemos delante reclama de nosotros una interpretación.

Deben ser como las 2 a.m.
y la proa del bus-cama
reduce la velocidad
estacionándose bajo el antetecho
de un restaurante de carretera.
Al abrirse las puertas del bus
nos desplegamos aturdidos
a la soledad de los urinarios,
al tragamonedas,
al pan y al café.
La luz del recinto
era blanca
como una niebla
que rozara la cabeza de los viajantes.

En la oscuridad
la carretera permanecía
–inmóvil–.

Sé que hay una ciudad cercana,
un bosque cercano
pero cómo relacionarlos
y armar con ellos
un universo.
El mapa del país
resulta inútil.

A pesar
de la certeza de la noche
si alguien preguntara:
¿qué día es,
de qué año y qué fecha?,
no sabría responderle.

Entonces, aquel momento estancado
en un presente continuo
me pareció tan semejante al país:
quiero decir que el país
es como los restaurantes nocturnos
de carretera.
Estas imágenes han resonado
durante años
como una onda que se expande
y no se disuelve.
Diría que es un lugar de amnesia.
Así también lo cree
un poeta antillano llamado Walcott.

La amnesia
es la visión de unas garzas
que posan a la orilla del mar
luego de un largo viaje.

La piedad llueve
sobre esta estampa
y no hay remedio.
Quién recuerda
una muerte ocurrida,
un pasado sepultado.

Con ojos calmos
releo –otra vez–
Una ojeada al mapa de Venezuela,
impreso por la editorial Élite en 1939:

A veces, al cruzar una aldea, veo casas abandonadas. El hombre se ha marchado de allí y ha cambiado sin dificultad el hogar por una reducida habitación en la ciudad fría.

En 1939
todavía se hablaba de la «hermosa barbarie»
mas hoy
las favelas acorazan
las montañas
con su muro de ladrillos anaranjados.

Es la maldita circunstancia
del presente por todas partes.

Ahora,
cuando el bus se aleja del restaurante
hay un momento en que la fachada
queda impresa
como un resplandor tenue
en el enorme vidrio lateral
de las ventanas.

No entiendo por qué evoco
un viaje a Grecia
y mi única visita
a la Acrópolis
y al teatro de Epidauro.

Mis ruinas
siempre han sido:
el óleo de una quieta montaña,
o la incandescencia
de la costa caribeña de Macuto.

Un país entrañable
que no volverá más.

 

ROADS AT NIGHT

WHEN I turned 35
I yielded with a passion
to roads at night;
at that time I was travelling through the imaginary country we all build,
a country that followed me like my one blue shirt
or my handkerchief
in the left pocket.
I used then
to look out
of the window of the bus
and watch in a trance
the line that divides off
half the road,
that line
boldly crossed
by the coat of a fox
or the shadow of an owl escaping from the stare
of powerful headlights
or simply
the flicker
of a human
silhouette
fleeing from fatality
and from being run over.

The aisle inside the bus
was another road
with bodies huddled
in the fetal position.
The driver's assistant
went up and down that passage leaning on the back
of the seats
and looking
inside the sleep
of the travelers.
There was silence
and some muttering of voices was the sporadic accompaniment of those hours.
The sleep you have
during a bus journey
produces sensory fatigue: nervous weakness, psychasthenia.

At the age of 35
I was already a traveler
through places of debauch and danger, and had discovered something
as important
as the familiar destination
awaited at the end of the route.
Finally
I was coming up with
what seemed
a metaphor for the country.

The novelist Enrique Bernardo Núñez
in A Glance at the Map of Venezuela
wrote this sentence:

Above all the land we have before us demands of us
an interpretation.

It must be about 2 a.m.
and the prow of the sleeper bus

slows down
and parks under the roof
at a roadside restaurant.
When the bus doors open
we unroll stunned
to the solitude of the urinals,
to the slot machine,

to the bread and coffee.
The light inside the place
was white
like a mist
brushing the heads of the travelers.
In the darkness
the road was still there
- immobile.

I know there's a city near,
a wood near,
but how to relate them
and assemble with them
a universe.
The map of the country
is useless.

In spite 
of the certainty of the night
if someone asked
what day is it?
and what year and what date?
I wouldn't be able to answer.

So, that moment at a standstill
in a continuous present
seemed to me so like the country:
I mean the country
is like a roadside restaurant
at night.
These images have resounded
over years
like a wave expanding
and not dissolving.
I would say it's a place of amnesia.
A West Indian poet called Walcott
also thinks so.

Amnesia
is the sight of some herons
alighting on the sea shore
after a long journey.

Pity rains
on that picture
and there's no remedy.
Who remembers
a death that happened,
a buried past?

With calm eyes
I reread - again -
Una ojeada al mapa de Venezuela,
printed by Élite publishers in 1939:

"Sometimes, going through a village, I see abandoned houses.
The people have left there and with no effort have exchanged
their home for a cramped room in the cold city."

In 1939
people still talked about "beautiful barbarism"
but today
slums armor-plate
the mountains
with their walls of orange bricks.

It's the accursed circumstance
of the present everywhere.

Now,
when the bus draws away from the restaurant
there's a moment when the facade
is imprinted
as a faint glow
in the enormous glass expanse
of the side windows.

I don't understand why I recall
a journey to Greece
and my only visit
to the Acropolis
and the theater of Epidaurus.

My ruins
have always been:
the oil painting of a quiet mountain
or the incandescence
of the Caribbean coast at Macuto.

A country to be cherished
that will not come back again.

Translated from the Spanish by Rowena Hill

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El primer número de Latin American Literature Today invita a los lectores a leer un dossier dedicado al destacado escritor argentino Ricardo Piglia quien falleció el 6 de enero, 2017, en Buenos Aires, Argentina, además de la colección de cuentos de la destacada escritora mexicana Nadia Villafuerte.

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