"Composición de lugar": Una conversación entre Roberto Brodsky y José Kozer

 

José Kozer, autor cubano.

En mayo de 2016, con motivo de una invitación del Centro Cultural de España en Miami para presentar la novela Casa chilena (Random House, 2015), tuve la oportunidad de reencontrame con el poeta cubano José Kozer, ganador del Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2013. Digo reencontrarme porque a Kozer lo había conocido en Chile seis u ocho años antes en los Encuentros de Fronteras, que por entonces organizaba como director de Unión Latina en Chile. Kozer había sido uno de los invitados al Encuentro de 2006, y entonces habíamos simpatizado y prometido recontactarnos para una próxima vez. En Miami cumplimos la promesa y más: iniciamos por correo electrónico un intenso diálogo literario que rápidamente adoptó la forma de entrevista involuntaria donde yo preguntaba y Kozer respondía, o simulaba hacerlo. A veces lo hacía en prosa y otras en verso. Mi cuestionario, por otra parte, rondaba los temas del momento: la pospatria, el exilio, la literatura en tiempos de olvido, saturación y vacío, la tradición (que Kozer conoce como pocos poetas vivos en América Latina), los trabajos y los días para el escritor latinoamericano internacionalizado o no en Estados Unidos y, en fin, algo de su propia poesía vivida junto a poetas chilenos que me interesaban particularmente, como el caso de Enrique Lihn, a quien Kozer había conocido en Nueva York cuando ambos vivían fortunas muy distintas dentro y fuera de Cuba a fines de los años sesenta. 

Autor de más de setenta títulos entre poesía, ensayos y prosa, Kozer ha permanecido en el extranjero desde sus 20 años, y lo ha hecho enseñando literatura en la academia, publicando en editoriales grandes y pequeñas, escribiendo en periódicos y revistas, traduciendo y siendo traducido, sin lamentar destinos ni reclamar honores. Hoy, a los 76 años, Kozer es un veterano al frente de todas las batallas. Su último libro publicado es una summa poética y personal, Nulla Dies Sine Linea, pubicado en Brasil por Lumme y con más de 10 000, incluido un DVD, si bien Kozer dice que su producción alcanza a los 11 600 casi con exactitud. Y la montaña sigue de pie y creciendo, como asegura en uno de los correos que intercambiamos desde mayo hasta junio de 2016 respecto a los temas que despertaron, en ambos, réplicas y respuestas como las que siguen aquí.

Respecto de la puesta en página del diálogo, decidí seguir la propuesta del propio Kozer, quien en un momento quiso iniciar y concluir su aporte con sendos poemas, conservando la forma epistolar para el texto central. De allí también que, para efectos de edición, el texto de Kozer corra sin interrupciones ni interposiciones a modo de preguntas u observaciones, las que de otro modo desviarían la atencion respecto a lo medular del intercambio. Sólo se incluyen a este propósito el correo personal que da inicio al diálogo y el correo de Kozer que lo prolonga más allá de su cierre provisorio. 

Roberto Brodsky

 

De José Kozer

De poéticas y exilio: una conversación con Roberto Brodsky

 

La ratificación

Salvo él, el único que se salvó de la quema, los 
demás perecieron o 
llevaron en el antebrazo, 
los tobillos, las sienes, 
debajo de los párpados 
una señal: el distintivo 
que habría que interpretar 
durante décadas, después 
y después, señal de 
debilidad, incapacidad 
de reaccionar a tiempo, 
fácil es hablar: y tatuar. 

Él, pura casualidad, y 
me decía riendo que 
fue para que yo naciera, 
y yo gracias, y él de 
nada, se largó a tiempo. 
Señal visible ninguna. 
En las duchas, en las 
casetas del balneario 
durante los veranos 
yo lo inspeccionaba, 
un cuerpo liso, hombros 
redondos, brazos duros, 
manos imperiosas 
(impecables, antes 
del ácido úrico) sexo 
radiante: su trasero 
contenido, piernas 
contundentes, calvo 
como bola de billar 
a partir de los veinte 
años, mirada cortante, 
afilada nariz: uñas 
amarillentas, voz 
turbia, interior 
escurridizo y compuesto 
de vueltas y revueltas, 
espirales, falsas tramoyas 
y falsas conjugaciones, 
entre general y concreto, 
y aunque parezca un 
juego de palabras, entre 
General y soldado raso. 
Ducho en silencios, en 
negocios, a su manera 
apuesto, siempre 
reservado, oloroso a 
polvos de talco y agua 
de colonia, detestaba 
los espejos: amaba 
los caballos. Carecía 
según él de fantasías, 
nunca imaginaba, iba 
y venía a sus asuntos 
por la casa, la casa 
temblaba: y por la 
tienda, la playa, los 
cuatro amigotes 
hablando de marxismo, 
las dos guerras, el 
ateísmo: y lo que de 
nuevo, estaban de 
acuerdo, se les venía 
encima, no había que 
ser sabio para verlo 
venir.

Toda acción tiene bien se sabe su reacción, a 
cada causa un efecto, 
y así, por ahí, en medio 
del camino, nací: crecí, 
creí, temiéndolo, hasta 
que vi que era él quien 
me tenía miedo, nunca 
supe a ciencia cierta a 
qué ni por qué: sería 
en suma un miedo 
ancestral, asunto 
atávico de hebreos, 
suelto rizoma compuesto 
de entierros, huidas, de 
Dios lo imprevisto y eso 
cuando él en principio 
no quería nada con 
Aquél, ni sus 
representantes. Ni lo 
entiendo ni entenderé, 
había que ver cómo 
nos esquivábamos, 
ambos simulacro de 
sombras incrustándonos 
en unas penumbras 
donde, tras saludarnos, 
nos deshacíamos. Él, 
vestigio sin señal y yo 
convencido que detrás 
de su sombra había 
un número visible de 
señales donde se 
escondía la respuesta 
que buscaba: nada, 
que era para echarse 
a reír, como para 
volverse loco, y como 
para preguntar hasta 
el final que quién era, 
y por lo tanto, a ver, 
quién soy. Nos une 
sólo la casualidad 
consanguínea, la 
denostada ternura 
de los judíos, un 
aroma a vejez, y 
en expansión una 
dispersión, ida y 
otra y otras idas 
que surgen de una 
milenaria y única 
profecía, las calles 
están sucias, otros 
especulan.

 

1

El tema del exilio es complejo, to say the least. Algo de que hablar en su momento, tú y yo, en solitario o en público, depende. De entrada nos ha tocado esa extrañeza, pero las circunstancias son distintas. En mi caso, la “huida a Egipto” era tajante y definitiva, sin recurso a un regreso, lo cual pese a ser doloroso facilita la decisión: uno sabe desde el principio que no hay más recurso que hacerse a la idea de que se estará fuera hasta el final de la propia vida, y por ende no hay que plantearse el regreso, más bien olvidar aquello, y a la vez si somos escritores vivirlo de otra manera: manera en sí misma compleja, pero que sin duda deja huellas y fruto. Yo sabía ya en 1960 que no regresaría a Cuba, además no tenía la menor intención de regresar, quería vivir no un destierro pero sí una experiencia multiforme, esa que viene de mamar de la Diana Multimammalia, extraer savia, calostro, leche de madre y leche de vaca, todo y la totalidad dentro de lo que cabe. 

Tu situación, imagino, es más ardua en cierto sentido: puedes volver a tu país cuando te dé la gana o den los dineros, y puedes volverte a radicar allá, si así lo deseas y consigues los medios, pero a la vez intuyes que ese regreso tiene sus contratiempos, que son a  la vez reales y prácticos tanto como emocionales e incluso espirituales. A esa complicación añádase que hay una familia, unos hijos, y éstos tienen sus fueros, sus derechos, sus exigencias, y uno como padre tiene que atenderlos. A medida que pasa el tiempo se hace más difícil el regreso, ya que ellos son mestizos de idioma, de mentalidad, de nación. Y les tira fuerte estar donde están y hacer su vida, una vida y solo una: tú y yo hacemos y necesitamos hacer no una vida sino en una vida muchas vidas, y eso en el país natal se vuelve en exceso limitado (limitante). Para mí, lo práctico en este momento histórico tan difícil e incierto es ir y venir: tienes una profesión que te apoya. Una vida interior fuerte. Y a lo que barrunto una buena casa, con una mujer que apoyas y te apoya, y unos hijos que me figuro más o menos sostienen la casa sin llenarla de atrocidad: drogas, incultura, y demás. Entonces, de momento lo mejor es aprovechar veranos libres, sabáticos,  escabullirse a Chile o a donde sea y relativizar, suavizar ese exilio que tiene tantos beneficios a la hora del crecimiento propio y el de nuestro trabajo literario. 

América Latina para un escritor actual acaba siendo una añagaza, un lugar donde crecer se vuelve casi imposible, las presiones ambientes y las facilidades del diario, que son más gratas que acá, acaban por ser esa trampa que dificulta el crecimiento. En todo caso, estamos en un momento en que ni acá ni allá hay mucho para gentes como tú y yo, lo mejor es quedarse quieto y trabajar, que es leer y escribir, ganarse el pan (pro pane lucrando) y tirar p’alante. Todo esto a modo de abreboca, que ya hablaremos más. Sería incluso importante ver si por algún medio podemos tanto tú como yo, y de haber dineros, conversar con un público sobre el tema, atractivo, interesante y candente del exilio. Pero ya eso es otro asunto, pesos y centavos, como siempre.

 

ENRIQUE LIHN: durmió una noche en nuestra casa de Forest Hills, tenía una pequeña maleta con un poco de ropa y unos libros, todo muy desaliñado, se veía que vivía una desorganización, sospecho que paliada por la escritura que lo organizaba, que era su verdadero organismo. A la mañana, tras el desayuno, lo acompañé al metro que estaba a unas 14 cuadras de casa, y al salir vio un hermoso árbol florido en la acera de enfrente y me preguntó: ¿qué árbol es ése? Contesté, es el sanguiñuelo o cornejo, el árbol de Eliot, el dogwood y me di cuenta que la información ya se iba a convertir, para Lihn, en algún momento parte de un poema, o de varios. Intuí que el suyo era un método parecido al mío. Luego hablamos del neobarroco y Lezama y eso fue interesante, de ello ya hablaremos.

Lihn es para mí un poeta importante. Le pongo dos reparos, no tanto a él en concreto sino a la mayor parte de la poesía latinoamericana que conozco y que, salvo excepciones (mayormente están en Medusario), adolece de: a) ser toda parecida en sustancia, manera y manerismos, estructura y relativa uniformidad de estro y b) corolario si se quiere de lo anterior, no aportar a nivel de invención mucho nuevo. Es decir, siempre es un poco la misma. Hay muchos, demasiados poetas en nuestra lengua, el 90% estaría mejor cavando papas o vendiendo shmates, el otro 10% constituye una índole, cáfila de buenos poetas en el sentido de que saben hacer sus poemas, pero aportar un cambio o constituir una revolución, como siempre ésos son los contados con los dedos de las manos. A mí en Chile me interesan más Juan Luis Martínez, Anguita, un poco Maquieira, Zurita por razones muy concretas,  y Armando Uribe, que Rojas, Lihn y el mismo Parra. A Lihn le perjudica una tonalidad, la del enfant terrible que acaba siendo banal, que es muy de época y difícil de justificar con el paso del tiempo. Lo epatante acaba por darle la patada al pateante. Pero es un poeta que se sale del montón y de mucho de lo antes descrito por mí: tiene algo, cierta garra, una nobleza que le fue llegando poco a poco, dejando atrás su juego entre político y periodístico que, me parece, al final de su obra superó. Su “trance” final me sigue interesando; mucho me gustaría leer en su momento tu estudio sobre su obra. 

 

2

EXILIO: hay un nivel a mi juicio empobrecedor y deleznable donde el exiliado utiliza su situación, que considera condición, para beneficio propio: ese oportunismo me parece tan execrable y burdo que apenas pierdo mi tiempo hoy por hoy en plantearlo, combatirlo. Reconozco que en otra época de mi vida aquello me sacaba de mis casillas, en particular porque veía cómo se trataba al exilio cubano en bloque como un estado enfermizo, de gente tildada en bulto de culpable y de derechas, que resentida clamaba al cielo por haber perdido bienes materiales, y una isla o casa que representaban como lugar ideal que iba, desde el punto de vista político, por buen camino, y que una falsa Revolución hizo abortar. 

Hasta la fecha hay una izquierda mediatizada y una derecha de miedo que pujan y pugnan por ser consideradas ante el mundo como las que detentan la verdad, a rajatabla, en la conveniente y nada convincente creencia de que no hay otra verdad sino la suya: si esta situación sólo fuese un asunto cubano o latinoamericano, el problema no me parecería tan grave, pero en verdad ha sido y es un asunto ya global, y ese oportunismo se vuelve el verdadero triunfador, el sicario y verdugo de quienes funcionan en su exilio con una visión más ambivalente y compleja, incluso en parte ambigua (en el sentido retórico de lo que constituye una anfibología), que procuran no caer en dialécticas de luz y sombra, en maniqueísmos rimbombantes (y por supuesto redundantes). 

Consecuencia de ese oportunismo es encontrar una y otra vez a escritores y en general creadores de una mediocridad aterradora recibiendo por todas partes canonjías, invitaciones, dineros, plácemes y una audiencia casi siempre cautiva, dándoles el codazo, el fuera a escritores y creadores, minoría como siempre de minorías, que son los que tienen algo que aportar. Aquí hay que hilar un poco más fino: estos oportunistas lo son porque el poder los utiliza y les brinda en bandeja de plata una oportunidad que, desde el punto de vista de ellos, qué caray, por qué no aprovechar. Ya bastante difícil es la vida como para no aprovecharse de algo caído del cielo, que mejor usufructúen ellos que no otros. Y así las cosas, hay que girar el punto de vista más hacia el poder, ese gran oportunista y manipulador, que utiliza a esos cabros como carne de cañón. Contubernio que observo no sólo en asuntos de creación o de vida intelectual y académica sino a muchos niveles más, cada vez más espesos y más todopoderosos, de manera que grandes ideas que pudieron o podrían mejorar el mundo y la sociedad, acaban empeorándolo todo, dándole leña a gentes que van poco a poco llevando el mundo actual al desastre: porque vendrán guerras, rebeliones sangrientas a lo An Lu Shan, que han dejado centenares de miles de víctimas inocentes regadas por toda la tierra. Y eso es lo que viene, si no se pone coto a esta situación, ya que el resentimiento y la injusticia crecen en proporciones geométricas que considero alarmantes, y que en su momento, ya que estamos sentados sobre un polvorín, estallarán.

Un exiliado de tu condición o la mía, circunstancias evidentemente distintas, tiene que optar con claridad mental ante todo esto, por el bien propio y de la propia familia, del país natal y del país de acogida, pero más allá de esas concreciones, por un ideal (no hay ni quiero que haya otra manera de decirlo, porque si algo es recto y considerado un posible bien común, aunque se corra el riesgo de equivocarse, hay que vivirlo como ideal, y sólo como ideal: ideal que confucianamente habrá que rectificar con el paso del tiempo y los acontecimientos, incluido el crecimiento y madurez propios): ojo avizor, mente clara, concentración y capacidad en su momento de dirimir para decidir, lo cual implica equilibrar la propia conveniencia con las ajenas, de manera que la balanza quede al fiel por el bien de una mayoría que incluya con rigor y justicia a una minoría, a muchas minorías. 

 

ENRIQUE LIHN: todo lo anterior viene de manera directa a colación ante los primeros atisbos que tuve, siendo yo muy joven de Enrique Lihn: más allá de su necesidad de epatar, que en aquel momento lo signaba, y a mí también, y que se manifestaba en frases como, por ejemplo, “en Chile habemos dos poetas chinos, Hahn y Lihn”, o cuando te obsequiaba un libro suyo te decía, “toma por aquello de yo te leo y tú me lees” (risas), había en mí algo que me hacía su persona muy molesta, y era que Enrique llegaba a Nueva York aureolado por publicaciones de importancia, una “fama” que en gran medida procedía de su Premio Casa y de la Revolución Cubana, esa misma Revolución que a mí me había sacado de mi país, me había dado la patada, y a la que le debía mi “derrota” como a Lihn el carisma del triunfo. ¿Lo resentí? No. Porque Enrique Lihn me caía muy bien y su poesía lo alzaba de ese subsuelo naïf u oportunista (no juzgo ni soy quién para hacerlo) y que más adelante lo hizo sufrir en carne propia y a su manera como muchos cubanos, a nuestra manera habíamos sufrido: padecimiento, dicho sea de paso, que aunque ha disminuido, sigue en pie, se han dado retoques cosméticos al asunto pero no está resuelto, para nada.

 

Encuentro entre Roberto Brodsky, José Kozer y otros escritores y editores en Miami, Florida, 2016.

3

ENRIQUE LIHN: tu relación personal, visual y visible con Lihn me hace reflexionar sobre algo que me interesa comprender hace tiempo: Lihn en su dificultad vital, en sus traspiés, marginaciones y marginalidad (el marginal margina a la vez que es y se siente marginado) tiene (y esto se relaciona con la diferencia entre nuestros exilios) la ventaja de no sólo poder regresar a su país, sino poder trabajar en equipo: o sea, ejercer vida bohemia que fue, y me parece es, importante para el escritor. Así, el poeta que se destartala entre pintores, compositores, otros escritores y poetas, se nutre de esta experiencia en buena medida comunitaria, simpática por enloquecida, seria en cuanto aprendizaje y rito de paso. Transcurridos los sesenta y en Nueva York pierdo el acceso a esa vida bohemia, y a lo que más me interesa recalcar, la posibilidad de trabajar en equipo, con otros creadores y hacer cosas, como se suele decir (Make it New, Pound). 

Lihn puede dar rienda suelta a su necesidad de espectáculo vivo y en la calle y entre la gente que además es su gente en sentido estrecho y lato. Yo no: para mí la pérdida del país implica una soledad absoluta, al principio intolerable, con el tiempo soportable, y pasado todavía más tiempo deseada: es como decir que a todo se acostumbra uno, y lo peor se vuelve, si no lo mejor, al menos algo tolerable y que tiene, así lo descubrimos, sus virtudes. Una libertad solitaria, una ausencia de compromisos de equipo y contexto, y por ende hacer lo que nos venga en gana sin tener que dar demasiadas explicaciones: explicaciones que se disuelven ante los demás pero asimismo ante el fuero interno y los propios juicios de valor, que se van cayendo a pedazos y reduciendo.

Esto tiene implicaciones: Lihn se queda en una poesía determinada, excelente sin duda pero específica siempre, creciendo hacia el exterior y hacia adentro, dentro de un espacio en el fondo unívoco: un gran espacio que él maneja a las mil maravillas, dado su talento y su honradez espiritual, a trompicones de dificultad, pero que no va más allá de ese espacio conversacional y muy chileno que ha producido joyas y a la vez ha reducido, muchas veces, joyas a bisutería. O dicho de otro modo: me da la impresión de que Lihn, y en general la mayor parte de los poetas en lengua castellana, no leen lo suficiente, y hoy, sin leer, en amplitud e intensidad, se vuelve casi imposible hacer una poesía importante. En mi caso, la poesía se ha movido a trancas y barrancas, a saltos espaciados y mortales, inconformes consigo misma y con su espacio un espacio y poesía que necesitan, con brusquedad a veces, renovarse lo más posible. Cuerda floja de poeta funámbulo, de alambrista que puede matarse al menor fallo del tobillo, riesgo siempre suicida pero a la vez comedido, ya que la práctica constante permite el equilibrio y sostenerse en solitario en el aire. Hecho que, claro está, es un imposible y probablemente (no lo sé) acaba por macular la propia creación: de ser así lo acepto, no me quita el sueño, prefiero un cierto y relativo fracaso, y vivir en el aire,a no poder detentar (lo cual no rechazo, y quisiera ver equilibrarse en mí una especie de combinatoria aire y tierra, de poeta que hace vida práctica y a la vez revoluciona el lenguaje) la euforia tranquila de la libertad personal, que no deja de ser la de todos, si la misma se entiende desde un amor y una decencia de existencia en la que creo a pies juntillas.

Lihn en vida acaba siendo persona pública, escritores como tú y yo no alcanzamos ese estado por razones a plantear, somos personas privadas, poco implicadas en los espacios públicos que sospecho dejamos de necesitar. Al menos yo he dejado de necesitar ese espacio, incluso me opongo a la posibilidad de vivirlo, Cuba no me lo ofrece ni ofrecerá, y en mi interioridad esa “fantasía” ha dejado de operar. Las formas que emplea Lihn, atrevidas en temática pero no en lenguaje, son más bien fijas (parten de sus propias fijaciones), las nuestras son formas en expansión, abruptos expansivos y densos que se mueven por vericuetos variables y multiplicándose todo el tiempo. En mi caso, eso explica la abundancia de escritura, en el tuyo no lo sé. 

 

4

EXILIO: ah, la palabreja, con sus concomitantes destierro, transtierro, ostracismo, migración, expulsión, y el negocio (no del alma que se decía en el barroco español) de catedráticos, escritorzuelos, damiselas y poetas normativos que hacen del tema exilio e identidad un estado doloroso, existencial, donde priman la injusticia y la falta de reconocimiento ajeno, y un poder que los patea mientras ellos, rencorosos, patalean, todo ello para mercar, protagonizar, hacerse visibles, estentóreos, y gozar de la prebenda que el poder sabe echarles, del espejismo de ciertas migajas que los envalentona y hace sentirse importantes, esos quince minutos que vaticinó Warhol. 

A mí me dieron una sola patada una vez, y en el fondo sé que me la dejé dar ,ya que tenía la opción de mover el culo a izquierda o derecha y que la patada pegara en el aire. Pero quería que me dieran el puntapié para así no tener que dudar de mi camino, el de la salida: y con ésta un constante deslizarme, errar (que no es necesariamente error) y hacer vida equívoca, ambigua, centrada en un auténtico desconocimiento de todo y ante todo, intentando construir un espacio propio, sin duda con base en un lenguaje y una sintaxis, espacio voraz que me permitiera al menos conocer la totalidad unas migajas (San Juan habla de las migajas caídas de la mesa de Dios, y lo decía con veneración y agradecimiento): virutas, un poco de aserrín, algo del fulgor de la herrumbre, la luz implícita del robín, y por ese camino adentrarme en lo pequeño, unos mínimos que me permitieran convivir con unos orígenes, células, quistes, corpúsculos, lo horrible y lo hermoso, y la hermosura del horror: y por esa poco transitada senda alcanzar un estado amoroso, erótico en el alto sentido de la palabra donde pudiera, como puedo, contemplar la vida del insecto, el nacimiento de la abeja, su vuelo nupcial que es a la vez conjugación de procreación y muerte, esa violenta relación natural entre el zángano (yo) y la reina madre (la naturaleza). Y descubrir, entre otras muchas verdades, en este mundo ancho y ajeno que dijera Ciro Alegría, la verdad de la roya, de la filoxera, del cornezuelo, del hongo venenoso, del poso y la hez, lo excrementicio que respeto y reconozco como una variedad más de la luz inconmensurable que se encuentra posada, aposentada, en una partícula ínfima, sílaba o letra de donde arranca el poema.

Entonces, ¿soy un exiliado? ¿Mi encontronazo con el poder me convierte en víctima? Detesto el poder, lo desprecio olímpicamente, lo considero una de las formas más visibles del mal, y desde hace décadas vivo, como escribiera Machado, de mi trabajo, nada a nadie debo y algunos algo me deben. Esto en lo que se refiere a los pesos y los centavos. Las cuentas claras y el chocolate La Española (anuncio de una marca de chocolate espeso de una época). Pero eso, trampa mayor para muchos, jamás me quitó el sueño, ya que mi vocación es la monástica, desde muchacho siempre quise hacer vida frugal, subir a la cima de la montaña, vivir con poco, estar lejos de la forzosa picaresca a la que el poder apremia y obliga. Trampa en concreto de escritores más que de pintores o compositores.

 

¿Soy entonces un exiliado? Por supuesto, sólo que para mí es lo de menos. Mi “exilio” es lo que Canetti llamó el escándalo de la muerte, he ahí el exilio, pero ya eso es de fuerza mayor, algo que cada vez me interesa, se me impone menos (el que lea mi poesía diría que mi única obsesión es la muerte, y yo respondería que para nada, la muerte es una laja que alzar para encontrar toda índole de formas, intuiciones, lenguajes, realidades, abstracciones, teologías y metafísicas, nada y qué, quién y dónde): mi “exilio” es, y aquí sí me comprometo de lleno, y no me arredro ni me corro, literario. Soy, exiliado, para escribir; estoy forjado en un crisol y yunque de exilio para hacer escritura y más que nada escritura, de manera que el judío en mí vive para escribir y no porque es judío, ni para serlo, como el budista, el cubano, el japonés, el mundo cuerpo de que hablas, en mí, están ahí por mor de escritura: lo búdico, lo japonés aparente y especioso, o ese mundo identificado con cuerpo que no es más que desaparición, ente a disolverse, acaban siendo escritura, letra última sin asidero.

Mi vida hoy por hoy tiene un centro con unas patas que conforman una especie de trípode: una pata me permite leer y escribir (en mi caso apuntes de prosa en cuadernos, y montones y más montones de poemas, de cuyo destino me desentiendo y cuyo contenido y forma olvido en menos de media hora, literal): una pata segunda donde hay una casa y en esa casa una mujer, Guadalupe, que es sustento y silencio, posibilidad y derrotero, casa que está en un sitio (el Place de que habla Charles Olson) y que puede encontrarse en cualquier lugar (Cuba en efecto, pero Cuba cuál y de qué): y una tercera pata que es el día a día, con base en una rutina que es un ritual, y que, las cuentas en orden, el saldo a fin de mes a favor, me permite hacer una vida ajena y alejada, bastante sosegada, donde me doy el lujo de vivir con poco y a mi manera, proteger a mis seres queridos, tanto vivos (Guadalupe, mis dos hijas) como muertos (para eso están los poemas) y ver correr el tiempo por cauces líquidos donde desde hace años puedo decir, con conocimiento de causa, que soy un hombre (bastante) feliz.

Como bien y sano, hago poemas día a día, leo lo que se me antoja y a gusto, atiendo al cuerpo y su salud, converso no con Dios como Machado sino con Guadalupe, trivializo, profundizo, y a la noche duermo a trancas y barrancas, dada mi edad, bastante bien. ¿Dónde está, por ende, mi exilio? ¿Soy, cómo, un exiliado? ¿Víctima, de qué? Por favor. Siempre he dicho con una sonrisa de lado a lado que, mientras otros hablan de temas y asuntos propios donde se sienten víctimas, yo escribo poemas.

 

La ratificación

Se trata de una confabulación. Me siento en el 
banco de madera, brazo 
derecho astillado (cuidado) 
le falta una tablilla, justo 
la del centro (eso tiene 
su lógica). A la vista tres 
arriates. Dalias. Hortalizas. 
Crisantemos: lo suntuario, 
lo necesario, lo ulterior.

Veamos si soy capaz de sentarme una hora 
confabulado con los 
arriates, nada de 
emociones, 
pensamientos al 
mínimo, máxima 
objetividad. Me desvío. 
Ya veo que me desvío, 
sin darme cuenta me 
puse a repetir, voz 
baja a voz interior, 
un poema a Roma 
de Quevedo, el 
Aventino, ruinas 
y destrucción: Cuba.

Aquello. Roma. Itálica. Cuba. Todo siempre me 
ha ocurrido en las 
afueras, al pie del 
jardín, todo tan lejos. 
Esa confabulación. 
Entre lejano y yo. 
Apartado. Llegaron 
de tierras ajenas 
para tener que irse 
a tierras ajenas, ya 
van para cuatro 
idiomas, nacieron 
para una lengua 
muerta, fueron 
vicarias las rosas 
negras, crocos las 
vicarias: y acabaron 
alucinando tulipanes 
morados, girasoles 
iguales de blanco 
que la nieve recién 
caída en sus aldeas. 
Poblaciones. Villas 
de miseria. Poblachos. 
El caserío conocido 
en una época como 
Llegaypón. 
¿Mando yo? El arriate de dalias a vegas floridas 
de tabaco, hora de 
euforia echarse a 
andar, nombrar en 
lengua tercera o 
cuarta aves remotas, 
la flor ajena, anterior 
a la dalia, posterior 
al crisantemo. A la 
ineludible necesidad. 
Ordeno a la tierra dé 
de comer del arriate 
del medio, me voy 
cantando del brazo 
a un lado y otro de 
nadie adonde crecen 
el codeso y la hierba 
mora, y ahí donde 
surge el bosque 
oriundo de abedules, 
la flor atávica del 
tercer arriate, miro, 
y miro a ver qué 
veo y miro.

 

De un correo a otro

De: Roberto Brodsky brodskybaudet@gmail.com
Asunto: envío de libro
Fecha: 7 de mayo de 2016, 10;15 AM
Para: jose kozer josekozer@comcast.net

 

Mi queridísimo José, despejado ya el campo después de un aterrizaje tremebundo en DC para cerrar el semestre de clases, te escribo antes de que pase más tiempo. [...] Nuestro encuentro estuvo magnífico pero quedé con una sensación de brevedad terrible, ganas de prolongar la conversación y que me dijeras más de tu experiencia poética y personal de (auto)exilio, en parte porque estoy lleno de dudas sobre mi propio derrotero en esta larga pregunta que habitamos. La novela que te voy a mandar traduce mucho de esa ansiedad. Se supone que cierra una trilogía sobre la memoria, pero a veces creo que abre la pregunta sobre cosas fundamentales: la escritura, la pertenencia, el judaísmo, la culpa, el nomadismo. En fin, temas que para ti ya son patrimoniales, por así decirlo. Me quedé pensando en nuestra última conversación donde me contabas que Vallejo y Parra, después de Kozer, eran tus influencias más importantes: ¿cómo ves a Lihn en este panorama poético? Estoy haciendo algo sobre él y me interesa mucho tu aproximación: ya sabes que en los 60 Cuba fue su segunda patria, y luego tuvo que inventarse una tercera para no dejar de escribir. Cuéntame cómo ves eso [...].

Roberto

 

De: jose kozer josekozer@comcast.net
Asunto: composición de lugar
Fecha: 19 de junio de 2016, 10;14 AM
Para: Roberto Brodsky brodskybaudet@gmail.com

 

Roberto querido:

volvemos a Lihn. Era broma pero cuando nos veíamos, ora en un cine, en un encuentro de poesía en NY o lo que fuere muchas veces, me daba por ejemplo un libro suyo recién publicado y decía, toma, por aquello de tú me lees, yo te leo. Risas. O Sonrisas.

 

Broma cierto y vera cierto: ambos sentíamos, creo, la inutilidad de la poesía desde el punto de vista de poder ganarse la vida, dedicar todo el propio tiempo a eso que es lo que interesa e interesa al cien y no al 99%, y claro, ni al 2% nos dejan. Él lo sabía y creo luchó por conseguirse un espacio digno que le permitiera ganarse el pan, un pan frugal por seguro, pero ni modo: nunca nada, y malamente una invitación, leer en público, tener que fingir y actuar no siendo actores sino seres recónditos, y todo para nada porque a la larga no nos libramos del pedigüeñismo, y eso que nos va mejor que a los góngoras o quevedos, a los cervantes y Mateo Alemán (3 de los 4, caray, tocados de judaísmo). Yo me he roto la crisma trece mil veces mirando qué salida se le puede dar a esto, y a estas alturas casi casi me doy por derrotado. Si en novela del tipo la que tú haces hay apenas prebenda o canonjía, imagínate en poesía del tipo de la que hiciera Lihn o la que yo hago, qué habría: a lo sumo un reconocimiento, un viajecito con gastos pagos, traerte en el bolsillo cuatro pesos que no duran lo que un merengue a la puerta de un colegio, y a seguirle cantando al arroz Catalina. Nuestra sana ilusión de un sitio con el tiempo amplio para crear, y una existencia natural y digna, normativa si se quiere, para ser parte de la nación o comunidad, y tener en cuanto tales familia, eso, no se nos dio, ni en verdad se ha dado nunca, ni en el Renacimiento de los mecenazgos, ese otro horror ni en la modernidad donde los Balzac y los Flaubert acabaron arruinados y casi a punto de pasar hambre. Flaubert al final de su vida tuvo días en que no tenía para comer, de Vallejo ni digamos y cuántos y cuántos más: locos, drogadictos, sifilíticos, a nosotros por suerte nos toca algo más benévolo, la vida universitaria, etc., y ahí guarecidos podemos hacer escritura. Y no está mal. Lihn estaba cabreado y Lihn, más importante, quería revolucionar, y eso se paga caro y caro lo pagó: le hicieron muchos la vida imposible, y ahora en Chile muchos jóvenes lo quieren recuperar pero tampoco tienen los medios, por eso es importante que una voz como la tuya escriba sobre Lihn. Es a la postre y a la corta también un apoyo para todos. El texto inhabitado casi como castigo por no ser leído, no creo que se trate de eso solamente, y tal vez sea lo de menos: ese texto que cuajamos una y otra vez queda en vida propia deshabitado porque no tenemos apenas lectores, lo tienen los escritores de pacotilla, raro es el caso del escritor que en vida es leído bien y bastante y es un escritor de primera fila, y eso si llega, cuando llega, ya estamos cansados, viejos, del otro lado. Ahora en mi caso eso lo noto bastante, en Cuba por supuesto y entre los jóvenes, y otros países, pero figúrate, a estas alturas ya no veré traducciones, viajes, monedas rodando en dirección a casa, mis hijas (las necesitadas) etc. Bah. Mano, todo está en orden [...].

José

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LALT Vol. 1 No. 2
Número 2

El segundo número de Latin American Literature Today destaca la literatura caribeña y la literatura queer de alrededor de América Latina, con dossiers del escritor revolucionario chileno Pedro Lemebel y el autor mexicano Yuri Herrera, además de una sección especial dedicada a las voces literarias de Cuba.

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